Capítulo 4
DAEMON
¿Qué demonios está pasando?
Alix se desploma en el sofá, con la cabeza ladeada. La miro con horror absoluto y, aturdido, me dejo caer en una de las sillas del comedor, detrás de mí. Miro el libro que tengo en la mano y la sonrisa engreída de Thorne me fulmina desde la portada.
¿Qué demonios…?
Solo han pasado doce horas desde que crucé la barrera desde Ellender y llegué al reino mortal. Ni siquiera quería hacer el viaje, pero Thorne no me dejó muchas opciones.
O intentaba encontrar a esta tal Isabelle, o todos los que amo serían torturados.
No fue una decisión difícil.
Salí de Dyaspora con mis hombres, y con el viejo mendigo, pensando todo el tiempo que Thorne podría cambiar de opinión.
Podría dar media vuelta y asesinarnos a todos antes de que yo tuviera la oportunidad de reaccionar, o tal vez arrojarnos al océano helado para que las sirenas nos ahogaran y devoraran.
Pero no lo hizo.
Thorne nos condujo fuera de la prisión de piedra cubierta de nieve y hacia la tundra congelada.
La zona brillaba con la luz de docenas de antorchas y faroles, y legiones de soldados con casacas rojas esperaban, de pie, a que su rey regresara.
Más allá de la orilla, un enorme barco, con las velas ondeantes grabadas con el escudo de armas de Thorne, se mecía en el agua.
Esto estaba pasando de verdad. Íbamos a casa.
De pronto, Kastian me agarró del antebrazo y me giré para mirarlo.
—¿Qué?
Sus ojos cafés se abrieron.
—¿Estás seguro de esto?
—No —admití—. ¿Tú qué piensas?
Kastian miró el barco.
—Creo que mi padre se va a cagar en el pantalón cuando se entere de que logré escapar de Dyaspora con el rey de Vernallis.
Me reí con ironía. No dudaba de que tuviera razón.
Kastian había sido mi primer amigo durante el exilio.
Nos conocimos de niños, cuando la corte de Hydratta visitó Vernallis.
Nunca imaginé que la próxima vez que nos veríamos sería en la fría y yerma tierra baldía de Dyaspora, pero terminó siendo lo único que me mantuvo cuerdo en esos primeros años.
Kastian fue desterrado de su propia corte apenas dos años después de que yo llegué y rápidamente se volvió mi confidente.
Hasta el día de hoy, nadie más que yo sabía la razón de su destierro o quién había sido él en Hydratta.
—No creo que Thorne sepa quién eres —murmuré.
Él negó con la cabeza.
—Yo tampoco. Tu hermano nunca ha sido muy observador.
—Difícil observar algo con la nariz tan levantada.
Nervioso de que pudiera haberme oído, miré de golpe la espalda de mi hermano, varios pasos delante de nosotros. Thorne ni siquiera se inmutó: siguió su camino hacia el barco, ignorando las preguntas y comentarios de sus soldados al pasar.
—Escucha —le dije a Kastian, bajando aún más el paso para darnos un momento a solas—. Estoy seguro de que va a exigirme que vaya al reino humano en cuanto pisemos el continente. No sé qué piense hacer con ustedes mientras yo esté fuera.
—Apuesto a que nada —respondió Kas—. En verdad quiere que regreses, así que no tiene sentido hacernos daño mientras no estés. Asumo que estaremos a salvo por ahora.
—Pero si no regreso o no encuentro a esa mujer…
—Me aseguraré de que salgamos de Vernallis —prometió, sin que yo tuviera que pedírselo—. Si no vuelves en un mes, me llevo a Jett y a Fox a Hydratta. A tu madre y a tu hermana también, si aceptan.
Asentí una vez. Sabía que era una promesa sincera, porque volver a Hydratta casi garantizaba su propia muerte. Aunque yo no regresara jamás, al menos mi familia y la mayoría de mis amigos sobrevivirían.
Como suele pasar, mi predicción se cumplió muy pronto.
Apenas pisamos Ellender, Thorne exigió que encontrara el portal más cercano y empezara la búsqueda de su futura esposa.
Lamentablemente, no tenía idea de dónde buscar.
Isabelle llegó a Ellender hace sesenta años.
Eso fue treinta años después de que me condenaran a Dyaspora.
Nunca la conocí, no sabía cómo era, ni tenía la más mínima idea de cómo había encontrado Ellender en primer lugar.
No sabía por qué se fue en lugar de casarse con Thorne, ni siquiera si seguía usando el collar que evitaría que envejeciera.
Tal vez nunca lo usó y ahora yo buscaba a una mujer de ochenta años.
O tal vez lo usó un tiempo y luego dejó de hacerlo.
En ese caso, podría tener cualquier edad.
Toda la tarea parecía inútil. Como buscar una aguja en un pajar.
La única pista era que Isabelle cruzó a Ellender desde un pueblo llamado Ironhill.
Conocía la ubicación de cada portal por mi vida anterior, transportando personas y mercancías de un lado a otro entre los reinos.
Hace siglos había incontables portales y podíamos movernos entre mundos con facilidad.
Antes, las hadas y otros fae estábamos en todas partes, y los mortales nos veían como dioses o ángeles.
