CAPÍTULO 47
A media tarde, mientras Vivian terminaba de revisar unos perfiles, el teléfono vibró junto a su mano.
Era Chase.
Acabo de salir de una reunión con un hombre que dijo mi nombre catorce veces en veinte minutos.
Vivian volvió inmediatamente a aquella noche en Nueva York, al desconocido de ojos verdes sentado en la barra y a todo lo que habían hablado. Intentó concentrarse otra vez en los perfiles, pero duró menos de un minuto.
¿Las contaste?
Chase respondió enseguida.
Desde que conocí a cierta mujer en un bar de Nueva York, sí.
Vivian sintió que la comisura de la boca amenazaba con traicionarla.
Deberías superar ese encuentro.
Esta vez Chase tardó un poco más.
He intentado superar a la mujer, pero no está funcionando.
La sonrisa desapareció.
Vivian dejó el aparato boca abajo sobre el escritorio.
Eso era precisamente lo peligroso de Chase cuando dejaba de pedir perdón.
Sabía hacerla recordar por qué se había enamorado de él.
No respondió, pero durante el resto de la tarde pensó más de una vez en aquella primera noche en Nueva York y en lo fácil que había sido hablar con un hombre del que entonces no sabía absolutamente nada.
• • •
Los jueves Vivian no llevaba el coche a la oficina.
El mantenimiento del estacionamiento comenzaba a las seis y las restricciones en los accesos convertían la salida en una pérdida de tiempo que detestaba.
Semanas atrás había dedicado buena parte de una cena a explicarle a Chase por qué cualquier persona sensata evitaba aquel garaje los jueves, y él, por supuesto, lo había recordado.
A las seis y diez, atravesó las puertas de cristal de Perfect Match, lo encontró esperándola frente al edificio.
Vivian se detuvo el tiempo suficiente para que el cuerpo reaccionara antes de que la razón alcanzara a recordarle todo lo ocurrido entre ellos.
Odiarlo habría sido mucho más sencillo si Chase hubiera tenido la decencia de verse mal, pero no era el caso: los dioses, evidentemente, continuaban de su lado.
Vestía un traje oscuro sin corbata, con las manos metidas en los bolsillos, mientras el viento le desordenaba el cabello.
Conservaba esa quietud engañosa que ella conocía demasiado bien, cuando en realidad llevaba mucha energía acumulada bajo la piel.
Sus ojos verdes recorrieron su rostro y se detuvieron en su boca.
El recuerdo llegó sin pedir permiso: sus manos recorriendo su piel y el calor de su boca sobre la de ella. Vivian apretó la correa del bolso y sintió una irritación casi infantil ante la facilidad con que su memoria traicionaba todos los esfuerzos de los últimos días.
—¿Qué haces aquí?
Chase sacó las manos de los bolsillos.
—Esperándote.
Vivian pasó junto a él sin detenerse y escuchó sus pasos detrás antes de que él se colocara a su lado. Aceleró, más por orgullo que por verdadera intención de dejarlo atrás.
—Podrías haberme avisado antes de aparecer aquí.
—Si te hubiera llamado, me habrías pedido que no viniera.
—Porque era exactamente lo que pensaba decirte.
—Por eso decidí ahorrarnos una conversación cuyo resultado ya conocíamos.
Vivian giró la cabeza hacia él. Chase no parecía arrepentido de haber aparecido sin avisar ni especialmente preocupado por el recibimiento, lo cual, en vez de tranquilizarla, consiguió irritarla todavía más.
—¿Y decidiste que mi negativa era un inconveniente que podías evitar?
—Decidí que esperar en una acera no requería tu autorización. —La miró de reojo—. Si me dices que me vaya, me voy.
Vivian siguió caminando.
Podía hacerlo. Bastaba con decírselo. Vete, Chase. Dos palabras sencillas que, sin embargo, se quedaron atrapadas en algún lugar entre el orgullo y el deseo absurdo de tenerlo unos minutos más a su lado.
Llegaron a la esquina rodeados por el ruido del tránsito y el movimiento constante de la gente.
Vivian agradeció la ciudad entera interponiéndose entre los dos, porque tenerlo tan cerca resultaba incómodo de una forma que ya no podía atribuir únicamente al resentimiento.
Reconocía su perfume y hasta el calor de su cuerpo cuando sus brazos estuvieron a punto de rozarse al esquivar a una pareja que caminaba en dirección contraria.
Vivian se apartó de inmediato.
Chase hizo lo mismo.
Aquel movimiento simultáneo le produjo una sensación desagradable. Hubo un tiempo en que ninguno de los dos habría evitado ese contacto; probablemente lo habrían buscado.
