Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

Se saltaron la cena y decidieron ir a la casa de Chase; el viaje transcurrió con las manos de ambos entrelazadas sobre el asiento trasero.

Hablaron poco. Cada vez que Vivian volvía la cabeza, encontraba a Chase mirándola con una intensidad que le calentaba la piel y le revolvía todo lo que todavía intentaba ordenar. Él acariciaba lentamente sus nudillos con un dedo. El gesto era suave; la tensión entre los dos, mucho menos.

Al llegar, Chase abrió la puerta de la casa y dejó que Vivian entrara primero.

Ella avanzó hasta la sala mientras se quitaba el abrigo. Conocía aquel espacio; había cenado allí y había despertado en su cama, pero las semanas de distancia alteraban las proporciones. Todo parecía demasiado familiar para pertenecer a un hombre al que había intentado arrancar de su vida.

Dejó el bolso sobre una mesa y se volvió.

Chase continuaba junto a la puerta. Había colocado las llaves en la consola y se quitaba la chaqueta con movimientos pausados. La tensión en su rostro contradecía la calma de sus manos.

—Llevas todo el camino comportándote como si temieras acercarte —dijo Vivian.

Él dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla y la miró.

—Temo acercarme y descubrir que mi autocontrol pende de un hilo.

Vivian sintió una honda ternura: verlo contenerse después de semanas deseando que la buscara le resultó más difícil de soportar de lo previsto.

—Mañana voy a seguir recordando lo que ocurrió —admitió, acercándose—. Todavía tendremos que hablar y habrá momentos en los que volverá a dolerme. Sigo enamorada de ti y quiero estar aquí.

La respiración de Chase se hizo más profunda.

Vivian se detuvo frente a él y tomó el nudo de su corbata. Lo aflojó despacio, consciente de la mirada que seguía cada movimiento de ella.

—Así que deja de mirarme como si fuera a desaparecer.

—Ya lo hiciste una vez.

La frase contenía una sombra de aquella herida antigua. Vivian terminó de quitarle la corbata y la dejó caer sobre la chaqueta.

—Y volví.

Chase le rodeó la nuca con una mano y la besó.

Toda la contención del trayecto desapareció en el primer contacto.

Su boca se apoderó de la de Vivian con el hambre de los días separados, mientras la otra mano encontraba el contorno de su cuerpo y la acercaba hasta pegarla a él.

Ella se aferró a sus hombros, sintiendo la rigidez de los músculos bajo el traje y el golpe acelerado de su corazón.

Había extrañado su sabor. El modo en que Chase inclinaba la cabeza para profundizar el beso hasta obligarla a respirar contra sus labios.

Él se apartó solo un poco para mirarla.

—Te amo.

Lo dijo con la voz áspera y la frente apoyada contra la suya. Sin convertir la confesión en una promesa capaz de arreglarlo todo.

Vivian le acarició la mandíbula. La barba incipiente raspó la yema de sus dedos y aquel detalle pequeño, conocido, terminó de conmoverla.

—Yo también te amo —respondió—. Aunque durante las últimas semanas hayas conseguido que eso resulte bastante inconveniente.

Una risa grave vibró en su garganta.

—Puedo vivir con el inconveniente.

Volvió a besarla mientras Vivian empezaba a desabrocharle la camisa.

Chase le bajó la cremallera del vestido con una lentitud que contrastaba con la urgencia de su boca.

Sus dedos recorrieron la piel que iba quedando expuesta y ella sintió cómo se le erizaba la espalda bajo aquella caricia conocida.

La tela cayó alrededor de sus pies.

Chase se quedó mirándola. Vivian reconoció el deseo en sus ojos, pero también algo más íntimo que le apretó la garganta: el alivio de tenerla otra vez frente a él.

—Ven aquí —murmuró ella, agarrándolo de la camisa abierta.

Él obedeció con una rapidez que la hizo sonreír. La levantó por la cintura y Vivian le rodeó las caderas con las piernas, sintiendo su erección contra el vientre mientras Chase avanzaba hacia el dormitorio.

—Llevo horas intentando comportarme como un caballero y estoy hasta los cojones de hacerlo.

Vivian soltó una carcajada contra su boca.

—Por fin dices algo interesante.

La risa terminó convertida en un jadeo cuando él le mordió suavemente el cuello.

Llegaron al dormitorio sin dejar de besarse.

Chase la depositó sobre la cama y permaneció de pie entre sus piernas mientras terminaba de quitarse la camisa.

Vivian lo contempló sin esconder el deseo.

Había echado de menos aquel cuerpo, pero sobre todo había echado de menos al hombre que ahora la miraba como si recuperar su confianza fuera mucho más importante que tenerla en su cama.

Extendió una mano hacia él.

Esta vez los había llevado hasta allí una decisión tomada con los ojos abiertos.

