Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿Qué? —exclama Daemon—. ¿De qué diablos hablas? Claro que lo es.

Odessa niega con la cabeza.

—No lo es. Han pasado sesenta años, pero recuerdo a mi amiga. Belle no me tenía miedo. Ella no es Belle.

—Pero tiene el collar —insiste Daemon, rodeando la cama para ponerse frente a mí—. ¡Y encontré esto! —Saca de su bolsa trasera un libro de pasta blanda: el de Nana—. Mira —dice, señalando la portada—. Ahí está su nombre.

—Esa no soy yo —casi me río—. Isabelle es mi abuela.

Daemon y Odessa se quedan helados, mirándome fijamente. Tras un segundo, a Daemon se le dibuja una sonrisa. Parece estar a punto de reírse, como si creyera que les estoy tomando el pelo.

—Sí, claro, Duraznito. —Voltea el libro en su mano para mirar la contraportada y luego me lo pone frente a la cara, mostrándome la foto de la autora bajo la sinopsis—. Esa eres tú. Isabelle Reading.

Veo la foto y hago una mueca. ¿Por qué la editorial habría elegido esa imagen?

La foto debe de tener como cuarenta años, seguramente tomada cuando Un reino de espinas salió por primera vez.

En ella, Nana ronda los cuarenta y tantos, pero parece al menos dos décadas más joven.

Tiene el mismo cabello castaño, largo y rizado que yo; nuestros ojos son de un tono de azul parecido y, lo más incriminatorio de todo, lleva el relicario de oro con rubíes.

—Esa foto es vieja —digo—. No soy yo. Es Nana, mi abuela. ¿Me estás diciendo que la conoces? ¿Que en serio estuvo en Ellender?

Daemon ignora mi pregunta. Mira la foto y luego me mira a mí.

—Pero son idénticas.

—Supongo —digo, sin mucha fuerza—. Pero no soy yo, así que, sea lo que sea que estuvieran planeando, no puedo ayudarlos.

Daemon se aleja de mí y da otra vuelta alrededor de la cama antes de dejarse caer de nuevo en su silla. Se ve… destrozado.

—Entonces eso es todo. Todos estamos muertos.

Pongo cara de alarma al ver la expresión quebrada de Daemon reflejada en cada cara de la habitación.

—Oye, eso es un poco dramático, ¿no crees? ¿Cómo que están muertos? ¿Por qué querían traer a mi abuela aquí?

—¿Belle te contó algo sobre Ellender? —pregunta Odessa.

—Claro —digo, casi riéndome—. Escribió un libro entero sobre eso.

Mientras hablo, la gravedad de toda esta situación por fin me cae encima.

Si el libro de Nana no era ficción y de verdad estuvo aquí en algún momento, tal vez todo era real.

Mi mirada cae en Jett, el único con el cabello lo bastante corto como para ver bien las puntas de sus orejas. Y sí, son puntiagudas.

—Dios mío —suelo de golpe—. Son fae.

Los cuatro hombres solo me miran, pero Odessa se ríe.

—En realidad, yo soy una sirena, pero no hace falta serlo para ver que te urge un baño. ¿Por qué no entras al cuarto de aseo conmigo, Alix? Te ayudaré a asearte y luego hablamos de cómo arreglar este lío.

Odessa me lleva a un baño enorme, que ella llama «cuarto de aseo », y cierra la puerta detrás de nosotras.

Es casi la mitad del tamaño del dormitorio, con piso de mármol blanco y techos altísimos llenos de ventanas arqueadas.

Sigue lloviendo a cántaros y casi no entra nada de luz.

En su lugar, hay lámparas de aceite encendidas en la pared, entre las ventanas.

En el centro del cuarto, una bañera redonda se ve tan acogedora que me dan ganas de llorar.

—Estoy bien —le digo a Odessa—. No necesito ayuda ni nada. Con ropa seca estaría perfecto.

Para mi desgracia, ella se acerca a la enorme bañera de porcelana y abre las llaves.

—No seas tonta. No me molesta ayudarte.

— Con todo respeto , no sé si quiero desnudarme frente a una desconocida.

—Con todo respeto —me imita, alzando una ceja y mirándome de arriba abajo—, ese barco zarpó hace rato. Has estado enseñándole todo el castillo desde el momento en que llegaste.

Me arde la cara y cruzo los brazos sobre el pecho en silencio, tratando de cubrir lo más posible mi camiseta empapada.

Odessa sonríe y se sienta en el borde de la tina.

