CAPÍTULO 29
Seguían incomunicados.
Chase comprobó el teléfono de la cabaña mientras Vivian preparaba café.
Nada. Los móviles continuaban sin señal y el wifi tampoco había regresado.
Afuera, sin embargo, el temporal empezaba a perder fuerza.
Todavía llovía y el mar seguía demasiado agitado para cualquier traslado, pero la visibilidad había mejorado.
Desde los ventanales podían distinguir otra vez la línea de la playa y las cabañas dispersas entre las palmeras.
Vivian le ofreció una taza de café.
—Tal vez esto consiga que la espera resulte soportable.
Chase sonrió con descaro y aceptó el café.
—Está fuerte.
—Pensé que lo necesitarías —dijo con una chispa de humor en su tono—. Después de dormir tan poco.
Los ojos de él se deslizaron por la camisa que Vivian le había tomado prestada y descendieron hasta sus piernas desnudas.
—No me estoy quejando.
El calor le subió por el cuello. Vivian volvió la atención hacia la cafetera antes de que él descubriera la facilidad con la que todavía podía alterarla.
El día transcurrió en una especie de paréntesis.
Cerca del mediodía, unos empleados dejaron una cesta de provisiones en el porche acompañada por una nota escrita a mano.
Las vías internas del complejo volvían a ser transitables, pero el aeródromo permanecería cerrado hasta nueva orden.
Había pan recién hecho y varias porciones de comida fría, con hielo suficiente para conservarlas.
La lluvia continuó cayendo con una monotonía que terminó por aislarlos del resto del mundo.
Hacia la tarde Vivian se acomodó en la alfombra frente a los ventanales, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra el sofá.
Llevaba otra camisa de Chase, unos pantalones cortos de algodón y un par de calcetines gruesos.
A su lado, la botella de champán que había llegado con las primeras provisiones reposaba dentro de un recipiente con hielo.
Chase estaba sentado cerca de ella, con la espalda apoyada en el sofá y una rodilla flexionada. Habían bebido algo más de la mitad de la botella y la rigidez con la que él acostumbraba a vigilar cada palabra se había relajado.
—San Francisco —dijo, girando la copa entre los dedos—. Me cuesta imaginarte entregándole a otra persona el control de una sede completa.
Vivian soltó una risa.
—Porque no conoces a Sloane. Ella no necesita que nadie le entregue el control. Entra en una habitación y se apropia de él.
—Suena peligrosa.
—Lo es cuando cree que alguien intenta aprovecharse de una de nosotras. —Vivian bebió un sorbo—. También es brillante y la expansión fue idea suya. Juliet se ocupa de las finanzas y evita que Sloane y yo gastemos dinero basándonos en el entusiasmo.
—Entonces Juliet es la adulta responsable.
—Eso cree ella. Tiene cuarenta y dos años y una hija en la universidad, así que lleva mucho tiempo acostumbrada a vigilar que los demás no hagamos estupideces. Sloane y yo nos turnamos para recordarle que también puede cometerlas.
Chase sonrió.
—Hablas de ellas como si fueran tus hermanas.
—Lo son en todo lo que importa.
Vivian pensó en las dos mujeres entrando en su oficina después de la confrontación con Chase, enfadadas con ella y dispuestas a protegerla en la misma medida.
Sloane probablemente ya había elaborado media docena de planes de contingencia.
Juliet estaría intentando localizarla por todos los medios disponibles mientras fingía que todavía mantenía la calma.
—¿Tú eres así con Tristán y Charlene? —preguntó.
Chase apoyó la copa sobre la alfombra.
—Con Tristán paso buena parte del tiempo evitando que la junta lo despida.
—¿Tan malo es?
—Es un arquitecto excepcional y detesta que alguien que jamás ha pisado una obra le explique cómo debe diseñar un edificio.
La semana pasada le dijo a uno de los directores que su única contribución al proyecto había sido ocupar una silla durante seis reuniones sin molestarse en estudiar el estilo arquitectónico de la maqueta que presentó.
La risa de Vivian apareció con facilidad.
—Empieza a caerme bien.
—Lo imaginé. —Chase apoyó un brazo sobre el borde del sofá, cerca de su nuca—. Charlene es peor. Descubre lo que alguien intenta ocultar antes de que termine la primera mentira y tiene la costumbre de decirlo en la mesa durante las cenas familiares.
—También me cae bien.
—Tú y Charlene en la misma habitación serían una amenaza para cualquier hombre con secretos.
Vivian alzó la copa.
—Entonces procura mantenerte lejos de nosotras.
