Una elección irresistible (Perfect Match 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Meses después

La luz de la tarde entraba por los ventanales de la suite.

Abajo, junto al lago, los invitados empezaban a ocupar sus lugares, y Vivian alcanzaba a escuchar la música cada vez que alguien abría la puerta.

Sobre una silla descansaba el ramo; Clara había tenido que retirarlo del alcance de Emma, que quería comprobar si las flores eran de verdad.

Vivian se miró en el espejo mientras su hermana terminaba de acomodarle el vestido.

Había elegido uno de líneas sencillas, con la espalda descubierta y una falda que se prolongaba detrás de ella.

Le gustaba cómo se veía, pero llevaba un rato deseando dejar de contemplar su reflejo y bajar a buscar a Chase.

—Si sigues moviéndote, voy a tener que empezar de nuevo —le advirtió Clara, arrodillada a sus pies.

Vivian dejó de girarse hacia la ventana.

—Es que quiero verlo.

Sloane estaba junto a la ventana, preciosa en su vestido. Había llegado desde California el día anterior y, al verla entrar, Vivian la había abrazado con tanta fuerza que su amiga terminó protestando entre risas. Ahora observaba el jardín con una copa en la mano.

—Tu futuro esposo acaba de mirar hacia aquí por tercera vez. —señaló.

Vivian se acercó antes de que Clara pudiera detenerla. Encontró a Chase hablando con William, aunque tenía el rostro vuelto hacia el edificio. Llevaba el esmoquin y estaba tan guapo que ella se quedó mirándolo embelesada. Hoy se convertiría en su esposo, su hombre, su compañero de vida.

Aquella mañana se había despertado junto a él. Chase la tenía abrazada y había protestado cuando intentó levantarse, apretándola un poco más.

—Tenemos que prepararnos —le había dicho, volviéndose entre sus brazos.

Él le apartó el cabello de la cara y se quedó contemplándola, todavía con la voz ronca de sueño.

—Lo sé. Pero llevamos meses preparando esto y quiero tenerte un rato para mí antes de que empiecen a llamar a la puerta.

Vivian le acarició el torso y se había acercado para besarlo.

Durante unos minutos permanecieron así, escuchando los ruidos de la ciudad.

—¿Estás nerviosa? —le preguntó.

Ella levantó el rostro.

—Un poco. Voy a casarme contigo.

Chase sonrió y le acarició la espalda.

—Entonces hazme una promesa. Cuando llegues abajo, búscame a mí.

Vivian había asentido, emocionada por aquella seguridad suya, por la forma en que hablaba de la boda mientras le recorría la espalda con caricias suaves.

Ahora lo veía junto al lago y solo quería que levantara los ojos otra vez.

—Vivi.

La voz de Clara la hizo volverse. Su hermana sostenía el ramo y tenía una expresión que le apretó la garganta.

—Ven. Papá está esperando.

Juliet se acercó para acomodarle un mechón junto al rostro. Después le tomó las manos y las apretó.

—Disfrútalo, querida.

Vivian abrazó a sus socias antes de salir. Con Sloane se demoró un poco más; le había notado el cansancio al llegar, aunque su amiga se había empeñado en ayudar con todo y en preguntar por cada detalle de la ceremonia.

—Gracias por venir.

Sloane se apartó lo suficiente para mirarla.

—No iba a perderme tu boda.

• • •

Su padre la esperaba al otro lado de la puerta.

Al verla, se quedó quieto. Vivian sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas antes de que él pudiera decir nada. Se acercó y lo abrazó con cuidado de no aplastar el ramo.

—Tu madre habría querido estar aquí —murmuró él.

Vivian cerró los ojos contra su hombro.

—Lo sé, papá.

Él le besó la frente y le ofreció el brazo. Ella se sujetó con fuerza, agradecida de tenerlo a su lado mientras avanzaban hacia el jardín donde se celebraría la ceremonia, arreglos de peonias y otras flores adornaban todo el lugar.

Sofía y Emma los esperaban junto a Clara. Llevaban sus pequeñas cestas de pétalos y habían ensayado tantas veces que Vivian temía que, llegado el momento, decidieran hacerlo de otra manera. Emma miró el ramo y después su vestido.

—Tía Vivi, ¿puedo llevarte la cola?

—Hoy tienes que encargarte de las flores.

La niña aceptó, aunque antes de colocarse junto a su hermana se inclinó para tocar la tela.

La música cambió. Vivian respiró hondo y miró hacia el final del pasillo.

