Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—No hay problema, Ashwater —dice Jett, animado—. ¿Cuándo te ha costado trabajo convencer a alguien de seguirte? Sobre todo a las mujeres.

Otra vez, odio que tenga razón. Sé que puedo convencer a Alix de que nos ayude; solo desearía no tener que hacerlo.

Quince minutos después, me armo de valor y pongo una expresión indiferente antes de tocar la puerta del baño.

—¡Pasa! —llama Alix.

Está envuelta en una toalla grande, de espaldas a mí, exprimiendo el agua de su cabello con una segunda toalla.

—Ah, hola, ya casi termino —dice Alix, aún sin mirarme—. ¿Encontraste algunos pants o algo así?

Cierro la puerta detrás de mí con un chasquido.

—Me temo que no, Duraznito.

Ella da un salto, se pone rígida y se da vuelta de inmediato para mirarme.

—¿Qué demonios haces aquí?

Alzo una ceja.

—Dijiste que pasara.

—Pensé que eras Odessa.

—Lamento decepcionarte.

Se ajusta la toalla alrededor del cuerpo y baja los ojos, incapaz de sostenerme la mirada.

—Lárgate de una vez. No estoy vestida.

La comisura de mi boca se curva en una sonrisa burlona.

—No puedes hacerte la sorprendida. Ya te he visto desnuda.

Sus mejillas se sonrojan.

—Sí, bueno, quédate con el recuerdo, porque eso no va a volver a pasar. En serio, ¡sal de aquí!

Ignoro sus protestas y cruzo los brazos sobre el pecho, recargándome en la pared.

—Cálmate, Duraznito. Necesito hablar contigo.

—A menos que quieras hablar sobre llevarme a casa, no quiero escucharlo.

—En realidad, de eso mismo se trata.

Su mirada se endurece. Masculla algo de mala gana, luego se vuelve a ajustar la toalla y se sienta en el borde de la tina. Me lanza una mirada expectante.

—Está bien. Habla.

Sacudo la cabeza para despejarme y parpadeo un par de veces, fijando la vista en algún punto por encima de su hombro. Necesito concentrarme, maldita sea.

Elegí tener esta conversación así para poner a Alix en desventaja, pero empiezo a pensar que me salió el tiro por la culata. No puedo dejar de imaginar lo fácil que sería arrancarle la toalla y continuar justo donde nos quedamos en el reino humano.

—¿Y bien? —dice, irritada por mi silencio.

Me aclaro la garganta.

—Lo siento. Aunque no lo parezca, no suelo secuestrar mujeres y no planeé traerte aquí. No sabía quién eras.

—Claro, ¿entonces planeabas secuestrar a mi abuela? —Alix suelta una risa incrédula—. Eso suena muchísimo mejor.

—Mira —rezongo, frustrado—, no quiero estar involucrado en esto más que tú. Nunca he conocido a Isabelle. Si fuera por mí, tampoco la habría traído.

—Entonces ¿por qué la estabas buscando?

—Es complicado —respondo entre dientes—. Nuestro rey fue puesto bajo una maldición hace casi cien años.

—Lo sé —dice enseguida—. Está en el libro, pero pensé que la maldición ya se había roto.

«Necesito leer ese maldito libro».

—No se ha roto, y si no se rompe a fin de mes, se volverá permanente.

Ella deja escapar un suspiro.

—Lo siento. Eso es una desgracia, de verdad… pero no sé qué esperas que diga. Todavía estoy procesando que todo esto sea real, ¿sí? Definitivamente no puedo ayudarte con nada, eh… relacionado con maldiciones.

La miro fijamente, sin saber bien cómo continuar.

—¿Cómo se rompe la maldición en tu libro?

—Con amor verdadero —responde, un poco apenada.

—Al menos esa parte es cierta.

«Más o menos».

—¿En serio? ¿Me estás diciendo que el verdadero rey Thorne en realidad ama a mi abuela?

—No tengo idea de si la ama o no. Solo sé que ayer vino a verme y me pidió que encontrara a Isabelle.

—¿Y tú saltaste feliz ante la oportunidad de secuestrar a una desconocida? ¿Quién demonios hace eso?

Doy un paso involuntario hacia ella.

—No es que tuviera elección —suelto—. Hasta ayer no había vuelto a este palacio en noventa años. Pasé décadas, más tiempo del que has vivido, en prisión, congelándome lentamente, trabajando dieciocho horas al día en las minas y luego peleando para seguir con vida hasta la mañana siguiente.

Alix se inclina hacia atrás, intentando poner más distancia entre nosotros.

—¿Entonces escapaste de prisión para encontrar a mi abuela?

—Nadie ha escapado jamás de Dyaspora. Nunca ha habido un indulto en la historia de Ellender, hasta ayer, cuando Thorne nos ofreció a mis amigos y a mí la oportunidad de volver a la corte a cambio de encontrar a una mujer humana.

Puede parecerte egoísta, Duraznito, pero después de un día en Dyaspora no creerías de lo que son capaces los hombres con tal de salir de ahí.

Yo solía tener una vida aquí: tierras, dinero, gente que dependía de mí.

Podría recuperarlo todo. ¿Qué harías tú en mi lugar?

—Depende —inclina la cabeza—. ¿Qué hiciste para que te enviaran a prisión?

Dejo escapar un suspiro, resignado.

—Es una historia larga. Mira, ¿puedes entender simplemente que no tenía muchas buenas opciones? Y aún no las tengo. Si no llevo a Isabelle con el rey, nos mandará a todos de vuelta sin pensarlo.

