Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Regresaron a Chicago el sábado por la tarde y, al llegar al aeropuerto, cada uno tomó el camino hacia su propia casa.

La separación duró dos días, pero después de despertar juntos en Nueva York y acostumbrarse a buscarse con la mirada en cualquier habitación, volver a sus rutinas produjo una sensación extraña.

El lunes, Vivian pasó buena parte de la jornada en Perfect Match.

Chase regresó a Mercer para continuar con la auditoría relacionada con las licitaciones perdidas.

Intercambiaron algunos mensajes durante el día, nada que pudiera competir con las reuniones y los asuntos que habían esperado su regreso.

Esa noche, Chase llegó al apartamento de Vivian todavía vestido con el traje de la oficina.

Cenaron en la cocina mientras se contaban las partes menos tediosas de sus respectivos días.

Retomar con tanta facilidad las pequeñas costumbres que habían adquirido juntos hizo que los días en Chicago se sintieran más naturales.

Cuando Vivian empezó a recoger los platos, Chase se levantó para ayudarla. Terminó dejándolos a un lado y rodeándole la cintura desde atrás. Ella se apoyó contra su pecho mientras él apartaba el cabello de su cuello y le besaba la piel expuesta.

—Creí que ibas a ayudarme —murmuró, inclinando la cabeza pese al reproche.

—Estoy ayudando. —Chase deslizó la boca hasta el nacimiento de su hombro—. Si sabes lo que te espera cuando termines, quizá recojas más rápido.

Vivian se volvió entre sus brazos. Chase tenía el cansancio marcado alrededor de los ojos y la corbata ligeramente torcida, pero la forma en que la miraba consiguió que ella olvidara los platos y el resto de la cocina.

Le deshizo el nudo de la corbata y tiró suavemente de los extremos para acercarlo.

Él la besó sin prisa. Vivian le rodeó el cuello y sintió cómo las manos de Chase recorrían su espalda antes de detenerse en su cintura. Cuando se separaron, ninguno de los dos se alejó.

Su frente rozó la de Vivian.

—Antes de que consigas distraerme por completo, necesito decirte algo.

Vivian abrió los ojos. El tono de Chase era demasiado serio para un hombre que acababa de besarla contra la encimera de su cocina.

—Esa introducción nunca anuncia nada divertido.

—El viernes se celebra la cena anual de la asociación empresarial. Quiero que vengas conmigo.

Vivian había oído hablar del evento. Cada año reunía a buena parte del círculo financiero de Chicago y las fotografías terminaban ocupando las páginas de sociedad antes de que se sirviera el desayuno del sábado.

—¿La cena de premios? —preguntó, estudiando el rostro de Chase—. Puedo acompañarte, pero todavía no entiendo por qué me lo dices como si esperases que intentara escapar por la ventana.

La mano de Chase se movió lentamente sobre su cintura antes de que él contestara.

—Porque quiero presentarte como mi pareja.

Vivian dejó de jugar con el cabello de su nuca.

En Nueva York habían caminado juntos sin preocuparse por las miradas, ya que era fácil hacerlo en una ciudad donde nadie conocía la historia de Perfect Match ni esperaba descubrir qué mujer acompañaba a Chase Mercer.

Chicago era distinto. Allí estarían los miembros de su junta y todas las personas capaces de convertir una fotografía en una versión conveniente de los hechos.

Chase lo sabía mejor que nadie.

—¿Estás seguro? —preguntó—. No me preocupa que sepan que estamos juntos, pero esa cena pondrá nuestra relación delante de personas que llevan meses esperando cualquier excusa para opinar sobre tu vida.

—Ya opinan sin conocerte. —Chase apartó una mano de su cintura y le acarició el rostro—.

No pienso seguir comportándome como si tenerte a mi lado fuera algo que necesito ocultar.

No hemos hecho nada malo. El tema de Elena quedó en el olvido, precisamente por la privacidad con que se manejaron las cosas.

Somos solteros y podemos hacer lo que queramos.

La emoción le llegó a Vivian con una fuerza inesperada.

Desde que regresaron de la isla habían construido su relación dentro de una intimidad que se volvió cotidiana con una facilidad inquietante.

Él aparecía en su apartamento al terminar el día y Vivian ya reconocía sus pasos y su presencia por el lugar.

Un cepillo de dientes descansaba junto al suyo y había una camisa de Chase en el respaldo de una silla desde hacía tres días.

Ninguno necesitó hablar de aquellas pequeñas invasiones al territorio.

El viernes, otras personas empezarían a ver lo que ellos ya vivían.

—Quiero ir contigo —dijo finalmente.

Los hombros de Chase perdieron parte de la tensión, aunque la mano que sostenía su rostro no se movió.

—Tú más que nadie sabes lo que eso implica; habrá fotógrafos y seguramente harán preguntas. Si prefieres que esperemos, lo entenderé.

