CAPÍTULO 35
Desde la ventana, Vivian vio el automóvil de Chase detenerse frente al edificio poco después de las ocho.
Las noches de Chicago ya exigían una capa más al salir y él bajó con un abrigo ligero de lana sobre el traje oscuro y la corbata todavía anudada, aunque el cansancio había empezado a marcarle el rostro.
Vivian había cambiado la ropa de oficina por un pantalón oscuro y un jersey fino de color crema. Abrió la puerta y supo que algo había ocurrido antes de que él la besara.
—Tuviste una mala tarde.
Chase dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla.
—Perdimos la licitación de los hospitales.
Vivian conocía la importancia de aquel proyecto. Se acercó y empezó a aflojarle la corbata mientras él le explicaba que la oferta ganadora había superado a Mercer por un margen demasiado preciso para parecer casual.
—¿Crees que alguien tuvo acceso a tus cifras? —dijo ella.
—Es la segunda vez que ocurre. Después de la primera restringimos la información y revisamos el procedimiento completo. Aun así, volvieron a anticiparnos.
Vivian terminó de sacar la corbata del cuello de la camisa y la dejó sobre la silla junto al abrigo.
—¿Sospechas de alguien?
—Tengo una idea, pero ninguna prueba. Prefiero esperar los resultados antes de señalar a nadie.
Sus palabras se escuchaban mesuradas, pero Vivian conocía lo suficiente a Chase para distinguir la tirantez de su semblante. Le pasó una mano por la nuca notando la rigidez de su cuello. La masajeó suavemente intentando aliviar la tensión en él.
—La cena está caliente. Puedes seguir pensando en conspiraciones después de comer.
Chase acortó la distancia entre ambos, la tomó por la cintura y apoyó la frente contra la suya.
—Te extrañé hoy.
Vivian lo miró con más atención. Había algo en la manera en que lo dijo que le llegó más hondo de lo que esperaba.
—Estoy aquí —respondió, dándole un abrazo.
Cenaron en la cocina. Chase habló y ella no insistió. Ella le contó algunos asuntos de la agencia y consiguió que él abandonara el teléfono cuando intentó revisar por tercera vez un correo de su equipo.
Más tarde, mientras Vivian servía vino, Chase se apoyó contra la isla.
—Tengo que ir a Nueva York el jueves.
La mano de Vivian se detuvo sobre la botella.
Nueva York todavía tenía una forma particular de entrar en las conversaciones entre ellos. Era una ciudad completa y, al mismo tiempo, una habitación de hotel que ninguno había conseguido olvidar.
—¿Por la licitación?
—La adjudicación definitiva se decidirá dentro de tres semanas. Mercer tiene derecho a solicitar una última revisión, pero necesitamos demostrar que las coincidencias entre ambas ofertas justifican reabrir el análisis. El jueves me reuniré con el presidente del fondo que financia la expansión.
—¿Puede cambiar la decisión?
—No por sí solo, pero puede exigir que el comité revise las inconsistencias antes de votar.
Chase tomó la copa que ella acababa de servir, aunque no bebió. El malestar que le producía depender de una investigación todavía incompleta se reflejó en la presión de sus dedos alrededor del cristal.
—La reunión termina el jueves por la tarde. Tenía previsto regresar esa misma noche, pero quiero quedarme hasta el sábado. —Levantó los ojos hacia ella y soltó sin pensar—. Acompáñame.
Vivian dejó la botella sobre la isla.
—Tengo compromisos en la agencia.
Se arrepintió al momento de su celeridad al ver que Vivian no saltó enseguida a acompañarlo; era muy diferente de las mujeres de las que se rodeaba, siempre ávidas por complacer.
A lo mejor era por eso que ella lo llevaba del dedo meñique, aparte de todo lo demás.
Insistiría, quizá porque, por primera vez, querer a una mujer no significaba simplemente extender la mano y esperar que ella la tomara.
—Lo sé; por eso te lo estoy preguntando con tiempo. —Se quedó callado unos momentos, meditando en sus próximas palabras—. Mientras yo esté en la reunión, puedes trabajar desde el hotel. Si logras liberar el viernes, será nuestro.
Estaba planeando un espacio para ella y esperaba que Vivian decidiera ocuparlo.
—¿Qué haríamos?
—El jueves veremos una obra cuando termine la reunión. El viernes quiero llevarte al Met y después iremos a bailar —dijo él, tomando una de sus manos y besándole la palma—. Quiero estar contigo.
La última parte consiguió que Vivian lo mirara con mayor atención. Repasó mentalmente su agenda. Tenía una entrevista el jueves que podía realizar por videollamada. La reunión del viernes admitía un cambio si Sloane aceptaba cubrirla.
—Tengo que hablar con mis socias mañana, pero puedo organizarlo.
Chase bebió un sorbo del vino y esperó.
—Bien. Entonces organiza lo que tengas que organizar. Quiero que vengas conmigo.
Vivian lo observó. El cansancio seguía marcado en su rostro y la tensión aún se le notaba en los hombros, pero estaba allí, hablándole de lo que podrían hacer en Nueva York, como si necesitara imaginar algo bueno después de aquel día.
