Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Fuera de Jenna y Nana, la única otra persona con la que hablo con regularidad es mi esposo, Ryan, pero son las tres y media de la tarde, así que sigue en el trabajo. En momentos como este, desearía no haber dejado que mi círculo social se hiciera tan pequeño.

En la universidad tenía un montón de amistades, pero con los años todos nos fuimos distanciando. Ahora soy demasiado consciente de que no tengo a nadie más a quien mandarle mensaje sobre mi día, ni con quien salir a cenar o a quién invitar a mi próximo cumpleaños: el treinta.

Una nueva oleada de tristeza me invade y eso solo me hace sentir más culpable.

En realidad, no hay nada malo en mi vida.

Sí, no tengo tantas amistades. Sí, me despidieron de mi trabajo mediocre de ventas —que de todos modos odiaba— y no encuentro otro porque una maestría en teoría musical no es precisamente lo más solicitado.

Sí, mi matrimonio se ha sentido algo estancado últimamente.

¿Y qué? Al menos estoy manejando hacia mi bonito departamento.

Al menos no me estoy muriendo. Las cosas podrían estar muchísimo peor.

El resto del camino me la paso regañándome a ratos por ser desagradecida y trato de pensar en cosas buenas en mi vida.

Por desgracia, lo único que se me ocurre son unas galletas no reducidas en grasa y ese actor guapo de la película de Un reino de espinas .

Sigo intentando pensar en una tercera cosa para agregar a mi lista cuando doy vuelta hacia mi calle.

Ryan y yo vivimos en el departamento de abajo de una casa de dos pisos en Wicker Park.

La calle es linda, llena de árboles y, aunque la casa es más vieja que internet, ha tenido buen mantenimiento.

Aun antes de que perdiera mi trabajo por recortes presupuestarios, jamás habría podido pagar este lugar sin Ryan.

Ahí está: eso es algo por lo que estar agradecida. Me encanta este departamento y, aunque mi matrimonio esté un poco aburrido, el trabajo de Ryan aún nos mantiene a flote mientras yo… estoy averiguando qué sigue.

Hay una camioneta negra desconocida en mi entrada, así que me estaciono en la calle y tomo mi violín del asiento del copiloto.

Luego me acerco a revisar la camioneta antes de entrar a la casa.

Al mirarla bien, distingo una pulsera de amistad rosa y blanca colgando del espejo retrovisor. Pongo cara de confusión.

Es el coche de Jenna.

No puedo creer que no lo reconociera de inmediato.

Aunque, bueno, es una camioneta negra sin rasgos distintivos y no esperaba verla aquí.

Jenna no me dijo que venía… ¿quizá está esperando para sorprenderme?

Pero ¿por qué? Todavía faltan casi tres semanas para mi cumpleaños y mi mejor amiga no es precisamente la persona más espontánea.

Una sensación rara de nervios se me mete al cuerpo y subo las escaleras del porche casi corriendo, batallando con la llave.

En el instante en que entro, se me eriza el vello de la nuca.

Nada parece fuera de lugar. Mi pila de zapatos sigue junto a la puerta: la novela romántica que estaba leyendo en el desayuno está en el sillón.

Incluso mi café a medio tomar de esta mañana sigue en la mesa de centro, exactamente donde lo dejé.

Y aun así, eso lo vuelve más raro. Si Jenna hubiera venido a verme, estaría esperándome afuera, sentada en el porche, o, a lo sumo, en la sala.

Como si respondiera a mis pensamientos, un golpe fuerte resuena por el pasillo, seguido de risitas.

Un escalofrío de horror me recorre el cuerpo: sudo frío y se me revuelve el estómago.

«Dios mío».

Una parte de mí ya sabe lo que voy a encontrar, pero mi mente se niega a procesarlo. Está acelerada, fuera de control; demasiado rápido para pensar, demasiado rápido para reaccionar.

No puedo respirar. No puedo moverme. Pero tengo que hacerlo.

Aferro el mango de mi estuche de violín, sin molestarme en dejarlo en el piso, y avanzo en automático hacia mi recámara.

Para mi horror, la puerta está abierta y, aunque todavía estoy a unos pasos, veo exactamente lo que temía desde el momento en que entré al departamento.

Jenna está sentada sobre mi escritorio, con las piernas desnudas abiertas. Entre sus muslos, de espaldas a mí, mi esposo la embiste con fuerza, haciendo que el escritorio golpee la pared con golpeteos rítmicos.

Me detengo justo afuera de la puerta y los miro, aturdida.

¿Qué carajos está pasando?

Ni siquiera estoy enojada —al menos no todavía—; solo estoy en shock . Y, de manera extraña, lo único que puedo pensar es en cómo ni siquiera llegaron a la cama. ¿Por qué mi escritorio? Están llenando mi teclado de semen. ¿Es que ya nada es sagrado?

De pronto, como si sintiera mi presencia, Jenna voltea a verme. Nuestras miradas se encuentran por encima del hombro de Ryan y, por una fracción de segundo, parece tan sorprendida como yo. Luego inclina un poco la cabeza, como diciendo «lo siento», y aparta la vista, ignorándome.

