Capítulo 3
ALIX
«Ay. Dios. Mío».
Dios mío, no puedo creer que esté haciendo esto. Nunca en mi vida he tenido una aventura de una sola noche. Ni siquiera me había acercado.
En mi cabeza, soy una cualquiera. Pero en la realidad, solo leo muchos libros subidos de tono. Hasta ayer, jamás me habría imaginado ligando con un desconocido en un bar. Al parecer, estoy haciendo muchísimas cosas distintas a las que hacía ayer.
Daemon me sigue hasta la casa en su motocicleta. ¡Maneja una maldita motocicleta! Es obvio, claro que sí, porque tenía que volverse todavía más atractivo.
La luz de su faro entra por mi ventana trasera cuando llegamos a la entrada de la casa de Nana.
Me quedo un segundo quieta antes de apagar el coche, mirando el resplandor amarillo de mis propios faros reflejado en la fachada.
Quiero hacer esto… de verdad quiero, pero me tiemblan las manos de nervios y tengo el horrible presentimiento de que voy a hacer el ridículo.
Una sombra cae sobre mí desde afuera, por la ventana del copiloto, y levanto la vista para encontrar a Daemon parado, esperándome. Sonrío, apago el motor y salgo.
—Bonito lugar —dice, mirando la enorme casa amarilla y el jardín lleno de plantas que la rodea—. No es lo que imaginaba cuando dijiste que te estabas quedando en Ironhill.
Me río.
—¿Pensaste que te estaba atrayendo a mi cueva?
Sus ojos brillan con algo —creo que sorpresa — y luego sonríe. Se acerca y apoya la mano en la puerta, acorralándome contra la ventana del conductor.
—Para ser honesto, aunque así fuera, te habría seguido.
Mi corazón hace un repiqueteo ridículo y, de pronto, entiendo de verdad lo que significa la palabra «desfallecer».
Sonrío y lo miro a los ojos, esos ojos increíblemente verdes.
Es tan guapo, casi irreal. Como si no pudiera tocarlo justo ahora, porque se desvanecería y regresaría al lugar mágico del que salió.
En el bar, sentado, era difícil ver qué tan alto es, pero aquí afuera me lleva casi treinta centímetros: mido un metro sesenta y dos y no le llego ni a los hombros.
Tengo que ponerme de puntitas para rodearle el cuello con los brazos, y mi camiseta se sube tanto que toda mi espalda queda contra el metal frío del coche. Tiemblo.
Daemon desliza sus manos grandes a mis costados y hunde los dedos en la piel descubierta de mi cintura. Contengo la respiración y pienso: «Dios, huele delicioso». Como un bosque húmedo, con quizá un toque de rosas.
Entonces baja la cabeza para besarme.
Sus labios son suaves y saben a una mezcla de canela y hierbabuena. El estómago me da un brinco y abro la boca, dejándolo explorar.
Desliza las manos por mi costado hasta tomarme las nalgas y, sin avisar, me agarra por detrás de los muslos y me levanta del suelo.
Jadeo y entrelazo las piernas alrededor de su cadera.
Lo siento endurecerse contra mí, justo donde más lo deseo, y me froto ligeramente, disfrutando la fricción de la mezclilla contra la mezclilla.
Se separa lo justo y susurra contra mis labios:
—¿Adentro?
—Sí. Yo…
Antes de que pueda terminar, me levanta con más firmeza y empieza a caminar hacia el porche.
Aprieto las piernas alrededor de él y giro la cabeza para repartir besos a lo largo de su cuello y su mandíbula afilada.
La barba áspera raspa mis mejillas y labios, pero no me importa.
Quiero sentir esa rudeza en todo mi cuerpo, en cada centímetro de piel sensible.
Daemon sube los escalones cargándome y se dirige a la puerta.
—Hay una llave debajo… —empiezo a decir, pero me detengo cuando abre la puerta con una sola mano y entramos.
¿Qué? ¿Olvidé cerrarla con llave? Qué raro… estoy segura de que lo hice.
La confusión desaparece en cuanto cierra la puerta de una patada detrás de nosotros y murmura contra mi cabello:
—¿A dónde, Duraznito?
«Mmm».
Miro alrededor de la entrada. La habitación de visitas donde suelo dormir está arriba, pero ni siquiera he subido aún.
Por lo que sé, Nana pudo haber dejado materiales de arte por toda la habitación o decidió usarla como un invernadero improvisado, algo así.
Eso sería raro de explicar y definitivamente arruinaría el momento.
—Al sofá —susurro, señalando con la cabeza hacia la sala a nuestra derecha.
La sala es probablemente el cuarto menos caótico, aparte de la cocina. Hay un sofá largo de terciopelo rojo pegado a un gran ventanal y varios sillones eclécticos alrededor de una mesa de centro con patas delgadas.
Daemon me lleva hasta ahí, navegando por el laberinto de muebles con destreza, y me baja al sofá de terciopelo rojo.
Tengo que echar la cabeza hacia atrás para verlo desde abajo mientras se cierne sobre mí. El corazón me late desbocado y, de pronto, estoy nerviosa otra vez.
Alejo la ansiedad a la fuerza y tomo las solapas de su chamarra de cuero para quitársela, deslizándola por sus brazos musculosos.