Chase estaba esperándola.

Él había dejado de sonreír al verla y la miraba con una intensidad que le hizo llevarse el ramo un poco más cerca del corazón. Su padre le acarició la mano apoyada en su brazo.

—Vamos, hija.

Las niñas empezaron a caminar.

Vivian no podía apartar los ojos de Chase. Había imaginado tantas veces aquel momento, pero en ninguna de sus fantasías le temblaban las piernas de aquella manera ni tenía que contener las ganas de llorar antes de llegar hasta él.

Chase bajó los escalones para recibirla cuando alcanzó el final del pasillo.

Su padre le besó la mejilla y le soltó el brazo. Antes de apartarse, estrechó la mano de Chase, que lo miró de frente y asintió. Después se volvió hacia ella.

—Estás preciosa, amor.

Vivian le tocó la solapa del esmoquin, necesitando sentirlo cerca.

—Tú también.

Él le besó la mano y la llevó a su lado. Cuando entregó el ramo a Clara, Chase volvió a buscar sus dedos y los mantuvo entrelazados durante el comienzo de la ceremonia.

Cuando llegó el momento de sus votos, Chase se volvió hacia ella y le tomó ambas manos. Vivian notó que la presión de sus dedos era firme, casi urgente.

—Vivian, pasé mucho tiempo protegido detrás de mis propias exigencias. Y entonces apareciste tú y me destruiste los planes. Me desarmaste por completo.

Ella sonrió entre lágrimas, sintiendo un vuelco en el pecho. Chase le acarició los nudillos con el pulgar, sin apartar la mirada de sus ojos.

—Al principio luché contra lo que sentía, pero se volvió imposible. Me enamoré de ti de una forma que me asustó, porque de pronto ya no concebía un solo día sin escuchar tu voz, sin buscarte a mitad de la noche, sin la necesidad casi física de tenerte cerca.

Una risa suave y conmovida recorrió a los invitados, pero Vivian apenas la escuchó; el mundo se había reducido a ellos dos.

—Hoy no solo quiero ser tu esposo; quiero ser el hombre que te sostenga cuando el mundo pese demasiado.

Te prometo entregarte mis días felices, pero, sobre todo, prometo ser tu ancla cuando sientas que todo se derrumba.

No voy a dejar que mis miedos decidan por nosotros.

Te amo, Vivian. Te amo con una ferocidad que ya no puedo ni quiero contener.

Vivian tuvo que respirar hondo para que el aire le llegara a los pulmones. Al mirar a Chase, recordó la promesa que le había hecho esa mañana en la cama: búscame a mí. Lo miró fijamente, dejando que la emoción le encendiera la mirada.

—Yo pasé la vida ordenando el futuro de los demás, creyendo que el amor era algo pacífico que llegaba cuando todo lo demás estaba resuelto —se le quebró la voz, pero continuó con una fuerza que no sabía que tenía—. Qué equivocada estaba.

Chase la observaba con los ojos brillantes, completamente entregado a ella. Vivian se acercó un paso más, acortando la distancia.

—Mi amor por ti no es una calma pacífica, Chase; es un fuego que me quema y me empuja a ser mejor, una fuerza que me desarma y me reconstruye cada día. Contigo ya no quiero protegerme, quiero arriesgarlo todo.

Él tragó saliva, visiblemente conmovido por la intensidad de sus palabras.

—Te amo porque me salvaste de mi propia rutina.

Por eso hoy te prometo buscarte cuando tenga ganas de encerrarme, entregarte cada pedazo de mi alma y cuidar tu corazón con la misma ferocidad con la que cuido mi propia vida.

Y cuando lleguemos a viejos, pienso seguir robándote comida del plato y recordándote que este fuego sigue intacto.

Chase soltó una carcajada ahogada, una mezcla de risa y alivio, y bajó la cabeza un instante para contener la emoción antes de volver a mirarla con una devoción absoluta.

Después llegaron los anillos. Vivian contempló el suyo en la mano de él antes de sentirlo deslizarse por su dedo. Cuando le tocó ponerle el suyo, tuvo que intentarlo dos veces porque le temblaban las manos.

—Despacio, amor —murmuró Chase.

Ella levantó los ojos hacia él y sonrió.

Apenas los declararon marido y mujer, Chase la atrajo por la cintura. Vivian le rodeó el cuello y lo besó, olvidándose del jardín hasta que los aplausos y un grito de Emma la hicieron reír contra su boca.

Él volvió a besarla antes de soltarla.