CAPÍTULO 49
Vivian llegó unos minutos tarde porque se había cambiado de vestido dos veces. Se decantó por uno de seda color negro que acentuaba sus curvas; había discutido consigo misma frente al espejo antes de descubrir que llevaba cinco minutos buscando los pendientes que ya tenía puestos.
Se lo había dejado claro a Chase: solo una copa. Él se limitó a enviarle el nombre del hotel y la hora.
Chase ya estaba sentado en la barra con un vaso de whisky frente a él. Llevaba un traje oscuro, con la chaqueta desabrochada y la corbata en su puesto. Parecía observar distraídamente al camarero mientras este preparaba una bebida, hasta que levantó la cabeza y la vio.
Vivian sintió el impacto a varios metros de distancia y descubrió la misma reacción en él.
Chase dejó de prestar atención al camarero; su mano se cerró alrededor del vaso y la recorrió con una mirada que le encendió la piel antes de llegar hasta él.
Vivian dejó el bolso sobre la barra y miró alrededor.
—¿Elegiste este lugar por alguna razón en especial? —preguntó mientras ocupaba el asiento contiguo.
—Tiene buen whisky —respondió Chase con una seriedad que habría resultado más convincente si la sonrisa no hubiera empezado a formarse en su boca.
—Chicago está lleno de lugares con buen whisky. Vas a necesitar un argumento mejor.
—Estás haciendo muy difícil mi interpretación.
—Porque tu actuación es pésima.
—Funcionó en el pasado.
Chase la observó y extendió una mano entre los dos. Vivian miró la mano abierta y el recuerdo de Nueva York regresó con tanta claridad que casi pudo escuchar el murmullo de aquel otro bar.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, aunque la sonrisa ya amenazaba con aparecer.
—Intentándolo de nuevo. —Él mantuvo la mano extendida—. Hola.
—Esto es ridículo. ¿Quién se supone que eres?
—Un hombre que intenta convencer a una mujer muy atractiva de que tome una copa con él.
—La mujer ya aceptó la copa.
—Aún no la conozco.
Vivian cedió y puso la mano en la de él.
—Vivi.
Los dedos de Chase se cerraron alrededor de los suyos durante un segundo.
—Mucho gusto, Vivi.
Esperaron a que el camarero sirviera el vino.
—Entonces, ¿a qué te dedicas?
—Emparejo personas.
—¿Profesionalmente?
Vivian levantó la copa y fingió considerar la pregunta.
—En realidad, me siento en los parques y obligo a desconocidos a casarse. La remuneración es pésima, pero los domingos se ponen interesantes.
La risa de Chase consiguió que algo dentro de ella empezara a relajarse.
—¿Eres buena?
—Muy buena.
—¿Algún caso especialmente complicado?
Vivian hizo girar el vino antes de responder.
—Un hombre arrogante y desconfiado, convencido de que podía convertir el corazón en una negociación.
—Suena insoportable —comentó Chase, llevándose el whisky a los labios.
—No tienes ni idea.
—¿Dónde está ahora ese dechado de virtudes?
—En una primera cita. Es su último intento antes de que su asesora tire la toalla con él.
Chase sonrió, aunque una sombra seria cruzó sus ojos.
—Es justo.
El juego continuó. Vivian descubrió que aquel desconocido abandonaba cualquier libro que no consiguiera interesarlo durante los primeros tres capítulos. Ella, en cambio, admitió su incapacidad para dejar uno a la mitad, incluso cuando sabía que el final sería un desastre.
—Por eso tú y yo nunca funcionaríamos —concluyó ella, acomodándose mejor en el asiento.
Chase levantó el vaso y la contempló por encima del borde.
—Una tragedia, y yo que empezaba a tener esperanzas.
También descubrió que era veterinario especializado en iguanas gigantes, aunque él se negó a explicar por qué había escogido una rama tan poco concurrida.
—¿Iguanas gigantes? —repitió Vivian, escondiendo la sonrisa detrás de la copa—. ¿Vocación desde niño?
—Una experiencia traumática bastante reciente.
—¿Te mordió alguna?
—Fue mucho peor: me humilló delante de una mujer.
La carcajada de Vivian atrajo la mirada de una pareja situada al otro extremo de la barra.
