Capítulo 2 #3
—No, para nada. De hecho, ni siquiera la conozco.
—Ah —digo, confundida—. Ya veo…
Antes de que pueda explicar más, la vibración de mi teléfono contra la barra nos distrae. Instintivamente lo tomo y palidezco cuando veo el nombre que aparece sobre el mensaje.
Ryan:
Oye, pensé que querrías hablar, pero
supongo que vas a ser inmadura y me vas
a evitar. Avísame cuando pienses superarlo
y volver a casa.
Me quedo viendo el mensaje con total incredulidad. ¿Eso es todo? Más de un día de silencio absoluto, ¿y eso es lo único que tiene que decirme? «Qué mierda».
Aunque sé que no debería seguirle el juego, le respondo el mensaje de inmediato.
Yo:
¿Que yo tengo que superarlo? Yo no soy la
que fue sorprendida poniendo el cuerno.
Por un breve instante, me siento satisfecha… hasta que aparecen tres puntitos en la pantalla. Los puntos aparecen y desaparecen, como si estuviera escribiendo y borrando su mensaje. Un segundo después, suena mi teléfono.
—Tengo que contestar la llamada, lo siento.
Daemon me hace un gesto con la mano.
—Adelante, Duraznito. No me preocupa.
—¿Preocupado por qué?
Sonríe con burla.
—Vas a volver. Aún no he terminado contigo.
—Eh… —empiezo a decir, pero el teléfono no deja de sonar y no puedo concentrarme en otra cosa—. Sí, claro. Ahora regreso.
Cruzo el bar con paso furioso y contesto justo cuando empujo la puerta para salir.
—¿Hola?
—¿Dónde estás? —exige Ryan, sin ningún preámbulo.
—Eso no es asunto tuyo.
—Claro que lo es —asegura mi esposo—. ¿Cuándo vas a volver a casa?
Respiro hondo y cierro los ojos.
—¿Por qué te importa? ¿Qué, quieres asegurarte de que Jenna ya salió de la casa antes de que llegue?
Hay un silencio tenso del otro lado. Ryan no responde. El estómago se me va al suelo con un presentimiento de horror.
«Dios mío».
Estaba siendo sarcástica, pero eso es justo lo que está pasando. Jenna está en mi casa ahora mismo con mi esposo y, en vez de preocuparse por mí, solo les preocupa el escándalo que haré si vuelvo a encontrarlos juntos.
«Carajo… mi vida entera se está desmoronando».
—Solo dime dónde estás —dice él al fin, con un tono uniforme, casi burlón—. Esto es ridículo, nena. Solo vuelve a casa para que podamos hablar.
—¡No! —Un calor punzante me recorre la nariz y la parte posterior de los ojos mientras trago saliva con dificultad—. Quiero el divorcio.
Ryan se ríe entre dientes. De verdad se ríe .
—Eso no va a pasar. Llevamos demasiado tiempo juntos como para tirarlo todo a la basura. ¿Qué va a pensar la gente?
—Tú eres quien lo está tirando, no yo.
Su voz se endurece.
—Fue un error, Alix. Tú eres tan crítica que nunca puedes dejar pasar nada. Y los dos sabemos que de todas formas no puedes pagar un divorcio. ¿Cómo vas a mantenerte sola cuando yo pago todas las cuentas?
Se me oprime el pecho y la primera lágrima se desliza silenciosamente por mi mejilla.
Ni siquiera estoy triste por separarme. No es a él a quien quiero; es todo lo demás.
Con una sola decisión, me está quitando todo: mi matrimonio, mi amiga, mi música, porque ni de chiste podré seguir viviendo del violín como único ingreso.
Me está arrebatando mi seguridad financiera, mi departamento y mi capacidad de confiar en los hombres, todo al mismo tiempo.
Me está jodiendo de una forma en que no lo había hecho desde que se llevó mi maldita virginidad.
—No puedo con esto ahora —digo, incapaz de contener ya las lágrimas—. Hablamos mañana.
—No —replica—. Quiero hablar ahora. Necesito saber dónde estás.
—Mañana hablaremos —digo entre dientes, antes de colgarle.
Apago el teléfono de inmediato y dejo escapar un suspiro tembloroso.
Miro el estacionamiento oscuro y el letrero de Ted’s sin verlos en realidad.
Ryan tiene razón en algo: no puedo pagar un divorcio…
pero de alguna manera voy a arreglármelas, aunque tenga que tragarme el orgullo y pedirle dinero a mi mamá.
Después de todo, mi matrimonio ya se acabó.
Terminó mucho antes de hoy y ahora solo necesito aprender a vivir con eso.
Me arden los ojos, llenos de lágrimas de rabia. Regreso al bar hecha una furia, dispuesta a pedir una botella entera de vino. Tiro el teléfono contra la barra con tal fuerza que no me sorprendería que se haya roto la pantalla.
—¿Estás bien, Duraznito? —pregunta Daemon, inclinando la cabeza hacia mí con preocupación.
Parpadeo, sorprendida; casi había olvidado que seguía ahí.
Mi mente corre a toda velocidad. Ni siquiera conozco a este tipo, pero está siendo más amable conmigo que Ryan en los últimos años.
Y sí, estoy bastante segura de que es amable porque quiere llevarme a la cama, pero ¿y qué?
Está absurdamente guapo y detesto que Ryan sea el único hombre con el que he estado.
Se me acelera el corazón y me paso la lengua por los labios mientras una idea completamente loca empieza a tomar forma. Una idea que me haría ver como una demente.
Sin decir una palabra, me inclino hacia Daemon y presiono mis labios contra los suyos.
Espero que hablara en serio sobre que le gustan las chicas locas.