Capítulo 2
ALIX
Camino aturdida por el Aeropuerto Internacional de Lehigh Valley, con un Gatorade azul en una mano y el estuche de mi violín en la otra. Traigo una cruda espantosa, me muero de hambre y estoy más agotada que nunca en mi vida.
«Detesto a mi yo borracha por creer que esto era buena idea. Esa desgraciada quiere matarme».
No hay ninguna posibilidad de que encuentre un Uber dispuesto a llevarme hora y media hasta el medio de la nada, así que me resigno y busco el mostrador de renta de autos.
Cuando por fin encuentro la oficina de Enterprise, paso mi tarjeta de crédito y recojo mi sedán plateado reluciente; ya son las 8:03 p.
m. El estómago me gruñe de hambre, pero no me detengo, ni siquiera para pasar por el autoservicio de McDonald’s.
Entre el costo del auto y mi ridículamente caro boleto de avión, ahora tengo exactamente ciento cincuenta y nueve dólares en la única cuenta bancaria a la que Ryan no tiene acceso.
Ni siquiera alcanza para cubrir el pago mínimo de mi tarjeta de crédito.
Una nueva oleada de depresión me invade y siento un ardor punzante detrás de los ojos.
«¿En qué diablos pensaba cuando vine hasta acá?».
El zumbido del motor es el único sonido mientras avanzo veloz por la autopista casi desierta. La luna cuelga baja en el cielo, lanzando un resplandor inquietante a través del parabrisas. La oscuridad y el silencio de la carretera vacía me hacen sentir aún más sola de lo que ya estaba.
Yo quería escapar de mi vida, pero esto no se siente como libertad; se siente como exilio.
Aprieto las manos hasta que los nudillos se me ponen blancos y me trago el nudo en la garganta.
Si manejara hacia la casa de Nana para verla, quizá todo no se sentiría tan sombrío.
Ojalá pudiera acostarme en su sofá, como cuando era adolescente, y contarle lo horrible que fue mi día.
Ojalá pudiera contarle sobre Ryan y Jenna y escucharla maldecirlos mucho peor de lo que yo lo he hecho.
«Y sí se lo voy a contar». Nana no está muerta, solo… está envejeciendo, supongo.
Al salir de la carretera principal, veo los letreros familiares de «Peligro». Un par de millas después, aparecen más advertencias:
«Incendio subterráneo».
«Precaución: terreno inestable».
«Carretera cerrada. Busque ruta alterna».
Los ignoro y continúo hacia la plaza vacía del pueblo.
Estoy acostumbrada a ver, de vez en cuando, una granja condenada o un coche abandonado a la orilla del camino, pero Ironhill está en otro nivel.
La mayoría de los edificios han sido demolidos o se vinieron abajo solos, pero alguna que otra casa deteriorada permanece en pie.
En los caminos de entrada hay autos de los ochenta y noventa, oxidados, e incluso una gasolinera abandonada que anuncia gasolina a 16 centavos de dólar por litro. Ya quisiera .
La casa de Nana es de las poquísimas que aún se ven habitadas y cuidadas. Tiene un jardín enorme que florece a pesar de la contaminación del suelo.
Me detengo frente a la casa y, de inmediato, me siento menos sola.
El aire es fresco y seco; el calor del verano ya empieza a convertirse en otoño.
Se escucha el sonido de los grillos y respiro hondo.
Se supone que el aire debería estar contaminado debido al incendio en la mina, pero para mí huele a limpio.
Mucho mejor que el aire de la ciudad en Chicago, por lo menos. Cierro los ojos y saboreo el momento.
Es tan silencioso aquí .
Mi teléfono suena de golpe. Lo saco de la bolsa sin siquiera procesar el nombre en la pantalla.
—¿Ryan?
—¿Qué? —dice mi mamá—. No, soy yo.
Me llevo la palma a la frente mientras mi ritmo cardiaco vuelve a la normalidad.
—Ah. Hola, mamá. Perdón, ¿qué pasa?
—Solo llamaba para asegurarme de que llegaste a la casa. Pensé que sabría de ti hace horas, pero ya sé cómo es la señal por allá.
—Perdón —repito, aunque no haya nada por lo cual disculparme—. Ya llegué. De hecho, acabo de estacionarme frente a la casa.
—¿Qué? —grita, como si yo estuviera al otro lado de un campo de futbol americano.
Vuelvo a repetirlo, incluso mientras la línea tiene interferencias.
—Ah, qué bueno —dice al fin, con la voz un poco lejana—. Voy a esperar a que entres. Quiero saber a qué nos enfrentamos.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes cómo es tu Nana. Su casa siempre es un desastre; solo quiero saber qué tan mal está.
Mientras habla, cruzo el césped y subo los escalones del porche delantero. La casa por dentro está a oscuras, pero la luz del porche está encendida. La pintura amarilla brilla bajo el resplandor cálido, y un montón de polillas y escarabajos revolotean alrededor de la lámpara colgante.
—Estoy segura de que no está tan mal, mamá.
Ella se burla:
—Quizá no según tus estándares.
Me muerdo la lengua. Tiene razón, en realidad. A mí me encanta la casa de Nana. No está sucia, solo es ecléctica. Si no estuviera construida sobre la maldita boca del infierno, probablemente querría vivir justo al lado.