—No quiero esperar. —Vivian deslizó los dedos por el cuello abierto de su camisa—. Además, sería bastante absurdo encontrarte al otro lado del salón y fingir que no sé cómo luces cuando te despiertas.

La boca de Chase se curvó mientras la acercaba otra vez.

—Me alegra que esa haya sido la razón definitiva.

Ella le dio un beso breve antes de recordar el aspecto práctico de la invitación.

—¿Cuál es la etiqueta?

—Formal.

Vivian miró hacia el techo y repasó mentalmente su armario. Tenía vestidos adecuados para cenas de la agencia, pero no para una gala rodeada de fotógrafos y miembros de la junta de Mercer.

—Necesitaré comprar algo.

—Mañana te llamará una asesora. Le pedí que coordinara los ajustes de lo que elijas.

Vivian miró de nuevo hacia él.

—¿Cuándo hiciste eso?

—Esta tarde. Solo reservé el horario por si aceptabas acompañarme. No pensaba confirmar nada antes de hablar contigo.

Chase llevaba todo el día ocupado con la auditoría de las licitaciones y, aun así, había encontrado tiempo para pensar en algo que ella todavía ni siquiera sabía que necesitaría.

—Puedo comprarme mi propia ropa, Chase.

—Nunca he dudado de eso. —Su mano descendió desde la mejilla de Vivian y encontró la de ella—. Te estoy invitando a una noche importante para mí y quiero regalarte el vestido. Si la idea te incomoda, cancelaré la cita con la asesora.

Chase guardó silencio esperando. Vivian entrelazó los dedos con los suyos.

—Quiero escogerlo yo.

—Por supuesto.

—Y no vas a verlo antes del viernes.

Chase la observó con mayor atención.

—Eso no estaba entre las condiciones.

—Acabas de renegociar el acuerdo.

Él aceptó la noticia con una inclinación de cabeza que escondía mal su curiosidad.

—Entonces procuraré sobrevivir a la espera.

Vivian sonrió. Había algo profundamente íntimo en saber que Chase había pensado en ella al imaginar aquella noche, que quería verla llegar a su lado y había elegido algo especialmente para ese momento.

—De acuerdo —accedió—. Acepto tu regalo. Gracias.

Chase arqueó una ceja, pero se guardó cualquier comentario.

Vivian acortó la distancia entre los dos hasta sentirlo nuevamente contra su cuerpo.

—Ahora puedes volver a besarme.

Esta vez, Chase no necesitó que se lo repitiera.

• • •

El viernes por la tarde, el apartamento de Vivian se vio invadido durante un par de horas.

A las cuatro en punto llegó una asesora acompañada de una asistente y de suficientes opciones para escoger.

En pocos minutos hubo cajas abiertas junto al sofá y zapatos alineados frente al espejo de cuerpo entero que habían trasladado hasta la sala.

Varias fundas negras colgaban del respaldo de las sillas.

Vivian aceptó una copa de champaña y, después del tercer vestido, empezó a comprender el atractivo de que alguien se ocupara de todo.

—El negro es precioso —dijo mientras estudiaba su reflejo—, pero siento que pertenece a una mujer mayor.

La asesora, una mujer elegante y hermosa en sus cuarenta, recorrió el vestido con una mirada crítica antes de asentir.

—El corte es demasiado severo para ti.

La asistente, una jovencita de ascendencia oriental, se acercó para ayudar a Vivian con la cremallera y el negro desapareció dentro de su funda. Después vinieron un verde oscuro y un diseño en tono marfil que ella descartó cuando descubrió la espalda cubierta de encaje.

El siguiente vestido estaba separado de los demás.

La asesora abrió la funda y reveló un rojo profundo, cercano al color de las cerezas oscuras. El diseño no tenía adornos ni pedrería. El cuello halter dejaba los hombros al descubierto y la falda larga caía con el peso suficiente para moverse alrededor de las piernas al caminar.

Vivian dejó la copa sobre una mesa.

—Es bastante más atrevido que los anteriores.

—De frente no.

Aquel comentario consiguió que Vivian la mirara con desconfianza. Cinco minutos después estaba de nuevo frente al espejo.

De frente, el vestido resultaba elegante. La tela seguía la forma de su cintura y sus caderas sin apretarlas, y la abertura lateral solo aparecía cuando daba un paso. Vivian se volvió despacio.

La espalda quedaba al descubierto casi hasta la cintura.

—Ah.

La asesora sonrió detrás de ella.

—Esa suele ser la reacción.

Vivian levantó el cabello para observar mejor el corte. El vestido no pretendía hacerla parecer más joven ni suavizarla. Había seguridad en la línea limpia de los hombros y una sensualidad adulta en la espalda descubierta que no necesitaba ningún otro adorno.

