CAPÍTULO 42 #2
—Estoy intentando impedir que vuelvas a cometer el mismo error. Keller ya utilizó una relación tuya para obtener una ventaja sobre Mercer. Ahora mantiene contacto directo con la mujer que duerme en tu cama y, por lo que veo, algo salió mal pocas horas después.
Chase se movió antes de pensarlo: lo agarró por las solapas y lo empujó contra la puerta. El golpe sacudió el marco de cristal y arrancó de Phillip una exhalación áspera.
—¡Pronuncia una sola vez más el nombre de Vivian como si fuera cómplice de Keller y haré que seguridad te saque de este edificio!
Phillip le sujetó las muñecas, aunque no intentó apartarlo. La sorpresa inicial desapareció detrás de una mirada dura.
—Eso mismo hiciste con Sabrina. Amenazaste a cualquiera que intentó mostrarte lo que tenías delante porque resultaba más fácil defenderla que reconocer que te estaba utilizando.
Los dedos de Chase se cerraron con más fuerza sobre la chaqueta.
—¡Vivian no es Sabrina!
—Entonces suéltame y demuéstrate que puedes mirar los hechos sin perder la cabeza por una mujer.
La provocación estuvo a punto de conseguir exactamente lo que Phillip buscaba. Chase sintió la urgencia de golpearlo, de borrar de su rostro aquella superioridad paciente con la que llevaba años empujándolo hacia el límite.
—¡Lárgate!
—Soy miembro de la junta.
—¡Y este sigue siendo mi despacho! ¡Sal!
—Chase, deberías pensar antes de…
—¡Fuera!
El grito atravesó las paredes de cristal. En el área exterior varias conversaciones se interrumpieron. Phillip miró hacia la puerta y después regresó la atención a su sobrino.
—Te estoy dando la oportunidad de protegerte.
Chase abrió la puerta de un tirón y respiró profundo antes de volver a hablar.
—Cinco segundos, Phillip. Después llamaré a seguridad y toda la planta verá cómo te acompañan al ascensor.
Su tío recogió el informe, pero Chase le arrancó los documentos de la mano y los dejó caer sobre el escritorio.
—Esto se queda.
Phillip se acomodó los puños de la camisa, intentando recuperar algo de dignidad, pero una sonrisa burlona cruzó sus labios antes de salir del lugar.
—Cuando descubras que tenía razón, recuerda que intenté advertirte.
—¡Sal de mi oficina!
Phillip cruzó la puerta. Chase esperó hasta verlo alejarse por el corredor antes de cerrarla con tanta fuerza que el cristal vibró dentro del marco.
Solo entonces miró de nuevo hacia el informe.
Ya no necesitaba que su tío pronunciara la acusación. Phillip había dejado cada dato colocado en el orden exacto para que Chase llegara hasta ella por su cuenta.
Chase caminó por la oficina como fiera enjaulada.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo. No necesitó mirarlo para saber que podía ser ella.
Rememoró lo ocurrido esa noche.
—Vivian no tiene acceso a la información de Mercer —dijo para sí, y tuvo que carraspear para recuperar la voz—. Desconoce los montos y la estrategia que preparamos para impugnar la licitación.
La oficina quedó en silencio.
Chase recordó la seguridad con que había descartado cada duda sobre Sabrina dos años atrás.
Había encontrado explicaciones para sus ausencias y defendido coincidencias que dejaron de parecerlo mucho antes de que él aceptara la verdad.
Cuando finalmente descubrió que se acostaba con Keller, ya había compartido con ella horarios y detalles de una negociación que terminó costándole a Mercer veinte millones de dólares.
Aquella mañana Vivian lo había besado antes de que saliera de su apartamento y Chase abandonó el edificio convencido de que por fin existía un lugar donde podía bajar la guardia.
También llevaba semanas reuniéndose con Keller.
Tomó el vaso que estaba junto a la jarra de agua y lo lanzó contra la pared.
El cristal se rompió sobre la madera y cayó a la alfombra. Chase se quedó mirando los fragmentos, con el pecho subiendo y bajando mientras intentaba contener la rabia que todavía le pedía destruir algo más.
Vivian no era Sabrina.
Se lo repitió una vez, despacio, tratando de obligarse a escuchar la diferencia.
Sabrina había utilizado la información que él le daba. De Vivian no tenía una sola prueba. Lo único cierto era que conocía a Keller y le mintió durante la gala. Después durmió a su lado y continuó callando.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Daniel.
Chase respiró hondo antes de contestar.
—Dime qué encontraron.
—Pudimos separar los dos momentos de la filtración —explicó Daniel; hablaba con rapidez y Chase oyó varias voces detrás de él—.
A las diez cincuenta y seis de anoche alguien dentro del consorcio supo que Harrington se reuniría con Mercer.
Todavía desconocían el lugar. La referencia al Langham apareció esta mañana, a las seis veintidós.
Chase cerró los ojos.
A las diez cincuenta y seis estaba cenando en la cocina de Vivian. A esa hora ya le había contado que vería a Harrington y que la reunión debía mantenerse fuera de las agendas. Recordó a Vivian tecleando algo en su teléfono mientras él recogía los platos.
A las seis veintidós acababa de salir del edificio de ella rumbo al hotel.
—¿Encontraron algún acceso irregular en nuestros servidores? —preguntó mientras apoyaba una mano en el borde del escritorio.
—Ninguno. Revisamos las cuentas de todos los que conocían el encuentro y no hubo descargas ni reenvíos. La información no salió de los sistemas de Mercer.
—Eso no significa que no saliera de alguien de Mercer.
—Lo sé. Estamos comprobando comunicaciones personales y el lado de Harrington. Su asistente también conocía los detalles.
Daniel hizo una pausa.
—¿Quieres que Croft amplíe la revisión externa?
Chase abrió los ojos y miró el nombre de Vivian junto al de Keller en el informe de Phillip.
—Quiero saber cómo consiguieron la información —respondió—. Sigan hasta encontrarlo.
Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre el escritorio.
La ausencia de una filtración en los servidores mantenía abiertas demasiadas posibilidades. Harrington podía haber hablado. Alguno de los abogados podía haber utilizado un teléfono personal imposible de rastrear en la primera revisión.
Vivian también podía haber pronunciado una sola frase.
Chase se pasó una mano por el rostro. Necesitaba esperar. Marcus todavía estaba investigando y Daniel acababa de decirle que no tenían pruebas. Debía enfrentarse a ella con las preguntas correctas y escucharla.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez la pantalla mostró el nombre de Vivian.
Chase dejó que sonara mientras contemplaba los restos del vaso sobre la alfombra.