CAPÍTULO 27
Chase volvió al ordenador. Leyó la primera línea del informe y después la segunda; luego regresó a la primera.
Maldijo en silencio. El vestido no tenía absolutamente nada de extraordinario; Vivian parecía cómoda, descalza, con el cabello recogido de cualquier manera y aquella tela ligera moviéndose alrededor de sus piernas mientras iba de la cocina a la mesa como si llevaran días compartiendo aquel espacio.
Había algo muy íntimo en verla así, diferente a la mujer que lo enfrentaba en su oficina y lo besaba en la cocina de su hogar.
Era sencillamente Vivian.
Chase se ajustó las gafas y volvió la atención al informe que tenía abierto. Avanzó unas líneas y regresó al comienzo de la página. No había entendido una sola palabra. Alzó la vista otra vez.
Vivian había regresado a la mesa y estaba concentrada en su ordenador, con una pierna recogida bajo la silla. De vez en cuando se levantaba por agua o café y cruzaba la cabaña, sin prestar la menor atención al efecto que aquella normalidad estaba teniendo sobre él.
Volvió la vista al ordenador. Trabajar. Eso sí sabía hacerlo.
Llevaba media vida utilizándolo para apartar cualquier cosa que no estuviera dispuesto a examinar con demasiado cuidado, pero durante la siguiente hora avanzó menos de lo habitual y fue perfectamente consciente de la razón, y no era la tormenta.
Pasado el mediodía, el silencio de los teclados se fue haciendo cada vez más intermitente. Vivian apoyó los codos sobre la mesa y se frotó los ojos.
—Creo que ya tuve suficiente.
Chase continuó leyendo.
—¿De trabajar?
—De mirar una pantalla. Hay una diferencia.
Él terminó el párrafo antes de levantar la vista.
—¿Y qué propones hacer? Porque seguimos sin señal, no podemos salir y sospecho que recorrer la cabaña de una punta a otra va a perder atractivo bastante pronto.
—Ya lo perdió hace una hora.
Vivian cerró el portátil, caminó hacia el mueble de la sala y abrió uno de los cajones. Sus dedos rozaron la superficie de un mazo de cartas de póquer. Cuando se giró, Chase no había quitado los ojos de ella; la seguía con la cadencia de un depredador paciente.
—Encontré una baraja esta mañana —dijo ella, mostrándosela.
—No.
Vivian avanzó un paso hacia él, barajando el mazo con destreza.
—Ni siquiera te he dicho qué vamos a apostar.
Chase no escuchó el tono desafiante; su mirada quedó atrapada en la agilidad de esas manos, en la suavidad de la piel de sus muñecas.
El juego era una excusa barata. Lo que destruía su autocontrol era la urgencia de arrebatarle la baraja y acostar a Vivian sobre esa alfombra.
La imaginó debajo de él, con el vestido reducido a un enredo de algodón sobre la cintura y esas piernas interminables, las mismas que llevaban horas torturándolo, envueltas con firmeza alrededor de sus caderas.
La imagen llegó con una claridad que le tensó el cuerpo.
No le importaba demasiado el juego.
Joder.
Ya no se trataba de la fantasía contenida de devorarle los labios; eran las ganas de sentir su piel desnuda, de escuchar su respiración entrecortada.
¡Maldición! Debía recordar que era Vivian Cole, la mujer contratada para buscarle la esposa perfecta y, para rematar su desastre, estaba a punto de convertirse en su única obsesión.
—No me importa el juego.
Vivian alzó los ojos.
—¿Le tienes miedo a un par de cartas, Chase?
Él le sostuvo la vista.
—Tengo un problema con esa sonrisa que pones cuando crees que tienes el control.
Vivian detuvo las manos, dejando el mazo sobre la mesa, a centímetros de las de él.
—Pues vas a tener que acostumbrarte a verla. Porque esta tarde pienso ganar. —Le dedicó esa sonrisa de suficiencia que sabía que lo irritaba y comenzó a repartir las cartas—. A apuestas más altas, mejores recompensas.
Chase ni siquiera se molestó en mirar su mano. Se levantó despacio, rodeando la mesa con pasos lentos y pesados hasta que el calor que emanaba de su cuerpo pareció invadir por completo el espacio personal de Vivian.
