CAPÍTULO 20
El mensaje llegó mientras Vivian revisaba un expediente. Reconoció el nombre de Chase y abrió el correo esperando encontrar una explicación sobre la llamada que había interrumpido la mañana.
Leyó las primeras líneas sin moverse. Al terminar, regresó al principio, convencida de que debía haber interpretado mal alguna frase.
La segunda lectura resultó todavía más clara. Sintió unas pulsaciones en la sien y apoyó la espalda contra la silla.
Algo había sucedido durante aquella llamada. Estaba segura de eso.
Chase había cambiado en cuanto leyó el mensaje de Marcus. Lo había visto en su rostro y en la forma en que se encerró en el estudio para hablar con él. Había tenido horas para explicarle qué estaba ocurriendo. En lugar de hacerlo, había elegido escribirle un correo.
Un correo calculado y cobarde que convertía todo lo que había sucedido entre ellos en una equivocación.
La humillación le subió lentamente, caliente y dolorosa, hasta convertirse en una rabia que necesitaba aferrarse a algo para no quebrarse.
Había ido hasta Lincoln Park decidida a poner límites y había terminado haciendo exactamente lo que había jurado no hacer.
Había bajado la guardia y le había entregado, prácticamente en sus manos, la única parte de ella que todavía conseguía proteger con uñas y dientes.
Él había esperado a tenerla así de expuesta para retirarse, para volver a elegir a la mujer que encajaba en su plan y que no lo obligaba a sentir algo que no podía controlar.
La rabia volvió a apretarle la garganta.
Perfecto.
Si eso era lo que Chase quería, podía tenerlo, pero ella se iría al infierno antes de darle el gusto de descubrir cuánto le había dolido, porque no iba a verla llorar.
No le regalaría esa victoria. Respiró profundamente una vez, después otra y otra más, hasta que consiguió contener el temblor que amenazaba con traicionarla.
Sintió la humedad acumulándose en sus ojos y apretó los párpados con fuerza.
No. Ni una maldita lágrima por un hombre que ya había conseguido hacerla sentir vulnerable. No conseguiría también verla rota.
Cuando finalmente abrió los ojos, el dolor seguía ahí, pero ahora estaba cubierto de rabia, y esa, al menos, sabía cómo utilizarla.
Contestó el correo.
Recibido.
Sloane asumirá desde hoy el seguimiento directo de tu proceso. Perfect Match continuará gestionándolo conforme a los términos establecidos y cualquier comunicación se limitará a los asuntos profesionales correspondientes.
Vivian Cole.
Leyó el mensaje una vez y lo envió.
Después cerró el expediente que tenía delante y llamó a Sloane.
• • •
Dos semanas después, Vivian se dedicó a hacer lo mismo de siempre: corría varias veces a la semana, visitaba a sus sobrinas y a su padre. Había descubierto que apartarse profesionalmente del proceso de Chase resultaba mucho más sencillo sobre el papel.
Sloane había asumido el expediente esa misma tarde y respetaba con bastante disciplina su decisión de mantenerla al margen. Los reportes dejaron de llegar a su correo, los mensajes sobre la agenda de Chase ya no pasaban por su oficina y cualquier ajuste de agenda se resolvía sin consultarla.
Perfect Match, sin embargo, seguía siendo una empresa dirigida por tres mujeres que compartían reuniones, clientes y buena parte de sus días. Había información imposible de evitar.
La cata del jueves se había realizado.
Vivian se enteró el lunes siguiente, durante la reunión semanal, cuando Sloane mencionó que Elena había quedado encantada con la velada y deseaba continuar conociendo a Chase. Evitó hacer preguntas.
Tres días después escuchó el nombre de Elena mientras pasaba frente al despacho de Sloane y supo que estaban coordinando otro encuentro.
Tampoco preguntó. Un día de trabajo normal, mientras revisaban los expedientes activos antes de abrir la agenda de la semana, Sloane volvió una página de su tableta.
—Mercer y Elena cenaron anoche. Ella viajará en unos días por el foro de inversión y después se reunirán en las Bahamas. Si todo marcha bien, ya no será necesario examinar otras candidatas.
Vivian mantuvo la atención sobre el informe que tenía delante.
—Eso te corresponde a ti. El expediente es tuyo.
Sloane levantó los ojos.
—Te estoy informando porque eres socia de la agencia.
—Y ya estoy informada.
Juliet, sentada al otro extremo de la mesa, dejó de escribir.
Vivian conocía demasiado bien a sus amigas para ignorar el intercambio de miradas que acababan de tener.
Sloane pasó al siguiente expediente.
La conversación continuó.
Vivian tomó algunas notas mientras Juliet comentaba los resultados de dos entrevistas realizadas la semana anterior.
Había aprendido a hacer aquello durante los últimos quince días: escuchar el nombre de Chase, concentrarse en la información estrictamente necesaria y seguir adelante antes de que su cabeza decidiera completar lo que nadie había dicho.
Era suficiente.
Sloane no tenía razones para contarle detalles de sus encuentros. Desde el momento en que Vivian le entregó el expediente, cualquier comunicación directa con él había desaparecido de su rutina.
Había conseguido exactamente la distancia que Chase le pidió. Lo difícil era descubrir que cumplirla no la volvía más fácil.
Durante aquellas dos semanas había concentrado buena parte de sus horas en el proyecto de expansión en San Francisco.
Renegociaron dos contratos y prepararon una propuesta para atraer clientes de Los Ángeles y San Diego a la nueva sede.
El trabajo ayudaba. Algunas noches incluso conseguía llegar a casa demasiado cansada para recordar una cocina en Lincoln Park.
