Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Marcus llegó al despacho de Chase poco antes de la reunión extraordinaria de la junta que se celebraba al día siguiente de recibido el mensaje de Vivian.

—Ya sabemos cómo se enteró Keller de la reunión —anunció Marcus—. Uno de los asesores externos de Harrington también había trabajado para una sociedad de su consorcio. Participó en la conversación preparatoria y supo que Harrington había aceptado escuchar una objeción de Mercer.

—¿Le dio el nombre del hotel?

—No lo conocía. Solo sabía que te reunirías con Harrington esa mañana. Se lo comunicó a la gente de Keller la noche anterior, a las diez cincuenta y seis.

Marcus informó que, para averiguar el lugar de la reunión, Keller contrató a un investigador.

Las cámaras del edificio de Vivian mostraban el automóvil del investigador cerca de la entrada cuando Chase salió aquella mañana.

El mismo vehículo lo siguió durante el recorrido y quedó registrado a pocos metros del Langham.

A las seis veintidós, el investigador confirmó la ubicación.

Pocos minutos después, un abogado del consorcio llamó a Harrington.

A las seis treinta y ocho, su asistente canceló la reunión.

La secuencia resultaba clara: Keller supo por el asesor que Harrington hablaría con Chase, ordenó seguirlo para descubrir dónde y después ejerció suficiente presión para impedir que se presentara.

Chase observó el informe y las imágenes. El estómago se le contrajo y un puño en el corazón amenazó con ahogarlo. Vivian había dicho la verdad desde el principio. Keller obtuvo el lugar siguiéndolo y él la acusó de una traición que jamás cometió.

—También encontramos la conexión con Phillip —continuó Marcus—. Llevan trabajando juntos desde antes de lo ocurrido con Lakeshore.

Los registros mostraban pagos y comunicaciones entre sociedades vinculadas a ambos.

Algunos coincidían con la negociación que Chase abandonó dos años atrás; otros precedían movimientos en los que Mercer perdió contratos por márgenes demasiado exactos.

La licitación reciente formaba parte del mismo patrón.

Phillip no se había limitado a aliarse con un competidor.

Llevaba años debilitando la empresa de su familia desde dentro.

Chase lo sospechaba, lo había hablado con su padre en varias ocasiones, pero este lo atribuía a la animosidad típica de dos competidores por el poder.

Le alegraba saber que al menos en esto había tenido la razón siempre.

La reunión extraordinaria comenzó con la revisión de las filtraciones que habían perjudicado a Mercer. Phillip escuchó los primeros informes sin intervenir, hasta que la discusión llegó a la responsabilidad de Chase en la licitación perdida.

—Antes de buscar culpables fuera de esta empresa, la junta debería preguntarte qué estás negociando a sus espaldas —dijo Phillip—. Según la información que recibí, llevas días preparando la entrada de un fondo suizo en Mercer.

Chase apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Qué fondo suizo?

Phillip vaciló.

—La información circula desde ayer.

—No circula. Fue creada y entregada de forma controlada a una sola persona.

Phillip frunció los labios. Marcus colocó sobre la mesa los registros que demostraban cómo aquella mentira había pasado de Keller a su tío.

El color abandonó el rostro de Phillip.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra cómo llegó hasta ti. Lo demás está en los registros.

El equipo legal presentó las comunicaciones, los movimientos financieros y los pagos relacionados con la vigilancia de Chase.

William revisó las primeras páginas antes de levantar la mirada hacia su hermano.

—Has estado entregando información de Mercer a Keller durante años.

Phillip intentó negar la acusación, pero cada explicación encontraba una fecha, un pago o un mensaje que la contradecía.

El rumor sobre el fondo suizo terminó de conectar las pruebas: Keller recibió la mentira y Phillip llegó a la junta dispuesto a actuar sobre ella.

Los primeros movimientos entre sociedades vinculadas a ambos se remontaban a dos años atrás, cuando Chase todavía estaba comprometido con Sabrina, y habían continuado después.

Marcus no podía demostrar qué papel había jugado Phillip en lo ocurrido entonces y se negó a especular, pero las fechas bastaron para abrir una grieta en una historia que Chase había creído conocer de principio a fin.

Su tío conocía a Keller desde antes de que su compromiso terminara.

Había hecho negocios con él. Y era él quien, pocos días atrás, había llegado hasta Chase con las fechas, los correos y las coincidencias exactas para convencerlo de que Vivian estaba repitiendo la traición de Sabrina.