—Cena conmigo.
Vivian lo miró. Chase había hablado con esa seguridad que otras veces la atraía. Esa tarde, ella estaba decidida a encontrarla irritante.
—No.
Chase asintió una vez.
—Una copa.
—Tampoco.
—Café.
Vivian soltó el aire por la nariz.
—Chase…
—Estoy reduciendo progresivamente mis expectativas.
Ella tuvo que tensar la boca para impedir que la sonrisa apareciera. Maldito hombre. Incluso furiosa seguía sabiendo exactamente cómo desarmarla en los momentos menos convenientes.
—Pues sigue reduciéndolas hasta llegar a nada.
Eso sí consiguió que Chase sonriera y Vivian quiso estrangularlo. También quiso besarlo, lo cual resultó ser un problema. Su cuerpo y su corazón parecían empeñados en vivir una historia distinta a la que su cabeza intentaba imponerles, así que miró hacia otro lado y continuó caminando.
—Te ves preciosa.
Vivian exhaló despacio.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Chase la miró con una calma que consiguió irritarla todavía más.
—Llevas una semana enviándome flores y mensajes —añadió Vivian—. Ahora estás esperándome frente a mi oficina.
—Estoy intentando recuperar algo.
Vivian se detuvo y él hizo lo mismo. Por primera vez desde que habían comenzado a caminar quedaron frente a frente mientras la ciudad seguía moviéndose alrededor de ellos, indiferente a la tensión que parecía haberse concentrado en esos pocos centímetros de acera.
—No soy una negociación que puedas ganar, Chase.
—Lo sé.
—Entonces deja de comportarte como si existiera una combinación de movimientos que pudiera llevarte exactamente al resultado que quieres. ¿Por qué diablos no pasas la página?
Algo cambió en su rostro.
Vivian lo vio apagarse y experimentó una culpa que rechazó de inmediato. No quería compadecerlo y, mucho menos, después de todo lo que había ocurrido. Sin embargo, tampoco estaba preparada para la forma en que Chase no desvió los ojos antes de responder.
—Por favor, no me pidas eso.
La ligereza había desaparecido de su voz.
Vivian tragó saliva.
—Es lo mejor, Chase.
Él negó varias veces con la cabeza y miró a todos lados menos a ella.
—No sé cuál es el movimiento correcto contigo y me está volviendo loco. Porque normalmente sé qué hacer. Puedo sentarme frente a un problema, encontrar dónde está la falla y resolverlo. Contigo no puedo hacer eso.
La palabra problema rozó una herida todavía demasiado reciente.
—Me miraste como si yo fuera exactamente eso.
Chase se quedó quieto.
—Sí, y no sabes cuánto lo siento.
Vivian había esperado una explicación, cualquier argumento contra el cual pudiera levantar otra vez la rabia y mantenerse firme. Chase no le dio ninguno. Aceptó lo que había hecho con la mirada firme, y aquella falta de excusas resultó más difícil de combatir que cualquier justificación.
—No puedo deshacer lo que dije —continuó él.
Vivian pasó la lengua por los labios antes de preguntar:
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
—Lo único que puedo hacer. Quedarme.
Algo se le cerró en el pecho.
—No tienes derecho a decidir eso tampoco.
—Tienes razón. Tú decides si vuelvo a entrar en tu vida. Pero yo decido cuánto estoy dispuesto a hacer antes de aceptar que no quieres que vuelva.
Los ojos de Vivian cayeron sobre su boca y supo, en el mismo instante en que lo hizo, que acababa de cometer un error.
Uno enorme.
Levantó los ojos enseguida, pero Chase ya la había visto.
La forma en que contuvo la respiración fue suficiente para confirmar lo que ella habría preferido ignorar.
Entonces él miró su boca, despacio, sin fingir que no lo hacía.
Vivian apretó la correa del bolso mientras una parte de sí misma calculaba, con una exactitud que había preferido evitar, que un solo paso bastaría para destruir la distancia que llevaba días empeñada en mantener.
Chase cerró los dedos a los costados.
Vivian vio el esfuerzo.
—No me mires así.
La voz le salió más baja de lo que pretendía.
—¿Cómo?
—Lo sabes perfectamente.
Chase tardó en contestar. La tensión le recorrió el rostro antes de responder.
—Llevo días intentando no pensar en tocarte.
El deseo sacudió a Vivian de inmediato, inoportuno y familiar, como si todos los argumentos que había construido contra él carecieran de autoridad sobre su cuerpo.
—Eso es algo que no va a pasar.
