Capítulo 7 #3
—¿Ah, no? —dice, con los ojos encendidos de ira—. Yo diría que sí tengo opción. Podría decirle la verdad al rey Thorne y hacer que te mande de vuelta a prisión.
—Probablemente te mataría —digo sin rodeos—. O peor: te mandaría a Dyaspora con nosotros.
—Lo que significa que estoy jodida de cualquier forma —replica, seca—. Así que, como lo veo, tú me necesitas más a mí que yo a ti. Si voy a caer, con gusto te llevaré conmigo.
«Esta mujer es exasperante». Es más valiente de lo que esperaba, o tal vez solo está tan loca como prometió que estaba. Y, lamentablemente, tiene razón. Este plan ya está casi condenado al fracaso, pero si Alix no coopera, será mejor rendirse desde ahora.
Busco en mi memoria, tratando de recordar cualquier cosa que haya dicho sobre su vida antes de que todo se fuera al carajo. De pronto, recuerdo su llamada telefónica, esa que seguramente no sabe que escuché palabra por palabra.
—Necesitas dinero —suelto de pronto.
—¿Y quién no? —responde—. El capitalismo es la raíz de todos los males.
Trago en seco, dándome cuenta súbitamente de que estoy a punto de hacer lo mismo que su esposo: usar el dinero para controlarla.
«No lo hago por mí. Lo hago por mi familia».
—Sé que necesitas dinero más que cualquier otra cosa. Ahora no lo tengo, pero lo tendré.
Entrecierra los ojos.
—¿Cómo?
—Soy el barón de Ashwater. Es una provincia al norte de aquí.
—¿Así que eres de la realeza?
—No —respondo demasiado rápido—. Solo nobleza.
Un miembro más de la alta corte, pero perdí todo eso cuando me desterraron a Dyaspora.
Thorne me devolverá el título y las tierras una vez que le entregue a su novia y entonces podría darte suficiente oro que dure generaciones enteras en el reino humano.
—Estás bromeando. —Se ríe con dureza.
—Para nada. Si nos ayudas, te daré hasta la última maldita moneda que tenga y luego te llevaré a casa.
Su respiración se corta y se queda inmóvil.
—¿Cuánto tiempo tendría que quedarme aquí?
—Casi un mes. Faltan tres semanas y media para el eclipse solar que marca cien años desde que se lanzó la maldición. Después de eso, será permanente y Thorne no podrá hacer nada más contra nosotros.
—Casi un mes —murmura—. Es mucho tiempo. Mi familia pensará que estoy muerta.
—Pero volverás con suficiente dinero para empezar de nuevo.
Se muerde el labio inferior, claramente tentada.
—Bien… no estoy aceptando, pero solo en teoría, ¿cómo funcionaría?
—¿A qué te refieres? Solo tienes que fingir que eres Isabelle.
Abre más los ojos.
—Sí, pero Nana tiene como ochenta años.
No puedo evitar que se me forme una sonrisa.
—¿Y? Yo tengo ciento veintiún años y creo que todavía me veo bastante bien.
Ella parpadea, sorprendida, y luego niega con fuerza.
—Perdón, creo que acabo de tener un mini infarto, pero ya estoy bien. Eres inmortal. No es gran cosa. Estoy totalmente bien.
Alzo una ceja.
—¿Hay una pregunta de por medio o…?
—Sí. ¿Tu rey es tan despistado como para pensar que Nana no envejeció?
—Ese collar que llevas era un regalo del rey Thorne para Isabelle. Me dijo que lo hechizó para mantenerla joven hasta que regresara a Ellender.
Alix se lleva la mano al relicario y lo sostiene entre los dedos.
—¿En serio?
Asiento.
—Supongo que la verdadera Isabelle no lo usó, pero da igual. Thorne espera que sí y que siga joven.
La observo con atención, tratando de descifrar lo que piensa.
—Un mes —murmura otra vez—. Está bien. Al menos podré decir que hice algo interesante antes de cumplir treinta.
Levanto las cejas, incrédulo. Casi no puedo creer que logré convencerla.
—¿En serio?
—Sí. Fingiré ser mi abuela y en un mes me mandarás a casa con más dinero del que podría gastar en toda una vida.
Extiende la mano para que la estreche y yo tomo sus dedos enseguida. De pronto, mis manos se sienten frías. Me invade una mezcla extraña de alivio y ansiedad. Satisfacción y miedo.
Forzando una sonrisa, aprieto sus dedos con suavidad.
—Tenemos un trato.
Alix levanta la vista y encuentra mis ojos, su mano aún entre las mías.
—Dios, esto es una locura —murmura, más para sí misma que para mí.
Respondo de todos modos:
—Tienes razón en eso, Duraznito.
Ella retira la mano y la esconde bajo el brazo, como si mi tacto la hubiera quemado.
—Hay muchas historias donde los humanos no deben hacer tratos con hadas —dice, ladeando la cabeza, pensativa.
—Las he escuchado.
Su respiración se traba y mi mirada baja de sus ojos a su boca, siguiendo el paso de su lengua sobre el labio inferior.
«¡Qué barbaridad!».
Incluso con toda la tensión y el miedo dándome vueltas en la cabeza, no puedo dejar de pensar en lo fácil que sería arrinconarla contra la pared.
En cómo podría recorrer su labio con mi lengua, luego bajar por su cuello hasta...
cada parte de ella. Pero no puedo. Si por algún milagro este plan funciona, Alix está a punto de convertirse en la mujer más prohibida del maldito continente.
Tengo que acostumbrarme a sentir indiferencia por ella.
—¿Y esas historias son ciertas? —pregunta, un poco sin aliento.
Esbozo una sonrisa tensa y doy un paso atrás, pasándome ambas manos por el cabello.
—No lo sé, Duraznito. Supongo que tendrás que averiguarlo.