—Mira, no te preocupes. No me voy a quedar. Solo quiero asegurarme de que estás cómoda y luego voy a buscarte ropa seca. Pensé que te estaba vistiendo para ir a ver al rey, pero no tienes que usar un vestido.

Resoplo.

—Gracias.

Debería estar más agradecida por su ayuda, pero realmente me cuesta encontrar en mí el agradecimiento por cualquier cosa en este momento. De todos modos, Odessa todavía me asusta un poco.

Como si me hubiera leído la mente, Odessa habla:

—Te acostumbrarás. A mí, me refiero a mí.

No tengo que preguntar a qué se refiere y, aunque estoy asustada como nunca, no resisto la urgencia de asegurarme de no haberla ofendido.

—Perdón. Seguro eres muy agradable; es solo que…

—Me tienes miedo —termina, asintiendo—. Los humanos son muy curiosos con eso. Deberías tenerle mucho más miedo a los fae que a las sirenas. Fuera del agua, no soy más fuerte que tú, pero un fae podría matarte sin pensarlo dos veces.

Trago saliva con dificultad. En realidad, se equivoca; le tengo miedo a todo el mundo aquí, pero al menos me reconforta saber que ella no es más fuerte que yo. Y bueno, si de verdad era amiga de Nana, no puede ser tan mala.

—Entonces, ¿conociste a mi abuela?

Odessa acaricia el agua que ya va subiendo en la tina.

—Sí. Isabelle y yo nos hicimos amigas muy rápido. Y estoy segura de que tú y yo también lo seremos.

«Claro que no. No, gracias».

—No creo que vaya a estar aquí lo suficiente para hacer amistades. Básicamente espero que ahora que Daemon se dio cuenta de que cometió un error estúpido, me lleve a casa.

Odessa aprieta los labios, como si me estuviera desaprobando.

—Interesante.

No sé qué pensar de su respuesta y me quedo sin palabras. En el silencio, se me ocurre una idea horrible:

—Dios mío. No será tu esposo o algo así, ¿verdad? Por favor, dime que no. Sería el colmo perfecto. Estoy tratando de superar a mi propio esposo imbécil e infiel y termino siendo la otra. Diablos, ¿qué me pasa…?

—¡Oye, espera! —Alza las manos, interrumpiendo mi diatriba—. Cálmate.

Odio que me digan que me calme, pero esta vez tal vez sí hace falta. Tomo un respiro entrecortado e intento controlar el pánico.

—Lo siento, de verdad. En cuanto pueda irme, créeme, lo haré.

—Alix, por favor, para. Daemon no es mi esposo. Es mi primo. Más o menos. En realidad, es más como un hermano.

—Ah. —Parpadeo, confundida—. Bueno… está bien, supongo.

Ella se ríe.

—Tienes que dejar de saltar a la peor conclusión posible.

—Sí, bueno, el pensamiento racional me abandonó cuando desperté en un castillo lleno de duendes —murmuro—. ¿Pero cómo pueden ser primos si tú no eres un fae?

Ella agita una mano en el aire, como espantando mi pregunta.

—Somos primos por matrimonio, pero nos criamos juntos como hermanos. Nada de qué preocuparte. Lo importante es que, mientras estés aquí, me da gusto tenerte. Tu abuela fue la última humana que vino aquí y que de verdad me cayó bien. La extraño.

—¿Cuándo estuvo mi abuela aquí? —pregunto rápido, agradecida por el cambio de tema.

—Hace casi sesenta años —responde, poniéndose de pie de inmediato.

—¿Cuánto tiempo se quedó? ¿Qué pasó…?

Odessa me interrumpe con otra risa mientras camina hacia la puerta.

—Tienes muchas más preguntas que ella. Será mejor que dejes que Daemon te responda. Después de todo, este lío es suyo.

—¡Pero espera!

Con la mano en la perilla, se gira hacia mí con una expresión de simpatía.

—Respira, Alix. No necesitas enterarte de toda la historia de Ellender antes siquiera de bañarte. Solo trata de relajarte. Voy a buscarte algo más que ponerte. ¿Quieres algo en particular?

—¿Pants? —se me escapa sin pensar.

Odessa se ríe, con mucha melodía.

—Lo lamento, pero no tenemos. Ojalá se pudiera. La ropa humana es tan interesante… me moriría por ser parte de su mundo.

Con esa nota enigmática, cierra la puerta y me deja sola.

Durante un largo momento no me muevo. Miro la tina sin parpadear, todavía sin creer que de verdad estoy aquí.

«Nana, ¿qué demonios estabas ocultando?».