Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

En ese momento, las luces se apagaron.

El agua continuó cayendo en completa oscuridad.

Chase levantó la cabeza.

Desde la sala llegó un golpe seco, seguido por un grito ahogado de Vivian.

Cerró el grifo y buscó la toalla a tientas.

—¿Vivian?

—¿Chase? —La voz de Vivian atravesó la puerta—. ¿Estás bien?

—Perfectamente. Siempre quise bañarme a oscuras durante un maldito huracán.

Escuchó una risa breve al otro lado. Fue un leve sonido, pero llevaba días sin oírla reír y la familiaridad del gesto le produjo una emoción inesperada.

—Creí ver una linterna en el primer cajón del dormitorio —dijo ella—. Intentaré encontrarla.

—Usa el teléfono. No camines a oscuras.

Vivian no contestó. La imaginó poniendo los ojos en blanco y, pese a todo, la comisura de su boca se movió.

Se secó, se puso un pantalón deportivo y una camiseta, y utilizó la linterna del teléfono para salir. Encontró a Vivian junto a la mesa, intentando encender una de las lámparas de emergencia. La luz cálida iluminó la sala justo cuando consiguió activar el interruptor.

—Parece que el generador tarda unos minutos en entrar —dijo ella.

Chase dejó la ropa húmeda cerca de la entrada. Una ráfaga particularmente fuerte sacudió los ventanales. Algo golpeó la terraza con un sonido seco.

Vivian levantó la cabeza.

—¿Qué fue eso?

—Alguna rama.

Otro impacto resonó contra la baranda, seguido por un roce pesado sobre la madera.

Esta vez Chase tomó el teléfono.

—Eso no fue una rama.

Avanzó hacia la puerta corredera, pero se detuvo antes de tocar el seguro. El viento empujaba la lluvia contra el cristal con demasiada fuerza para abrirlo sin llenar la sala de agua.

Vivian se acercó por detrás.

Chase apagó la lámpara de emergencia para reducir el reflejo. La habitación quedó iluminada únicamente por las linternas de sus teléfonos y los relámpagos que caían sobre el mar.

Dirigió el haz hacia la terraza.

Una maceta volcada rodaba de un lado a otro junto a la baranda. Chase estaba a punto de encender de nuevo la lámpara cuando una masa oscura se movió cerca del ventanal.

Vivian se sobresaltó detrás de él.

Chase reaccionó por instinto. Extendió un brazo para mantenerla a su espalda y acercó el teléfono al cristal.

La luz reveló una cresta de espinas y un ojo redondo que los observaba desde menos de un metro de distancia.

—Joder.

La criatura movió una pata y terminó de salir de la sombra. Era una iguana enorme. Su cuerpo ocupaba buena parte del espacio entre dos macetas y la cola se extendía sobre las tablas mojadas.

Vivian se asomó por debajo del brazo de Chase.

—Es una iguana.

—Pensé que era el camaleón de Enredados —ironizó él, sin apartar la vista del animal.

Vivian levantó la cabeza para mirarlo, divertida.

—Quién diría que el gran Chase Mercer es fanático de Disney.

—Fanático no. He visto unos cuantos memes, como todo el mundo —replicó, retrocediendo cuando la iguana avanzó unos centímetros—. ¿Podemos dejar de hablar de mis gustos cinematográficos y hacer algo con esa cosa?

Chase mantenía el brazo delante de su cuerpo y el teléfono apuntando hacia el animal, a la espera de que se lanzara contra el vidrio.

—Puedes bajar el brazo. Dudo que atraviese una puerta reforzada. —La risa de Vivian comenzó como una vibración contra su espalda—. ¿Le tienes miedo?

—No le tengo miedo. Estoy intentando averiguar por qué hay un dinosaurio en nuestra terraza.

—Busca refugio de la tormenta.

La iguana se acercó otro poco al cristal. Chase retrocedió y arrastró a Vivian con él. Ella soltó una carcajada. Chase seguía delante de ella, con la atención fija en el animal que campaba por la terraza.