Debajo trae una camiseta blanca muy simple y se me hace agua la boca cuando veo los tatuajes intrincados que le cubren ambos brazos, desde las muñecas hasta ocultarse bajo las mangas de algodón.
Están hechos de un patrón continuo de símbolos.
Parece una mezcla entre runas nórdicas y caracteres árabes antiguos.
—Bonitos tatuajes —digo.
Él mira su brazo y sonríe.
—Gracias.
Se arrodilla frente a mí y separo las piernas para que pueda ponerse entre ellas. Así, quedamos casi a la misma altura. Su sonrisa burlona es sexy y arrogante mientras sube las manos por mis muslos cubiertos de mezclilla.
Pasa los dedos por mi cintura, jugando con el botón de metal plateado de mi pantalón.
—¿Puedo quitarte esto?
—Por favor.
Forcejea un segundo con el botón y el cierre; yo levanto las caderas para ayudarlo a quitarme la prenda.
La jala y la deja caer a un lado, y el aire fresco hace que se me erice la piel desnuda.
Carajo, nunca en mi vida había estado tan agradecida por la depilación láser ni por traer ropa interior bonita.
Mi tanga negra no combina con mi sostén, pero al menos no llevo unos calzones horribles de día de lavar ropa.
—Bonitos tatuajes —repite mis palabras, sonriendo.
Sus dedos recorren el tatuaje de una rosa en mi muslo derecho mientras me mira con una clara hambre en los ojos, y yo me retuerzo bajo su atención. Nadie me había mirado así jamás.
Me quito la camiseta por la cabeza, pero la tela se enreda en mi collar.
Daemon estira la mano y lo desata con un toque cuidadoso.
Su mirada se detiene un segundo en el colgante de oro sobre mi pecho antes de dirigirse al segundo tatuaje en mi brazo…
y luego más abajo, a mi sostén de encaje morado.
Su mirada se enciende y se inclina, presionando la boca contra mi clavícula.
«Santo cielo».
Echo la cabeza hacia atrás y gimo cuando desliza sus labios hacia abajo y succiona suavemente mi pezón derecho a través del encaje.
Le arranco la camiseta, revelando que los tatuajes le cubren los brazos, los hombros y el pecho.
Está marcado por músculos tensos, como si pasara cada hora despierto en el gimnasio.
Mis ojos se abren de par en par, se detienen en su abdomen y luego me obligo a volver a mirarlo a la cara, como si solo estuviera admirando los tatuajes y no ese cuerpo perfecto.
—¿Qué significan? —pregunto.
—Son algo de familia —responde, distraído.
—¿Como un lema?
—Algo así —murmura, y luego se inclina para capturar mi boca en otro beso.
Olvido mis preguntas mientras el beso vuelve a encenderse.
Sube las manos por mis piernas desnudas y por mi vientre hasta tomar mis pechos.
Aprieta suavemente y pasa los pulgares sobre mis pezones, rozándolos con las uñas.
Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo y se concentra entre mis piernas.
Arqueo la espalda, presionando mi pecho con más fuerza contra él.
Baja por mi cuello, vuelve a mi pecho y más abajo hasta llegar a mi vientre, donde deja un beso —con la boca abierta— en la piel justo debajo de mi ombligo. Contengo el aliento, sobresaltada, al sentir su barbilla rozándome la piel, demasiado sensible.
Me abre las piernas y deja un beso sobre el encaje. Gimo y él abre la boca, pasando la lengua sobre la tela áspera hasta que estoy completamente mojada y retorciéndome.
—Quítamela —exijo.
Pero no me obedece; en cambio, mete un dedo por debajo del encaje y corre la tanga a un lado, dejándome expuesta. Me estremezco cuando vuelve a bajar la boca, esta vez succionando mi clítoris con fuerza entre sus labios.
—Qué sorpresa —murmura—. Sabes deliciosa, Duraznito.
Dios mío .
Nunca me había sentido tan bien. Ni siquiera cuando Ryan y yo acabábamos de casarnos y no podíamos mantener las manos quietas, que fue la última vez que alguien me hizo sexo oral.
Cuatro años de sexo solo ocasional, aburrido y por compromiso, y yo ya pensaba que no me gustaba tanto el sexo real como a los personajes de ficción en mis novelas románticas.
Error. Error absoluto.
Sí me gusta el sexo y, aunque nunca vuelva a ver a Daemon después de esta noche, me alegra que haya sido él quien me lo recordara.
Daemon chupa mi clítoris con más fuerza, raspando apenas con los dientes, y al mismo tiempo introduce dos dedos dentro de mí. Sus dedos se curvan contra mis paredes internas y yo grito. Todo mi cuerpo se estremece y cierro los ojos, jadeando por aire.
Sin darme tiempo de recuperarme, se pone de pie. Se desabrocha el cinturón mucho más rápido de lo que logró quitarme el pantalón y luego se sienta a mi lado en el sofá. Solo tengo un segundo para sorprenderme por el tamaño de su erección, firme hacia arriba, antes de que me jale hacia su regazo.
Dejo escapar un gemido entrecortado cuando siento la punta empujar contra mi entrada mojada. Empujo las caderas hacia adelante y me froto contra él, deslizando la cabeza de su pene sobre mí. Rayos.