Chase tomó la mano que Vivian le ofrecía y se inclinó sobre ella. El colchón cedió bajo su peso. La contempló, con la respiración demasiado agitada para el cuidado que todavía intentaba conservar.

Vivian deslizó la palma por su pecho. Sintió las pulsaciones bajo la piel caliente y descendió por su abdomen hasta llegar al cinturón.

—Quítatelo —pidió, levantando los ojos hacia él.

La comisura de la boca de Chase se movió.

—Lo que quieras, cuando quieras.

Él se incorporó para deshacerse de los zapatos y el pantalón.

Vivian lo observó sin disimulo, disfrutando de la textura de su piel y de la forma en que su cuerpo respondía a aquella mirada.

Había deseado volver a tenerlo así de cerca cada noche desde la pelea, incluso durante las horas en las que estaba segura de que jamás podría perdonarlo.

Cuando Chase regresó a la cama, ella le rodeó la nuca y lo atrajo hacia su boca.

El beso empezó más despacio. Chase recorrió su costado con una mano, desde la curva de la cintura hasta sus pechos, y Vivian arqueó la espalda para recibirlo.

Él apartó la tela del sujetador y cerró los labios alrededor de uno de sus pezones.

El calor de su boca le arrancó un jadeo.

Sus dedos se hundieron en el cabello de Chase mientras él repetía la caricia en el otro, demorándose hasta hacerle olvidar cualquier intención de conservar la calma.

—Te extrañé —murmuró contra su piel.

La vibración de las palabras le llegó al vientre.

—Yo también.

Chase levantó la cabeza. Sus ojos habían adquirido ese verde oscuro que Vivian conocía demasiado bien.

Descendió por su abdomen, dejando besos lentos a su paso. Al llegar al borde de las bragas, enganchó los dedos en la tela y las deslizó por sus piernas. Vivian separó los muslos cuando él volvió a acomodarse entre ellos, pero lo detuvo antes de que bajara la cabeza.

—Ven aquí.

Chase regresó sobre ella y Vivian aprovechó el movimiento para empujarlo por el hombro. Él se dejó caer de espaldas con una sorpresa que duró un instante. Ella se acomodó a horcajadas sobre sus caderas y contempló el efecto que su cuerpo desnudo producía en él.

Las manos de Chase subieron por sus muslos y por todo el contorno de su cuerpo hasta sus pechos.

—Así también puedo trabajar.

Vivian le tomó las muñecas y le apartó las manos.

—Esta noche decido yo.

—Estoy completamente a favor de esa idea. Lo que quiera mi hermosa chica.

Ella se inclinó para besarlo. Chase soltó el aire contra su boca cuando sus dedos rodearon su miembro. Lo acarició despacio, disfrutando de la tensión que endureció su abdomen y del esfuerzo que hizo para mantener las manos quietas sobre sus caderas.

—Vivi —pronunció con la voz áspera.

Aquella forma de decir su nombre siempre conseguía desarmarla.

Vivian se incorporó y lo guio hacia ella. Descendió lentamente, sosteniéndole la mirada mientras su cuerpo se acostumbraba a tenerlo otra vez dentro. Chase apretó los dedos alrededor de sus caderas y cerró los ojos.

—Mírame —pidió ella.

Él obedeció.

Vivian empezó a moverse. Primero despacio, probando el ritmo y la manera en que las manos de Chase acompañaban el balanceo de sus caderas. Después se inclinó sobre él y aumentó la cadencia. Él le rodeó la nuca y la besó, recibiendo sus jadeos entre los labios.

Había deseo en cada movimiento, pero también reconocimiento.

Vivian conocía el cuerpo que tenía bajo el suyo y el punto exacto en el que la respiración de Chase empezaba a quebrarse.

Él también la conocía. Bastó que cambiara el ángulo de sus caderas para que el roce se volviera insoportablemente preciso.

Los muslos de Vivian comenzaron a temblar. Perdió el ritmo y Chase se incorporó sin separarse de ella. La sostuvo contra él, con una mano en la espalda y la otra firme sobre su cadera, y empezó a moverse desde abajo.

Vivian escondió el rostro en su cuello. La tensión acumulada durante días se concentró en aquel punto donde sus cuerpos se encontraban, hasta que un temblor profundo le cerró las piernas alrededor de la cintura de Chase.

Él la sostuvo mientras ella pronunciaba su nombre contra su piel y continuó moviéndose hasta quedar rígido entre sus brazos.

Permanecieron abrazados, respirando con dificultad.

Chase dejó varios besos sobre su hombro antes de recostarse y llevarla con él. Vivian terminó sobre él, todavía con una pierna entrelazada con las suyas. El latido bajo su mejilla tardó en recuperar la calma.

Él empezó a acariciarle la espalda con ritmo suave.

—¿Sigues enfadada conmigo? —preguntó después de un rato.