Pasó una mano sobre la tela, a la altura de la cintura.

—Este será.

—También era mi elección.

Vivian la miró a través del espejo.

Mientras la asistente comprobaba el largo y separaba un par de sandalias, la asesora le explicó que el vestido pedía un recogido bajo y un maquillaje que no compitiera con el rojo.

Vivian no opuso demasiada resistencia, ya que, por primera vez en mucho tiempo, alguien más había pensado en cada detalle y ella solo necesitaba decidir qué le gustaba y qué no.

Chase había organizado todo aquello en medio de sus propios asuntos y admitir que disfrutaba de la atención resultó bastante más sencillo de lo esperado, además de emocionante.

—¿Quieres que le envíe una fotografía al señor Mercer? —preguntó la asesora.

Vivian se volvió inmediatamente.

—No, vamos a darle la sorpresa.

La mujer levantó las manos en un gesto que le dijo que no insistiría. Vivian regresó al espejo y acomodó uno de los mechones que habían escapado del recogido.

—Puede esperar hasta esta noche.

Poco antes de las siete, las fundas y las cajas empezaron a desaparecer. Vivian ya estaba maquillada y la asistente realizaba un último ajuste en la caída del vestido cuando su teléfono vibró sobre la mesa.

El nombre de Chase apareció en la pantalla. Por la hora, supuso que llamaba para avisarle que había salido hacia su apartamento.

—Estoy casi lista —dijo al contestar—. Y no, no voy a darte ninguna pista sobre el vestido.

Chase tardó en responder. Vivian distinguió voces al otro lado de la línea y el sonido de una puerta al cerrarse.

—La auditoría encontró algo que necesito revisar con Marcus antes de la cena. No podré pasar por ti; tendré que ir directamente al hotel.

Había imaginado a Chase entrando en el apartamento y descubriendo el vestido a solas, antes de las cámaras y las conversaciones de la gala. Quería ver su cara cuando se volviera y él encontrara la espalda desnuda.

Vivian miró su reflejo y respiró hondo. Llevaba toda la tarde esperando ver su reacción al vestido; ahora tendría que descubrirla en medio de un salón lleno de gente.

—¿Es algo relacionado con las licitaciones?

—Todavía no lo sé. Los registros no coinciden y prefiero entender qué ocurrió antes de dejarlo para el lunes.

—El cansancio endurecía la voz de Chase, aunque se suavizó al dirigirse de nuevo a ella—.

Siento cambiar nuestros planes a esta hora.

El automóvil ya está en camino, pero puedo cancelarlo si lo prefieres.

No quiero que llegues sola porque yo no conseguí organizarme.

Vivian pasó los dedos sobre la tela que cubría su cintura.

—No lo canceles. Iré con él.

Escuchó el aire que Chase soltó al otro lado.

Hubo una pausa. Cuando Chase habló de nuevo, su voz había adquirido un tono más bajo.

—Llevo toda la tarde pensando en el vestido.

Vivian volvió a contemplar su espalda en el espejo.

—Ocúpate de tu reunión, Chase. Nos vemos en la gala.

Terminó la llamada y encontró a las dos mujeres fingiendo una concentración excesiva en los estuches de maquillaje.

El timbre sonó pocos minutos después.

La asistente abrió la puerta y regresó acompañada por un joven que sostenía un ramo abundante de peonías en tonos crema y rosa pálido. Las flores, difíciles de conseguir al comienzo del otoño, estaban abiertas en distintos puntos y llenaron la sala con un aroma tenue.

—Para la señorita Cole.

Vivian recibió el ramo y encontró una tarjeta entre los tallos. Reconoció las mismas tonalidades de las peonías que había admirado en la floristería del West Village. Lo había recordado.

Esta noche debía comenzar en tu puerta. Perdóname por cambiar los planes. Te espero allí.

Chase.

La asesora se acercó para admirar las flores.

—Por lo menos sabe disculparse.

Vivian rozó con los dedos el borde aterciopelado de una de las peonías y sonrió.

Después de que las mujeres se marcharon, colocó el ramo en un jarrón sobre la mesa del comedor y regresó frente al espejo. Los pendientes brillaban bajo el cabello recogido y el rojo del vestido hacía que sus ojos parecieran más claros.

Vivian se observó una vez más. Al verse completamente arreglada, sintió una alegría casi adolescente que la hizo sonreír sola. Acomodó un mechón detrás de la oreja y dejó que aquella emoción permaneciera allí, sin preguntas ni reservas.

El intercomunicador anunció la llegada del automóvil.

Vivian tomó el abrigo negro y el bolso. Antes de apagar las luces, miró de nuevo hacia las peonías y luego cerró el apartamento. Chase Mercer tendría que descubrir el vestido delante de todo Chicago.