—Dudo mucho que haya venido a asesinarnos.

Él bajó el brazo al comprobar que la puerta de vidrio estaba cerrada, pero continuó observando a la iguana. Bajo los destellos intermitentes de la tormenta, el lomo cubierto de escamas y la larga cola le daban unas dimensiones desproporcionadas.

—¿Todas alcanzan ese tamaño?

—Algunas son más grandes. Como el dragón de Komodo.

Chase la miró de reojo.

—¿El dragón de Komodo?

—Sí.

—Eso no me tranquiliza precisamente.

Vivian soltó una pequeña risa.

—No tienes que preocuparte. No creo que esa sea una de esas.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque no tiene cara de querer devorarte.

Chase volvió la cabeza hacia ella, claramente convencido de que se estaba burlando de él. La sonrisa que Vivian intentaba esconder detrás de los labios apretados terminó de confirmarlo.

—Te estás riendo de mí.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Lo estás haciendo fatal.

La iguana avanzó por la terraza con absoluta tranquilidad y se detuvo frente al cristal. Inclinó la cabeza y los observó desde el otro lado, como si fueran ellos quienes hubieran invadido su espacio.

—Parece interesada en entrar —comentó Chase.

—La puerta está cerrada. Lo único que puede hacer es mirarnos.

—Preferiría que lo hiciera desde más lejos.

Vivian se llevó una mano a la boca, pero ya era demasiado tarde. La risa escapó de sus labios.

—No puedo creer que tengas miedo de una iguana.

—No le tengo miedo. Solo respeto su capacidad para… —Chase buscó una palabra que no sonara ridícula— sorprenderme.

—Es una iguana, Chase.

—Una iguana enorme.

Vivian volvió a observar al reptil y después a él.

—Creo que está más interesada en ti que tú en ella.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Vivian tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá. La risa le sacudía los hombros mientras Chase permanecía inmóvil frente al ventanal, siguiendo cada movimiento de aquel reptil gigantesco.

—No se lo contaré a nadie —prometió cuando consiguió hablar.

Chase se volvió hacia ella.

—Vas a contárselo a Sloane y Juliet en cuanto recuperemos la señal.

—Probablemente —admitió Vivian, incapaz de borrar la sonrisa.

Chase encendió la lámpara de emergencia. La luz volvió a llenar la sala y mostró a la iguana instalada junto al cristal, protegida parcialmente por el techo de la terraza.

—No vamos a abrirle —advirtió—. La estás mirando con compasión.

—Está empapada.

—Es un animal salvaje. Vive empapada.

Vivian volvió a reír. No fue la risa contenida de antes, sino una carcajada abierta que le obligó a secarse los ojos con el dorso de la mano.

Chase trató de conservar la irritación. Duró poco. La situación era absurda y Vivian se veía distinta cuando se reía de aquella manera, con el cabello húmedo y el cuerpo relajado por primera vez desde que salieron de Chicago.

Terminó riéndose con ella. El sonido se mezcló con la lluvia y con otro trueno que hizo vibrar los cristales. La iguana cerró un ojo, indiferente.

—Mírala —dijo Vivian—. Ni siquiera considera que representes una amenaza.

—Eso forma parte de su estrategia.

Ella negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Nunca voy a dejar que olvides esto.

Chase la miró.

Las palabras se asentaron lentamente entre ambos. Nunca implicaba demasiado tiempo. Un futuro en el que Vivian seguía cerca para recordarle una noche absurda en Eleuthera.

La sonrisa de ella perdió parte de su fuerza. También había advertido lo que acababa de decir.

Chase miró hacia la terraza.

—Primero tendremos que sobrevivir.

Vivian volvió a encender la linterna del teléfono y la dejó boca arriba sobre la mesa. Después se sentó en uno de los extremos del sofá. Chase ocupó el sillón situado enfrente, manteniendo una distancia que ya no parecía un castigo.

