CAPÍTULO 24
El automóvil negro se detuvo frente al edificio de Vivian a las ocho en punto.
Ella había visto llegar el vehículo desde la ventana de su apartamento. Cuando fue por la maleta, apoyó la mano sobre el asa antes de decidirse a levantarla. ¡Maldita fuera su suerte! Había pasado demasiado tiempo convenciéndose de que aquel viaje no significaba nada como para creerlo todavía.
En cuanto bajó, el chófer guardó la maleta y abrió la puerta trasera.
Chase ya estaba dentro.
Vivian había tenido toda la noche para prepararse para ese momento, pero encontrarlo a menos de un metro consiguió que todo lo ensayado perdiera utilidad.
Llevaba una camisa blanca con los primeros botones abiertos y pantalones oscuros.
La chaqueta descansaba sobre el asiento contiguo.
Tenía la atención puesta en la Tablet y unas sombras bajo los ojos que sugerían una noche tan poco descansada como la suya.
Al verla, recogió la chaqueta y la dejó al otro lado.
—Hola.
Vivian entró.
—Hola.
El chófer cerró la puerta y el ruido de la calle se apagó de golpe.
Chase volvió al aparato mientras el automóvil se incorporaba al tráfico, pero llevaba varios minutos leyendo el mismo correo sin avanzar. Vivian estaba sentada a su lado y, desde que había subido al vehículo, concentrarse se había vuelto prácticamente imposible.
La cercanía de ella seguía irritándolo más de lo que estaba dispuesto a admitir, sobre todo porque una parte de él todavía escuchaba cada palabra de aquella discusión.
Vivian continuaba mirando por la ventanilla. Había conseguido mantenerse lejos de ella. Ahora su perfume ocupaba el interior del automóvil y la curva de una de sus rodillas aparecía a pocos centímetros de la suya.
Abrió el compartimento central y sacó una botella de agua. La dejó junto a ella. Vivian miró primero la botella y después a él.
—Gracias.
Chase asintió. Podía enfurecerla hasta querer arrojarlo por una ventana y, media hora después, tener detalles como ese. Vivian no sabía qué hacer con esas dos versiones del mismo hombre.
Llegaron a la terminal privada sin volver a hablar.
El proceso fue rápido. Un empleado recibió sus documentos, otro se ocupó del equipaje y pocos minutos después atravesaban la pista hacia el avión de Mercer Development Group.
Ella había imaginado algo mucho más ostentoso. El interior era elegante, aunque sobrio, con sillones de cuero claro y una mesa preparada para trabajar. Había agua y una carpeta de documentos junto al asiento de Chase. Eligió el sillón frente a él.
Chase la observó abrocharse el cinturón y no tuvo idea de por qué la noche de Nueva York y la intimidad compartida invadieron sus recuerdos. La falda de su vestido subió unos centímetros, dejando ver parte de sus muslos.
Desvió la vista. Aquel iba a ser un vuelo muy largo. Esperó a que la auxiliar se alejara antes de hablar.
—Hay algo que quiero dejar claro antes de llegar.
Vivian acomodó el bolso junto a su asiento.
—Procura que esta vez no incluya decidir por mí.
Chase apoyó los antebrazos sobre las piernas y la miró antes de responder. La primera reacción había sido mandarla al demonio. La segunda, levantarse del sillón y devorar sus comentarios punzantes con un largo beso.
Estaba jodido de los cojones.
—No voy a decirte qué debes responderle a Elena. Tampoco pienso preparar contigo una versión de lo ocurrido. Si pregunta por nosotros, cada uno hablará por sí mismo.
Vivian esperaba una batalla y la falta de resistencia de Chase la tomó por sorpresa.
—Bien.
Chase arqueó una ceja.
—Después de ayer esperaba al menos una discusión más larga.
Vivian estuvo a punto de sonreír.
—No abuses del momento.
La auxiliar de vuelo apareció para anunciar el despegue y ambos guardaron silencio.
Cuando el avión comenzó a moverse, Vivian apoyó la cabeza en el respaldo. Chicago fue quedando atrás hasta convertirse en una extensión gris bajo ellos.
Durante la primera hora trabajaron, o eso intentaron.
Vivian abrió el informe que Sloane había preparado y avanzó varias páginas sin retener gran cosa. A veces sentía los ojos de Chase sobre ella y se negaba a comprobarlo. Otras veces era ella quien terminaba observándolo por encima de la pantalla.
Trabajaba con las mangas recogidas hasta los antebrazos, inclinado sobre unos contratos y con una concentración que habría resultado convincente si no hubiera llevado un tiempo golpeando el mismo punto de la mesa con el dedo.
Vivian conocía ya aquel gesto. Estaba pensando en otra cosa.
Chase también había descubierto algunas costumbres de ella durante los pocos momentos compartidos.
La forma en que se mordía ligeramente el interior de la mejilla cuando algo la preocupaba.
El pequeño movimiento con el que apartaba el cabello detrás de la oreja justo antes de decir algo que probablemente iba a irritarlo.
Había dedicado demasiado tiempo a una mujer que se suponía debía ayudarlo a encontrar otra.
Cerró el contrato.
La auxiliar sirvió café y una comida ligera. Vivian miró la taza del café con leche que dejaron frente a ella.
—¿Tiene vainilla?