—Lo sé.
Chase permaneció donde estaba.
La obediencia debería haberla tranquilizado. En cambio, Vivian fue demasiado consciente de todo lo que él estaba conteniendo: el rostro tenso y las manos inmóviles junto al cuerpo. Saber que no iba a tocarla consiguió que quisiera que lo hiciera todavía más.
Sacó el móvil.
—Voy a pedir un auto.
—Déjame llevarte.
—No.
—Vivian…
—Te dije que no a la cena y a la copa, y también te digo que no a llevarme a casa.
Chase la observó antes de asentir.
—Está bien.
Vivian pidió el coche. La aplicación anunciaba cuatro minutos de espera, un tiempo ridículamente corto que, de pronto, pareció demasiado largo para permanecer junto a él sin tener nada más que decir.
Chase se quedó a su lado mientras el tránsito avanzaba frente a ellos.
No intentó llenar el silencio y Vivian agradeció que no lo hiciera.
Ya tenía suficiente con su cercanía y con todos los recuerdos que su presencia parecía empeñada en despertar después de una semana reduciéndolo a mensajes en una pantalla y tarjetas guardadas en un cajón.
Una ráfaga levantó varios mechones de su cabello y los llevó sobre el rostro.
Chase movió una mano, pero se detuvo antes de tocarla.
Vivian lo vio.
Durante semanas él había apartado su cabello de esa manera sin pensarlo. Antes de besarla o alguna mañana en la cocina cuando ella todavía estaba medio dormida. Era uno de esos gestos insignificantes que se habían vuelto íntimos sin que ninguno reparara en ello hasta que dejaron de poder hacerlo.
Vivian se apartó el mechón por sí misma.
—No tienes que quedarte hasta que llegue el automóvil.
—Quiero hacerlo.
—Chase…
—No estoy intentando convencerte de nada en estos cuatro minutos. —Una sombra de humor apareció en su expresión—. Aunque reconozco que cuatro minutos bien utilizados pueden dar para bastante.
Vivian negó con la cabeza y miró hacia la calle antes de que él pudiera descubrir la sonrisa que apareció en su rostro.
—Sigues creyendo que puedes salirte con la tuya.
—Si creyera eso, ahora mismo estaríamos camino a cenar.
—Eso no iba a ocurrir.
—Ya me quedó claro.
Vivian volvió a mirarlo.
Había algo distinto en la manera en que Chase recibía cada negativa. No parecía derrotado ni resignado. Simplemente aceptaba el golpe y seguía allí, sin abandonar esa paciencia nueva que empezaba a inquietarla más de lo que lo habían hecho los primeros mensajes arrepentidos.
El auto dobló la esquina.
Vivian sintió alivio y, para su desgracia, una decepción pequeña y bastante reveladora.
—Cena conmigo mañana.
Giró lentamente hacia él.
—¿En serio?
—Completamente.
—Acabo de rechazarte hace menos de diez minutos.
—Rechazaste cenar conmigo hoy. No mañana.
El descaro de sus palabras estuvo a punto de arrancarle otra sonrisa, pero Vivian se negó a concedérsela.
—Pues mañana tampoco.
Chase inclinó apenas la cabeza.
—¿El viernes?
—No.
—Eso complica mi estrategia.
—Me alegra.
El automóvil se detuvo frente a ellos.
Chase abrió la puerta trasera, pero antes de que Vivian entrara volvió a mirarla.
—Voy a seguir preguntándote.
La seguridad de aquellas palabras le produjo un estremecimiento que no tenía ninguna relación con el frío.
—Puedes cansarte antes de que cambie de opinión.
La diversión desapareció del rostro de Chase y durante unos segundos volvió a mirarla con aquella intensidad que había hecho demasiado difícil toda la caminata.
—No tienes idea de cuánto quiero que cambie tu respuesta, Vivi.
El nombre, dicho así, bajo y sin artificios, removió algo que Vivian llevaba días intentando mantener bajo control.
Chase bajó los ojos hacia su boca de nuevo y, esta vez, el gesto carecía de provocación.
Había deseo, sí, pero también algo más pesado, algo que ella prefirió no intentar nombrar todavía.
Entró en el coche antes de que su cuerpo confundiera una cosa con la otra.
—Buenas noches, Chase.
Él cerró la puerta con cuidado y se inclinó apenas para verla a través de la ventanilla.
—Buenas noches.
El automóvil arrancó.
Vivian mantuvo la mirada al frente, aunque sabía que Chase continuaba en la acera sin necesidad de comprobarlo. Podía imaginarlo con demasiada facilidad. Apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.