Vivian levantó la cabeza. El cabello le caía alrededor del rostro y Chase apartó un mechón para colocarlo detrás de su oreja.

—Un poco menos.

—Lo solucionaremos; no hay nada que no haga por ti, Vivian.

Ella apoyó nuevamente la mejilla sobre su hombro. La habitación conservaba señales de las semanas que habían compartido: una crema suya sobre la cómoda, el libro que había dejado a la mitad en la mesa de noche y el cargador que Chase compró porque Vivian siempre olvidaba llevar el suyo.

—Mañana tendremos que hablar de algunas cosas —dijo.

—Mañana hablaremos de todo lo que necesites.

Vivian guardó silencio. Chase continuó recorriéndole la espalda, sin apresurar la pregunta que ambos sabían pendiente.

—Voy a estar aquí cuando despiertes —murmuró ella finalmente.

La mano de Chase se detuvo. Después la abrazó con mayor fuerza y hundió el rostro en su cabello.

Esta vez, cuando Vivian cerró los ojos, el impulso de quedarse fue más fuerte que cualquier otra cosa.

• • •

Chase despertó con la mano extendida sobre el lado vacío de la cama.

Abrió los ojos de inmediato.

Las sábanas todavía conservaban el calor de Vivian y la ropa que él había dejado caer la noche anterior continuaba sobre la alfombra. Entonces oyó el ruido de una taza en la cocina.

Se levantó, se puso el pantalón y atravesó la casa descalzo. Se detuvo en la entrada de la cocina y se dedicó a contemplarla.

Vivian estaba de espaldas frente a la cafetera, vestida con una de sus camisas.

El cabello le caía desordenado sobre los hombros y sus piernas desnudas asomaban bajo el borde de la tela.

La escena le produjo una satisfacción profunda, casi doméstica.

Ella ocupaba su cocina como si empezara a pertenecerle un poco.

Vivian volvió la cabeza al sentirlo detrás.

—Te dije que estaría aquí cuando despertaras.

Chase seguía junto a la entrada. Llevaba el cabello revuelto y todavía conservaba en el rostro las marcas del sueño, pero la forma en que la miró terminó de borrar cualquier ligereza de la mañana.

—Lo sé —respondió mientras se acercaba—. Me gusta comprobarlo.

Le rodeó la cintura y apoyó la boca en su hombro. Vivian cerró los ojos cuando el calor de él se acomodó contra su espalda. Había extrañado aquello durante los días que estuvieron separados: él tocándola sin prisa y esa familiaridad que habían construido casi sin darse cuenta.

Chase apartó el cabello de Vivian y le dejó un beso bajo la oreja.

—También me gusta encontrarte en mi cocina, usando mi camisa y preparando un café que probablemente has estropeado.

—Tu concepto de una mañana romántica necesita bastante trabajo —replicó ella, aunque apoyó una mano sobre las que él mantenía enlazadas en su vientre.

—Estoy aprendiendo.

La sencillez de esas palabras le borró la sonrisa. Vivian se volvió entre sus brazos y dejó la taza sobre la encimera. Chase permaneció cerca, observándola con una seriedad que le recordó todo lo que todavía estaba frágil entre ellos.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Chase pasó la mano por la curva de su cadera y permaneció mirándola, como si quisiera asegurarse de encontrar las palabras correctas.

—Quiero que sigamos desde aquí. Volver a cenar contigo un martes cualquiera, encontrarte dormida cuando llegue tarde y descubrir cuántas cosas vas a dejar en mi baño antes de admitir que necesitas un cajón.

Despertarme a tu lado sin preguntarme cuánto va a durar esto.

Y que llegue un momento en que ninguno de los dos recuerde exactamente cuándo mi casa empezó a sentirse también como la tuya.

Vivian sintió que algo cálido se extendía lentamente por su pecho. Después de todo lo que habían discutido y temido, Chase le estaba ofreciendo algo mucho más difícil que una promesa perfecta: una vida compartida en los detalles pequeños.

Apoyó ambas manos sobre su pecho y sintió el latido firme bajo las palmas.

—Yo también quiero eso —dijo—. Tu martes cualquiera y tus cosas mezcladas con las mías. Quiero despertarme y encontrarte a mi lado hasta que deje de sorprenderme que sigas ahí.

Las manos de Chase ascendieron por su espalda y la acercaron despacio.

—Voy a seguir ahí.

Vivian levantó los ojos hacia él. Había esperado demasiado tiempo para escuchar algo así sin buscar la falla escondida entre las palabras; lo besó con las manos todavía sobre su rostro, lentamente, sin la urgencia de otras veces.

Afuera podía seguir esperando todo lo que aún tendrían que resolver.

Pero esa mañana le bastaba el calor de Chase contra su cuerpo y la certeza sencilla de que ambos habían elegido quedarse.

Esta vez, juntos.