Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Vivian despertó con la mano de Chase apoyada en su cintura y la espalda pegada al calor de su cuerpo.

Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. La lluvia seguía cayendo, aunque ya no golpeaba los ventanales con la violencia de la noche anterior. Se había convertido en un murmullo constante mezclado con el rumor del viento y la respiración profunda de Chase junto a su oído.

Después recordó cómo habían entrado a la cabaña sin conseguir separarse y las cartas cayendo al suelo cuando él la sentó sobre la mesa y volvió a amarla como si el encuentro anterior no hubiera existido.

Esa segunda vez y las siguientes habían utilizado protección.

Al menos conservaron suficiente sensatez para eso, aunque el primer encuentro fue una locura, una fiebre que ella no hubiera cambiado por nada del mundo.

Seguía un método anticonceptivo; un embarazo no le preocupaba, pero sí le preocupaba la manera en que saltaba sus propias reglas cuando Chase la tocaba.

Vivian abrió los ojos.

No estaba arrepentida. Esa certeza apareció antes que cualquier preocupación por Elena o lo que ocurriría cuando regresaran a Chicago. Había querido a Chase con la misma fuerza con que él la había deseado y, si la noche volviera a comenzar, sabía que terminaría exactamente en el mismo lugar.

Eso debería haberla alarmado; podía utilizar el pretexto de la tormenta y la tensión acumulada para explicar la urgencia con la que se habían buscado. Lo que Vivian no conseguía justificar era lo ocurrido después.

En algún momento abandonaron la sala y llegaron al dormitorio.

Chase se quedó a su lado mientras sus respiraciones recuperaban la normalidad.

Entrelazó los dedos con los suyos y terminó atrayéndola contra él en un abrazo tierno.

No hubo incomodidad ni prisa por establecer distancias.

Se durmieron abrazados como si aquello les resultara natural.

El sexo podía quedar reducido a una mala decisión, pero despertar de aquella manera era otra cosa. La mano de Chase se movió sobre su vientre y ascendió unos centímetros, arrastrando la sábana con los nudillos. Vivian estaba demasiado consciente de su desnudez.

—Llevas un rato despierta —murmuró él.

La voz ronca le rozó la nuca.

—Acabo de abrir los ojos.

—Mmm, mentirosa.

Chase hundió el rostro en su cuello y respiró profundamente. Sus labios encontraron el lugar bajo la oreja que él recordaba demasiado bien. Vivian contuvo el aire cuando los dientes rozaron su piel.

—Estaba pensando —admitió.

—Lo noté.

El dedo de Chase trazó una línea lenta bajo sus costillas. El contacto parecía distraído, pero la erección firme contra su espalda desmentía cualquier inocencia.

—Pensar todavía me parece una buena idea —dijo Vivian.

—A mí me parece una pérdida de tiempo mientras sigamos en esta posición.

Ella soltó una risa y se volvió para mirarlo. ¿Por qué tenía que ser tan guapo?

Chase tenía el cabello revuelto y la sombra de la barba marcándole la mandíbula. Sus ojos, brillantes y alertas, la miraban con intensidad; a lo mejor pensaba que saldría corriendo. La sábana le cubría hasta la cintura y Vivian sintió una ternura tan inesperada que le apretó el pecho.

Alargó la mano y apartó un mechón de su frente.

—¿Qué?

—Es la primera vez que te veo recién despertado.

—Ya me viste en Nueva York.

—Me marché antes de que despertaras.

La mención de aquella mañana borró parte de la calidez de sus ojos.

—Eso lo recuerdo.

Vivian dejó caer la mano, pero Chase la atrapó antes de que pudiera apartarla. Le llevó los dedos a la boca y besó sus nudillos.

—Me gusta verte así —confesó ella.

—¿Así cómo?

—Despeinado y con el aspecto de que también eres humano cuando nadie te está mirando.

La boca de Chase se curvó. Él deslizó la mano hasta su nuca y la acercó despacio. El beso comenzó con un roce lento, todavía tibio por el sueño. Vivian dejó la mano sobre su pecho. El corazón de Chase golpeaba con fuerza bajo sus dedos.

Aquello no se parecía a la noche anterior. Chase le recorrió la boca sin prisa, deteniéndose en su labio inferior antes de profundizar el beso. La mano que sostenía su cintura descendió hasta la curva de su cadera.

Vivian se apartó unos centímetros.

—Chase, lo de anoche… Tenemos que hablar.

Él se mantuvo firme. La diversión había desaparecido, pero su mano permanecía sobre ella.