Ahora estaba seguro de que Keller había recurrido a Perfect Match para colocarlo en la misma posición de dos años atrás.

La junta suspendió a Phillip de cualquier función ejecutiva y autorizó el proceso para retirarlo definitivamente. Ante la investigación formal y la reclamación económica que se preparaba contra él, terminó aceptando su renuncia y una negociación para responder por los perjuicios causados.

Cuando Chase regresó a su despacho, su tío ya no ocupaba ningún cargo dentro de Mercer.

Se quedó solo en la oficina. Aferró el móvil y durante largo rato examinó varias de las fotografías que se habían tomado en Nueva York: Vivian sonriéndole a la cámara en Central Park y una de ella durmiendo en la cama del hotel.

Dejó el teléfono sobre la mesa, pero lo recogió cinco segundos después; entonces abrió la conversación y escribió:

Tenías razón.

Lo borró enseguida; era una idiotez. Como si aquello se hubiera reducido a determinar quién había ganado una discusión.

Probó otra vez.

Necesito hablar contigo.

Lo borró también. No tenía derecho a necesitar nada de ella.

Vivian, lo siento.

Se quedó mirando aquellas tres palabras.

Eran ciertas y completamente insuficientes.

Había entrado en su apartamento convencido de que lo había traicionado.

Joder.

Ahora quería retirar todo lo que le dijo. Volvió a escribir.

Sé que no quieres verme, pero necesito pedirte perdón.

Se quedó con el dedo suspendido sobre la pantalla.

No. Otra vez lo que él necesitaba y lo que él quería. Borró la frase con tanta fuerza que casi se le escapó una risa amarga.

Treinta y cuatro años, cientos de empleados esperando que supiera qué hacer ante cualquier problema y allí estaba, incapaz de redactar un maldito mensaje sin sonar como un adolescente al que acababan de dejar por primera vez.

Aunque quizá eso era exactamente lo que le ocurría. Vivian lo había dejado. Él mismo había destrozado lo que tenían.

Echaba en falta su pelo sobre la almohada y su manera de hacer el amor.

Estaba seguro de que ella le había lanzado un hechizo, porque nunca había sentido lo que sentía en ese momento; ni en su momento más negro del desengaño con Sabrina había sentido que no podía respirar.

Pasó una mano por su rostro. Quizá debía llamarla.

Vivian probablemente vería su nombre en la pantalla y dejaría sonar el teléfono hasta que se cansara y tendría toda la jodida razón.

Pensó en presentarse en Perfect Match, pero lo descartó enseguida: después de cuestionar su integridad profesional, aparecer en su empresa sin ser invitado sería una forma de demostrar que no había aprendido absolutamente nada.

Chase volvió a mirar el cuadro vacío del mensaje.

Esta vez escribió despacio.

Ya sé la verdad.

Se detuvo y negó con la cabeza varias veces; era un mensaje demasiado frío. Añadió:

Y lo injusto que fui contigo.

Se le cerró la garganta. Leyó ambas frases varias veces. Todavía no era suficiente, pero por primera vez no sintió ganas de borrarlas, así que continuó:

Te acusé sin pruebas y utilicé lo que hizo Sabrina para decidir quién eras tú.

Quise herirte porque estaba asustado y no existe ninguna explicación que vuelva aceptable lo que hice.

No espero que me perdones y tampoco voy a intentar explicarme por mensaje.

Solo quería que supieras que Phillip quedó fuera de Mercer y que tu nombre no aparecerá relacionado con nada de esto. Perfect Match tampoco.

Eso sí importaba. Vivian tenía derecho a saberlo. Chase respiró hondo antes de escribir la última línea.

Cuando quieras escucharme, voy a estar disponible. Aunque sea para decirme que no vuelva a acercarme a ti.

La miró durante tanto tiempo que la pantalla terminó apagándose.

La encendió otra vez sin enviar el mensaje todavía, porque había algo humillante en descubrir que podía enfrentarse a Phillip y a una junta llena de hombres dispuestos a despedazar una compañía sin que le temblara una mano, pero la idea de ver aparecer un simple «leído» debajo del nombre de Vivian le provocaba más miedo que todos ellos juntos.

Vivian no respondió al mensaje y tampoco lo hizo al del día siguiente.

Decidió darle unos días, pero desistió a la semana; entonces pensó que, si no podía pedirle que lo escuchara, al menos podía recordarle que seguía allí.

