Capítulo 4 #2
Solo hay un tiempo limitado en el que un humano puede ocultar el hecho de que es inmortal. ¿Diez años? ¿Quizá veinte, como máximo? Después de eso, Isabelle habría tenido que quitarse el collar o mudarse para evitar atención indeseada.
¿Debía buscarla de todos modos? ¿Debía encontrar a otra chica mortal y esperar que Thorne, con su atención ridículamente breve y su corazón indiferente, no notara la diferencia?
Pasó una hora y yo seguía sin decidirme. Mi bebida ya no era más que hielo derretido en el fondo del vaso. Justo en ese momento se abrió la puerta y alcancé a ver una cabellera larga, rizada y oscura.
Me quedé sin aliento.
Antes de ser condenado a la isla prisión, había tenido muchas amantes, pero eso fue hace mucho tiempo. Rara vez enviaban mujeres a Dyaspora y las pocas que llegaban no duraban mucho. En consecuencia, no había estado con nadie en más de noventa años.
Ella era impactante: cara pálida en forma de corazón, piel clara, casi luminosa.
Su rostro era joven, pero sus enormes ojos azul grisáceo mostraban que no era una niña.
Había visto lo suficiente del mundo como para estar desencantada de él.
Usaba un pantalón de mezclilla ajustado y una camiseta rosa de manga corta con un estampado al frente.
Al acercarse más, vi que decía «Deliciosa como duraznos con crema» sobre el pecho. ¿Era una promesa o solo una sugerencia?
No era coincidencia que los mitos humanos estuvieran llenos de varones fae seduciendo doncellas. Nosotros encontrábamos a las humanas tan bellas y tentadoras como ellas a nosotros. Un emparejamiento digno de un cuento de hadas. O del infierno, en este caso.
«Maldita sea».
—Por el amor de Dios —murmuré, sacudiendo la cabeza.
Con la mandíbula apretada, aparté la mirada de la mujer del mensaje sugerente y me terminé lo que quedaba de mi bebida. No podía darme el lujo de distraerme, no ahora.
Me incorporé para irme, pero antes de que pudiera hacerlo, ella se dejó caer en el asiento junto al mío.
Incapaz de apartar la mirada, me quedé donde estaba, observando cómo llamaba al cantinero y pedía una cerveza y una hamburguesa con queso. Luego apoyó la cabeza en la mano y se quedó mirando al vacío durante un largo momento. Se veía… ¿triste? ¿Enojada, quizá?
—Dios mío, me estoy volviendo loca —dijo.
—Lo dudo, Duraznito —aseguré antes de poder detenerme.
Esas palabras fueron el peor error de mi vida.
Ahora miro al otro extremo de la sala, hacia el cuerpo inconsciente de Alix.
Hace un momento, lo único que veía era su cara bonita, sonrojada por el orgasmo.
Ahora, desearía no haber entrado nunca a ese bar.
Ojalá no la hubiera conocido. ¿Cuáles eran las probabilidades de que, de todas las mujeres del mundo, encontrara de inmediato justo a la que buscaba… sin saber que era ella?
Parece increíble. En serio, increíble a más no poder. Pero ahora que las piezas del rompecabezas empiezan a encajar, no puedo evitar ver todas las señales que pasé por alto:
El libro con el retrato de mi hermano en la portada, escrito por Isabelle Reading.
El collar de oro con rubíes de Alix, al que no le presté atención.
El hecho de que estamos en la última maldita casa de Ironhill.
La mente se me llena de preguntas mientras alterno la mirada entre Alix y el libro en mi mano.
Aunque ya estoy casi seguro, una parte de mí todavía quiere probar que estoy equivocado.
Abro la portada del libro, ocultando la sonrisa arrogante de Thorne.
Frenético, paso las hojas, leyendo una oración al azar aquí y allá.
De pronto, la palabra «Ellender» salta ante mis ojos y una nueva oleada de náuseas me golpea.
Cierro el libro de un chasquido y eso me deja ver la contraportada.
Una imagen en blanco y negro de una mujer me mira.
