Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La mañana del viernes amaneció luminosa y fría.

Vivian despertó con el rodar discreto del carrito del servicio de habitaciones y el leve choque de la porcelana al otro lado del dormitorio.

Chase ya se había duchado. Estaba junto al ventanal, vestido con un pantalón de traje gris y una camisa blanca que se ajustaba a la amplitud de su espalda.

La chaqueta esperaba sobre una butaca y el teléfono permanecía pegado a su oído mientras impartía a Marcus unas instrucciones relacionadas con la auditoría.

Vivian salió envuelta en la bata del hotel y caminó descalza hasta él. Chase advirtió su reflejo en el cristal, pero no interrumpió la llamada. Ella le rodeó la cintura con los brazos y dejó un beso lento sobre la tela de la camisa.

—Buenos días —murmuró contra su espalda.

Chase cubrió las manos de Vivian con una de las suyas mientras terminaba de hablar. Ella dejó que sus dedos se acomodaran entre los de él y continuó escuchándolo.

La voz tranquila con la que discutía cifras y fechas no se parecía en nada a la que había usado la noche anterior junto a su oído, cuando le susurraba todo tipo de palabras soeces que la encendían.

Vivian todavía recordaba la fuerza con que la había sujetado por las caderas y esa manera suya de perder toda paciencia cuando el deseo terminaba por imponerse.

Bastó pensarlo para que el cuerpo le respondiera antes que la cabeza.

Qué injusto resultaba verlo ahora tan compuesto, hablando de trabajo como si horas antes no hubiera conseguido dejarla temblando entre sus brazos.

Cuando terminó, Chase dejó el móvil sobre la mesa y se volvió dentro de sus brazos.

La contempló, todavía despeinada y con el rostro tibio de sueño, antes de inclinarse para besarla.

Su boca conservaba el sabor del café y se demoró sobre la de ella hasta que Vivian terminó abrazada a él, con el rostro escondido junto a su cuello.

—El desayuno llegó hace dos minutos —dijo al apartarse—. Esta vez estás a tiempo de evitar que vuelva a tomarme solo el café de Nueva York.

La referencia a aquella primera mañana le ablandó el corazón. Vivian deslizó la mano hasta su nuca y volvió a besarlo.

Comieron frente a los ventanales, con Central Park extendiéndose bajo la luz clara de la mañana, mientras decidían qué parte del museo querían recorrer.

Vivian había supuesto que Chase intentaría convertir la visita en un itinerario de salas y obras imprescindibles.

En cambio, él le pidió que escogiera por dónde empezar.

Salieron poco después de las diez. Vivian llevaba un jersey crema y una gabardina que no bastó para protegerla cuando el viento atravesó los árboles del parque. Chase advirtió que ella tenía las manos frías y tomó una de ellas para introducirla en el bolsillo de su abrigo junto con la suya.

Continuaron caminando así, mientras la ciudad se movía alrededor de ellos. Las primeras hojas amarillas crujían bajo sus zapatos y el sol se filtraba entre ramas que aún conservaban buena parte del verde del verano.

Vivian le habló de diversos temas. Chase le contó que Marcus había iniciado la revisión de varios dispositivos y que todavía no había encontrado nada que permitiera identificar al responsable de la filtración.

Ninguno prolongó el tema. Tenían treinta días para preocuparse por aquello.

Esa mañana pertenecía a algo que no necesitaba ser resuelto.

Entraron al Met cerca de la Quinta Avenida y Vivian eligió comenzar por el Templo de Dendur. La amplitud de la sala y la luz que entraba a través de los ventanales redujeron las voces de los visitantes a un murmullo. Chase se quedó a su lado mientras ella recorría con la mirada los relieves.

—Mi madre me trajo aquí cuando tenía doce años —le contó después de un rato—. Pasamos casi toda la mañana en esta sala porque decidió que no abandonaríamos el museo hasta que yo eligiera una obra que pudiera recordar al regresar a Chicago.

Vivian volvió la cabeza, sorprendida por la imagen de un Chase adolescente obligado a contemplar piezas antiguas bajo la supervisión de Margaret.

—¿Elegiste alguna o te limitaste a calcular cuánto tiempo debías fingir interés para que te dejara marcharte?

La sonrisa de él apareció con lentitud.

—Elegí el templo porque era lo bastante grande para que mi madre creyera que me lo había pensado bien. Ella supo exactamente lo que estaba haciendo, pero decidió aceptar el esfuerzo.

—Así que tus habilidades para negociar empezaron aquí.

—Empezaron mucho antes. Convencer a Margaret Mercer de cambiar de opinión requería bastante preparación.

Vivian sonrió y continuaron el recorrido. Chase se detenía cuando algo atraía su atención y escuchaba a Vivian cuando ella recordaba una historia relacionada con una pintura.

En el American Wing, Vivian permaneció varios minutos frente al retrato de Madame X. La mujer del cuadro sostenía el cuerpo erguido y el rostro vuelto de perfil, hermosa y distante bajo el vestido negro.

—Te gusta —observó Chase.

Vivian no apartó los ojos de la pintura.