—Quizá la pobre criatura solo quería conocerte.
—No lo creo; su mirada rezumaba hostilidad.
—¿Y decidiste dedicar tu vida a curarlas?
—A comprender al enemigo —explicó Chase antes de tomar otro sorbo—. Soy uno de los mejores en mi campo.
—¿Cuántos son?
Él calló.
—Prefiero reservarme esa información durante una primera cita.
Vivian volvió a reír. Había extrañado verlo inventar disparates con expresión seria y sentir que cualquier conversación entre los dos podía convertirse en un lugar propio.
Chase apoyó el antebrazo en la barra y se inclinó un poco hacia ella.
—Quiero una confesión atrevida. Tuya.
Vivian entrecerró los ojos.
—Esa petición parece una trampa.
—Estamos fingiendo que somos desconocidos. Aprovecha el anonimato.
Ella le sostuvo la vista mientras decidía cuánto quería provocarlo.
—Jamás he fingido un orgasmo. Me parece absurdo premiar un trabajo mal hecho.
Chase soltó una risa baja y bebió un trago de whisky sin apartar los ojos de ella.
—Eso explica demasiadas cosas; me imagino que el pobre tipo tiene que currar bastante.
—En realidad no; mi último amante era muy habilidoso. Ahora te toca a ti —dijo Vivian, disfrutando del color más oscuro que había adquirido su mirada—. Cuéntame tu experiencia sexual más desastrosa.
—Una mujer me esposó a una cama y perdió la llave. Tuve que llamar a uno de los empleados de mantenimiento de mi empresa y después lo vi todos los días durante tres años.
Vivian soltó una carcajada tan limpia que se le humedecieron los ojos.
—Dime que al menos recibió un aumento.
—Recibió una bonificación y un acuerdo de confidencialidad.
—Eso sí te lo creo.
Chase sonrió y esperó a que ella recuperara el aliento.
—Tu turno otra vez.
Vivian observó la hilera de botellas de licor frente a ellos mientras pensaba en una pregunta. La encontró y la formuló antes de advertir el peligro.
—¿Cuál ha sido el mejor beso de tu vida?
La sonrisa de Chase desapareció. Sus ojos permanecieron en los de ella y la ligereza de los últimos minutos adquirió una intensidad distinta.
—Nueva York —respondió—. Un ascensor. Pensé en ese beso durante meses.
Vivian sintió que los dedos se le tensaban alrededor de la copa.
—Podías haber mentido.
—Esta noche quiero decirte la verdad. —Chase dejó el vaso sobre la barra—. ¿Cuál fue el tuyo?
Ella sostuvo su mirada.
—En una isla, en medio de una tormenta.
Sus rodillas se rozaron bajo la barra. El contacto era mínimo y, aun así, Vivian sintió la presión a través de la tela como si Chase acabara de colocar una mano sobre su piel. Él bajó los ojos hacia su boca antes de inclinarse.
—Tengo otra pregunta.
—Empiezo a temerlas —admitió Vivian, levantando ligeramente las cejas.
—¿Estás enamorada?
La sonrisa desapareció de su rostro. Chase percibió el cambio y esperó mientras ella meditaba sus próximas palabras. Vivian podía terminar el juego y conservar intacta la parte fácil de aquella noche, pero seguir escondiéndose detrás de las bromas empezaba a cansarla.
—Sí —respondió finalmente.
Chase tomó aire antes de preguntar:
—¿Él lo sabe?
—Creo que ahora sí.
—¿Y él también está enamorado?
—También.
Aquello pareció afectarlo. Chase apartó la mano del vaso y la dejó abierta sobre la barra, muy cerca de la suya.
—Entonces podría parecer sencillo.
—No lo es —dijo Vivian, y el juego abandonó su voz—. Me hizo mucho daño.
—Lo sé. —La mirada de Chase permaneció fija en ella—. También sé que arrepentirme no basta para repararlo.
Vivian lo estudió con una media sonrisa.
—Llevas días intentando convencerme de que volvamos.
—Llevo días intentando acercarme —corrigió él con calma—. Quiero que algún día puedas mirarme sin recordar primero cómo te miré aquella noche.
La garganta de Vivian se cerró.
—Lo que me destrozó fue que ni siquiera me concedieras el beneficio de la duda. Llegaste a mi casa dispuesto a herirme.