La tormenta continuaba. Seguían incomunicados; sin embargo, por primera vez desde Chicago, el silencio entre ellos dejó de sentirse como otra pelea.

• • •

Antes de que las comunicaciones terminaran de caer, uno de los empleados del complejo había llegado a la cabaña con una bandeja improvisada: sándwiches, fruta, botellas de agua, refrescos y una botella de champán que ninguno tuvo interés en abrir.

Chase intentó comunicarse varias veces con Elena. Primero desde su teléfono y después utilizando la conexión del complejo mientras todavía funcionaba. La llamada nunca llegó a completarse.

Comieron frente a frente en la pequeña mesa, con el viento creciendo alrededor de la cabaña y los teléfonos inútiles junto a sus platos.

Hablaron de cuánto podía durar el cierre del espacio aéreo y de la posibilidad de que Elena hubiera recibido la notificación antes de que las comunicaciones se interrumpieran.

Ninguno mencionó lo ocurrido antes de que Chase entrara al baño. Tampoco la forma en que había salido de allí, dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro que justificara el grito de Vivian, solo para encontrar una iguana gigantesca instalada al otro lado del ventanal.

Un rato después, Vivian se retiró al dormitorio. Chase ocupó el sofá tras un gesto de buenas noches pronunciado con una normalidad que ninguno sentía.

Ella permaneció despierta bastante más tiempo del que habría admitido. Escuchó la lluvia golpear el techo y, de vez en cuando, el crujido del sofá cuando Chase cambiaba de posición al otro lado de la puerta.

• • •

Vivian salió del dormitorio poco después de las ocho.

Chase ya estaba despierto. Se encontraba frente a los ventanales con una taza de café en una mano y el teléfono en la otra, observando la pantalla con el ceño fruncido.

La lluvia seguía cayendo con fuerza y las ráfagas empujaban las palmeras hasta inclinar sus copas hacia el suelo, pero la oscuridad cerrada de la noche había cedido.

Sobre la mesa encontró café y croissants.

—¿Nada? —preguntó.

Chase dejó el teléfono junto a su taza.

—Ni señal ni conexión. El teléfono de la cabaña tampoco funciona. La recepción está utilizando radios, pero solo para comunicarse con el personal.

Vivian se sirvió café y ocupó la silla frente a él.

—¿Crees que Elena alcanzó a enterarse de que nos desviaron?

—La tripulación notificó el cambio antes de aterrizar, pero hasta que consiga hablar con ella no sabremos qué información tiene.

Vivian tomó un croissant. Escuchar su nombre en aquella cabaña le produjo una incomodidad difícil de justificar. Tal vez porque, durante las últimas horas, aquel lugar se había convertido en un espacio apartado del resto de sus vidas, uno en el que Elena y todo lo demás parecían asuntos lejanos.

—Podemos trabajar mientras mejora el clima —propuso Chase—. Supongo que descargaste los documentos antes del viaje.

—Sí. También llevo varias solicitudes pendientes que puedo revisar sin conexión.

Chase observó la lluvia sin poder creer aún en mala suerte.

—Detesto no saber cuánto tiempo estaremos aquí.

Vivian partió el croissant y recogió con un dedo una miga que había caído sobre el mantel.

—A mí tampoco me entusiasma depender del clima para decidir qué hago con mi día, pero la tormenta seguirá su curso, aunque la mires con esa expresión.

Él volvió la cabeza hacia ella.

—¿Qué expresión?

—Me imagino que es la misma que utilizas cuando las personas a tu alrededor no hacen lo que quieren. Dudo que funcione con las nubes.

La boca de Chase se curvó ligeramente. Fue un gesto breve, pero modificó algo en la atmósfera de la cabaña.

Vivian instaló el portátil en la mesa del comedor y revisó las solicitudes que había descargado antes del viaje.

