CAPÍTULO 15
El atelier de Elizabeth Moore, en West Loop, bullía de actividad.
Una empleada extendía varios metros de seda sobre una mesa de corte mientras otra trabajaba con la plancha sobre los pliegues diminutos de una falda.
El aire olía a telas nuevas y al café que alguien había olvidado junto a una máquina de coser.
Vivian conocía a la diseñadora desde un club de lectura al que ambas pertenecieron años atrás. Cuando la llamó para preguntarle si tenía algo apropiado para la gala de la Fundación Harrington, Elizabeth le pidió que fuera al taller y apareció con un vestido de su nueva colección.
—Me niego a permitir que entres al Art Institute con el primer vestido que encuentres en una boutique —declaró mientras sujetaba el dobladillo con varios alfileres—. Llevarás este y, si alguien pregunta quién lo diseñó, les darás mi nombre.
Vivian contempló su reflejo en el espejo de tres cuerpos.
El satén verde agua seguía las líneas de su figura antes de caer hasta el suelo. El corte dejaba un hombro descubierto y descendía por la espalda en una línea limpia que terminaba poco más arriba de la cintura. Era sensual sin resultar excesivo y el color hacía resaltar el azul de sus ojos.
—Lo recordaré. Ya es hora de que algunas mujeres de Chicago dejen de mirar únicamente hacia las firmas europeas.
Elizabeth se incorporó y examinó el ajuste de la cintura.
—Ese es el espíritu. Tú consigues un vestido que te queda de maravilla y yo la posibilidad de que alguien con dinero pregunte por mi trabajo.
Vivian deslizó una mano sobre la tela.
—Acepto, pero si alguien derrama vino sobre él, fingiré mi propia muerte antes de venir a contártelo.
Elizabeth soltó una risa mientras retiraba uno de los alfileres.
—Hazlo después de que los fotógrafos terminen.
• • •
James llegó a su apartamento a las siete y media. Vestía un esmoquin negro y sostenía un pequeño ramo de orquídeas blancas.
Al abrir la puerta, Vivian vio cómo su mirada descendía por el vestido y regresaba a su rostro. Pareció olvidar el saludo que había preparado.
—Estás espectacular —dijo finalmente, y volvió a mirarla con una admiración que no intentó disimular—. Creo que voy a necesitar un momento antes de recordar qué más pensaba decirte.
Vivian sonrió mientras recibía las flores.
—Eso ha sonado bastante mejor que cualquier cumplido que estuvieras preparando.
James sonrió.
—Entonces fingiré que fue exactamente lo que planeé decir.
Mientras él esperaba en el recibidor, Vivian puso las orquídeas en un jarrón con agua. Después recogió el abrigo y el pequeño bolso que había dejado sobre la consola.
James había sido atento desde la primera cena sin intentar convertir cada conversación en una promesa.
Vivian agradecía aquella facilidad. También esperaba que la noche se mantuviera dentro de ese terreno: dos adultos que disfrutaban de su compañía sin examinar de antemano hasta dónde debía conducirlos.
Cuando entraron en el ascensor, James volvió a mirarla.
—Esta noche probablemente conozcas a media firma. Si en algún momento te cansas de abogados hablando de trabajo, dímelo y nos escapamos a otra sala.
La oferta era sencilla, sin intención de impresionarla.
—Trato hecho, pero pienso cobrarte al menos un recorrido por la exposición antes de escapar.
—Eso puedo garantizarlo.
Las puertas del ascensor se abrieron. James apoyó una mano sobre la de ella y juntos caminaron hacia el automóvil.
Vivian había pasado varios días diciéndose que la gala era una salida con un hombre que le agradaba y una oportunidad para honrar el trabajo de su madre con la fundación.
Aquella noche pensaba disfrutar ambas cosas.
• • •
El Art Institute resplandecía bajo las luces del evento anual de la Fundación Harrington.
La escalinata estaba flanqueada por fotógrafos y miembros del comité encargados de recibir a los invitados.
En el interior, un cuarteto tocaba junto a una de las galerías mientras los camareros circulaban entre grupos reunidos alrededor de arreglos de flores blancas.
Vivian posó con James frente al panel de la fundación y respondió varias preguntas sobre el vestido. Elizabeth estaría satisfecha.
Al entrar en el salón, reconoció a miembros de organizaciones con las que Perfect Match había colaborado y algunas mujeres que pertenecieron al mismo círculo de su madre.
También vio a Chase.
Estaba junto a uno de los ventanales, vestido con un esmoquin negro que acentuaba la amplitud de sus hombros. Marcus Croft, otro de los solteros de oro de la ciudad, se encontraba a su lado con una copa en la mano.
Chase quedó inmóvil al verla. Sus ojos recorrieron el vestido con una lentitud que Vivian sintió sobre la piel. Se detuvo en el hombro descubierto y después descendió hacia la mano de James, apoyada en la parte baja de su espalda.
La reacción le produjo una satisfacción que prefería no examinar.
Él había elegido la distancia. Carecía de derecho a mirarla como si acabara de descubrir que esa decisión también le permitía a ella continuar con su vida.
—¿Has reconocido a alguien? —preguntó James.