Chase sostuvo su mirada antes de hacer chocar suavemente su copa con la de ella.
—Eso intento desde hace semanas.
La voz había descendido. Vivian sintió el cambio, pero esta vez ninguno permitió que la tensión destruyera la tranquilidad de la tarde.
Continuaron hablando.
Chase le contó que Arthur había enseñado a los tres hermanos a navegar y que Charlene había estado a punto de arrojar a Tristán por la borda durante su primera salida.
Vivian le habló de las discusiones de Sloane y Juliet y de las veces que habían trabajado hasta la madrugada para mantener Perfect Match en pie.
Cuando el champán estuvo a punto de terminarse, Vivian reparó en la baraja que había recogido del suelo y dejado sobre la mesa auxiliar.
Estiró el brazo para alcanzarla. Chase observó cómo la barajaba.
—La última vez que tocamos esas cartas terminamos haciendo cualquier cosa menos jugar.
—La partida quedó inconclusa.
—Creí que el resultado había sido bastante claro.
Vivian le dirigió una mirada por encima del mazo.
—Ganaste una mano. No te convierte en campeón.
Repartió las cartas sobre la alfombra. Chase recogió las suyas y estudió las cartas.
—¿Qué apostamos?
Vivian miró su copa y después la camiseta de Chase.
—Prendas.
Él bajó la vista hacia la camisa que llevaba ella.
—Has empezado la partida con una ventaja considerable. Esa camisa es mía.
—Ahora la llevo yo. Cuenta como prenda.
—También llevo dos calcetines.
La sonrisa de Chase apareció despacio.
—De acuerdo.
Vivian señaló el reloj de Chase antes de que pudiera comenzar.
—Los accesorios no cuentan. Te conozco lo suficiente para saber que intentarás pagar una derrota con el reloj.
—No sabía que desconfiaras tanto de mí.
—Desconfío de tu capacidad para jugar sin añadir condiciones.
La primera mano la perdió Vivian. Se quitó un calcetín y lo dejó junto a la baraja. Chase la observó con una mezcla de diversión y paciencia.
—Me parece una manera muy lenta de llegar a la parte interesante.
—Aprende a esperar.
En la siguiente ronda, Vivian consiguió un trío y Chase se quitó la camiseta. La lanzó sobre el sofá y volvió a recoger las cartas.
Los ojos de ella descendieron por su pecho antes de que pudiera impedirlo.
Ya conocía aquel cuerpo. Lo había tocado durante la noche, al despertar y otra vez bajo el agua de la ducha.
Eso no evitó que la piel bronceada y la línea de vello que desaparecía bajo el pantalón le alteraran la respiración.
Chase se dio cuenta.
—Te toca repartir —señaló con tono engañosamente suave.
Vivian barajó con más fuerza de la necesaria.
Las siguientes manos eliminaron el otro calcetín y los pantalones cortos de ella. La camisa le cubría apenas la ropa interior cuando volvió a sentarse.
—Empiezo a sospechar que haces trampa —dijo Chase mientras recogía sus cartas.
—Empezaste esta partida sabiendo que yo tenía más ropa.
—También sabía que eres incapaz de concentrarte cuando me quito la mía.
Chase terminó de hablar y levantó la vista justo cuando Vivian desabrochaba lentamente el primer botón de la camisa. Él dejó las cartas boca abajo.
—Todavía no has perdido esa prenda.
—Estoy intentando distraerte.
La mirada de Chase siguió el movimiento de sus manos cuando abrió el segundo botón.
—Está funcionando.
Vivian sonrió y bajó sus cartas: un par de ochos.
Chase mostró un trío de jotas.
—Ahora sí.
Ella soltó un suspiro y terminó de abrir la camisa. La deslizó por sus hombros y la dejó caer a un lado. Quedó frente a él únicamente con el conjunto de encaje que había llevado bajo la ropa.
La diversión desapareció del rostro de Chase.
Vivian conocía aquella mirada. Había aparecido cada vez que la veía entrar en una habitación y olvidaba que se suponía que debía mantenerla lejos.
En vez de esperar la siguiente mano, se desplazó sobre la alfombra hasta quedar entre sus piernas. Apoyó las manos en sus muslos y levantó el rostro.
—Supongo que también puedes reclamar tu premio.
—Esto no formaba parte de las reglas. —Chase le rodeó la nuca con una mano.
—Presenta una queja.
La atrajo hacia él y la besó.