Chase ocupó uno de los sillones junto a los ventanales, en diagonal a ella, con el ordenador apoyado sobre las piernas y varios informes de Mercer Development Group abiertos en la pantalla. Trabajaron buena parte de la mañana.

Durante las primeras horas hablaron poco.

El silencio, curiosamente, resultaba cómodo.

Cada uno parecía entender la necesidad del otro de concentrarse y ninguno intentaba llenar los espacios con conversación.

Chase se levantó una vez para traerle café sin preguntarle si quería más.

Lo dejó junto a su mano derecha, en el único espacio libre entre el portátil y sus documentos, y regresó al sillón.

Había recordado que lo tomaba con leche, pero no había vainilla.

Vivian esperó a que él volviera la atención a su pantalla antes de mirarlo.

Chase llevaba unas gafas de montura oscura, apoyadas a media altura sobre el puente de la nariz.

Jamás lo había visto utilizarlas. La camisa clara tenía las mangas dobladas hasta los antebrazos y uno de sus pies descansaba sobre la mesa baja frente al sillón.

Parecía relajado. Cercano. Muy distinto al hombre que llegaba a su oficina acompañado de documentos capaces de regular hasta el espacio que ocuparía una futura esposa en su armario. Verlo así resultaba más peligroso.

La atracción podía resistirse. Vivian llevaba semanas demostrándolo. Aquella imagen doméstica despertaba la curiosidad por saber cómo sería compartir con él otros silencios o descubrir cuántos detalles recordaba cuando dejaba de empeñarse en mantenerla lejos.

Chase levantó la cabeza.

Vivian bajó los ojos hacia el ordenador, aunque lo hizo demasiado tarde.

—¿Necesitas algo? —preguntó él.

—Estaba pensando.

—Me has mirado durante bastante tiempo.

Ella deslizó el dedo por el panel táctil y abrió un documento que ya había revisado dos veces. Volvió la cabeza hacia él. La sonrisa de Chase apareció despacio, abierta y masculina, sin la cautela que había acompañado casi todas sus conversaciones desde la gala.

—No sabía que usaras gafas.

Él se las quitó y las sostuvo por una de las patillas mientras se encogía ligeramente de hombros.

—Solo para trabajar. Últimamente paso demasiadas horas frente a una pantalla.

—Te hacen parecer menos insoportable.

Chase se colocó otra vez las gafas.

—Entonces procuraré llevarlas durante la reunión con Elena.

El nombre devolvió parte de la realidad a la cabaña.

La sonrisa de Vivian se apagó. Bajó la mirada hacia la pantalla y deslizó el cursor de un lado a otro sin abrir ningún archivo, porque sus ojos terminaban escapándose hacia Chase y, cada vez que lo hacía, se encontraba con la misma pregunta clavándose un poco más profundo: ¿por qué demonios le importaba tanto Elena?

Alrededor del mediodía se cansó del pantalón que llevaba desde la mañana. La humedad se había instalado en la tela y la hacía sentir pegajosa, así que entró en el dormitorio y buscó algo más fresco en la maleta.

Encontró un vestido de algodón que había llevado pensando en el clima de la isla. Era sencillo, de tirantes delgados y con unos botones sobre el pecho. Terminaba unos centímetros por encima de las rodillas. Se cambió y decidió prescindir de los zapatos.

Cuando regresó a la sala, Chase estaba escribiendo o lo había estado hasta que ella apareció. Sus ojos descendieron desde los hombros descubiertos de Vivian hasta sus piernas y volvieron a su rostro con una lentitud que hizo innecesaria cualquier palabra.

Ella continuó hacia la pequeña cocina, abrió una botella de agua y bebió varios tragos. Sentía la atención de Chase sobre la espalda, aunque al volverse lo encontró mirando el ordenador.

Vivian regresó a la mesa y abrió de nuevo uno de los expedientes. Unos minutos después levantó la vista. Chase la estaba mirando y está vez no fingió lo contrario.