—¿Te arrepientes?

—No —respondió Vivian enseguida.

Algo cambió en el rostro de Chase. Sus ojos descendieron hacia la boca de Vivian y el dedo se hundió ligeramente en su cadera.

—Yo tampoco.

Volvió a besarla. Esta vez el deseo apareció sin ninguna resistencia. Vivian le rodeó el cuello con los brazos y se acercó hasta eliminar el espacio que quedaba entre sus cuerpos. Chase soltó un sonido bajo cuando los pechos de ella se presionaron contra su torso.

La giró sobre la espalda y se acomodó entre sus piernas.

Vivian sintió el peso de su cuerpo y el calor de una erección que ya no podía ignorar. Chase se apoyó sobre un antebrazo para evitar aplastarla y bajó la boca por su quijada.

—Vivi —murmuró junto a su cuello.

Sus sobrinas también la llamaban así, pero en la boca de Chase el apodo sonaba distinto. Lo había usado aquella noche en Nueva York, y ahora, con él sabiendo quién era en realidad, la atravesó de otra manera.

Ella le hundió los dedos en el cabello.

Chase recorrió con la boca la curva de su hombro. Una mano descendió por el costado de Vivian, pasó sobre su vientre y se deslizó entre sus muslos.

La encontró húmeda.

Él levantó el rostro para mirarla mientras introducía un dedo en ella. El movimiento lento le arrancó el aire. Chase añadió otro y comenzó a acariciarla con una paciencia que contrastaba con la desesperación de la noche anterior.

Vivian separó más las piernas. El dedo de Chase encontró el punto sensible y trazó círculos pequeños que hicieron que sus caderas se levantaran del colchón.

—Así —susurró ella.

Él repitió la presión sin apartar los ojos de su rostro.

Vivian llevó una mano entre los dos y cerró los dedos alrededor de su erección. Chase tensó el abdomen. El ritmo de su mano perdió precisión.

Ella lo acarició despacio, desde la base hasta la punta, disfrutando de la forma en que la respiración de Chase cambiaba con cada movimiento.

Él bajó la cabeza y le mordió suavemente el pecho antes de tomarle un pezón entre los labios.

El placer asaltó con rapidez el vientre de Vivian.

Chase retiró la mano y ella soltó una protesta ahogada.

—Espera.

Se inclinó hacia el borde de la cama y buscó entre la ropa que habían dejado en el suelo. Extrajo otro preservativo de la cartera y lo abrió. Vivian se lo quitó de los dedos.

Chase volvió a colocarse sobre ella y la observó mientras lo cubría. La dureza palpitó en su mano. Él cerró los ojos cuando Vivian terminó y lo guio hacia su cuerpo.

Entró lentamente.

Vivian sintió cómo se abría para recibirlo, centímetro a centímetro, hasta tenerlo completamente dentro. Chase se quedó quieto. Sus respiraciones chocaron y, durante un instante, el único movimiento fue el pulso firme de él en lo más profundo de su cuerpo.

—Mírame —pidió Chase.

Vivian abrió los ojos; él retrocedió y volvió a entrar con la misma lentitud.

La observaba queriendo conservar cada reacción y la forma en que lo rodeaba con las piernas para impedir que se alejara demasiado.

Los dos liberaron suspiros de alivio que enseguida se transformaron en gemidos a medida que el impulso de Chase aumentaba su cadencia.

La noche anterior habían intentado consumirse. Ahora Chase parecía dispuesto a conocerla otra vez.

Vivian le recorrió la espalda con las manos hasta llegar a sus glúteos, que arañó con las uñas. Sintió cómo él respondía a sus caricias sin alterar el ritmo profundo y medido de sus movimientos. Cada embestida aumentaba el placer sin precipitarlo.

Ella levantó más las caderas para recibirlo.

Chase perdió parte de aquella paciencia. La tomó por un muslo, elevó su pierna y entró más hondo. El gemido de Vivian llenó la habitación.

Él ajustó el paso y el movimiento se volvió firme, casi inevitable. Ella se aferró a sus hombros, con el aliento de él en los labios y ese murmullo ronco que se mezclaba con el calor entre los dos. Quiso morderlo y marcarlo, y tembló de miedo ante todo lo que sentía y no sabía cómo detener.

—Hago el amor contigo cada vez que te pienso —susurró él mientras mordisqueaba su hombro.