Vivian volvió la atención hacia él.
—A varias personas. Algunas por la agencia y otras por mi madre.
James miró hacia el salón.
—Preséntame a quien quieras. Mi firma organizó parte de la subasta, pero no tengo ningún interés en pasar toda la noche hablando de trabajo.
Vivian aceptó el brazo que él le ofrecía y avanzó con él hacia el interior del salón.
Cuando pasaron cerca de Chase, sus ojos se cruzaron con los de él. Después continuó caminando.
• • •
Chase llevaba varios minutos cumpliendo con la rutina que se estilaba en aquella clase de eventos: fotografías junto al comité y una copa compartida con personas que creían que una gala benéfica era el lugar adecuado para discutir inversiones.
Entonces escuchó la risa de Vivian cerca de la entrada.
La reconoció antes de girarse.
El vestido se ajustaba a sus curvas y dejaba expuestos un hombro y buena parte de su espalda. El cabello recogido despejaba una piel que Chase recordaba bajo sus manos y su boca con una claridad bastante poco conveniente para un salón lleno de personas.
James Pearson se inclinó para decirle algo. Vivian levantó el rostro y le sonrió con una comodidad que produjo en Chase una irritación inmediata. La mano del abogado se apoyó en su espalda para guiarla entre los invitados.
Marcus siguió la dirección de su mirada y después bebió un poco de vino.
—Así que esa es Vivian.
Chase tomó una copa de la bandeja de un camarero.
—Vino acompañada.
—Eso veo.
La objeción resultó mucho menos satisfactoria de lo que Chase esperaba.
James dijo algo más y Vivian volvió a sonreír. Con él parecía relajada, libre de la cautela que había marcado sus encuentros con Chase.
Ignoraba que estuviera saliendo con Pearson. Tampoco tenía ningún motivo para saberlo. Había sido él quien redujo las comunicaciones y dejó de buscar excusas para verla mientras concentraba su atención en Elena. Lo que Chase jamás contempló fue cómo se sentiría al verla hacer exactamente lo mismo.
La mano de Pearson continuaba sobre su espalda.
—Si sigues mirando hacia allá —comentó Marcus—, terminarás llamando la atención de alguien más aparte de mí.
Chase bebió un trago.
—Estoy mirando el salón.
Marcus no se molestó en responder.
Vivian levantó la cabeza en ese momento y sus ojos se encontraron. Se detuvo antes de volver hacia James.
El gesto lo inquietó.
Sabía perfectamente qué había elegido y por qué, y no se arrepentía de haber puesto distancia con Vivian, pero nada de eso conseguía que le agradara ver la mano de Pearson sobre la piel de ella.
Marcus dejó la copa vacía en la bandeja de un camarero que pasaba.
—Voy a saludar a los Harrington antes de que empiece la cena.
Chase apenas lo oyó. Vivian ya había desaparecido entre los invitados.
• • •
James cumplió su promesa y evitó que Vivian quedara atrapada en varias conversaciones de trabajo. La presentó a los socios de su firma y la acompañó a saludar a una antigua colaboradora de su madre.
Cuando el cuarteto cambió de repertorio y varias parejas ocuparon la pista, él le ofreció la mano.
—¿Bailas conmigo? Te advierto que soy bastante mejor abogado que bailarín.
Vivian dejó la copa sobre una mesa.
—Eso tendré que comprobarlo.
James la llevó hacia la pista. Bailaba mejor de lo que había insinuado y tenía la seguridad suficiente para reírse cuando perdió el ritmo durante un giro. Vivian apoyó una mano sobre su hombro y se permitió disfrutar la música.
Aun así, sabía dónde se encontraba Chase. Lo había visto conversar con miembros de la junta y saludar a varios empresarios. Cada vez que Vivian se movía por el salón, terminaba encontrando aquellos ojos verdes sobre ella.
James acercó la cabeza para comentarle algo sobre la subasta y Vivian sonrió.
• • •
Desde el otro extremo de la pista, Chase dejó de escuchar al hombre que hablaba con él.
—Creo que el pobre hombre acaba de hacerte una pregunta.
La voz de Margaret Mercer llegó desde su izquierda.
Vestía de azul oscuro y lucía su habitual elegancia sin esfuerzo.
Se acercó para besarlo en la mejilla, con una copa en la mano, mientras observaba al empresario que aguardaba a que Chase retomara la conversación.
Él se disculpó por su distracción, intercambió unas palabras con el hombre y esperó a que se alejara antes de mirar a su madre.
—Buenas noches, mamá.
Margaret siguió la dirección que él había estado mirando.
—La mujer con la que baila Pearson es preciosa.
—Se llama Vivian Cole. La conozco por asuntos profesionales.
Margaret volvió el rostro hacia él.
—¿La misma Vivian que desayunó con tu abuelo?
Chase tomó otra copa de la bandeja que pasaba cerca.
—Arthur ha desarrollado la preocupante costumbre de convertir cualquier encuentro en un asunto familiar.
—Habló de ella con entusiasmo. Quiero conocerla cuando termine el baile.
—Está acompañada.
Margaret lo miró con evidente paciencia.
—Solo pretendo saludarla, Chase.