Una espina en cada corazón (Encanto 1) Prólogo
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Una espina en cada corazón (Encanto 1)

Una espina en cada corazón (Encanto 1)

Por Kate King

© inepub.com

Prólogo

LA TIERRA DE ELLENDER

DAEMON

En la prisión de Dyaspora no existen los cerrojos.

Ubicada en una isla desolada y cubierta de nieve, en medio de un océano despiadado, la prisión helada es la única construcción en miles de kilómetros a la redonda.

Y no hay cerrojos porque no hacen falta, punto.

Después de unas semanas, cualquiera entiende que escaparse es imposible.

Incluso si alguien lograra escabullirse en la noche, no tendría ninguna forma de salir de esta isla.

Si los monstruos que rondan por los llanos de hielo no te atrapan, lo harán las sirenas que acechan bajo las aguas congeladas.

Dyaspora es el basurero donde los cuatro reinos fae destierran a los indeseables: criminales, rebeldes y, más a menudo, pobres y desamparados .

Yo no encajo en ninguna de esas categorías, pero estoy atrapado aquí igual que todos, sin esperanza de salir con vida.

—Si hubieras podido traer una cosa contigo a Dyaspora, ¿qué habría sido?

Estrello mi pesado pico de minero contra el acantilado de piedra y los fragmentos de roca y escombros ruedan sobre la nieve.

—¿De qué carajo hablas?

A mi lado, Jett sonríe y se recarga en su propio pico

—Si hubieras sabido que te desterrarían aquí y pudieras traer una cosa, ¿qué elegirías?

—Los papeles para que me liberen —rezongo, levantando el pico otra vez.

Los ojos negros de Jett brillan de diversión.

—Vamos, Ashwater, eso es hacer trampa.

—¿Trampa en qué demonios? —respondo con enojo—. Está bien. Me traería un cuchillo. ¿Contento?

—No mucho —responde con un tono alegre que lo contradice—. Eres demasiado práctico. Pregúntame qué traería yo.

Le lanzo una mirada asesina

—Te van a dar latigazos por quedarte ahí parado tanto tiempo sin trabajar.

Me ignora y sigue hablando como si yo hubiera seguido el juego.

—Yo traería conmigo un barril de cerveza. Si no puedo estar calientito, al menos quiero estar borracho.

A pesar mío, suelto una ligera risa. Tiene razón: daría lo que fuera por estar borracho ahora mismo.

Jett y yo trabajamos formados en una fila con los demás prisioneros, congelados hasta la médula y con los pies encadenados por pesadas cadenas de hierro. A cada paso, el metal me raspa la piel y deja rastros de dolor ardiente: el único indicio de calor en este lugar infernal.

Dieciocho horas al día, los prisioneros nos movemos al unísono, alzamos picos pesadísimos y los estrellamos contra los acantilados helados para extraer nada más que agotamiento y huesos rotos.

Cada noche, los guardias arrastran nuestros miserables cuerpos de vuelta a las celdas, y es ahí donde empieza la verdadera tortura.

Los fae podemos ser inmortales, pero aquí igual nos vamos a morir… tarde o temprano.

Para mí, será más pronto. En menos de un mes, voy a morir.

Y algunos días, estoy completamente de acuerdo con eso.

—¿Hola? —Una voz retumba por el largo pasillo de piedra de la prisión—. ¿Alguien me escucha?

Me detengo un segundo al oír el grito, pero luego niego con la cabeza y vuelvo a mirar las cartas que tengo en la mano.

—Debe de ser un tipo nuevo, por eso hace tanto ruido.

Frente a mí, Kastian se ríe.

—Pobre del que le toque de compañero de celda.

—No le tengas tanta lástima —respondo—. Nuestra celda ya está lo suficientemente llena.

Comparto mi celda con otros tres hombres: Jett, que sonríe incluso cuando no hay razón para hacerlo; Fox, que casi no habla, pero es más listo que todos nosotros juntos; y Kastian, mi mejor amigo, que sabe lo que es pasar de vivir en un palacio a picar hielo día tras día.

Esta noche, como todas las noches, los cuatro estamos acurrucados en el suelo de piedra, frío y duro, reunidos alrededor de una mesa improvisada hecha con una caja de madera destrozada. Entre nosotros hay una baraja de cartas viejísimas que alguien le robó a un guardia hace décadas.

Extiendo la mano sobre la mesa para sacar dos cartas más.

—No vi que los guardias trajeran carne fresca.

A mi derecha, Jett se recarga contra la pared, con las manos detrás de la cabeza.

—Pasó anoche, cuando tú y Kas nos estaban robando la cena.

—¿De dónde vienen? —pregunta Kastian rápido, con un tono de pánico en la voz.

—De Solistine, igual que yo —responde Jett, sacudiéndose el cabello azul oscuro de los ojos—. Pobres diablos. La mayoría ni siquiera debe conocer la nieve.

Kas se relaja. Cada vez que llegan prisioneros nuevos tiene la misma reacción: teme encontrarse a alguien de su pasado. Pero, aparte de mí, nadie lo ha reconocido jamás.

—No importa de dónde sean —murmura Fox, arrojando sus cartas sobre la mesa—. Yo crecí en Thermia, donde la nieve nunca se derrite, pero esto es otra cosa. No sabía que existía un frío así.

Todos asentimos en silencio.

Los fae no podemos morir de frío, pero sí lo sentimos, y es descomunal.

—¿Alguien me escucha?

El silencio se rompe con otro grito.

—¡Sí! —responde otro prisionero—. ¡Cierra el hocico!

Pasa un largo silencio antes de que el primer hombre alce la voz de nuevo.

—¿Alguien puede ayudarme? ¡Busco a Daemon Ashwater!