El lunes de la semana siguiente llegaron peonías a Perfect Match; hubiera querido enviar todas las jodidas flores de la ciudad. En cambio, se decantó por un ramo pequeño, en tonos rosa pálido, con una tarjeta escrita de su puño y letra.

Quería alegrar tu día, si es eso posible; estas flores están lejos de una disculpa. Sé que eso sería demasiado fácil.

• • •

Vivian leyó la nota dos veces antes de guardarla en el cajón. Las flores se quedaron sobre su escritorio. El martes llegaron otras.

Mi abuelo preguntó por ti hoy. Le dije que había cometido una estupidez monumental. Me pidió que fuera más específico porque, tratándose de mí, eso no reducía demasiado la lista.

Vivian tuvo que apretar los labios para no sonreír. Sloane, desde el otro lado del despacho, la observó por encima del portátil.

—Ni se te ocurra.

—No he hecho nada.

—Precisamente. Esa cara la conozco.

Vivian dejó la tarjeta boca abajo.

El miércoles no hubo flores, pero hubo una tarta de limón de la pastelería que Chase sabía que le gustaba.

La nota decía:

Arthur sostiene que ningún problema serio debe discutirse con hambre. No estoy seguro de que esta tarta pueda solucionar mi situación, pero él insiste en que vale la pena intentarlo.

Vivian soltó una risa antes de poder evitarlo. Después se enfadó consigo misma por haberlo hecho. Le envió un mensaje por primera vez en cuatro días.

Dile a tu abuelo que deje de participar en tu campaña.

Chase respondió menos de un minuto después.

Dice que no recibe órdenes de mujeres que todavía no le han devuelto una invitación a cenar.

Vivian miró la pantalla.

Eso ha sido tuyo.

Me ofende que tengas tan poca fe en Arthur.

No respondió, pero tampoco bloqueó el número.

El jueves, Chase dejó de hablar de ellos.

Hoy pedí café en el lugar que te gusta. La mujer me reconoció y me preguntó dónde estaba «la que siempre me roba el primer sorbo». Consideré seriamente cambiar de cafetería.

Le mandó una fotografía de Arthur dormido en un sillón con el periódico abierto sobre el pecho y escribió:

Reunión estratégica de alto nivel.

Vivian respondió con un simple:

Déjalo dormir.

Chase tardó tres minutos.

Me has contestado.

Vivian puso los ojos en blanco.

No te emociones.

Demasiado tarde.

El viernes aparecieron nuevamente las peonías. Esta vez no había ninguna frase ingeniosa. Solo:

Te extraño.

Vivian pensó que la tarta podía compartirla y las bromas podían ignorarse, pero la añoranza mezclada con el resentimiento no le daba un segundo de paz. Tomó el teléfono y escribió:

Eso no cambia lo que pasó.

Chase respondió casi de inmediato.

Lo sé; eso mismo dijo Marcus y, por una vez, tiene razón. También dijo que estoy insoportable.

Por alguna razón, aquellas palabras consiguieron afectarla más que todas las anteriores. Vivian escribió antes de pensarlo demasiado.

Eso no es nuevo.

Otro mensaje llegó unos segundos después.

Te he echado muchísimo de menos.

Vivian cerró los ojos. Ahí estaba otra vez. Ese hombre que podía volverla loca con una frase sencilla. Dejó el teléfono sobre la mesa y no respondió, pero esa noche, cuando pasó frente al florero del salón, acomodó una de las peonías que empezaba a inclinarse.

El domingo no llegó nada. A las cuatro seguía sin noticias. A las seis, irritada consigo misma, abrió la conversación en el último mensaje. Vivian estuvo a punto de cerrar la aplicación. Entonces llegaron los tres puntos.

Hoy decidí darte un día libre de mí.

Vivian sintió alivio.

Muy considerado.

Otros tres puntos.

Me está resultando horrible.

Ella sonrió.

Sobrevivirás.

Pasaron unos segundos.

Eso intento.

La sonrisa desapareció lentamente. Vivian apoyó la espalda contra el sofá.

Seguía demasiado dolida para perdonarlo y dudaba que algún día pudiera hacerlo, pero también empezaba a comprender algo bastante más incómodo.

Seguía esperando sus mensajes y guardando sus tarjetas; las peonías que había decidido tirar el primer día estaban ahora repartidas en dos floreros de su apartamento.