CAPÍTULO 25
—Tomamos la cabaña —sentenció Chase, entregando su tarjeta de crédito sobre el mostrador sin apartar los ojos de Vivian.
Afuera, el primer trueno retumbó sobre el océano, haciendo vibrar los cristales del vestíbulo mientras la lluvia comenzaba a caer sobre la isla.
La tormenta había empeorado cuando el vehículo eléctrico los dejó frente a La Villa del Acantilado.
Vivian bajó primero y sujetó el bolso contra el cuerpo mientras el empleado abría un paraguas que resistía muy poco las ráfagas. El viento llegaba desde el mar y hacía mover las palmeras alrededor del sendero de madera.
Chase tomó ambas maletas antes de que el hombre pudiera alcanzarlas.
—Deja la mía —dijo Vivian.
—Puedo llevar las dos.
—No necesito que cargues mi equipaje.
Chase la miró por encima del hombro, con el agua deslizándose por el cabello y la camisa adherida a los hombros.
—Es una maleta, Vivian. No otra decisión sobre tu vida.
Su réplica consiguió que ella apretara los labios. Chase entregó una propina al empleado y avanzó hacia la entrada sin esperar una réplica.
Vivian lo siguió; tenía la ropa húmeda y todavía llevaba dentro los restos de la discusión del día anterior. Lo último que necesitaba era pasar la noche encerrada con Chase Mercer.
Por supuesto, eso era exactamente lo que iba a ocurrir.
La tarjeta abrió la puerta al segundo intento. Chase entró primero, dejó las maletas y encendió las luces. Vivian se detuvo detrás de él.
La palabra cabaña había resultado engañosa.
El espacio estaba construido en madera clara, con techos altos y grandes ventanales orientados hacia el mar. Una sala amplia se abría hacia una terraza protegida. Había un sofá profundo, dos sillones, una mesa de comedor y una pequeña cocina abastecida con agua y algunos alimentos.
Al fondo, la puerta abierta del dormitorio permitía ver una cama grande.
Una sola cama.
Vivian desvió la vista al mismo tiempo que la puerta se cerraba a su espalda. El golpe del viento contra los cristales hizo que la villa pareciera más aislada.
Chase recorrió el lugar sin comentar la distribución. Revisó el cierre de los ventanales, localizó las lámparas de emergencia y abrió un armario junto a la entrada.
—Hay mantas —dijo—. Dormiré en el sofá.
Vivian dejó el bolso sobre uno de los sillones.
—Todavía faltan varias horas para que tengamos que decidirlo.
—Ya está decidido.
—Claro. —La irritación regresó sin remedio—. Qué sorpresa.
Chase se volvió con una manta doblada entre las manos. Pareció dispuesto a discutir. Después miró la cama, luego el sofá y dejó la manta sobre el respaldo.
—No estoy intentando controlarte. Voy a dormir en el sofá. No pienso discutir por una cama.
La sencillez de la explicación desarmó a Vivian, que había preparado algo muy distinto para decirle.
Chase encontró toallas limpias en el mismo armario. Le entregó dos a Vivian y utilizó otra para secarse el cabello. La camisa se había oscurecido sobre el pecho y los hombros. Cuando levantó los brazos, la tela se tensó alrededor de su cuerpo.
Vivian agachó la cabeza y se quitó los zapatos mojados.
El piso estaba frío bajo sus pies. Debió estremecerse, porque Chase caminó hasta el control del aire acondicionado y aumentó la temperatura sin decir nada.
Aquel gesto pequeño la afectó más que otra orden.
Vivian se acercó a los ventanales mientras se secaba el cabello.
Desde allí podía distinguirse el océano.
El agua y el cielo se habían fundido en una masa oscura que los relámpagos iluminaban durante fracciones de segundo.
Las olas golpeaban contra las rocas varios metros más abajo y el estruendo llegaba amortiguado a través del cristal reforzado.
Necesitaba una ducha y algunas horas sin mirar a Chase.
Se volvió.
Él estaba junto a la mesa, con el móvil levantado mientras buscaba señal. Se había abierto otros dos botones de la camisa mojada y la piel brillaba bajo la luz cálida de la sala.
Vivian se obligó a revisar su propio teléfono.
—Sin servicio.
—Tengo una barra.
—Intenta llamar a Elena.
Chase marcó y se llevó el dispositivo al oído. La conexión duró unos segundos antes de cortarse. Volvió a intentarlo cerca de la puerta y después junto a los ventanales.
—Nada.
—¿Pudiste dejarle un mensaje?
—No llegó a conectar.
La frustración endureció nuevamente sus facciones. Chase escribió algo y esperó, pero la pantalla mostró que el mensaje seguía pendiente.
—La tripulación notificó el desvío antes de aterrizar —añadió.
—Sabe que el avión aterrizó aquí — dijo Vivian.
—En medio de una tormenta y con los aeropuertos cerrados, imagino que podrá llegar a sus propias conclusiones . —respondió él.
Vivian dejó el móvil cargando junto al sofá.
Chase dejó el suyo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—¿También piensas acusarme de organizar la tormenta?
—Pienso que tendremos que explicarle todo esto cuando consigamos comunicarnos . —contestó ella.
—Lo haremos.
Chase respondió con aquel tono neutro que utilizaba durante las reuniones, bajó la mirada hacia sus manos y se pasó una de ellas por el antebrazo descubierto antes de apoyarse en el borde de la mesa.
