Capítulo 6
ALIX
—Se suponía que debías llevarla directo con el rey.
—¿Sí? ¿Y qué crees que haría Thorne si viera a su novia vestida así?
—¿Y por eso decidiste dejarla sola para que se fuera corriendo por el castillo? Muy bien, Ashwater…
Cuando despierto por segunda vez, me toma menos de un segundo saber dónde estoy.
El aroma a rosas y el colchón bajo mi mejilla me confirman que estoy de vuelta en la recámara ornamentada del castillo. Peor aún, el frío húmedo que me cubre el cuerpo deja muy claro que sigo usando la camiseta de Daemon, empapada y llena de lodo: «Qué asco».
No quiero más que arrancarme esta cosa de encima y meterme bajo las cobijas, pero me contengo. Mantengo los ojos cerrados, escuchando la discusión de tres voces masculinas. Estoy casi segura de que una de ellas es la de Daemon. Las otras dos son más difíciles de identificar.
—No tuve tiempo de idear un mejor plan —dice Daemon—. ¿Cómo iba a saber que no reconocería a Odessa?
—No entiendo por qué pasó esto en primer lugar —responde una voz más grave y áspera.
—Sí —añade la tercera voz, con un tono de burla—. No somos estúpidos, Ashwater. ¿Qué demonios estabas pensando? Ninguna mujer vale el riesgo de volver a Dyaspora.
Se oye un golpe fuerte, como un puño contra la pared.
—Estaba pensando que no tenía idea de quién era.
Sin abrir los ojos, me desconecto de la discusión. Necesito un plan.
Una parte de mí todavía quiere creer que estoy soñando o que quedé atrapada en una especie de feria renacentista perpetua, pero ni yo misma me trago esa mentira. Acabo de ver un castillo repleto de criaturas mágicas que ni Disney World podría replicar. La única posibilidad es que esté en Ellender.
Lamentablemente, eso no me hace sentir ni un poquito menos loca.
—Dejen de pelear —interviene una cuarta voz, tajante, cortando el murmullo de fondo—. Ya despertó.
Mi cuerpo se pone rígido. Siento todas las miradas encima. Mis párpados cerrados tiemblan, pero trato de no moverme, fingiendo que sigo dormida.
Una silla rechina y oigo pasos que se acercan. Siento el calor de un cuerpo inclinándose sobre mí.
—Eres muy mala actriz, Duraznito.
«Maldita sea».
Abro los ojos y encuentro la mirada verde e intensa de Daemon.
—No me llames así.
Tal como pensaba, estoy de vuelta en la enorme habitación con Daemon, pero ahora no estamos solos. Además de él, hay tres hombres desconocidos alrededor de mi cama. Los cuatro llevan el mismo atuendo: pantalón negro metido en botas negras brillantes y casacas militares de rojo intenso.
Al instante, mi mirada salta hacia los hombros de Daemon.
Se ven normales… salvo por los flecos dorados de su disfraz de soldadito de juguete. Estoy cien por ciento segura de que, si todo lo que he visto hasta ahora es real, entonces sus alas también lo eran. Pero no se ven por ninguna parte. No sé si eso me tranquiliza o me asusta más.
—¿Qué está pasando? —pregunto, con la voz un poco temblorosa—. ¿Quiénes son ustedes?
Los ojos de Daemon se entrecierran.
—Ellos son los que me avisaron que estabas afuera, a tiempo para encontrarte.
Yo también entrecierro los ojos en respuesta. ¿ Él poniéndose bravo conmigo ? La que tiene derecho a estar furiosa soy yo.
El hombre de piel bronceada a su derecha nos mira y hace un gesto de fastidio con la mirada.
—Discúlpalo. Me gustaría decir que los noventa años en prisión son los culpables de sus modales, pero siempre fue así. Soy Kastian.
Kastian me extiende la mano. Se la estrecho en automático, con la mente atorada en «noventa años en prisión». ¿Eso se supone que es un chiste?
—Él es Jett —dice, señalando a un hombre de rasgos de Asia Oriental, quien me dedica una sonrisa amplísima.
Tiene el cabello negro cortísimo y dientes muy derechos y blancos. Es más bajo y delgado que Daemon o Kastian, pero aun así se le notan los músculos bajo la casaca roja.
—Y este —Kastian posa la mano en el hombro del cuarto hombre— es Fox. No habla mucho, no te lo tomes personal.
Fox tiene la expresión más plana del universo, casi aburrida, y apenas me voltea a ver cuando me incorporo. Es el más grande de los cuatro, con músculos de fisicoculturista. Su piel es muy pálida y lleva el cabello rubio recogido en un chongo en la nuca. Parece un vikingo.
—E-está bien —balbuceo—. Ya entendí. Ahora díganme qué demonios está pasando. ¿Por qué me trajeron aquí?
Daemon titubea, sin saber por dónde empezar. De nuevo, Kastian toma la iniciativa con calma, inclinándose para verme directo a los ojos.
—Nadie va a lastimarte. Estás a salvo aquí.
—¿A salvo? —me burlo, haciéndome hacia atrás—. Amigo, hay duendes abajo. No sé tú, pero yo no llamaría a eso «estar a salvo».
Su expresión tranquilizadora se resquebraja. Levanta una ceja y voltea hacia Daemon. Sus ojos se agrandan y gesticula: «¿Duendes?», en un gesto que claramente significa: « ¿Qué carajos? ».
«Justo lo que estoy pensando, amigo: ¿qué carajos es todo esto?».
Sin previo aviso, una masa enorme de pelaje cenizo se me avienta a las piernas. El corazón se me dispara y retrocedo de un salto, lista para defenderme de otra criatura espantosa.
