Capítulo 3 #2
En algún rincón de mi mente pienso que quizá debería pedirle que use condón. Al carajo, me arriesgaré. Estoy con anticonceptivos, e incluso durante el año que dejé de tomarlos, cuando Ryan y yo intentamos embarazarnos, nunca pasó nada. Ni siquiera estoy segura de poder tener un bebé.
Alejo ese pensamiento y me vuelvo a concentrar en el hombre frente a mí. Los ojos de Daemon son intensos, casi como si brillaran desde adentro. Emite un sonido bajo de placer y tira de mi sostén, bajando las copas para volver a uno de mis pezones.
Bajo un poco, apenas unos centímetros, y gimo, moviéndome contra él para buscar fricción en mi clítoris.
—Deja de provocarme —refunfuña contra mi piel, pellizcándome el otro pezón con fuerza suficiente para doler—. Quiero estar dentro de ti. Quiero que te sientes y brinques sobre mí hasta que te vengas tan fuerte que no puedas ver bien.
—Cielo santo —suspiro—. ¿Dónde aprendiste a hablar así?
—En prisión —dice con toda seriedad.
Está bromeando, ¿verdad? Tiene que estarlo. ¿Y me importa ahora mismo?
Ya cansado de esperar a que me mueva, Daemon me toma de las caderas con fuerza. Me gira, pega mi espalda a su pecho con un brazo y presiona todo mi cuerpo hacia abajo hasta dejarme sentada sobre él.
—Carajo.
Por un segundo no me muevo, dejo que mi cuerpo se adapte a la sensación. Late dentro de mí y la presión es tan intensa. Me siento al límite, increíblemente llena, casi demasiado, pero de la mejor forma posible.
Abro más las rodillas y me levanto lentamente, deslizándolo hacia fuera antes de hundirme otra vez. Me agarra con más fuerza, sus dedos se clavan en mi piel. Sé que mañana tendré moretones en los pechos y en las caderas. Me encanta , carajo .
Me muevo más rápido y arqueo la espalda, dejando caer la cabeza sobre su hombro. Él roza mi oído con la boca y me estremezco. Luego pasa su brazo para agarrarme y encontrar mi clítoris, acariciándolo hábilmente mientras lo cabalgo.
—Carajo, Duraznito —jadea—. Te sientes demasiado bien.
Sin dejar de frotar mi clítoris con la otra mano, Daemon aparta mi cabello y chupa la piel justo debajo de mi oreja.
Su lengua sube lentamente por mi cuello y un escalofrío me recorre por completo.
Chispas eléctricas bailan a lo largo de mi piel, se encienden y arden.
Arqueo la espalda y siento que todo mi cuerpo estalla en llamas.
Mi clítoris late y las piernas me empiezan a temblar tanto por placer como por esfuerzo.
—¿Te vas a venir otra vez por mí? —murmura en mi oído.
Gimo, incapaz de articular palabra mientras muevo las caderas. Lo dejo entrar más hondo con cada embestida. La vista se me llena de destellos. Mi cuerpo se tensa y mis caderas se estremecen cuando las oleadas de placer me recorren. Me siento sin huesos.
Sin previo aviso, Daemon me levanta y vuelve a cambiar nuestras posiciones.
Me azota contra los cojines del sillón, y me hace jadear de la sorpresa. Con una gracia fluida que casi envidio, se coloca sobre mí y me penetra de golpe, llenándome con un placer tan intenso que se expande por todo mi cuerpo.
Grito cuando mi orgasmo estalla y me estrecho alrededor de él justo cuando él se viene.
Un calor súbito me recorre de pies a cabeza y me obliga a cerrar los ojos por instinto. Mis músculos se tensan y los dedos de mis pies se doblan mientras subo las rodillas. Daemon las mantiene abiertas, me penetra tan fuerte que mi cabeza rebota contra el descansabrazos acolchonado.
Nuestros gemidos se mezclan. Se pone aún más duro dentro de mí y luego se desploma hacia adelante, pegando su cara a mi pecho.
A pesar de la diferencia de tamaño, es extraño lo poco incómodo que resulta sentir su peso encima. Estoy totalmente envuelta en músculos cálidos y tatuados, y me quedo ahí, quizá demasiado cómoda, mientras mi respiración se calma y mi ritmo cardiaco vuelve a la normalidad.
Por fin, se impulsa con las manos para verme. Nuestras miradas se encuentran y la frágil burbuja de felicidad del momento se revienta.
¿Y ahora qué?
¿Se va a ir? ¿Cuál es la etiqueta adecuada para un encuentro de una noche?
—Eh… —empiezo, sin tener idea de a dónde voy con esto.
Él sonríe, se aparta y luego se pone de pie.
—¿Tienes algo de tomar?
Me siento.
—La verdad no. Bueno, hay agua.
Me dedica una sonrisa arrogante y recorre mi cuerpo desnudo con la mirada antes de darse vuelta y caminar desnudo por la sala. Dios mío, quiero hundir mis dientes en sus nalgas.
—Agua está bien —Señala hacia el pasillo—. ¿Por aquí?
—Sí —murmuro, quitándome los rizos sudados de la cara—. La cocina está pasando el comedor.
—Perfecto —dice, ya alejándose—. Creo que vas a necesitar hidratarte antes de la segunda ronda.
Se me revuelve el estómago de emoción.
—¿Segunda ronda?
Él sonríe por encima del hombro.
—Claro, Duraznito. ¿Pensabas que podría conformarme con probarte solo una vez?
Carajo, creo que podría enamorarme de él. No de verdad, pero amo la forma en que me coge. Puedo sentir un verdadero encaprichamiento abalanzándose sobre mí como un tren a toda velocidad.
Lo observo, encantada, mientras cruza la entrada y atraviesa el comedor rumbo a la cocina. Se detiene de golpe frente a las pilas de libros sobre la mesa.
Toma uno y lo examina de cerca antes de girarse hacia mí con una expresión sombría.
—¿Qué demonios es esto?
—Eh… —Me toma un momento entender la pregunta—. Solo libros. ¿Alguna vez has oído hablar de Isabelle Reading?
—¿Isabelle? —dice despacio, con la voz un poco estrangulada.
El ambiente cambia de golpe. Carajo. ¿Será fan de Nana? Si quiere pasar el resto de la noche hablando de cuentos de hadas, me muero.
Me enderezo, buscando mi ropa a tientas. En su lugar, encuentro la camiseta de Daemon. Me la pongo como vestido y me pongo de pie.
—¿Qué pasa? —pregunto mientras camino por la sala.
Daemon sigue concentrado en los libros; sus hombros están tensos. Poco a poco se gira hacia mí y sus ojos saltan de mi cara a mi clavícula. Se detiene en el bulto de mi collar escondido debajo de su camiseta, mientras una ráfaga de emociones le cruza la mirada: horror, culpa, ira.
—Bueno … —Dejo escapar una risa nerviosa—. Me estás asustando. ¿Ya leíste los libros o qué?
—¿Cómo se llama el hombre de la portada?
Pongo cara de confusión.
—Ese es el rey Thorne, sale en el libro. ¿Y eso qué?
Daemon se humedece los labios, nervioso, y su apuesta cara se derrumba con resignación.
—Maldición, Duraznito. Lo siento muchísimo por esto.
—¿Lo sientes por qué?
Él alza una mano y no alcanzo a escuchar su respuesta, ya que todo se vuelve negro.