Vivian, frustrada, intentó descifrar qué pasaba por su cabeza.
—Puedes dejar de hablarme así.
Sus manos se detuvieron y la miró con gesto punzante.
—¿Qué estoy haciendo?
—Tratarme como si después de todo lo que me gritaste ayer pudieras convertirme en una desconocida porque te resulta más cómodo.
—Vivian —dijo, y soltó un resuello—, estoy intentando mantener la boca cerrada.
No hubo ironía en sus palabras. Chase parecía agotado. La furia había desaparecido y, sin ella, las sombras bajo sus ojos resultaban más visibles.
—Una cosa es evitar otra pelea y otra fingir que apenas me conoces —dijo Vivian.
Él bajó los brazos.
—No sé cómo hablarte ahora sin regresar al mismo lugar.
La franqueza la tomó desprevenida.
Chase rodeó la mesa y se detuvo junto a los ventanales, mirando la tormenta antes de volver hacia ella.
—Me llamaste cobarde. Si esperas que actúe como si todo estuviera bien porque terminamos atrapados bajo el mismo techo, no puedo hacerlo.
—Tampoco te estoy pidiendo eso.
—Entonces dime qué quieres.
Vivian abrió la boca, pero eran tantas las cosas que quería decir que terminó guardando silencio.
Quería que dejara de elegir a Elena como si los sentimientos fueran un defecto que pudiera corregir con una candidata adecuada, que admitiera que la había herido y quería dejar de recordar la desesperación con la que confesó que llevaba días pensando en ella.
Nada de eso podía pedirle.
—Quiero que dejes de decidir lo que puedo soportar —respondió finalmente—. Si estás furioso, dilo. Si te arrepientes de haberme contado lo de Sabrina, también. Pero no vuelvas a esconderte detrás de tu fachada de ejecutivo implacable.
Chase la miró durante tanto tiempo que Vivian empezó a sentir cada centímetro que los separaba.
—Estoy furioso —dijo—. Me arrepiento de muchas cosas, pero contarte lo de Sabrina no es una de ellas y sigo pensando que venir fue una pésima idea.
—Eso suena más honesto.
El músculo de la quijada de Chase volvió a contraerse. Sin embargo, esta vez no levantó la voz. Vivian suspiró y llevó sus ojos al dormitorio.
—Necesito una ducha.
Tomó su maleta, pero para llegar a la habitación debía pasar entre el sofá y la mesa, justo donde Chase continuaba de pie. Él se desplazó para dejarla pasar, pero el espacio seguía siendo estrecho.
Vivian percibió el calor de su cuerpo antes de rozarlo. El perfume amaderado se mezclaba con el olor húmedo de la camisa y la lluvia que ambos habían traído de afuera.
Intentó pasar sin tocarlo. Agarró bolso cuya correa se enganchó en el borde de la silla y la hizo perder el equilibrio. Chase reaccionó por instinto. Una mano se cerró alrededor de su brazo y la otra se apoyó en su cintura.
El contacto duró unos segundos, pero fue suficiente.
Los dedos de Chase abarcaban uno de sus costados. Vivian sintió la presión a través de la tela húmeda, la cercanía de su cuerpo y el cambio de su respiración. Al levantar la cara, encontró sus ojos fijos en su boca.
Chase la soltó de inmediato.
—El piso está mojado.
Vivian sostuvo la maleta con mayor fuerza.
—Ya me di cuenta.
Él retrocedió hasta chocar con el borde de la mesa, abriendo entre ambos una distancia que ninguno parecía capaz de conservar por voluntad propia.
Vivian continuó hacia el dormitorio. Dejó la maleta sobre el banco situado al pie de la cama y sacó ropa limpia. Cuando regresó por el maletín de mano, Chase permanecía junto a la ventana, de espaldas a ella.
—El baño quedará libre en veinte minutos —dijo.
—Tómate el tiempo que necesites.
Chase volvió a hablar con cautela, aunque Vivian comprendía ahora el esfuerzo que le costaba mantenerla.
Entró en el baño y cerró la puerta. Apoyó las manos sobre el lavamanos y observó su reflejo. Tenía el cabello húmedo, las mejillas encendidas y la respiración más rápida de lo que justificaba un tropiezo.
Al otro lado de la pared, Chase empezó a caminar por la sala.
Vivian abrió la ducha para cubrir el sonido.
Llevaban menos de veinte minutos solos en aquella villa y ya estaba prestando atención a cada uno de sus pasos.
• • •
La puerta del baño se cerró y Chase permaneció inmóvil en medio de la sala. En un primer momento no escuchó nada. Después llegó el sonido del agua al correr por las tuberías, y la imagen inmediata de Vivian deshaciéndose de la ropa al otro lado de la puerta.
Cerró los ojos, pero fue una mala decisión.
Su imaginación hizo el trabajo enseguida. No necesitaba verla; su mente bastó para devolverle aquella primera noche con demasiada claridad, y completó sin esfuerzo todo lo que la puerta le impedía ver.
Vivian quitándose la blusa y despojándose de la falda, entrando desnuda bajo el agua. El cabello liberado del recogido y pegándosele a la espalda. Las gotas recorriendo la curva de sus hombros, acumulándose en la clavícula antes de continuar sobre sus pechos y descender por el vientre.
Joder.
Chase abrió los ojos y se pasó una mano por la nuca.