Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 45
91%

CAPÍTULO 45

El restaurante del hotel Grand Hyatt mantenía un ambiente de opulencia sobria. Las cortinas de seda pesada filtraban la luz de la tarde sobre los paneles de madera oscura, mientras el murmullo de conversaciones de negocios quedaba ahogado por el suave chocar de las copas de cristal.

En una de las mesas de la zona VIP, Adrian Keller aguardaba mientras observaba su teléfono móvil y disfrutaba de un aperitivo.

Cuando vio a Vivian avanzar entre las mesas, Keller la analizó.

Iba impecable. Un vestido ceñido de corte recto en tono marfil y unos tacones que marcaban un paso firme y elegante.

Llevaba esa armadura de distinción profesional que él tanto le admiraba.

Le gustaba Vivian; en otras circunstancias habría manifestado su interés, pero no podía tentar al diablo dos veces.

—Vivian —dijo él, con esa voz grave y modulada que usaba para negociar—. Qué gusto verte. Agradezco que hayas hecho un espacio en tu agenda para esta revisión.

—Buenas tardes, Adrian —respondió ella, aceptando el estrechamiento de manos, sin que un solo músculo de su rostro delatara el desprecio que la invadía—. Es parte de mi trabajo garantizar que nuestros clientes de alto perfil reciban la atención adecuada.

Vivian tomó asiento frente a él. La cortesía de ella fue tan natural que el aire cargado de sospecha que Keller traía consigo se disipó al instante.

—Me alegra escuchar eso —comentó Keller, dándole un sorbo a su whisky—. Debo confesar que dudé si cancelar la cita. Sé que los últimos días no han sido fáciles en el ámbito personal. Los rumores vuelan rápido en esta ciudad.

Vivian no se inmutó. Sostuvo la mirada del hombre con una calma imperturbable mientras desplegaba un portafolio de cuero sobre la mesa. El mesero se acercó presuroso.

—¿Ordenamos? —preguntó Keller.

—Tomaré un café solo; tengo otro compromiso en media hora.

—Es una lástima; creí que almorzaríamos juntos.

—Me temo que no tengo tiempo para un almuerzo —concluyó con ademan tranquilo—.

Respecto a tu comentario, en Perfect Match no trabajamos con rumores, Adrian.

Trabajamos con hechos y resultados —contestó ella con tono mesurado—, y el motivo de esta reunión es evaluar por qué los perfiles que he seleccionado para ti no han avanzado a una segunda fase.

Vivian abrió el expediente. Keller apenas miró la primera página.

—Tal vez he estado demasiado distraído con otros asuntos. Escuché que Mercer perdió una licitación importante y, por lo visto, Chase no recibió bien la derrota.

La provocación llegó tan pronto que Vivian tuvo que contener el impulso de apretar la pluma. Recordó la forma en que Chase la había mirado en su apartamento y dejó que una parte de aquella herida apareciera en su expresión.

—Chase no recibe bien nada que escape de su control —respondió mientras cerraba el expediente—. Eso incluye los negocios y a las personas.

Keller hizo girar el whisky dentro del vaso.

—Parece que la experiencia te costó bastante.

—Me costó lo suficiente para aprender.

El mesero dejó el café frente a ella. Vivian lo removió despacio sin probarlo, permitiendo que Keller creyera que el tema había terminado.

—La licitación tampoco será tan grave como todos piensan —añadió después—. Mercer tiene otros movimientos en marcha.

Keller dejó de jugar con el vaso.

—¿Qué clase de movimientos?

Vivian levantó la vista. La curiosidad del hombre era demasiado inmediata para ser casual.

—Nada que deba interesarte.

—Hace años que compito con los Mercer. Naturalmente me interesa saber si están a punto de caer o de fortalecerse.

Vivian soltó una risa sin humor.

—Chase no está a punto de caer. Esa es otra de las razones por las que resulta tan difícil soportarlo.

Keller esperó. Vivian bebió un sorbo de café que le supo amargo, ya que no lo tomaba de esa forma, y fingió arrepentirse de haber llegado hasta allí.

—¿Tiene relación con el fondo europeo del que se está hablando? —preguntó él.

El comentario de Julián Vance había encontrado el camino previsto. Vivian apartó la vista hacia el restaurante.

—Si ya lo sabes, no necesitas que yo lo confirme.

—Lo único que existe es un rumor. Una entrada importante de capital suizo en Mercer, según escuché.

Ella volvió a mirarlo. Bastaba con darle una certeza pequeña y Keller completaría el resto con aquello que deseaba creer.

—Lo único que sé es que no se trata de un rumor.

La mano de Keller se inmovilizó alrededor del vaso.

—El acuerdo está más avanzado de lo que creen dentro de Mercer —murmuró Vivian—. Cuando Chase lo presente a la junta, tendrá los votos necesarios para reorganizarla y dejar de negociar cada decisión con quienes se oponen a él.

—¿Cuándo ocurrirá?

—No lo sé. —Vivian sostuvo su mirada—. Ya no forma parte de mi vida y quiero mantenerlo así.

La contestación contenía suficiente verdad para que la amargura no pareciera ensayada. Keller bebió, aunque su atención había dejado de estar en ella.

—Comprendo.

—Lo dudo —replicó Vivian, abriendo otra vez el expediente—. Ahora, si ya terminamos de hablar de Chase, me gustaría saber qué inconveniente encuentras en el perfil de Rebecca.