Ahora, casi todos nuestros portales han sido destruidos y solo quedan unos cuantos lugares donde alguien puede caer accidentalmente en uno de los cuatro reinos fae, o toparse con alguna criatura que no pertenece a este mundo.
Los montes Apalaches son uno de esos lugares.
Cuando Thorne mencionó que su novia perdida era de Ironhill, entendí de inmediato que debía vivir cerca del portal de los Apalaches.
Pero incluso eso resultó un callejón sin salida.
Cuando empezó a anochecer, monté uno de los caballos de Thorne y partí, preparándome para un viaje incómodo.
La entrada al portal quedaba a cuatro horas a caballo y no podía darme el lujo de perder tiempo.
No cuando sabía que necesitaba cruzar al otro reino antes del anochecer.
Una vez que la oscuridad cubriera Vernallis, la maldición caería sobre cada miembro de la corte de Thorne y, para cuando volviera a ser yo mismo, no había forma de saber qué podría pasar.
Cabalgué tan rápido como pude rumbo al portal, sin prestar mucha atención a mi alrededor. No tenía tiempo de detenerme a maravillarme por la falta de nieve ni de apreciar las hojas de los árboles, no si quería llegar antes de que oscureciera.
Por fin, llegué al portal.
Salté del caballo y me paré ante la boca de la cueva. La oscuridad en su interior parecía extenderse hasta el infinito, un abismo sin fin que me erizó la piel.
No tenía caso demorarme .
Con la alforja de ropa colgada al hombro, entré en la boca de la antigua cueva y la oscuridad opresiva me tragó por completo.
Pasé la mano por las paredes ásperas de piedra; mi pulso resonaba en mis oídos mientras avanzaba a tientas por túneles sinuosos durante lo que me pareció una eternidad.
Al fin, el aire cambió. Una brisa fresca rozó mi piel, señal de que había llegado a la barrera oculta que separaba Ellender del mundo humano.
En cuanto mi pie cruzó la línea invisible que divide ambos mundos, un escalofrío me recorrió la espalda. El aire se volvió pesado de pronto y una sensación de inquietud se instaló en mi estómago.
Algo estaba mal.
El aire estaba denso por el humo, con un calor intenso y un olor penetrante que me llenó los pulmones y me dificultó respirar. Jadeé buscando aire y mis piernas se debilitaron.
Mientras el pánico me apretaba el pecho, sentí una presión familiar entre los omóplatos.
Sin pensarlo, mis alas se desplegaron, mostrando su mezcla llamativa de plumas rojas y negras.
Como la mayoría de las hadas y otros fae, las mantengo ocultas, pero en momentos de emoción intensa se revelan solas.
Aferré la alforja desgastada y me cubrí los ojos del humo espeso que me rodeaba.
Batiendo mis alas con todas mis fuerzas, me elevé del suelo y subí hacia el techo del estrecho pasaje de la cueva.
El calor intenso y el humo me nublaban la vista, pero logré maniobrar por encima de las llamas hasta llegar a la salida.
En cuanto irrumpí en el cielo abierto, inhalé una bocanada de aire fresco.
Una breve sensación de alivio me recorrió mientras sobrevolaba la zona y contemplaba la vista. Pero al mirar las calles vacías abajo, ese alivio se desvaneció de inmediato.
Era un pueblo fantasma, desierto y en ruinas. No había un alma, humana o de otro tipo, por ningún lado.
Aterricé suavemente en una colina y me detuve a recuperar el aliento.
Mi pulso se calmó y, por fin, mis alas desaparecieron, replegándose de nuevo en los tatuajes encantados que cubren mi espalda.
«¿Qué carajos está pasando aquí?».
El portal estaba casi destruido y ese pueblo parecía abandonado desde hacía generaciones. ¿Era posible que Thorne me hubiera enviado a una búsqueda inútil, con la intención de que me quemara en el pasaje?
Era posible, pero ¿para qué? Ya llevaba noventa años torturándome.
No, Thorne no podía saberlo. Eso significaba que el incendio era algún desastre natural o producto de un error humano. Tendría que usar otro portal para volver a Ellender. Si encontraba a Isabelle, claro.
Por ahora, necesitaba un plan.
Quizá alguien por aquí sabría algo de Isabelle y podría indicarme el camino correcto. Pero primero tendría que encontrar algunos humanos.
Me cambié rápido a mi ropa humana y dejé los harapos de prisión en el suelo.
Luego lancé sobre mí un pequeño hechizo de ilusión.
No lo suficiente para volverme invisible, pero sí para que cualquier humano con el que me cruzara me viera como uno de los suyos y no con mi forma fae.
Tal vez seguiría pareciendo más atractivo que el humano promedio, pero eso no podía evitarse.
Partí a pie en dirección al pueblo. Al final llegué al único negocio abierto en la zona: un bar pequeño y deteriorado, con decenas de motocicletas estacionadas afuera.
Por lo menos no todo había cambiado en el mundo mortal, al menos por lo que recuerdo: la gente seguía usando cuero y mezclilla, y mi disfraz no llamaba la atención.
Me senté en la barra y pedí una bebida. Pronto me hundí en mis pensamientos.