Pero la bestia maúlla.
—¿Sushi?
El enorme gato gris de Nana se acomoda en mi cama. Se me va la mirada hacia Daemon.
—Cielo santo… ¿No solo me secuestraste a mí, también te llevaste al gato de mi abuela?
—Pensé que te gustaría tener a tu mascota contigo —responde Daemon con ese tono burlón suyo.
«Ah, ahora resulta que es un secuestrador considerado. Sí, cómo no».
Mitad furiosa, mitad aterrada, me bajo a toda prisa de la cama.
En cuanto me pongo de pie, entiendo que quizá no fue la mejor idea.
La camisa mojada de Daemon se me pega al cuerpo, sin dejar nada a la imaginación. Sería casi lo mismo que quitármela.
Tiritando, cruzo rápidamente los brazos para cubrirme.
—¿Me pueden dar algo seco para ponerme? ¿Por favor…?
Daemon me mira durante un segundo largo y cargado. Luego, recordando que no estamos solos, aparta la mirada y fulmina a sus amigos.
—Toma. —Arranca la colcha de la cama y me la avienta—. Úsala mientras encontramos ropa para ti. ¿Dónde está Odessa?
—Yo la busco —dice Jett con buen humor, avanzando hacia la puerta—. La vi ayer cuando llegamos y, por los dioses, se ve como si…
—¡Basta! —gritan Daemon y Kastian al mismo tiempo.
Jett solo sonríe aún más.
—Solo iba a decir que se ve como si fuera muy amable. Ya vuelvo.
—Sí, cómo no, eso iba a decir —refunfuña Daemon, pasándose ambas manos por ese cabello color miel tostada—. Fox, ve con él. Si no, va a estar molestando a Odessa por la próxima hora, e Isabelle se nos va a congelar antes de que Thorne se entere de que está aquí.
Fox asiente y se levanta en silencio, siguiendo a Jett fuera de la habitación. Apenas noto que se va; estoy demasiado ocupada observando, aturdida, cómo Sushi amasa la colcha de seda. Tengo un zumbido raro en los oídos y ya es la tercera vez que alguien me llama «Isabelle».
«¿Qué demonios está pasando?».
Daemon se inclina hacia Kastian.
—No sé cuánto tiempo podamos evitar a Thorne. Seguro que ya sabe que está aquí después de lo que pasó abajo.
Kastian pone cara de fastidio.
—Tu suerte sigue sorprendiéndome, Ashwater. El rey no está aquí.
—¿Qué? —Daemon pregunta, bruscamente—. ¿Por qué? ¿Dónde está?
—Nadie esperaba que volvieras tan rápido. Anoche el rey nos dejó aquí con los soldados que no quiere tener cerca y se fue al Palacio de Invierno.
Daemon deja escapar algo entre una risa y un suspiro de alivio, y se despeina aún más el cabello.
—Maldición. Es el primer verdadero golpe de suerte que tengo en el último siglo.
Kastian hace una mueca de fastidio.
Justo entonces, la puerta se abre de nuevo y entra Jett, seguido de Fox. Esta vez vienen acompañados de la misma Barbie androide que estaba en mi habitación antes de que intentara escapar. Trae los brazos llenos de tela y se ríe suavemente de algo que Jett debió decirle en el pasillo.
Abro los ojos de par en par y doy un paso atrás, con cautela.
Todos aquí parecen modelos, pero esta mujer es un poco inquietante.
Es curvilínea, como la Venus de la concha, con un cabello rubio rojizo digno de comercial de champú.
Su cara es demasiado simétrica, sus movimientos son un poco demasiado perfectos para ser reales y, mirándola más de cerca, noto que sus ojos no son azules: son color violeta . Como Harold y su maldito crayón mágico.
—Ay, no —dice la mujer con brusquedad, mirándome de arriba abajo—. ¿Qué le hicieron?
—No le hicimos nada —refunfuña Daemon—. Ella se hizo eso a sí misma al salir corriendo en plena tormenta. Necesita ponerse otra cosa.
—¡Claramente! —Se ríe la mujer—. No te preocupes, la dejo lista antes de que vaya a ver al rey.
No me gusta cómo hablan de mí como si no estuviera aquí. Como si fuera un objeto que pueden arrastrar y vestir según sus planes raros. La mujer avanza hacia mí y yo retrocedo hasta casi pegarme a la ventana.
Ante mi evidente miedo y disgusto, la mujer se detiene de golpe y me mira con preocupación.
—¿Isabelle? ¿Qué pasa?
—¡Dios mío! —estallo—. ¿Pueden todos dejar de llamarme Isabelle? ¡Me llamo Alix!
Me miran confundidos. Pasa un largo momento antes de que Daemon hable.
—¿Quieres decir que estabas usando el nombre de Alix para no levantar sospechas, verdad?
—No, genio. Quiero decir que me llamo Alix. Alixandrea Knight .
Algo raro está pasando aquí. Más raro incluso que haber sido secuestrada por mi aventura de una noche y despertar en un mundo de fantasía. Ellos parecen igual de confundidos que yo.
—Miren —continúo, casi suplicando—. No sé qué está pasando por un montón de razones, pero si se equivocaron o algo, pueden llevarme a mi casa ahora mismo.
No se lo diré a nadie, lo juro . De todos modos, no lo haría.
Me refiero a que afirmar que estuve en Ellender es boleto seguro para que me internen en una celda acolchonada, así que… —Mi voz se apaga.
Los hombres parecen desconcertados, pero Odessa entrecierra los ojos, estudiándome. Rodea la cama hasta quedar lo bastante cerca como para mirarme directamente a la cara.
—Dioses míos… —susurra Odessa—. No eres Isabelle.