Jett deja caer sus cartas sobre la mesa.

—Qué interesante. Parece que tienes visita, Ashwater.

—Ya lo oí —digo sin quitar la vista de mis cartas—. Pronto se dará cuenta de que las puertas no tienen cerrojos. No voy a perder tiempo buscándolo.

No pasan ni treinta minutos antes de que se cumpla mi predicción. Un hombre frágil y encorvado llega a nuestra puerta y asoma la cabeza.

—¿H-hola?

Lo miro fijamente y lo analizo. Le tiemblan las manos; su manto gris y raído está lleno de lodo. Debe haber llegado así, porque no lleva aquí el tiempo suficiente para que le roben o le destrocen la ropa. Eso no augura nada bueno para su supervivencia.

—Estoy b-buscando a Daemon Ashwater —tartamudea—. ¿Está aquí?

Vuelvo a mis cartas.

—¿Quién lo busca?

—Y-yo, me llamo… —La voz le vuelve a temblar y entonces le da un ataque de tos.

Pongo cara de fastidio.

—Maldita sea. Jett, dale algo de comer. Si se muere aquí, en nuestra puerta, el cadáver será nuestro problema.

—De acuerdo —dice Jett de buen humor mientras se levanta de un salto.

—¿Tienen c-comida? —tartamudea el mendigo.

—Sí. ¿No es por eso que estás aquí?

—N-no, pero igual la acepto. Gracias.

—Es más por nosotros que por ti —respondo refunfuñando—. Si te mueres aquí, los guardias nos dirán que nos encarguemos de tu cadáver. No tengo ganas de pasar toda la noche cavando tu tumba.

El hombre duda entre si estoy bromeando o es en serio. «No bromeo».

En este lugar no hay muchas medidas para evitar la violencia, pero los guardias mantienen un control laxo sobre las peleas al obligar al agresor a cavar la tumba de su víctima durante toda la noche.

Normalmente, para la mañana, las tumbas ya no son necesarias, porque tanto el cavador como el cadáver han sido devorados por las bestias.

Jett le entrega al hombre pan y un poco de carne seca de nuestro montón de comida y provisiones robadas. Los ojos del mendigo se abren por completo y acepta la comida con rapidez, guardándola en una bolsa de su manto.

Espero que se largue, pero no lo hace.

—¿Acaso tú… tú eres Daemon Ashwater?

—Solo «Ashwater» —lo corrijo—. Y no tienes por qué estar tan sorprendido.

—Pensé que serías más viejo, eso es todo.

Levanto una ceja.

—Siento que estoy envejeciendo mientras hablo contigo. A ver, ¿qué quieres?

El hombre aparta su cabello mojado y canoso de los ojos.

—Oí hablar de ti por mi vecina antes de que… antes de que llegara aquí. Dijo que, si alguien podía sacarme de esta isla, ese eras tú.

Me río.

—Si supiera cómo escapar, ¿crees que estaría sentado aquí ahora?

—Bueno, no sé… Pero por favor… Yo soy i-inocente. Al menos, no quise hacer nada. Es que era de día…

Levanto la vista, intrigado.

—¿Eres de Vernallis?

Él asiente y yo arrugo la frente. Por desgracia, entiendo demasiado bien lo que debió haber sucedido.

La maldición que azota al Reino de Vernallis les arrebata a sus víctimas el control sobre sus propios cuerpos cada vez que sale el sol.

Ni siquiera quiero saber lo que este anciano hizo bajo los efectos de la maldición para que lo condenaran a Dyaspora.

He visto suficiente destrucción causada por esa maldición como para imaginármelo, y no es nada agradable.

—Aquí solo tenemos una o dos horas de luz al día —digo con amargura—. Si logras dormir durante ese tiempo, es casi como si no estuvieras maldito… al menos hasta que termine el mes.

Él parpadea, sobresaltado, y luego traga saliva con dificultad.

—Gracias… pero no puedo quedarme. Necesito regresar con mi familia. Solo nos quedan pocas semanas juntos.

Kastian se gira hacia él y le dedica una sonrisa casi empática:

—Todos los que están aquí dicen que son inocentes, y todos tenemos familia. Aprenderás rápido que nadie escapa de Dyaspora. Haz algunos amigos y haz lo posible por sobrevivir la noche.

—Pero escuché que tú podías entrar a cualquier lado —insiste el hombre, ya desesperado—. Solías cruzar la frontera hacia el reino humano. Ayudaste a la hija de mi vecina a escapar de su marido.

No tengo idea de quién sea su vecina ni de qué hija habla, pero no dudo de la historia. En el pasado, ayudé a cientos de personas a cruzar al reino humano, pero ya no.

—Eso fue hace mucho tiempo. Si quieres comprar comida o robarles algo a los guardias, vuelve luego. De lo contrario, no puedo ayudarte.

—Pero… —empieza a protestar, pero su voz débil es interrumpida por el sonido de un alboroto en el pasillo.

—¡Abran paso! —grita un guardia—. ¡Atrás! ¡No se acerquen al rey!

—¿Qué demonios? —dice Kastian, poniéndose de pie de un salto—. ¿Dijo «rey»?

Yo también me levanto, con Kastian, Jett y Fox a mis costados.

El mendigo enclenque se arrincona más en la celda, pegándose a la pared con pánico. Por supuesto, me olvido de su presencia; toda mi atención está puesta en la puerta y en el sonido de las botas en el pasillo.

Reconozco la voz del jefe de los guardias, que se impone sobre el alboroto:

—Está en la celda del fondo, mi señor.

—Bien —responde una voz aguda y helada—. Pueden dejarnos.

—Pero, mi señor…

—¡Que se vayan!