—Me gusta que no parezca interesada en caerle bien a nadie. Todo en ella sugiere que sabe que la están mirando, pero se niega a ofrecerles la expresión que esperan.

Chase se situó detrás de Vivian y apoyó una mano en la curva de su cintura.

—Entiendo por qué te identificas con ella.

Vivian giró la cabeza lo suficiente para encontrar sus ojos.

—Yo soy una mujer encantadora.

—Cuando te conviene —susurró en su oído—. El resto del tiempo miras a las personas como si estuvieras decidiendo si merecen permanecer en la habitación.

La cercanía de Chase y la exactitud de aquella observación le provocaron una sonrisa.

—Y tú sigues aquí.

—Debí superar la evaluación.

Vivian volvió a mirar la pintura, aunque la presencia de él a su espalda había alterado por completo su concentración. Chase se inclinó y le dejó un beso junto a la sien antes de continuar caminando.

Almorzaron en un restaurante pequeño del Upper East Side y regresaron al parque durante la tarde.

Chase había dejado que el conductor se marchara y no pareció lamentarlo cuando Vivian decidió alargar el paseo.

Caminaron sin una ruta concreta hasta que el frío los obligó a buscar café.

Al pasar frente a una pequeña floristería, Vivian redujo el paso.

Entre los recipientes con dalias y rosas había unas cuantas peonías de color rosa pálido, demasiado perfectas para aquella época del año.

—Peonías en otoño —comentó, rozando con cuidado uno de los pétalos—. Deben costar una fortuna.

Chase se detuvo junto a ella.

—¿Te gustan?

Vivian continuó contemplando las flores.

—Mi madre compraba las primeras que encontraba cada primavera. Decía que la casa cambiaba cuando empezaban a abrirse. —Una sonrisa tenue apareció en sus labios—. Supongo que por eso terminaron siendo mis favoritas.

Chase dirigió una mirada a las peonías antes de volver a observarla.

—No te imaginaba sentimental con las flores.

—Hay muchas cosas que todavía no sabes de mí —replicó Vivian, retomando el paseo.

Él la alcanzó unos pasos después y entrelazó los dedos con los suyos.

—Quiero saberlas todas, conocer todo de ti.

A Vivian le sorprendió lo fácil que resultaba estar con él cuando ninguno tenía que defender una posición. La isla había estado marcada por la tormenta y todo lo que llevaban semanas negándose. Aquello era distinto. Un viernes cualquiera, lejos de Chicago, con Chase recordando cómo tomaba el café.

Esa normalidad empezó a ocupar un lugar peligroso dentro de ella.

• • •

La noche los llevó hasta el West Village.

Vivian eligió un vestido azul noche que dejaba sus hombros al descubierto. Cuando salió del dormitorio con el abrigo negro sobre un brazo, Chase la esperaba junto a la puerta, vestido con un traje del mismo color y una camisa oscura abierta en el cuello.

Los ojos de él recorrieron el vestido sin ninguna intención de disimular. Después apoyó las manos en la cintura de Vivian y deslizó los dedos por su espalda hasta encontrar el extremo de la cremallera.

—Cuando dijiste que habías traído un vestido para bailar, omitiste que iba a pasar la noche imaginando cómo quitártelo.

Vivian le acomodó el mechón de cabello que caía en su frente, disfrutando de la tensión que acababa de aparecer en su mirada.

—Creí que un hombre capaz de dirigir una corporación sabría manejar una distracción. Además, la cremallera no parece especialmente complicada.

Chase recorrió con los labios la línea desnuda de su hombro y dejó allí un beso que calentó la piel de Vivian.

—Entonces no protestes si decidimos regresar antes de que termine la última canción.

—Primero tendrás que demostrar que bailas tan bien como aseguras. Si lo consigues, quizá sea yo quien pida volver temprano.

La mano de Chase se cerró con mayor firmeza sobre su cintura. Por un instante, Vivian creyó que no llegarían a salir de la suite. Él la sostuvo contra su cuerpo, con la boca cerca de la suya, antes de tomar el abrigo y colocárselo sobre los hombros.

• • •

Hacía mucho tiempo que una mujer no conseguía alterarlo de esa manera.

Con Vivian, el deseo no aparecía por momentos ni se agotaba después de tenerla entre sus brazos.

Permanecía. Volvía con una mirada, con la forma en que pronunciaba su nombre cuando dejaba de pensar demasiado.

Chase empezaba a reconocer en sí mismo una avidez que rozaba lo posesivo: quería conocer cada reacción de su cuerpo y comprobar, una y otra vez, que esa pasión también la arrastraba a ella.

Se sentía feliz de tenerla allí con él y de poder adorarla; el corazón quería salírsele del pecho cuando la miraba.

En los gestos de Vivian había entrega y afecto, y él supo que estaba en grandes problemas, pero más feliz que nunca.

Cenaron temprano en un restaurante del West Village. Mientras Vivian hablaba, Chase mantuvo una mano sobre su rodilla bajo la mesa, una costumbre que había adquirido y que desembocaba en caricias lentas que agasajaban la suavidad de su piel.