Otras no. Lo más difícil había sido la vergüenza.
Una sensación pequeña y persistente que aparecía en los momentos más inesperados: mientras se desmaquillaba antes de dormir o al conducir de regreso a casa.
Entonces recordaba alguna palabra que le había dicho, y sentía otra vez ese calor desagradable que subía por el cuello cuando una comprende que mostró demasiado delante de la persona equivocada.
Vivian conocía el rechazo. Había sido abandonada y había aprendido que ningún amor garantizaba permanencia. Aquello era diferente.
Chase había conseguido llegar a una parte de ella que llevaba mucho tiempo protegiendo, y Vivian creyó que podía dejarlo entrar. Después se quedó sola con todo lo que había mostrado.
Eso era lo que le dolía, no imaginarlo sentado frente a otra mujer.
Daría lo que fuera por devolver el tiempo a aquella mañana y decirle a esa mujer que se callara, que se guardara un poco más de sí misma. Pero ya había hablado, y dos semanas después Vivian seguía sintiendo vergüenza cada vez que lo recordaba.
Una llamada discreta en la puerta interrumpió la reunión. Mia asomó la cabeza.
—Perdón. Hay un hombre en recepción que insiste en hablar con Vivian.
Vivian miró la hora.
—¿Tiene cita?
—No. Le expliqué que las entrevistas requieren una, pero parece convencido de que cinco minutos pueden modificar nuestras normas.
Sloane soltó una risa.
—Por lo menos es optimista.
—¿Te dio su nombre? —preguntó Vivian.
—Adrian Keller. Asegura que completó la solicitud anoche y que regresa a Nueva York esta tarde.
Vivian miró a Juliet.
—¿Keller North Holdings?
Juliet consultó rápidamente la tableta.
—La solicitud entró anoche. Divorciado, cuarenta años, sede principal en Nueva York, con oficinas aquí en Chicago.
—¿Verificación?
—Todavía no ha comenzado.
Vivian se levantó.
—Entonces tiene cinco minutos.
• • •
Adrian Keller ya estaba de pie cuando Vivian entró en su despacho.
Era un hombre atractivo, con un traje azul impecable y la seguridad tranquila de quien estaba acostumbrado a ocupar una habitación sin necesidad de demostrarlo. Se acercó y le tendió la mano.
—Adrian Keller. Agradezco que me reciba sin cita.
Vivian la estrechó y señaló la silla frente al escritorio.
—Tiene cinco minutos. Mia se encargó de que quedara bastante claro.
Una sonrisa discreta apareció en el rostro de Keller.
—Me temo que también me informó que utilizar los cinco bien no garantiza otros cinco.
—Mia conoce nuestras normas.
—Empiezo a respetarla.
Vivian tomó asiento y abrió la solicitud que Juliet acababa de enviarle.
—Presentó esto anoche.
—Desde el hotel. Sé que el proceso estándar tarda varios días, pero regreso a Nueva York esta tarde y prefería conocerla antes.
—¿A mí específicamente?
—A usted específicamente.
Vivian levantó la vista.
Keller la miró sin arrogancia.
—¿Por qué?
—Perfect Match presume de discreción. Antes de entregar información personal a una empresa que no conozco, averigüé quién manejaba los casos más delicados. Su nombre apareció varias veces.
—Espero que no junto a información que debería ser confidencial.
Él sonrió.
—No. Si hubiera ocurrido, probablemente no estaría sentado aquí.
Aquello le gustó. Vivian regresó a la solicitud.
—Se divorció hace cuatro años. ¿Por qué esperó hasta ahora para buscar una relación?
Keller apoyó un brazo sobre la silla.
—Durante bastante tiempo pensé que no necesitaba otra. Mi trabajo ocupaba casi todas las horas del día y eso hacía muy sencillo confundir estar ocupado con estar satisfecho.
Vivian dejó que continuara.
—Después estuve frecuentando Chicago y descubrí algo bastante poco interesante sobre mí mismo.
—¿Qué cosa?
—Que una cena tranquila puede resultar muy larga cuando siempre termina frente a una silla vacía.
No hubo dramatismo en la confesión. Keller lo dijo con la naturalidad de un hombre que había tenido tiempo para reconocer una ausencia y no parecía avergonzado de ella. Vivian miró la pantalla.
—¿Viajará con frecuencia entre Nueva York y Chicago?
—Sí.
—Eso puede complicar una relación.
—También puede facilitarla si encuentro a alguien cuya vida no dependa de estar siempre en el mismo lugar.
Los datos básicos de la solicitud coincidían con la revisión preliminar: divorcio registrado y propiedades suficientes para superar el primer filtro financiero. Faltaba verificar mucho más.
Vivian cerró la pantalla. Keller consultó el reloj.
—Seis minutos y veinte segundos. Supongo que debo considerarlo una victoria.
—Considérelo una infracción menor.
Él se levantó.
—¿Eso significa que aceptará mi solicitud?
—Significa que iniciaremos la verificación. Si la supera, una de nosotras se comunicará con usted para una entrevista formal.
—Preferiría que fuera usted.
Vivian se puso de pie.
—Su preferencia quedará anotada. La decisión será nuestra.
Keller aceptó el límite con una inclinación de cabeza.
Vivian lo acompañó hasta la puerta. Antes de salir, él se volvió hacia ella.
—Ha sido un placer conocerla, Vivian.
—La agencia se comunicará con usted.
Keller se marchó. Había sido una conversación agradable. También había agradecido que un hombre atractivo pudiera sentarse frente a ella, mostrar un interés evidente y marcharse sin alterar en absoluto el orden de su día.
Regresó al escritorio.
Tenía trabajo suficiente para mantenerlo así.