Una espina en cada corazón (Encanto 1) Prólogo #2
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Prólogo #2

Respiro con pesadez, como si volviera a estar en el acantilado, blandiendo mi pico. Conozco esa voz y nunca pensé que tendría la mala suerte de oírla de nuevo. Una parte de mí quiere huir, mientras que otra me hace echar espuma por la boca ante la posibilidad de un enfrentamiento. De venganza.

Una sombra imponente dobla la esquina y el rey Thorne de Vernallis entra a la celda. Lleva un morral de cuero y viste un chaleco azul con dorado hecho a la medida, absurdamente limpio y que desentona en esta pocilga de prisión. Sacude la nieve de sus rizos rubios, me sonríe con arrogancia.

—Hola, hermano. Diría que me alegra verte, pero no quiero mentir.

Aprieto la mandíbula y cierro los puños mientras sostengo la mirada desafiante de mi medio hermano.

Tenemos la misma estatura y complexión muscular, pero nuestras similitudes terminan ahí.

Thorne es idéntico a su madre, con cabello rubio y rizado y ojos azules pálidos.

Mi cabello más oscuro y mis ojos verdes son idénticos a los de nuestro padre, y esa es justo la razón por la que he pasado más de la mitad de mi vida preso en el estercolero más helado del universo.

—¿Qué haces aquí? —exijo que me responda.

Antes de que Thorne pueda hacerlo, un ruido en la esquina nos interrumpe. Volteamos a ver al mendigo, que sigue pegado a la pared. Se queda con la boca abierta un momento, hasta que reacciona y se arroja al piso, haciendo una reverencia exageradamente baja a los pies de Thorne.

—¡Su Majestad!

Thorne ni siquiera le dirige una mirada. Entra a la habitación con calma y pasa por encima de él como si fuera basura.

—¿Qué haces aquí? —pregunto de nuevo—. ¿Vienes a fanfarronear una vez más antes de que termine el mes?

—Quería hablar contigo —dice Thorne, con un tono de humor cruel en la voz—. Te pediría que fueras a la corte, pero dadas las circunstancias…

Clavo las uñas en mis palmas con tanta fuerza que estoy seguro de haberme abierto la piel.

—¿Para qué querrías hablar conmigo? Pensé que ya habíamos dicho todo lo que había que decir hace noventa años, cuando me desterraste aquí.

Conozco lo suficiente a Thorne como para detectar la rabia que hierve a fuego lento bajo su sonrisa despreocupada. La única pregunta es: ¿está enojado conmigo? ¿O está molesto porque tuvo que venir hasta aquí a buscarme?

Obtengo la respuesta de inmediato.

—Vine a pedirte ayuda —dice con dureza.

—¿Quieres mi ayuda? —Me río con aspereza—. ¿Para qué?

Dirige la mirada hacia mis amigos. Por un instante temo que reconozca a Kastian, pero no lo hace, porque solo dice:

—Tal vez podríamos hablar en privado.

—Cualquier cosa que tengas que decirme, puedes decirla frente a mis hombres.

—¿Ah, sí? —los ojos de Thorne brillan con diversión—. ¿Has estado formando un ejército? Qué encantador.

Lo ignoro, pero no retiro lo dicho. No dejaré que me aparte de mis amigos.

Thorne me lanza el morral de cuero y lo atrapo por reflejo. Saco un pantalón de mezclilla y tardo un segundo en reconocerlo.

—Este es mío. ¿De dónde lo sacaste?

—Pensé que podrías necesitarlo. Quiero que cruces la frontera hacia el reino humano y traigas a alguien para mí, hermano.

Suelto otra carcajada, incrédulo, y vuelvo a meter el pantalón en el morral antes de dejarlo caer al suelo.

—¿Y por qué demonios haría eso?

—Porque, si lo haces, levantaré tu destierro.

Un silencio tenso se apodera de la celda. No lo puedo creer. Nadie sale de Dyaspora. Jamás. Ni siquiera los reyes. ¿Por qué ofrecería algo así?

Thorne no me quiere de vuelta en la corte; de otro modo, nunca me habría desterrado.

Tampoco me necesita a mí para cruzar al reino humano.

Los portales requieren mucha magia, pero él tiene de sobra para usarlos por sí mismo.

Y si se negara a ir, tendría a muchos otros a quienes acudir antes que a mí.

Enderezo los hombros.