Sujeto el teléfono entre el hombro y la oreja mientras me agacho a mover la maceta junto al tapete de bienvenida. La llave escondida está justo donde esperaba. Abro y entro. El aroma familiar me golpea al instante: canela, pintura al óleo y Pledge con aroma a limón.
Enciendo la luz del pasillo y sonrío.
La puerta principal da a un pequeño recibidor. Las escaleras al segundo piso están justo enfrente; la sala, a la derecha, y el comedor, a la izquierda. La mesa del comedor está cubierta con cientos de libros apilados en torres chuecas y tambaleantes.
Alcanzo el libro más cercano.
Debe ser que la editorial de Nana está cambiando las portadas de su saga para que coincidan con las nuevas películas, porque es la primera vez que veo esta edición de Un reino de espinas .
En la portada aparece un hombre rubio, con orejas puntiagudas, sin camisa, de pie en un campo de rosas silvestres. Suspiro y dejo el libro.
—¿Y bien? —exige mamá.
Doy un brinco; casi había olvidado que seguía en la línea. Su voz suena más clara ahora que me moví a la cocina; la conexión casi parece normal.
—Perdón. Todo se ve bien, mamá. Igual que siempre.
Ella suspira.
—Eso era lo que temía. Nunca vamos a tener tiempo de revisar todas sus cosas.
—¿Y cuál es la prisa?
—He querido vender la casa desde hace años. Es peligrosa. No sé por qué insiste en quedarse ahí. No quiero dejarle otra opción a Nana cuando se sienta mejor; tiene que mudarse.
—Mmm.
Cruzo la cocina y abro el refrigerador mientras ella sigue quejándose sobre vender la casa. Se me hunde el corazón. No hay casi nada: solo un frasco de pepinillos, algo de cátsup y una caja de huevos caducados. Reviso la alacena y no está mucho mejor.
—Mamá —la interrumpo en sus divagaciones sobre la casa—, ¿cuándo fue la última vez que Nana estuvo en casa?
—¿Eh? Hace unas semanas, creo. Hemos estado viajando por las firmas de libros, ¿recuerdas?
«Carajo». Cierro el refrigerador y suspiro.
—Está bien, perdón, pero tengo que colgar. No he comido nada en todo el día y pensé que iba a encontrar algo aquí, pero supongo que tendré que ir a una tienda.
Mi consternación debe ser evidente en la voz, porque por primera vez en la vida, mamá dice algo útil:
—Ve a Ted’s.
—¿A dónde?
La línea cruje un poco y tengo que esforzarme para escucharla.
—A Ted’s. Es un bar pasando los límites del pueblo. Hacen unas hamburguesas estupendas.
Me sorprende tanto ese comentario tan impropio de ella que guardo silencio un segundo.
—¿Estás segura de que siguen abiertos?
—No han cambiado sus horarios en treinta años.
—Mmm, está bien. Gracias.
—No olvides darle de comer al gato antes de irte.
Colgamos.
Doy una vuelta buscando al gato de Nana, Sushi. No ha aparecido desde que llegué, pero eso no es raro. Seguramente anda cazando ratones en el ático.
Relleno rápido los tazones de comida y agua. Luego doy media vuelta y regreso sobre mis pasos hacia la puerta. La verdad no tengo dinero para comer fuera ahora mismo, pero mi estómago no me deja opción. Solo espero que mi mamá tenga razón y que este misterioso lugar llamado Ted’s siga abierto.
De camino hacia el auto, algo brillante llama mi atención. Me detengo un momento para volver a mirar los libros sobre la mesa.
En la cima de la pila más cercana hay un relicario grande, de oro con rubíes, con la cadena enrollada debajo del colgante.
«Es el relicario de Nana».
Cuando era más joven, lo usaba todos los días y todavía lo saca para ocasiones especiales. ¿Por qué lo dejaría aquí, donde podría extraviarse tan fácilmente? ¿Será que su memoria sí está empezando a fallarle y olvidó que lo dejó aquí?
Lo recojo y la imagen del hombre rubio en la portada queda al descubierto una vez más.
No es una foto, como pensé al principio; es un dibujo sorprendentemente realista.
El hombre es casi inquietantemente apuesto, tiene una sonrisa burlona que da la impresión de estar mirando a quien lo observa. Pero nada me inquieta tanto como sus ojos azules.
Parecen vivos.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral mientras paso la cadena de oro por mi propio cuello y escondo el colgante bajo la camiseta. El metal frío se calienta de inmediato contra mi piel, como si palpitara con vida.
Al girarme hacia la puerta, otro cambio en la portada capta mi atención.
Debajo del título de siempre, la nueva frase dice: «La Bestia se acerca».
Ted’s es un edificio pequeño e independiente, de un solo piso, hecho de ladrillo, con un techo café descolorido y un letrero verde despintado.
El estacionamiento está sorprendentemente lleno para ser miércoles por la noche: al menos veinte motocicletas y unos cuantos autos destartalados.
Afuera, dos hombres y una mujer, todos con chamarras de cuero, están fumando.
Estaciono el auto y respiro hondo antes de bajar. No estoy exactamente asustada… más bien precavida. No se ve como un lugar en el que mi mamá pondría un pie, ni muerta. Demonios, parece más bien el tipo de lugar donde yo moriría , pero tengo tanta hambre que ya ni me importa.