Capítulo 1
CHICAGO
ALIX
Si pudiera llevarme un solo objeto a una isla desierta, me llevaría mi violín.
Una locura, lo sé. Una persona más práctica llevaría un cuchillo o una caja tamaño Costco de barras de proteína, pero yo no.
Yo estaría dispuesta a morirme de hambre por mi arte; lo cual probablemente sea algo bueno, considerando que, aunque jamás terminaré en una isla desierta, pasar hambre literalmente por mi arte empieza a verse como una posibilidad real.
Estoy en una calle peatonal de Chicago, con mi violín eléctrico conectado a un amplificador portátil para competir con el ruido a mi alrededor. La calle está llena de turistas y el aroma a café y canela me llega desde la cafetería cercana.
Es el lugar perfecto para tocar… excepto por el hecho de que mi estuche solo tiene seis dólares, un par de monedas de veinticinco centavos y la tapa plateada de Snapple.
Después de una hora tocando, ni siquiera he ganado lo suficiente para pagar el parquímetro, mucho menos mis préstamos estudiantiles.
Veo que se acerca un grupo grande de turistas y pongo una sonrisa falsa mientras empiezo una melodía más animada. Para mi sorpresa y alivio, el guía turístico se detiene, dejando que el grupo escuche, y todos se acomodan alrededor de mí en un semicírculo amplio.
No es precisamente el tipo de lugar que imaginé cuando decidí dedicar mi vida a ser música. Aun así, prefiero tocar aquí que estar encerrada en alguna oficina aburrida.
La música lo es todo para mí.
Me encanta la emoción que transmite.
Me encanta cómo una canción puede cambiarle el ánimo a alguien al instante, convertir un mal día en uno esperanzador con solo unas pocas notas.
Me encanta cómo una sola canción puede unir a desconocidos.
—¡Toca la canción de Un reino de espinas ! —grita alguien.
«Uf». Esa maldita canción no me encanta.
De reojo veo a una chica adolescente, de cabello rizado y rubio, al frente del grupo.
Su emoción es evidente en su playera de Un reino de espinas .
Finjo no haberla escuchado y empiezo otra melodía conocida: la canción de cuna que Nana me cantaba cuando era bebé.
Cierro los ojos y me dejo llevar por la melodía lúgubre que brota de las cuerdas.
—¡Sí, toca esa canción de Un reino de espinas !
Los murmullos emocionados me rodean y abro un ojo, intentando que no se note mi fastidio. La chica atrapa mi mirada y ya no puedo seguir fingiendo que no la veo.
—¿Puedes tocar el tema principal? —pregunta de nuevo, con los ojos llenos de esperanza.
Obligo a mi boca a dibujar una sonrisa amplia y falsa.
—¡Claro! ¿Eres fan?
La chica asiente con entusiasmo.
—¡Sí! Pero me gustan más los libros que las películas.
«Oh, gracias al cielo».
—A mí también.
Detengo la canción de cuna de Nana a la mitad y cambio al tema principal que me pidió, una melodía que ya detesto por principio, solo porque las películas jamás podrán hacerles justicia a los libros.
Me pregunto qué diría esa chica si le contara que Nana, mi abuela, escribió el libro en el que se basa esta canción y que odia las películas incluso más que yo.
Toco la primera estrofa del tema principal, pero me distraigo cuando siento que mi teléfono vibra en la bolsa del pantalón. Después de unos segundos, la llamada se va al buzón de voz. Y luego empieza a vibrar otra vez. «Carajo».
Bajo el violín.
—¡Disculpen, amigos! ¡Cinco minutos de descanso!
La adolescente se ve desconsolada y varias personas murmuran su molestia mientras la multitud se dispersa.
Me siento culpable, pero he solicitado decenas de empleos esta semana y no puedo darme el lujo de perder una llamada de algún reclutador.
Seis dólares y una tapa de Snapple no van a pagar mis préstamos ni el seguro del coche, pero un trabajo aburrido de oficina tal vez sí, aunque se me muera un poco el alma solo de pensarlo.
Suelto un suspiro y saco el teléfono vibrando de la bolsa.
—¿Hola? Habla Alix Knight.
—Hola, cariño —dice mi mamá con un tono demasiado alegre.
Entonces pienso: «¿Por qué? ¿Por qué contesté? ¿Por qué no revisé quién llamaba antes?».
—Hola, mamá. Oye, estoy trabajando justo ahora…
—¿Perdón? —me interrumpe—. No te escucho. ¿Puedes ir a un lugar más tranquilo?
Miro a mi alrededor, a la calle llena de gente.
—La verdad, no. Estoy justo en medio de…
—Nana tuvo un incidente durante su entrevista hoy.
Por poco se me cae el arco del violín del susto. Guardo rápido el instrumento en su estuche, para taparme un oído y escucharla mejor.
—Dios mío, ¿qué pasó? ¿Se cayó o algo así?
Mamá suelta un fuerte aliento.
—No, nada de eso. No está herida físicamente.
Dejo escapar un suspiro de alivio.
Mi abuela, Nana, es Isabelle Reading, la extraordinaria autora de renombre mundial: la madre de los cuentos de hadas modernos y especialista en repartir finales «felices para siempre».
Su libro más famoso, Un reino de espinas , ha sido un fenómeno de la cultura popular por más de cuarenta años y este año va a reimprimirse para coincidir con la nueva película.