—Sí, señorita Cole, ya tiene la vainilla.
Sus ojos fueron hacia Chase. Él seguía leyendo.
—¿Tú pediste esto?
Chase levantó la vista.
—No es gran cosa —respondió con naturalidad y volvió al documento—. He visto suficientes veces cómo lo tomas.
Vivian bebió un sorbo. Sabía que era una tontería. Los grandes gestos podían explicarse. Cenas y regalos, pero recordar cómo alguien tomaba el café ocurría porque la persona importaba.
Chase fingió no haber notado el efecto de sus palabras, aunque vio cómo Vivian bajaba la vista hacia la taza antes de beber.
Aquello le produjo una satisfacción impropia y un destello de irritación consigo mismo por continuar acumulando detalles sobre ella. No parecía exactamente un plan brillante.
Pasó otra hora.
El silencio había dejado de ser hostil, aunque tampoco podía llamarse cómodo. Existía una conciencia constante del otro. Vivian sabía cuándo Chase cambiaba de postura. Él sabía cuándo ella abandonaba el informe para mirar las nubes por la ventanilla.
Finalmente, Chase dejó los documentos que revisaba a un lado.
—Mi equipo encontró un vuelo comercial para que regreses el domingo por la mañana.
Vivian apartó el ordenador.
—¿Organizaste mi regreso?
Él reconoció el tono.
—Dijiste que querías volver a Chicago en cuanto terminara tu conversación con Elena.
—También dije que estoy intentando mantener la costumbre de tomar mis propias decisiones.
Chase se recostó en el asiento. La réplica merecía que le contestara. Antes habría encontrado tres. Esta vez observó el vaso de agua, lo giró entre los dedos y reconoció que había vuelto a hacer exactamente aquello por lo que habían discutido el día anterior. Mierda.
—Tienes razón.
Vivian parpadeó y una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarla.
—Eso sí ha debido dolerte.
—Más de lo que imaginas.
Ella cerró el ordenador.
—Agradezco que buscaras una alternativa. Decidiré si la utilizo después de hablar con Elena.
Durante unos segundos volvió el silencio. Chase bebió agua.
—Yo voy a quedarme.
Vivian tardó en comprender.
—¿En las Bahamas?
—El evento dura todo el fin de semana. Si Elena decide continuar después de hablar con nosotros, me quedaré hasta que viaje a Europa para su presentación en el foro de inversión.
Ahí estaba. Vivian había sabido desde el principio cuál era el propósito del viaje. Sabía que Elena contemplaba formalizar la relación y que Chase había decidido darle aquella oportunidad.
Nada de eso era nuevo.
Lo que cambió fue imaginarlo. Tres días.
Elena y Chase sin Perfect Match entre los dos.
Desayunos, cenas, playa, horas libres y noches en un lugar diseñado para que cualquier pareja olvidara fácilmente que tenía obligaciones en otra parte.
La escena apareció en su cabeza con demasiados detalles para su gusto.
Vivian tomó el café, aunque ya estaba frío.
—Parece que tienes el fin de semana bastante bien organizado.
Chase dejó el vaso sobre la mesa. Había escuchado el cambio en el tono de Vivian.
—¿Te molesta?
Ella bebió para ganar tiempo. Podía negarlo; era lo sensato y también una mentira.
—No me entusiasma imaginarte pasando tres días con otra mujer después de todo lo que me dijiste ayer.
Chase se quedó quieto, sorprendido por la falta de diplomacia de Vivian, aunque ella tampoco parecía satisfecha con lo que acababa de decir.
—Pero es tu decisión —continuó—. Y también la de Elena.
Chase la observó.
La primera reacción que le provocó aquella confesión fue una satisfacción primitiva e inapropiada. Vivian estaba celosa. Tuvo que controlar el impulso de sonreír.
—Podrías haberte limitado a decir que te molesta.
Ella lo miró con expresión peligrosa.
—Podrías haberte limitado a disfrutarlo en silencio. No necesitaba conocer tus planes.
Chase apoyó la espalda contra el asiento. La risa se le escapó; fue breve, pero real. Vivian se reprendió por tonta.
—Eres insoportable.
—Eso ya lo sabías antes de subir.
—Y aun así aquí estoy.
El humor se borró del rostro de Chase. Vivian estaba sentada frente a él y, después de todo lo que se habían dicho, resultaba imposible volver a la ligereza de unos minutos atrás. Había cosas que ella ya sabía de él que durante años había mantenido fuera del alcance de casi todo el mundo.
—Lo que ocurra con Elena después de esta noche dependerá de lo que ella quiera y de lo que yo sea capaz de ofrecerle.
Vivian reconoció la palabra. Ofrecer. Otra vez términos que Chase podía medir.
El avión cayó de repente. El estómago de Vivian pareció quedarse varios metros por encima de su cuerpo mientras el vaso de Chase se desplazaba por la mesa.
Él lo sujetó antes de que cayera, pero una segunda turbulencia hizo vibrar los compartimentos.
La sonrisa desapareció de ambos. La voz del piloto llegó por el interfono.
—Señor Mercer, tenemos un cambio importante en las condiciones meteorológicas. Un frente tropical se desplazó más rápido de lo previsto y el espacio aéreo sobre Nassau acaba de quedar restringido.
Chase se incorporó.