Keller observó la fotografía sin verla. Consultó el teléfono y escribió algo antes de devolverlo a la mesa.

—Quizá convenga reprogramar esta conversación. Acaba de surgir un asunto con una de mis filiales y necesito ocuparme de él.

Vivian lo observó. Vio el brillo de pánico en sus ojos y la urgencia contenida en sus manos. La trampa se había cerrado de manera perfecta.

—Entiendo perfectamente, Adrian —respondió Vivian, cerrando su portafolio de cuero con un chasquido limpio—. En Perfect Match valoramos el tiempo de nuestros clientes.

Keller dejó dinero junto al vaso y se levantó con una prisa que intentó disimular al abrocharse la chaqueta.

—Lamento hacerte venir para una reunión tan breve.

—Mi asistente se comunicará contigo para fijar otra fecha.

Keller se despidió y avanzó hacia la salida con el teléfono ya en la mano.

Vivian esperó hasta verlo desaparecer para tomar su teléfono y escribir a Juliet:

Mordió el anzuelo; ahora esperamos.

Después abrió la conversación con Chase. Ver su nombre todavía le produjo una presión dolorosa en el pecho. Escribió el mensaje:

Le di a Keller información falsa sobre una supuesta entrada de capital suizo en Mercer.

Si algún miembro de la junta o ejecutivo de tu empresa está asociado con él, esa mentira terminará llegando hasta ti.

Cuando lo haga, sabrás lo que significa.

No estoy haciendo esto por ti, Chase. Lo hago por mí y por Perfect Match. Nadie utiliza mi empresa y sale impune.

Vivian envió el mensaje, guardó el teléfono y terminó su café antes de abandonar el restaurante.

• • •

El mensaje llegó mientras Chase revisaba por tercera vez el orden del día de la reunión.

No esperaba verla aparecer en la pantalla. Se quedó mirando su nombre sin tocar el teléfono.

Vivian.

Habían pasado tres días desde que salió del apartamento de Vivian con la certeza endurecida en el alma y una frase que, desde entonces, había regresado más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

Abrió el mensaje.

Le di a Keller información falsa sobre una supuesta entrada de capital suizo en Mercer.

Chase frunció el ceño.

Siguió leyendo hasta el final. Volvió a leerlo dos veces más. No contenía una disculpa ni el menor intento de reparar lo que había quedado roto entre ellos.

Era una advertencia y una prueba de que Vivian había puesto información falsa en manos de Keller deliberadamente; si aparecía dentro de Mercer, solo podía significar una cosa.

Chase dejó el teléfono sobre la mesa con lentitud.

—¿Problemas? —preguntó Daniel desde el otro extremo del despacho.

Chase no respondió de inmediato. Miró nuevamente la pantalla apagada.

—Puede que acabemos de recibir la respuesta que estábamos buscando.

Daniel levantó los ojos.

—¿Sobre Phillip?

—Sobre todos.

Chase se puso de pie y tomó los documentos que llevaba preparando desde primera hora.

La rabia de los últimos tres días se había agotado de una forma miserable.

Ya no le quedaba el impulso ciego con el que había golpeado el saco hasta abrirse los nudillos ni esa furia limpia que, durante unas horas, le permitió convencerse de que había hecho lo correcto.

Ahora solo tenía un cansancio pegado a los huesos que no se corregía durmiendo, porque apenas había conseguido hacerlo.

Había comido por obligación. Medio sándwich que dejó abandonado sobre el escritorio; unas cucharadas de algo que su asistente había pedido al mediodía y que ni siquiera recordaba qué era. El hambre desaparecía en cuanto intentaba tragar.

Vivian estaba en todas partes.

En el silencio de su casa. En el café que aquella mañana había preparado demasiado fuerte; ella siempre se quejaba de que él lo hacía así.

En una botella de vino que seguía cerrada porque la había comprado pensando en llevársela.

En el olor a su perfume que percibió esa mañana cuando sacaba un abrigo del armario.

En el maldito teléfono que había revisado demasiadas veces durante las últimas setenta y dos horas, aunque sabía perfectamente que ella no iba a escribirle.

La extrañaba de una manera física, desagradable.

Extrañaba encontrarla descalza en la cocina, escucharla hablar mientras él intentaba concentrarse en otra cosa, la costumbre reciente de tocarle la espalda al pasar, el peso de su cuerpo contra el suyo cuando dormía.

Hasta echaba de menos aquellas discusiones pequeñas que tres días atrás habría considerado irrelevantes y por las que ahora habría dado cualquier cosa.

El enojo seguía ahí, pero ya no conseguía protegerlo del recuerdo que más volvía: Vivian acercándose y él retrocediendo para impedir que lo tocara. La expresión de ella después se le había quedado clavada mucho más hondo de lo que quería admitir.

¡Dios! Había esperado que lo llamara. Para discutir o para darle otra explicación contra la que pudiera pelear.

Le habría servido cualquier cosa. Vivian, en cambio, había cumplido exactamente lo que dijo cuando terminó con él, y él empezaba a comprender que podía seguir enfadado con ella y, al mismo tiempo, sentirse como la mierda por haberla perdido.

Ahora tenía aquel mensaje frente a él; era información entregada con la misma dignidad con la que lo había echado de su apartamento, y él no tenía idea de cómo acortar la distancia que había erigido entre los dos.