Vivian se acomodó con las rodillas a ambos lados de sus caderas. La boca de Chase todavía sabía a champán. El beso fue profundo desde el principio, pero carecía de la lentitud de la mañana. Había algo juguetón en la forma en que él le mordió el labio y bajó después hasta su mentón.
Sus manos recorrieron la espalda de Vivian y encontraron el cierre del sostén. Lo abrió con un movimiento rápido.
Ella apartó la prenda y la dejó caer sobre las cartas.
—Has hecho eso con demasiada facilidad.
—No es una obra de ingeniería.
Chase le tomó los pechos con ambas manos. Los dedos pasaron sobre los pezones antes de que inclinara la cabeza y atrapara uno con la boca, mientras acariciaba su sexo con pericia.
• • •
Chase retiró la mano antes de llevarla hasta el final.
—Todavía no.
Vivian lo miró.
—No empieces a dar órdenes ahora.
—Has querido jugar. Yo quiero terminar la partida.
A Chase le invadió la urgencia por sentirla y ser parte de ella; aunque nunca lo reconocería, ansiaba ser el único en su vida.
—¡Condón! —exclamó ella. Fue hasta la mesa auxiliar por uno.
Chase no quería usarlo esa vez; quería dejar su semen en ella y que llevara en su interior algo suyo, pero nunca se impondría así ante una mujer.
Le cubrió la cara y la boca con besos voraces y, después de colocarse el plástico, la penetró con apremio, como si alguien fuera a interrumpirlos en ese preciso momento.
La pasión y la incertidumbre por culpa de los sentimientos que lo asolaban lo consumían sin remedio.
¿Por qué ella? Meditaba en medio del deseo.
Estaba seguro de que esa atracción se disiparía embebiéndose de su sabor y de su olor, pero a la vez tenía la certeza de que descubriría algo nuevo.
Nunca en sus años de vida había estado tan caliente por una mujer.
A medida que exploraban sus pieles y se conectaban en un solo ser, aceptó el sentimiento que lo abrumaba.
Era como si vincularse con ella borrara su desconfianza y las heridas que llevaba atravesadas en el alma y, Vivian con sus besos y caricias, le diera la absolución.
Chase la sostuvo con firmeza por las caderas y la ayudó a seguirle el ritmo.
—Quiero que nos corramos juntos —dijo él, sin dejar de tocarla.
La promesa de sus ojos derrumbó sus últimas defensas y se dejó ir, en medio de las palabras y caricias de Vivian, que actuaban como un bálsamo para su corazón cansado de controlar todo a su alrededor. Era como si por fin hubiera vuelto a su hogar.
El orgasmo los alcanzó con una intensidad que le cerró la garganta; veía chispas de colores tras sus ojos. Vivian se aferró a sus hombros y dejó que el cuerpo temblara contra el suyo.
Chase continuó moviéndose hasta que las contracciones lo arrastraron. La apretó contra su pecho y se hundió una última vez con un sonido ronco junto a su oído.
Permanecieron abrazados en medio de las cartas y de la ropa dispersa por la alfombra. Chase le acarició lentamente la espalda mientras ambos intentaban normalizar la respiración.
—Creo que perdí la partida —murmuró Vivian contra su cuello.
—No estoy seguro de que alguno de los dos haya perdido.
Unos golpes secos en la puerta de entrada los hicieron quedarse inmóviles.
—¡Servicio de cabañas!
Vivian levantó la cabeza. Chase cerró los ojos y dejó caer la frente sobre su hombro.
Los golpes se repitieron.
—Tienes que abrir —susurró ella.
—Podrían dejar otra cesta.
—También podrían mirar por la ventana.
Eso consiguió que Chase reaccionara.
Mientras Vivian recogía la camisa y la ropa interior, él se quitó el condón y se puso el pantalón a toda prisa. La vio desaparecer hacia el dormitorio y escuchó el golpe de la puerta justo antes de abrir la entrada.
Un empleado del complejo lo esperaba para informarle que la carretera interna ya estaba despejada.
El servicio telefónico comenzaba a restablecerse y esperaban recuperar la conexión durante la siguiente hora.
Si el clima continuaba mejorando, los traslados hacia el aeródromo se reanudarían a la mañana siguiente.
Chase le hizo algunas preguntas sobre el transporte y los horarios de salida. Había pasado los últimos días pendiente de que el temporal terminara, pero ahora, mientras escuchaba las explicaciones del empleado, descubrió que habría preferido quedarse aislado un poco más.
La realidad acababa de llamar a la puerta. Y, por primera vez desde su llegada a la isla, la noticia de que el clima estaba mejorando le pareció una desgracia.