Se acercó y apoyó las manos detrás de su cuello.
—Voy contigo.
Chase bajó la mirada hacia ella y dejó la copa en la isla. Vivian deslizó una mano y le acarició el cabello.
—Ahora vas a dejar de pensar en trabajo. Hoy ya tuviste suficiente.
Él se perdió en la profundidad de sus ojos y la miró conmovido antes de besarla otra vez.
—Eso suena parecido a que estás cuidándome.
Vivian sonrió y lo besó.
—Acostúmbrate un poco.
La tensión que lo había acompañado desde su llegada cedió por primera vez. Chase le sujetó la cintura y la besó despacio, todavía con el sabor del vino en los labios.
• • •
El jueves, Nueva York apareció bajo ellos poco antes de las once de la mañana.
Durante el vuelo, Vivian apenas abrió el libro que había llevado.
Chase había pedido champán y una bandeja con fresas y chocolate, y terminó convenciéndola de guardar la lectura mientras compartían los audífonos con una lista de música que él había preparado para el viaje.
Vivian se dejó acomodar junto a la ventanilla, con una copa en la mano y las piernas recogidas sobre el asiento. Chase le acercaba una fresa de vez en cuando o simplemente permanecía a su lado sin exigir conversación.
Cuando Manhattan apareció debajo del avión, Vivian apoyó la cabeza contra el respaldo y miró por la ventanilla. La ciudad se extendía bajo ellos, brillante y familiar, y por primera vez en varios días sintió verdadera ilusión por las horas que tenían por delante.
No había regresado desde la noche en que conoció a Chase.
Durante dieciocho meses pensó en aquella ciudad como en un lugar que había dejado atrás junto con una versión de sí misma que no podía permitirse conservar. Había podido beber demasiado y desear a un desconocido sin preguntarse qué ocurriría al día siguiente.
Ahora regresaba sentada frente a ese mismo hombre y llevaba una maleta preparada para compartir con él algo más que una noche.
Chase levantó la vista de su Tablet y le guiñó un ojo. Vestía un traje azul marino y una corbata gris que Vivian había elegido la noche anterior después de descartar otra con la misma autoridad con la que habría rechazado a una candidata inadecuada.
Vivian observó el paisaje por la ventanilla. Desde esa altura, Manhattan parecía distinta a la ciudad que recordaba de aquella noche.
Chase siguió la dirección de su mirada.
—¿En qué piensas?
Ella giró la copa entre los dedos antes de responder.
—En la última vez que vine. Es extraño mirar la ciudad desde aquí y pensar que entonces no sabía que ibas a formar parte de mi vida.
Chase dejó la copa sobre la mesa entre los asientos y volvió toda su atención hacia ella.
Vivian sonrió.
—Entré en aquel bar porque no quería regresar todavía a una habitación vacía. Pensé que pasar unas horas contigo sería una de esas decisiones que una toma lejos de casa y puede dejar atrás cuando se marcha.
Chase se reclinó en el asiento, sin apartar los ojos de ella.
—Lo hiciste bastante bien. Cuando desperté, no quedaba nada que demostrara que habías estado allí, excepto un vaso de agua sobre tu lado de la cama y la certeza de que probablemente nunca volvería a encontrarte.
Su voz carecía del reproche de las primeras semanas. Aun así , la culpa regresó con aquel recuerdo, tan incómoda como siempre.
—En ese momento no podía llevarme nada más a Chicago.
Ni siquiera estaba segura de poder regresar y retomar mi vida como si la muerte de mi madre no hubiera cambiado la forma de todo.
Quedarme para desayunar contigo significaba admitir que aquella noche podía tener una continuación, y yo apenas lograba pensar en el día siguiente.
Chase observó el paisaje por la ventanilla. La comprensión atenuó la sombra que cruzó su cara y le quitó el impulso de esconderse detrás de la ironía.
—Ahora entiendo por qué te fuiste, pero eso no significa que me gustara despertarme solo ni que haya conseguido olvidar cómo se sintió.
Extendió una mano sobre la mesa. Vivian dejó la suya dentro de la palma abierta y Chase entrelazó sus dedos. El contacto era firme y tan familiar que le costaba asociarlo con el desconocido que había encontrado en el bar.
—Esta vez no voy a marcharme mientras duermes —prometió ella.
—Me aseguraré de que no encuentres tus zapatos.
Chase le acarició los nudillos. Su gesto no cambió demasiado, pero Vivian percibió la gravedad con la que recibió sus palabras.
—El desayuno de aquella mañana fue bastante deprimente y yo ni siquiera conocía tu verdadero nombre para intentar encontrarte.
El avión comenzó a descender antes de que ella pudiera responder. Chase no le soltó la mano hasta que las ruedas tocaron tierra.
• • •
El automóvil salió de Teterboro y se incorporó al tráfico camino de Manhattan.
El otoño empezaba a rozar la ciudad. Algunos árboles mostraban hojas amarillas entre el verde y el viento obligaba a los peatones a sujetarse los abrigos mientras esperaban el cambio de los semáforos.
El sol brillaba con fuerza, pero no conseguía calentar del todo el aire.