—No vine a esta isla a jugar contigo, Vivian.
—Viniste detrás de Elena —disparó ella sin contemplaciones, manteniendo los ojos fijos en los suyos—, por el contrato de vida que tu cabeza necesita para sentirse a salvo y en absoluto control.
—Vivian…
—No. —Levantó una mano para detenerlo—. No me digas que no es asunto mío. Porque llevas horas haciéndome sentir que lo es.
—No metas a Elena en esto.
—¿Cómo quieres que no la meta? —Tomó las cartas que había sobre la mesa y las dejó caer una a una, sin cuidado—. Estamos encerrados en esta cabaña porque íbamos a reunirnos con ella. Es un poco tarde para dejarla fuera.
—¡Es tu maldito trabajo! —bramó él.
—¡Claro! —Vivian golpeó la mesa con la palma—. Siempre es el trabajo.
Un destello peligroso cruzó la mirada de él. Se inclinó sobre ella, apoyando una mano a cada lado de la mesa.
—Porque esto empezó por trabajo.
—Dejó de serlo hace rato —insistió Vivian—. Lo sé cada vez que te acercas y luego recuerdas que no deberías hacerlo, y lo sé especialmente cuando mencionas a Elena después de pasar horas comportándote como si yo fuera la única mujer de tu maldita vida.
Chase curvó la boca, una cínica sonrisa se extendió por su cara.
—Tú me vendiste ese paquete. Tu empresa diseñó ese perfil. Entonces sí es tu maldito trabajo.
—Sí, lo sé. —La voz de Vivian tembló, traicionada por la rabia y la tensión que se respiraba entre los dos—. Pero me miras como si fuera yo la culpable de que no puedas mantener la cabeza en su sitio cada vez que nos quedamos a solas.
—¿Quieres saber qué pasa por mi puta cabeza? —Chase se enderezó y se alejó de ella unos pasos—. ¡Tú! ¡Maldita sea! —Se señaló la sien y repitió con la voz áspera—: ¡Tú! Todo el jodido tiempo. No consigo sacarte de mi cabeza.
—Deja de culparme.
—¡Porque lo eres! —exclamó él, perdiendo por fin la postura impecable que tanto lo caracterizaba. Cruzó las manos detrás de la cabeza y empezó a caminar de lado a lado.
—¡Eres la culpable!
Su respiración se volvió más pesada.
—¡Y estoy harto!
Vivian sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
—¿Harto de mí?
Chase soltó una risa seca.
—Harto de querer tocarte cuando sé que no debería.
Un trueno retumbó en el exterior.
—Desde esa noche en Nueva York no has hecho más que invadir cada uno de mis pensamientos —continuó él, con la voz rasposa y la respiración agitada—.
No quiero esto, Vivian. No quiero perder el control.
No quiero despertarme pensando en ti y acostarme intentando convencerme de que mañana será diferente.
El silencio que siguió a sus palabras fue asfixiante. Vivian sintió un impacto en sus emociones por culpa de la confesión de Chase.
—Si tan insoportable te resulta mi presencia —dijo ella, con la garganta apretada por la adrenalina—, no tienes por qué seguir mirándome.
Vivian dio media vuelta, empujó la puerta de la cabaña y salió al exterior.
El aire frío de la tormenta la golpeó de lleno. La lluvia cayó sobre ella en cortinas densas y heladas, empapándola en cuestión de segundos. El agua le pegó la ropa al cuerpo y le escurrió por el cabello, pero no consiguió enfriar la rabia que llevaba dentro.
Vivian avanzó unos pasos sobre la hierba mojada y respiró profundamente, intentando recuperar el control. El viento había disminuido, aunque algunas ráfagas todavía agitaban las palmeras y desviaban la lluvia. Se detuvo antes de alejarse demasiado de la cabaña y levantó la cara hacia el agua fría.
Detrás de ella, la puerta se abrió de golpe contra la pared.
Chase salió a la tormenta. La lluvia golpeó su camisa de vestir, adhiriéndola a sus hombros y a su espalda en un instante. Tenía el rostro desencajado por la frustración.
—¡Entra! —gritó sobre el rugido del viento—. ¡Te vas a congelar!
