Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—¿Qué significa eso?

—Que no tenemos autorización para aterrizar. Vamos a desviarnos a North Eleuthera mientras recibimos nuevas instrucciones.

La mirada de Chase fue inmediatamente hacia Vivian.

Ella vio aparecer al hombre acostumbrado a corregir problemas antes de que se convirtieran en obstáculos. Se desabrochó el cinturón.

—Necesitamos llegar a Nassau esta tarde.

La voz del piloto cambió.

—Y yo necesito que permanezca sentado, señor Mercer. Estamos entrando en una zona de turbulencia.

Vivian habría disfrutado de escuchar a alguien darle órdenes en cualquier otra circunstancia.

El avión volvió a sacudirse. Chase se sentó y ajustó el cinturón con una maldición entre dientes.

Vivian miró por la ventanilla. Las nubes claras habían desaparecido.

El horizonte estaba cubierto por una masa oscura que parecía extenderse mucho más allá de lo que alcanzaba a ver.

Hacía unos minutos estaban discutiendo si Chase pasaría tres días con Elena.

Ahora ni siquiera sabían si llegarían a verla.

Vivian volvió la cabeza. Chase ya la estaba mirando y, por primera vez desde que salieron de Chicago, ninguno de los dos tenía una decisión que tomar.

• • •

Aterrizaron bajo un cielo gris y un calor agobiante. La humedad de la isla los envolvió en cuanto bajaron por la escalerilla; el ambiente olía a sal y tierra mojada.

Ingresaron a la terminal de aviación general de North Eleuthera, una estructura modesta.

Las autoridades aeroportuarias les informaron que se trataba de una simple demora preventiva y los acomodaron en la pequeña sala de espera VIP.

Durante casi cuatro horas el tiempo transcurrió con ritmo lento.

Chase no dejó de caminar por el salón, intentando conseguir señal en vano para comunicarse con Nassau, mientras Vivian permanecía sentada en un sillón de mimbre, fingiendo leer en su tableta para evitar cruzar la mirada con él.

Cada minuto que pasaba en esa pequeña sala aumentaba la tensión entre los dos; la sola cercanía de Chase, con la camisa levemente desabrochada y su gesto de frustración, le resultaba a Vivian tan sofocante como el clima caribeño.

La espera terminó cuando un empleado del aeropuerto se acercó para anunciarles que la tormenta se había desviado y estaba escalando a una categoría mucho más peligrosa.

El aeropuerto debía evacuar a todo el personal y cerrar sus operaciones por completo.

Como no podían permanecer allí, ya que las carreteras quedarían intransitables, gestionaron el único transporte disponible para sacarlos del lugar antes de que comenzara el vendaval.

Un vehículo del pequeño aeropuerto los trasladó a un exclusivo resort boutique encaramado sobre un acantilado, a pocos minutos de la costa.

Las olas del Atlántico rompían abajo, elevadas por la llegada inminente del frente tropical.

Vivian estaba arrepentida de haber viajado; estaba segura de que Chase estaba llegando a la misma conclusión.

Llegaron al resort, un lugar con techos altos de madera y grandes ventanales de cristal reforzado desde los que se observaba el mar.

—Estarán cómodos aquí mientras las autoridades liberan el espacio aéreo —les dijo la recepcionista con una sonrisa amable—. Tenemos la tormenta bordeando la costa, pero las instalaciones están preparadas.

Chase ni siquiera se sentó. Sacó el teléfono móvil y comenzó a marcar con insistencia mientras caminaba de un lado a otro sobre los azulejos del salón.

—No hay señal —dijo, mirando la pantalla con frustración—. La red de la isla está saturada.

Vivian revisó el suyo, manteniendo su postura distante mientras la idea de los planes de Chase con Elena seguía resonando en su cabeza.

—Tampoco tengo recepción —admitió, sintiendo que las opciones se reducían a ritmo acelerado.

Chase caminó hacia el mostrador, apoyando ambas manos sobre la madera.

—Necesito una línea terrestre para comunicarme con Nassau. Tengo una reunión agendada que no puedo cancelar.

La recepcionista miró la pantalla del sistema y luego levantó la vista con expresión apenada.

—Lo siento, señor Mercer. Las líneas fijas de la costa norte acaban de caerse por el viento y me temo que las noticias no son buenas.

Vivian dio dos pasos hacia el mostrador, con el pulso acelerándose ligeramente.

—¿A qué se refiere?

La mujer señaló la pantalla de televisión colgada en un ángulo del vestíbulo, donde el canal meteorológico local mostraba un mapa del Caribe cubierto por una mancha roja y amarilla en constante expansión.

—El boletín de las cuatro confirma que el sistema ha cambiado bruscamente de trayectoria —explicó la mujer—. Ya es un huracán categoría dos. Las autoridades han ordenado el cierre de los aeropuertos de las islas exteriores durante las próximas cuarenta y ocho horas.

—¿Cuarenta y ocho horas? —repitió Chase, con la voz volviéndose un murmullo peligroso.

—El servicio de ferris y lanchas privadas ha quedado cancelado indefinidamente. Nadie entra y nadie sale de Eleuthera hasta que el frente cruce hacia el océano abierto.

Vivian se quedó inmóvil, procesando la realidad de la situación: no iban a llegar a la cita con Elena. No iban a dar las explicaciones que habían ido a dar y, para colmo, tampoco podían regresar a Chicago.

Estaban completamente atrapados en una isla en mitad del Caribe, incomunicados y sin escapatoria.

—Deme dos habitaciones —dijo Chase, rompiendo la parálisis con una frialdad que pretendía ocultar el desorden interno.

La recepcionista tecleó rápidamente en su ordenador, pero su mueca de disculpa fue inmediata.

—Lo siento muchísimo, señor Mercer. Con los desvíos de varios vuelos privados y la evacuación de las villas de la playa baja, el resort está a máxima capacidad.

Solo me queda una cabaña disponible en el área principal: La Villa del Acantilado.

Tiene una cama king, salón independiente y terraza protegida.

Vivian entornó los ojos.

—Tiene que haber otra opción. Cualquier habitación pequeña, una villa de servicio…

—No hay nada más en toda la isla, señorita Cole —respondió la mujer con firmeza serena—. Y la tormenta tocará tierra en menos de dos horas. No les sugiero salir a buscar refugio en la carretera.

Vivian giró la cabeza para mirar a Chase.

Él no protestó. Tenía los ojos verdes fijos en ella, con una intensidad indescifrable. La distancia que habían intentado construir desde la discusión en la oficina acababa de ser reducida a nada por el clima.