Chase bajó la mirada antes de enfrentarla otra vez.
—Tenía derecho a estar enfadado por lo que me ocultaste, pero convertí ese enfado en una condena. Quise herirte y estuvo mal. Puedo volver a equivocarme, Vivian, pero jamás volveré a decidir quién eres antes de escucharte.
El ardor apareció detrás de los ojos de Vivian.
—Yo también debí contarte lo de Keller.
—Sí —respondió Chase sin suavizarlo—. Debiste hacerlo.
La franqueza la tomó desprevenida.
—Gracias por tu generosidad.
Una sombra de sonrisa apareció en la boca de él.
—Voy a pedirte que vuelvas conmigo, así que sería bastante tentador decirte que actuaste perfectamente, pero los dos sabemos que sería una mentira. —Chase acercó un poco la mano a la suya—. Tu error fue ocultarme algo que podía afectarnos. El mío fue tratarte como si me hubieras traicionado.
Vivian se mantuvo firme y, por primera vez desde aquella noche, consiguió pensar en la pelea más allá de la violencia de las últimas palabras. Seguían doliendo y probablemente lo harían durante un tiempo.
Chase estaba allí sin convertir sus flores ni aquellos días de insistencia en una factura que ella tuviera que pagar. Vivian pudo mirar todo aquello sin sentir que él intentaba doblegarla. Estaba intentando volver a ella de la única manera que parecía conocer: quedándose.
Vivian bajó los ojos y pasó el dedo por la base de la copa.
—Creo que nuestra primera cita se arruinó.
—Todavía tenemos tiempo —dijo Chase, observando su boca con una devoción que ya no intentaba disimular.
A Vivian le costó sostener aquella mirada.
Había pasado tantos días preparándose para su insistencia y hasta su arrepentimiento, que no estaba lista para la ternura.
Había algo en la manera en que Chase la miraba que le hacía sentirse elegida con una intensidad casi íntima, como si volver a reír con ella fuera una suerte que todavía no terminaba de creerse.
Su corazón y sus entrañas habían extrañado a esta mujer y necesitaba recuperarla.
—Siempre me miras así —advirtió con la ceja arqueada—. Como si acabara de darte un regalo.
—Lo haces cada vez que vuelves a reírte conmigo —añadió él—. Déjame disfrutarlo.
Vivian se acercó y le acomodó el mechón rebelde que había vuelto a caerle sobre la frente, solo para sentir el calor de su piel. Después, antes de concederse tiempo para analizarlo, lo besó.
Chase la sujetó de la cintura, acercándola a él. El beso perdió la prudencia de inmediato: había demasiado deseo contenido, demasiada hambre acumulada. Cuando se separaron, sus frentes quedaron unidas.
—Necesito saber si tengo posibilidades de conseguir una segunda cita —susurró él.
Ella sonrió.
—Creo que puedes conseguirla.
La tensión abandonó lentamente el rostro de Chase, pero Vivian no quería que hubiera dudas entre ellos. Le acarició la nuca y le sostuvo los ojos.
—Quiero intentarlo otra vez.
Esta vez él no bromeó. La besó de nuevo, más despacio, y cuando se apartó dejó la frente contra la de ella durante unos segundos.
—Entonces voy a arriesgarme con otra pregunta. ¿Tienes hambre?
Vivian miró su copa vacía.
—Dijimos una copa.
—Y cumplimos —señaló, solemne—. La primera cita terminó.
—¿Tan seguro estás?
Chase tomó su chaqueta y se puso de pie.
—Sí, ya sé que eres una mujer que empareja desconocidos y hace preguntas sexuales impropias en una primera cita.
—Oye —interrumpió ella—, en mi defensa diré que fuiste tú el que empezó con las preguntas de ese tipo.
—Es muy importante saber que no finges orgasmos y que tienes una preocupante debilidad por los veterinarios especializados en iguanas gigantes. Creo que sé lo suficiente para invitarte a cenar.
Vivian volvió a reírse mientras recogía el bolso.
—Supongo que tendrás que alimentarme.
Chase le ofreció la mano. Esta vez Vivian no tuvo que pensar antes de entrelazar sus dedos con los de él.
—Vamos.