Capítulo 5
ALIX
Despertar sin recordar el momento en que me quedé dormida es una sensación increíblemente extraña.
Estoy acostada de lado, con los ojos aún cerrados, medio consciente del martilleo dentro de mi cabeza.
El aroma a rosas llena el aire. Escucho un sonido como de algo que se precipita y el golpeteo rítmico de la lluvia contra el vidrio: agudo y entrecortado, como ciento ochenta pulsos en un metrónomo.
Entrecierro un ojo y, de pronto, varias cosas me caen encima. No estoy en mi casa, ni en mi hotel, ni siquiera en la casa de Nana. Me incorporo de golpe, presa del pánico, y todo me da vueltas.
«Dios mío».
Estoy sobre una cama suave y elegante, en un cuarto que no reconozco.
El techo es altísimo y las paredes, de una piedra color arena suave, están cortadas por ventanales arqueados con patrones geométricos.
Afuera está lloviendo, porque no logro ver nada más que agua y condensación sobre el vidrio.
La cama está cubierta por un edredón de seda bermellón, a años luz del cobertor rojo y barato del Marriott.
Desorientada, bajo las piernas por el costado de la cama. Una corriente de aire frío me roza las piernas y miro hacia abajo. Traigo puesta únicamente una camiseta. Sin zapatos. Sin calzones. Nada. Y lo peor: la camiseta ni siquiera es mía.
«¿Qué demonios está pasando?».
—Con calma, Duraznito —dice una voz conocida—. Cruzar el portal puede ser desorientador.
Giro la cabeza y doy un brinco.
—¿Daemon?
Daemon está recargado en una silla de madera frente a una puerta que se ve pesadísima, con los pies subidos sobre un tocador blanco de patas delgadas.
Volvió a ponerse su pantalón de mezclilla y ahora lleva una chamarra de cuero encima del torso desnudo y tatuado.
Tiene la cara inexpresiva, casi aburrida; no es la cara de alguien que no tiene idea de dónde está.
Se acerca con la arrogancia segura de un hombre. Su expresión es difícil de leer: no está exactamente enojado, pero tampoco es tan amable como anoche. Me empuja una taza de agua entre las manos.
—Toma.
Aún aturdida, me tomo el agua sin pensarlo demasiado. El líquido, a temperatura ambiente, casi me quema la garganta al bajar y toso. De algún modo, eso termina de despejarme y un chispazo de terror me atraviesa.
«Dios mío, ¿me están secuestrando?».
—¿Dónde diablos estoy? ¿Qué está pasando?
Daemon alcanza una jarra de agua sobre el tocador y vuelve a llenar mi taza. Esta vez no la acepto y él suspira, dejándola ahí.
—Escucha, sé que estás confundida, pero necesitas tranquilizarte para que podamos hablar.
Aparto la taza con un manotazo.
—¿Que yo necesito tranquilizarme? ¿Estás mal de la cabeza? En todo caso, no estoy lo suficientemente asustada. Lo último que recuerdo es que estaba en el sofá de la sala de Nana y… —Mi voz se desvanece y siento un calor feroz subiéndome por la cara.
Daemon hace una mueca: la primera muestra de emoción que le veo desde que desperté.
—Lo sé. Y lo siento, pero…
—¿«Lo sientes»? —Me pongo de pie—. No me importa si lo sientes. De verdad espero haberme quedado dormida en ese sofá y que esto sea un sueño muy muy vívido.
—No es un sueño —declara Daemon, con los ojos ligeramente entornados—. ¿Puedes callarte y escuchar?
—¿Tienes miedo de que alguien me oiga? —Abro la boca y grito con todas mis fuerzas—: ¡Fuego! ¡Hay un incendio aquí!
—Muy bien, ya es suficiente.
Daemon se acerca, me tapa la boca con la mano y me sujeta de la cintura, levantándome del piso antes de dejarme caer de nuevo sobre la cama. Se inclina sobre mí y su estatura y sus músculos ya no me parecen atractivos. Ahora se ven como armas. Como si pudiera asfixiarme sin pensarlo dos veces.
—Me importa un carajo si alguien te escucha, Duraznito —dice, aún con la mano sobre mi boca—. Estoy intentando explicarte lo que pasó y no tenemos mucho tiempo. Cierra el hocico y escucha antes de que pierda la paciencia.
Lo miro por encima de su palma grande.
En el bar fue tan amable, pero quizá solo era un acto para que bajara la guardia. Claro, el primer hombre que logra provocarme un orgasmo mejor que mi vibrador tenía que ser un secuestrador asesino en serie.
Asiento despacio. Daemon retira la mano de mi boca con cuidado. Como no grito, se relaja.
—De todas formas no serviría de nada —dice, pasándose la mano por la cara—. Nadie en Ellender le prestará atención a los gritos de una humana.
Me pongo rígida.
—¿Acabas de decir «Ellender»?
Asiente, echándome una mirada como si yo fuera la que se está perdiendo algo obvio.
—Por supuesto. No te hagas la sorprendida.
Mi corazón late tan rápido que me retumba en los oídos. «Carajo», es lo único que puedo pensar.