En un segundo, mi mundo entero se hace pedazos.

Abro la boca para decir algo, para gritar, para hacer lo que sea . Pero no sale nada.

En cambio, doy media vuelta y salgo corriendo por el pasillo.

Abro la puerta principal de golpe y salgo tambaleándome al porche. Me doblo sobre mí misma mientras jadeo. El estómago me da vueltas y apenas logro no vomitar sobre mis zapatos.

Dios mío. Carajo , Dios mío .

Si yo fuera la protagonista de uno de mis libros, regresaría y los pondría en su lugar. Destruiría mi departamento. O, mínimo, me defendería.

Pero no lo hago. No puedo. Me volví un personaje secundario en mi propia vida y, ahora mismo, lo único que quiero es escapar.

Escapar se parece a una caja de pinot grigio a temperatura ambiente y a una habitación en un hotel barato.

Estoy recostada sobre un cobertor horrible, rojo con dorado, mirando una grieta en el techo bajo. Me doy vuelta, tomo la caja de vino del buró y giro la llavecita de plástico del costado. Lleno hasta el borde mi vaso con el logo del Marriott y me lo tomo en dos tragos.

El vino sabe a depresión.

A «vete al diablo».

A tres litros por menos de doce dólares en la gasolinera que está a una cuadra del hotel.

Vine aquí para pensar. Para decidir cómo voy a enfrentar a mi esposo. Para desentrañar cómo carajos llegamos a este punto.

Tengo veintinueve años; estoy casada y sin hijos, sin dinero, y ahora voy directo al divorcio.

¿Cómo carajos llegué aquí?

He soñado con un «felices para siempre» desde que tengo memoria.

Es difícil no hacerlo cuando mi abuela literalmente escribió el manual sobre el amor predestinado.

Por desgracia, las mujeres de mi familia tenemos fama de tener un pésimo gusto en hombres.

Mi papá fue la única excepción, pero murió y el ciclo siguió como si nunca hubiera existido.

Pensé que había escapado de esa maldición generacional cuando me casé con Ryan, pero parece que no.

Mareada y borracha, busco mi teléfono para revisar si tengo mensajes o llamadas perdidas.

Nada. No ha cambiado nada en los tres minutos desde la última vez que revisé y no sé por qué pensé que sería distinto.

Abro mis redes sociales y deslizo la pantalla sin pensar, pasando por las publicaciones de la gente con la que fui a la preparatoria, presumiendo sus «felices para siempre» perfectamente curados.

Aún peores son los anuncios constantes de carriolas y juguetes para bebé.

Mis anuncios dirigidos trabajan tan duro como las fotos familiares de examistades para recordarme que ya debería ser adulta. Ya debería tener mi vida bajo control.

Supongo que nadie le avisó al algoritmo que lo poco que quedaba de mi «felices para siempre» se acaba de derrumbar a mi alrededor.

O quizá nunca tuve uno, para empezar. Tal vez quería tanto sentirme querida y cuidada que me engañé a mí misma, creyendo una fantasía.

Mi teléfono vibra en la mano y me sobresalta.

¿Será Ryan, llamando para explicarse? ¿O Jenna, queriendo disculparse? Miro la pantalla demasiado rápido, lo suficiente para que me dé vueltas la cabeza y el vino se derrame del vaso sobre el cobertor espantoso.

Una ola de decepción me recorre cuando veo «Mamá» en la pantalla.

«Dios, ya mejor que me caiga un rayo», me descubro pensando.

Prefiero masticar vidrio antes que contarle a mi mamá lo que pasó. Inevitablemente, encontrará la forma de convertir mi devastación en algo sobre ella. Como si esto fuera mi culpa. Como si la infidelidad de mi esposo fuera un reflejo de su supuesto fracaso al criarme.

Ya estoy muy grande para seguir con estos traumas maternos, pero a veces siento que, desde que murió mi papá, la única persona de mi familia que realmente «me entiende» es Nana.

Ese pensamiento sacude mi memoria y busco a tientas el teléfono, recordando de golpe por qué mi mamá me está enviando mensajes.

Tenía que llamar a Nana esta tarde para asegurarme de que estuviera bien, pero se me olvidó por completo.

Jenna y Ryan borraron su accidente de mi mente y ahora la culpa se amontona encima de todo lo demás.

Mamá ha enviado dos mensajes seguidos. El primero es un enlace a un video. El segundo dice:

Mamá:

Este es el incidente del que te hablé más

temprano. ¡De verdad espero que cambies

de opinión sobre ir a casa a ayudar!

Gimo. No es el mensaje más pasivo-agresivo que me ha enviado, pero sí suficiente para hacerme sentir culpable.

Abro el enlace y hago una mueca al ver los más de tres mil comentarios y un millón y medio de likes y shares . Es un video corto, claramente grabado con un celular.

En la parte superior, un texto en negritas dice:

Vi a Isabelle Reading perder la cabeza en la Northeast Fantasycon

«Ay Dios. Esto va a estar feo».