—Es una oferta muy generosa. Pero sé que nunca has sido generoso en tu vida. ¿Cuál es la trampa?

—No hay trampa. Si pudiera cruzar yo mismo, lo haría, pero no puedo dejar el reino sin supervisión por más de un día.

Suelto una risa seca. Tiene razón en algo: con su maldición, el Reino de Vernallis puede descontrolarse en un abrir y cerrar de ojos. Al menos así era hace noventa años, cuando me fui.

—Necesito a alguien en quien pueda confiar para que vaya en mi lugar —concluye Thorne.

—¿Y crees que puedes confiar en mí?

—No confío en nadie, pero si no puedo tener confianza, el control también sirve. Contigo puedo ofrecer un incentivo que nadie más tiene. —Hace un gesto alrededor de la celda—. Nadie ha escapado jamás de Dyaspora en la historia de Ellender. Tú podrías ser el primero.

Un dolor intenso atraviesa mi pecho y muerdo el interior de mi mejilla para evitar que mis ojos delaten mi deseo. Volver a mi vida anterior lo significaría todo para mí. Aun así, digo:

—No.

Jett deja escapar un suspiro agudo, mientras Fox se pone tenso a mi lado. Kastian, en cambio, no se mueve. Quizá entiende mejor que los otros dos lo que estoy pensando. O quizá solo quiere evitar la atención de Thorne.

La cara de Thorne se deforma en una mezcla de confusión e ira.

—¿Qué dijiste?

Le doy la espalda y me inclino como si fuera a volver a la partida de cartas.

—No. Me quedo aquí. Gracias por la oferta.

—No creo que lo estés analizando bien —dice Thorne, ahora con urgencia—. Por fin podrías volver a casa sin la vergüenza del destierro sobre ti. Restauraré tu título y tus tierras. Incluso podría nombrarte capitán de mi guardia, si eso es lo que quieres.

—No es suficiente. Prefiero quedarme aquí que volver a tu corte maldita. Al menos en Dyaspora hay tan poca luz que casi no tengo que preocuparme por…

—Cierra la boca, maldita sea —me interrumpe Thorne, entre dientes.

Sonrío, satisfecho de haber tocado uno de sus nervios siempre sen sibles.

—Lo que usted diga, Alteza.

Da un paso adelante, hasta que prácticamente estamos frente a frente, nariz con nariz.

—Si la libertad no es suficiente, entonces, ¿qué demonios quieres?

Hace noventa años habría aprovechado cualquier oportunidad para volver a la corte. Incluso hace veinte años habría sido tentador. Pero ahora mis amigos —mis verdaderos hermanos— son mi prioridad. No puedo abandonarlos cuando ellos nunca me abandonaron en Dyaspora.

—Libéralos a todos —exijo—. O mis amigos salen conmigo, o puedes meterte tu oferta donde te quepa. No la quiero.

Kastian deja escapar un sonido ahogado. No sabía lo que yo estaba planeando y quizá volver al reino de Thorne no sea seguro para él. Pero no hay tiempo para discutirlo ahora.

—De acuerdo —acepta Thorne, casi con demasiada rapidez—. Luego mira a mis amigos.

—Supongo que ellos podrían servir como guardias decentes, pero no sé qué esperas que haga con el viejo.

Arrugo la frente, confundido, antes de mirar al hombre débil que está en el piso, arrinconado.

Me había olvidado por completo de que estaba ahí.

Ni siquiera sé su nombre. Pero cuando me mira, no soy capaz de decir que él no forma parte del trato.

Por mucho que lo intente, no soy tan cruel como el resto de mi familia.

—Puede trabajar en los establos —digo—. O en la cocina. Tienes miles de sirvientes. Estoy seguro de que puedes aceptar a uno más.

—Está bien.

Parpadeo, sorprendido. ¿De verdad está pasando esto? Parece demasiado fácil. No, es demasiado fácil. Algo anda mal aquí.

—¿A quién quieres que encuentre?

Él aspira hondo.

—A la mujer que pondrá fin a la maldición sobre mi reino.

Otro largo silencio se extiende entre nosotros mientras la decepción se instala en mi pecho. Sabía que habría una trampa. Por un momento, me permití creer que podría volver a la corte con mis amigos a mi lado. Pero ahora la verdad se asienta: eso nunca iba a suceder.

—Eso es imposible. Han pasado…