Nana ha estado de gira durante meses para promocionar la película y siempre me preocupa que vaya a desmayarse del agotamiento. Mi mamá, que a veces viaja con ella como asistente y cuidadora, no es exactamente la persona en la que más confío para asegurarme de que Nana no se esté agotando.
—Entonces, si no está lastimada, ¿qué pasó?
Mamá suspira.
—Tuvo una… crisis nerviosa, supongo.
—¡¿Qué?!
—Estoy segura de que lo verás completo en redes sociales más tarde. Te mando un enlace. Míralo.
—Está bien…
—En fin —continúa mamá, con un suspiro largo—, en realidad te llamo porque creo que ya es hora de pensar en mudar a Nana a una comunidad de retiro.
La cabeza me da vueltas y respiro hondo, tratando de mantener la calma.
Cierro los ojos. Necesito recordar que mi mamá es dramática y exagera con facilidad.
Su idea de una «crisis nerviosa» podría significar casi cualquier cosa.
Además, Nana puede tener ochenta y tantos, pero se ve y actúa como si tuviera cincuenta.
No hay razón para entrar en pánico… todavía.
Aun así, esta no es una conversación para tener en medio de una calle llena de gente. Me abruma. Ni siquiera puedo pensar en las preguntas correctas.
«Describe esa “crisis nerviosa”».
«¿Qué tipo de comunidad de retiro estamos considerando?».
«¿Hay algo que yo pueda hacer?».
En vez de eso, me muerdo el interior de mi labio y suelto:
—¿Y qué pasará con su casa?
—Obviamente, vamos a tener que venderla.
Arrugo la frente.
—¿Y qué opina Nana de eso? Ella ama esa casa.
Mamá evade la pregunta, como si nada.
—Le va a gustar más un lindo condominio frente a la playa, te lo aseguro.
—Ajá… —Pongo los ojos en blanco ante el flagrante narcisismo de mi madre—. Si tú lo dices.
—En fin —continúa mamá, con brusquedad—, esperaba que pudieras ayudar.
—¿Con qué?
—Nana se va a quedar conmigo unos días mientras encontramos una residencia de retiro, así que no puedo salir de la ciudad ahora mismo. ¿Podrías ir tú a la casa? Alguien tiene que alimentar a su gato y necesito saber en qué condiciones está la casa antes de intentar venderla.
—No sé, mamá. Eso no es exactamente un favor sencillo. Tendría que comprar un vuelo de último minuto y, la verdad, no puedo pagar eso ahora.
—Esta es exactamente la razón por la que te dije que no te mudaras tan lejos de casa. Si te hubieras quedado en Filadelfia, podrías haber ido en coche.
—Sí —respondo, seca—, y si hubiera ido a una escuela de negocios en vez de al conservatorio, tendría dinero para el boleto, ¿verdad?
Chasquea la lengua.
—Tú lo dijiste, cariño, no yo.
Frustrada, resoplo y cierro los ojos con fuerza.
—Claro… pero no lo hice, así que ahora mismo tendría que manejar doce horas o pagar una tarifa exorbitante de último minuto por un boleto que de por sí está carísimo. Si esto fuera para ayudar a Nana, lo hago sin problema. Pero no voy a dejarlo todo para ayudarte a vender su casa a sus espaldas.
Mamá hace un ruido de desaprobación en el fondo de su garganta.
—¿Pero qué hay de Sushi?
La imagen del enorme gato gris de Nana aparece en mi mente.
—¿Quién lo ha estado alimentando mientras tú y Nana estaban en las firmas de libros?
—Contraté a un cuidador de mascotas, pero se niega a quedarse más tiempo del que acordamos al principio. La casa le da miedo.
—¿Y no puedes hacerlo tú? Yo tengo que trabajar.
Mi mamá aspira bruscamente y, por primera vez desde que contesté el teléfono, suena contenta.
—Dios mío, Alixandrea, ¿conseguiste un trabajo nuevo?
Cierro los ojos y aparto el teléfono por un segundo, resistiendo el impulso de gritar.
—No. He estado intentando, pero el mercado está muy difícil ahora. He estado tocando el violín para ganar algo extra mientras busco otro trabajo.
Después de una pausa larga, dice:
—Bueno, no es como si no pudieras darte un tiempo para eso. Seguro no ganas mucho que digamos.
Miro el puñado de monedas en mi estuche de violín y suspiro.
—Tengo que colgar. Por favor, dile a Nana que estoy pensando en ella y que la llamaré más tarde.
—Pero…
Cuelgo antes de que termine.
Más tarde, manejo de regreso a casa con apenas veintisiete dólares en la bolsa y un sentimiento de culpa enorme.
¿Soy la mala en esta historia?
Por un lado, es una locura que mi mamá espere que vuele desde Chicago solo para revisar la casa de Nana.
Especialmente considerando que ella y mi padrastro, Kevin, viven en Filadelfia, a apenas una hora de distancia.
Por otro lado, mi tendencia patológica a complacer a la gente no me deja en paz.
Siento que debería estar haciendo más para ayudar.
En un semáforo en rojo, le marco a mi mejor amiga, Jenna, para desahogarme. El tono de llamada resuena a través del Bluetooth del coche y luego se va al buzón de voz. Cuelgo sin dejar mensaje.
Carajo. No se me ocurre nadie más a quien llamar.