Ellender es el reino de los libros de Nana. Un mundo de fantasía y magia que cualquier adolescente moriría por visitar. Excepto que no es real . ¿Será que Daemon es algún fan trastornado?
Dios mío, con razón dijo que le gustan las chicas locas. El tipo está completamente desquiciado.
Daemon vuelve a sentarse en la silla frente a la puerta mientras yo repaso mentalmente cada pódcast de crímenes reales que he escuchado, cada episodio de La ley y el orden: unidad de víctimas especiales , y hasta la plática sobre seguridad personal de la secundaria.
Necesito forzarlo a que me deje sola; de lo contrario, nunca tendré la oportunidad de buscar una forma de escapar.
—¿Puedo tomar más agua?
Daemon estira la taza que antes rechacé y me la ofrece. Me inclino para tomarla, pero a propósito dejo que se me resbale. La taza se estrella en el piso y rueda bajo la cama.
—¡Lo siento!
Daemon suspira, fastidiado, y mira su jarra.
—Tengo que volver a llenarla.
Mi corazón da un brinco de emoción cuando camina hacia la puerta. No veo que saque ninguna llave, pero el cerrojo hace clic de todos modos. Abre la puerta y se detiene ahí, bloqueando con su gran cuerpo todo lo que haya afuera.
—Vuelvo en un segundo. No te muevas.
Asiento, con el corazón latiendo tan fuerte que casi me sorprende que él no pueda escucharlo.
—Sí, claro.
Sale y cierra la puerta detrás de él con un golpe seco. Contengo la respiración, esperando que olvide ponerle seguro, pero para mi desgracia escucho otro clic, seguido del eco de sus pasos alejándose.
Una oleada fría de adrenalina me recorre, erizándome el vello de la nuca.
Me pongo de pie de un salto y doy vueltas de forma torpe, buscando un teléfono, un reloj o cualquier cosa.
Solo puedo asumir que estamos en un hotel.
No se parece a ningún hotel en el que haya estado, pero la decoración es tan lujosa que no hay forma de que sea su casa.
Me dirijo a la ventana más cercana con las piernas temblorosas.
Limpio un pedazo de la ventana empañada y pego la nariz al vidrio frío, entornando los ojos para mirar los alrededores empapados por la lluvia.
Lo único que distingo son montañas y un tramo de cielo oscuro.
Eso no me dice nada: las montañas podrían estar en cualquier parte de los Apalaches y el cielo oscuro podría deberse a la tormenta o a la hora del día. Podría ser mediodía, por lo que sé.
Sin rendirme, me volteo y corro hacia la puerta, probando la perilla.
No me sorprende encontrarla cerrada, pero igual me recorre un sentimiento de decepción.
Examino la manija: es de bronce, pesada, con un ojo de cerradura lo bastante grande como para dejar pasar una rendija de luz desde el pasillo.
Recorro la habitación con la mirada, buscando algo que me ayude a abrirla.
Aparte de la enorme cama, no hay demasiados muebles en la habitación. Abro de golpe un armario blanco y dorado y está vacío. A un lado hay un pequeño tocador sobre el que no hay nada más que un candelabro dorado y una taza de té vacía y despostillada.
La frustración me golpea cuando abro de un tirón el cajón del tocador. Meto la mano hasta el fondo; mis dedos tantean la madera lisa hasta topar con algo pequeño y delgado. Un alivio cálido me inunda cuando saco un pasador de cabello con aspecto vintage . « Oh, sí » .
Me toma apenas un par de giros con el pasador antes de escuchar el clic del cerrojo. Abro la puerta de golpe y se me escapa un grito involuntario. Al otro lado de la puerta, intentando abrirla al mismo tiempo que yo, hay una… criatura .
La criatura es baja, me llega a media altura del pecho, y va vestida con un traje estilo feria renacentista para niña: falda larga roja, un corpiño negro de algodón y un abrigo a juego. Pero no es la ropa lo que me hace gritar.
Es su cara.
No es… humana.
No hay otra forma de describirlo y mi cerebro batalla por encontrar una explicación.
Esta cosa no es humana, pero tampoco parece un animal.
Su piel escamosa, de un morado apagado, cubre una cara angulosa con una forma parecida a la de un ratón.
Sus ojos son negros como un escarabajo y no tienen pupilas, como los de un insecto.
—¿Señorita Isabelle? —pregunta la criatura, con una voz aguda—. ¿Se encuentra bien?
Da un paso hacia mí, sosteniendo una tetera blanca en su mano larga y huesuda. Grito aún más fuerte y retrocedo hasta chocar contra la cama.
La criatura hace una mueca —supongo que de alarma— y gira el cuello por encima del hombro.
—¡Odessa! Entra ahora.
Antes de que pueda hacer algo más que pegarme a la cama, otra figura vestida de negro y rojo aparece en la puerta.
La segunda desconocida al menos tiene forma humana, aunque eso tampoco ayuda mucho. Esta mujer tiene una cara tan absurdamente hermosa que no parece real. Se echa el cabello rubio fresa por un hombro y arruga la nariz al verme.
—¿Qué está pasando?
La primera criatura gira hacia la recién llegada y ladea la cabeza, como encogiéndose de hombros.
—Algo le pasa a nuestra señora.