Ella niega lentamente con la cabeza y su cara refleja sentimientos encontrados. Por fin deja escapar un suspiro frustrado.

—Está bien, lo entiendo… supongo. Aunque no suena a algo que el rey Thorne haría.

Suelto una risa amarga.

—Tal vez no la versión ficticia que tú conoces. Créeme, Duraznito, Thorne no es el héroe de fantasía de nadie.

—Bueno, lo que sea. Pero ¿por qué tú? ¿Por qué te pediría que encontraras a Nana si ni siquiera la conocías?

Abro la boca para decirle que Thorne es mi medio hermano, pero la cierro de nuevo. No sé por qué no quiero que lo sepa. Tal vez porque pronto lo conocerá y verá qué clase de hombre es. Preferiría morir antes que alguien pensara que nos parecemos.

Así que, en cambio, le ofrezco una verdad a medias.

—Solía viajar con frecuencia a tu mundo. No es raro aquí, pero tampoco común. Requiere más magia de la que la mayoría de los fae puede gastar.

—¿Por qué querías ir a mi mundo?

Vuelvo a dudar. No quiero contarle sobre mi tiempo en el reino humano ni sobre las razones por las que un fae querría escapar a otro mundo… no si ella no lo sabe ya por su maldito libro.

—Solía ayudar a gente a escapar o a encontrar objetos raros —respondo de forma evasiva.

—¿Y por eso estabas en prisión?

—Más o menos —rezongo—. Pero eso no importa ahora.

Lo que importa es que solo queda un mes antes de que la maldición sea permanente.

Thorne está desesperado por romperla y quiere a Isabelle.

Si no la llevo con él, se asegurará de que todos los que me importan sean torturados durante siglos, mucho después de que él muera.

Por una fracción de segundo, un destello de piedad cruza su cara antes de que lo oculte de inmediato.

—Lo siento. En serio. Ojalá pudiera hacer algo para ayudar.

—Sí puedes —digo, casi desesperado—. Puedes fingir que eres Isabelle.

Contengo el aliento mientras Alix solo me mira fijamente. Luego suelta una risa incrédula.

—No. Ni de chiste.

Dejo escapar el aire que estaba conteniendo. No sé si estoy aliviado o decepcionado. Alix se pone de pie y empieza a caminar por la habitación, con los pies descalzos deslizándose un poco sobre el piso de mosaico.

Las caras de mis amigos desfilan por mi mente. Maldición, necesito concentrarme. Debo convencerla.

—¿Por qué no? —Doy otro paso involuntario hacia ella, extendiendo la mano como si fuera a tocarla—. Es perfecto. Te pareces tanto a ella que hasta Odessa se confundió al principio. Ya conoces todo sobre Ellender y Thorne por el libro y lo que no sepas, estaremos ahí para explicártelo.

Alix camina hacia las ventanas.

—Me estás diciendo que el verdadero Thorne es un tipo malvado que manda gente a campos de prisioneros, pero también que debo fingir que estoy enamorada de él. Estás mal de la cabeza.

—Probablemente. Pero acabas de decir que querías ayudar.

—Sí, pero me refería a «ayudar» en un sentido figurado. Mira, de donde vengo, pedirle a un amigo un aventón al aeropuerto ya es un gran favor, y esto es muchísimo más. Es como si me pidieras donar los dos riñones. No va a pasar.

Quisiera sacudirla, obligarla a entender.

—Que tú nos ayudes es la única oportunidad que tenemos.

—No, es la única oportunidad que tienes tú —me corrige—. Lo siento, pero no tengo nada que ver con esto. No te debo nada. Solo quiero irme a casa.

—Puedo arreglar eso —digo enseguida—. No tendrás que fingir para siempre, solo el próximo mes.

—Pero yo no puedo romperla —dice, con los ojos muy abiertos—. Incluso si es cierto que Nana podría romper la maldición, yo no soy ella. No puedo ayudar y ustedes seguirán malditos para siempre de todos modos, así que ¿qué sentido tiene que yo esté aquí?

—Porque creemos que hay una pequeña posibilidad de que no importe.

Si Thorne cree que eres Isabelle, podría ser suficiente para romper la maldición.

—Ella se burla, pero continúo—. E incluso, si eso no funciona, igual sería útil porque la maldición no los afecta.

—Señalo hacia la puerta cerrada, donde Odessa y mis hombres esperan afuera—.

La maldición solo afecta al reino de Vernallis.

Ninguno de ellos nació aquí, así que, mientras no los manden de regreso a prisión en las próximas semanas, estarán a salvo.

—¿Y qué hay de ti? —pregunta, alzando una ceja.

—¿Qué hay conmigo? —arrugo la frente—. No hay forma de salvarme, Duraznito. Yo ya esperaba estar condenado. No tengo nada que perder, excepto a ellos, y todo por ganar si, por algún milagro, la estúpida maldición se rompe.

—Mira… —Da vuelta hacia mí con los ojos muy abiertos, suplicantes—. Probablemente estoy sufriendo algún tipo de síndrome de Estocolmo, pero sí me das un poco de lástima. Ojalá pudiera ayudarte, pero no puedo. Definitivamente no soy la chica indicada para esto. Solo quiero volver a casa.

Me armo de valor para lo que tengo que decir a continuación.

—La única manera de que vuelvas a casa es con mi ayuda.

—¿Entonces, si no acepto, vas a mantenerme aquí como prisionera?

Aprieto los ojos con fuerza, sintiéndome enfermo.

—Piénsalo como una especie de alianza. Si nos ayudas, yo te ayudo a volver a casa. Como lo veo, Duraznito, no tienes muchas opciones.