—¡Déjame en paz, Chase!
Él recortó los metros que los separaban en tres zancadas feroces. La tomó del brazo con la desesperación ciega de quien necesita aferrarse a lo único real en medio del caos. Vivian se giró en redondo y le encajó las manos en el pecho, intentando empujarlo con todas sus fuerzas.
—¡Que me sueltes!
—No voy a dejar que te quedes aquí afuera montando un espectáculo —respondió él, sujetándole la otra muñeca y tirando de ella hacia su cuerpo.
Ella soltó una risa carente de humor.
—¿Qué? ¿También vas a culparme por la lluvia?
Chase avanzó hasta quedar frente a ella.
—¡Entra de una jodida vez!
—¡No! ¿Qué diablos quieres de mí, Chase?
—¡No tienes una maldita idea de lo que quiero!
Esa fue la chispa definitiva.
Chase le aferró el brazo y la llevó hasta el porche. El viento soplaba en dirección contraria y el alero los protegía lo justo; solo se colaba el agua por los huecos del techo roto. La empujó con firmeza contra la pared de madera, aprisionándola con el peso de su cuerpo ardiente.
Sus miradas se cruzaron, cargadas de resentimiento y una necesidad física tan devoradora que resultaba insoportable.
Él le sujetó el rostro con ambas manos, sepultando los dedos en su pelo empapado, y le estampó un beso voraz.
Vivian ahogó un gemido contra sus labios.
El beso estalló con una urgencia casi violenta; fue el choque de dos fuerzas que llevaban semanas intentando negarse.
Ella le devolvió el beso con la misma furia, mordiendo su labio inferior y enredando las manos en la tela mojada de su camisa para pegarlo más a ella.
Chase bajó las manos de golpe a sus caderas, tomándola por los muslos para levantarla en vilo.
Instintivamente, Vivian enredó las piernas alrededor de su cintura, aferrándose a sus hombros mientras los restos del aguacero les mojaban las piernas y el cuerpo de Chase.
Él la presionó con fuerza contra la pared, bajando la boca hacia su cuello para dejar marcas rápidas y hambrientas que le arrancaron a ella un jadeo agudo.
—Maldita seas, Vivian —gruñó él contra su piel húmeda, desabrochando los botones del vestido con dedos torpes y desesperados—. Me estás volviendo loco.
—Cállate —exigió ella, tirando de su cabello hacia atrás para buscar sus labios otra vez—. Cállate y bésame.
Chase no quería entrar a la cabaña y que se rompiera el jodido hechizo.
La tela mojada era una molestia insoportable.
Apartó la ropa interior de Vivian hacia un lado mientras se liberaba a sí mismo con urgencia, guiado solo por el tacto y el calor que desprendían.
Se hundió en ella de un solo impulso, firme y profundo.
Vivian echó la cabeza hacia atrás contra la madera, soltando un gemido que el ruido del viento amortiguó. El contraste entre la lluvia helada sobre su piel y el fuego donde sus cuerpos estaban unidos era enloquecedor.
Chase comenzó a embestir con un ritmo posesivo, perdiendo por completo el control que tanto se esforzaba por mantener.
Cada embestida hacía temblar a Vivian, sacándole jadeos que se mezclaban con los rezagos del agua.
Le clavó las uñas en su espalda, exigiéndole más, mientras su cuerpo se arqueaba contra el de él.
Allí fuera no había acuerdos, ni razonamientos lógicos; solo el deseo de dos personas reclamándose con la misma intensidad que los había consumido en Nueva York.
El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo, intenso y cegador.
Chase se sepultó en ella una última vez con un gruñido ahogado mientras ella se estrechaba a su alrededor, temblando bajo el aguacero, abrazada a él contra la pared como si la tormenta fuera a arrastrar todo lo demás.
Apenas podía pensar, y se prometió que más tarde la besaría y le hablaría, pero una emoción primitiva lo alcanzó y tuvo el deseo de marcarla de alguna manera.
Lo único en lo que consiguió pensar fue de que había dejado en ella una señal íntima de que había vuelto a tenerla.
No sabía qué demonios le estaba pasando y en aquel momento, por primera vez en mucho tiempo, le importó una mierda averiguarlo.