Al instante, paso la vista de la foto a la mujer tendida en el sofá.
No me queda duda: es la misma persona. El parecido es asombroso: el cabello, los ojos y, sobre todo, el hecho de que Alix lleva exactamente el mismo collar que en la fotografía.
Trato de recordar lo que dijo Thorne sobre ese collar.
Es un relicario de oro con su emblema grabado en la parte trasera y, dentro, guarda un espejo encantado.
El corazón me late más rápido mientras me pongo de pie y cruzo la habitación en dos zancadas.
Extiendo la mano hacia el cuello esbelto de Alix y jalo suavemente la cadena que asoma bajo el escote de mi camiseta, que tomó prestada.
El colgante de oro está tibio al tacto cuando lo volteo. Sabía lo que iba a encontrar, pero igual me perturba ver la insignia de la rosa de Thorne. Ni siquiera necesito abrir el relicario para estar seguro.
—Me estoy volviendo loco —murmuro en voz alta, repitiendo las mismas palabras que Alix dijo antes.
Espera. ¿En qué demonios estoy pensando?
Estoy repitiendo las palabras de Isabelle . Alix es Isabelle. No hay otra explicación.
Esto es un maldito desastre .
Vine aquí para encontrar a Isabelle y, contra todo pronóstico, lo logré en menos de un día. Debería estar encantado con mi buena suerte. Debería estar ansioso por aprovechar la oportunidad de salvar a mi familia y a mis amigos, y recuperar mi antigua vida al mismo tiempo.
Pero no lo estoy.
El estómago se me revuelve y estoy más conflictuado de lo que debería. Acabo de conocer a esta mujer. Y, sin embargo, ¿qué clase de monstruo se acostaría con una mujer y luego la entregaría para obligarla a casarse con otro hombre?
Esto no se trata de nosotros . Se trata de cada habitante de Ellender. Una mujer mortal a cambio de la supervivencia de una raza entera no puede ser un mal trato. Además, no es como si la fuéramos a matar. Muchas mujeres matarían por tener la oportunidad de ser reina.
Ni yo mismo creo mis mentiras, pero me pongo de pie de todos modos, con la rabia hirviendo justo bajo la superficie. Recojo mi ropa del suelo y me visto rápido, dejando solo la camiseta que Isabelle lleva puesta.
Estoy metiendo un ejemplar del libro de Isabelle en la cintura de mi pantalón cuando algo roza mi pierna. Me sobresalto y miro hacia abajo.
Un enorme gato gris, con ojos verdes gigantescos, me mira y maúlla fuerte.
—Quítate —murmuro, espantándolo con la mano—. Por el amor de Dios. ¿Tienes hambre? ¿Es eso?
—Miauuu.
No tengo tiempo para esta estupidez.
Agarro al gato y miro alrededor, buscando algo para transportarlo. Por un instante, desearía haberme llevado la alforja de Thorne en vez de dejarla en la colina con mis harapos de prisión.
Una bolsa de tela cuelga de un gancho junto a la puerta y meto al gato dentro. Se retuerce, bufando furioso.
—Cállate —reprocho—. Al menos no te estoy dejando aquí para que te mueras de hambre.
Tal vez Isabelle se alegre de tener a su gato con ella en Ellender. ¿Lo suficiente como para no odiarme por secuestrarla? Probablemente no, pero no pierdo nada intentándolo.
Cargando al gato, que forcejea sobre mi hombro, me agacho para levantar el cuerpo inerte de Isabelle. Su cabeza cae hacia un lado y se me apoya en el hombro.
Solo entonces me doy cuenta de que no hay manera de llevar a ambos a ningún lado sin llamar la atención, y mucho menos de subirlos a la motocicleta que acabo de robar.
Salgo muy decidido al patio, respiro hondo y despliego mis alas antes de elevarme al cielo.
Casi me alegra tener que encontrar un portal distinto al que usé para llegar. El siguiente queda a horas de distancia, pero me pone contento, si eso significa retrasar el momento en que Isabelle despierte por fin y me vea como la bestia que soy.