Aquellas palabras la estremecieron. Chase llevó la mano entre sus cuerpos y la tocó sin prisa, pero sin pausa. Se comieron a besos hasta que, en medio de vaivenes y jadeos, el ritmo se aceleró.

Vivian cerró los ojos.

—No —dijo él contra sus labios—. Quiero verte.

Ella volvió a abrirlos.

La intensidad de la mirada de Chase terminó de empujarla. Los arrasó de nuevo la pasión y el placer les recorrió el cuerpo en oleadas largas.

Vivian se aferró a él, temblando mientras las contracciones la envolvían, y quiso quedarse así, en esa cama, para siempre.

Chase hundió el rostro en su cuello y perdió el ritmo. Entró varias veces más antes de quedarse profundamente dentro de ella, con un sonido ronco ahogado contra su piel.

Permanecieron unidos mientras recuperaban el aliento.

Vivian tenía los brazos alrededor de sus hombros. Chase apoyó parte del peso sobre ella y le dejó un beso en el cuello, después otro cerca de la clavícula. Ninguno parecía tener prisa por moverse.

Chase se apartó lo necesario para mirarla. Le retiró un mechón de cabello adherido a la mejilla y pasó los dedos por la piel que acababa de descubrir.

—Buenos días —dijo.

La risa sorprendió a Vivian.

—Eso debiste decirlo hace media hora.

—Estabas ocupada pensando.

Chase volvió a recostarse a su lado y la atrajo hacia él. Vivian apoyó la cabeza sobre su hombro. La lluvia seguía cayendo y la luz gris de la mañana entraba por las cortinas, extendiéndose sobre la ropa abandonada en el suelo.

Deberían levantarse y averiguar si el mundo seguía sobre su eje, pero ninguno hizo el menor esfuerzo por separarse.

Vivian deslizó las uñas por el torso de Chase. Él le acariciaba la espalda con una lentitud que comenzaba a adormecerla otra vez.

—Tenemos que salir de la cama.

—Lo sé.

Pasaron varios segundos.

—Chase.

Él dejó un beso en su cabello.

—Estoy reuniendo voluntad.

Vivian levantó la cabeza para mirarlo.

—Pensé que nunca te faltaba.

—Hasta ayer tampoco sabía que existían iguanas de ese tamaño. Esta isla está afectando muchas de mis certezas.

Ella volvió a reír. Chase aprovechó la distracción para besarla, pero Vivian apoyó una mano en su torso y se incorporó antes de que él pudiera arrastrarla otra vez hacia las almohadas.

El aire fresco le erizó la piel.

Recogió del suelo la camisa de Chase y se la puso. La tela le cayó hasta la mitad de los muslos y todavía conservaba su olor.

Al volverse, lo encontró observándola desde la cama.

La satisfacción tranquila de su expresión despertó en Vivian unas ganas tremendas de volver a la cama. Estaba segura de que eran sus ojos, a veces verdes claros como el mar en calma y otras, como cuando se enfurecía o la amaba, del color de los pinos que rodeaban el parque donde corría.

—Voy a ducharme —anunció—. Después prepararemos café y averiguaremos qué ocurre afuera.

Chase se acomodó contra las almohadas sin dejar de mirar sus piernas desnudas.

—De acuerdo.

Vivian caminó hacia el baño. Ya tenía la mano sobre el picaporte cuando él habló otra vez.

—Vivi.

Ella se volvió.

Chase permaneció en silencio, como si hubiera estado a punto de decir algo diferente.

—Deja agua caliente.

Vivian lo observó antes de entrar al baño.

Después cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera.

Habían despertado con la claridad suficiente para recordar quiénes eran.

Aun así, Chase había vuelto a tocarla reconociendo su cuerpo, como si dieciocho meses no hubieran pasado entre ellos y ella hubiera respondido con la misma certeza.

Era inquietante la sensación de conocerlo, de haber estado allí antes y de haber encontrado, durante unas horas, una familiaridad que no tenía derecho a existir entre dos personas que llevaban semanas intentando mantenerse alejadas.

Vivian cerró los ojos mientras el agua tibia caía por su cuerpo.

Escuchó la puerta abrirse y, un instante después, sintió a Chase entrar detrás de ella.

Su torso rozó su espalda antes de que él apartara el cabello húmedo de su cuello y apoyara la boca allí.

Dejó escapar el aire lentamente y se recostó contra él, permitiendo que sus manos encontraran su piel bajo el agua.

Podía arrepentirse de las consecuencias; lo que no podía hacer era convencerse de que aquella mañana había sido un accidente.