CAPÍTULO 13
El martes por la mañana, Sloane proyectó en la pantalla de la sala de reuniones la fotografía de una pareja abrazada frente a un viñedo.
—Antes de empezar con los problemas, quiero disfrutar treinta segundos de algo que sí salió bien. Daniel y Rebecca acaban de regresar de Napa y han decidido dejar de trabajar con nosotros.
Vivian levantó la vista de su café.
—Eso suena menos exitoso de lo que pretendes.
—Se van porque ya no necesitan una agencia matrimonial —aclaró Sloane, satisfecha—. Llevan cuatro meses juntos. Él conoció a los hijos de Rebecca el fin de semana pasado y están planeando pasar Navidad con las dos familias.
Juliet consultó el informe.
—Daniel también canceló las entrevistas pendientes que todavía tenía abiertas.
—Utilizó exactamente estas palabras: «No quiero conocer a nadie más». —Sloane apoyó una mano sobre el pecho—. Hay días en que recuerdo por qué elegí esta profesión.
Vivian sonrió.
—¿Rebecca dijo algo?
—Que todavía le cuesta creer que casi rechazó la primera cita porque él vivía demasiado lejos.
—Veinticinco minutos —recordó Juliet.
Sloane señaló la pantalla.
—El amor exige sacrificios.
La fotografía cambió y apareció el perfil de otra clienta.
—También tenemos buenas noticias de Marianne Foster. Ella y David llevan seis semanas viéndose y este fin de semana viajarán juntos a Boston para que él conozca a su hermana.
Vivian recordó las primeras entrevistas con Marianne, una mujer que había llegado a Perfect Match convencida de que después de dos divorcios ya sabía exactamente qué clase de hombre debía evitar.
—¿Sigue intentando encontrarle defectos?
—Por supuesto —respondió Juliet—. La diferencia es que ahora se los encuentra y vuelve a verlo de todas formas.
Sloane sonrió.
—Progreso.
Cambió de pantalla.
—Ahora podemos regresar a los hombres que hacen que cuestione mis decisiones profesionales.
Apareció el perfil de Gregory Walsh.
—Acaba de rechazar a la cuarta candidata en menos de dos meses. Esta vez fue bastante claro: pasa casi todo el invierno en Aspen y quiere compartir esos meses con su pareja.
Juliet revisó las notas de la última entrevista.
—Entonces la arquitecta nunca debió llegar a esa cena. Tiene un estudio, contratos en curso y un equipo que depende de ella en Chicago.
—Gregory habló de flexibilidad —explicó Sloane—. Ninguna entendió que para él significaba trasladarse durante tres meses.
Vivian acercó el expediente. Gregory tenía una fortuna considerable y una vida organizada alrededor de libertades que pocas candidatas podían compartir. Su deseo resultaba legítimo; el error había sido aceptar una definición demasiado amplia de disponibilidad.
—Rehagamos la búsqueda. Necesita una mujer con hijos mayores y una profesión que pueda ejercer desde cualquier lugar, pero antes debemos averiguar si realmente disfrutaría esa vida.
Tener libertad para mudarse durante el invierno sirve de poco si detesta la nieve o prefiere pasar esos meses cerca de su familia.
Sloane tomó nota.
—Tengo dos perfiles que podrían funcionar. Hablaré con ellas antes de mencionárselas.
—Y esta vez preguntémosle a Gregory qué entiende exactamente por acompañarlo —añadió Juliet—. Podría estar imaginando una esposa disponible todo el invierno mientras él permanece doce horas en una pista.
El móvil de Vivian vibró junto a su café.
Chase Mercer.
Elena y yo volvimos a cenar anoche. Queremos vernos otra vez la próxima semana.
Vivian leyó el mensaje antes de responder.
Gracias por mantenerme informada.
La conversación terminó allí. Vivian dejó el móvil junto a la taza y volvió a mirar el perfil proyectado en la pantalla.
Sloane, que había seguido el movimiento con demasiada atención, cerró el bolígrafo.
—¿Todo bien?
—Chase volvió a salir con Elena. Quieren organizar otra cena la próxima semana.
Juliet intercambió una mirada con Sloane.
—Eso parece un buen resultado.
—Lo es. Ambos prefieren coordinar los encuentros directamente y mantenernos informadas. Es la dinámica normal en esta etapa.
Sloane la observó por encima de la mesa.
—Si es la dinámica normal y todo está saliendo bien, ¿por qué tienes esa cara?
—Es el rostro que me dieron mi padre y mi madre.
—Vivian.
Ella tomó su café. Vivian no tenía ninguna intención de explicarle que llevaba días intentando convencerse de que no le importaba que Chase hubiera decidido continuar el proceso sin ella.
Era profesional y lo más conveniente, dadas las circunstancias.
Entonces, ¿por qué sentía que la habían apartado?
—Pensé que seguiríamos participando más directamente durante un par de semanas. Eso es todo.
Sloane apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Puedo encargarme del seguimiento si te resulta más cómodo. Podríamos justificarlo.
Vivian estuvo tentada a aceptar. Habría sido sencillo: podría concentrarse en otros clientes y nadie tendría motivos para hacer preguntas. Excepto ella misma. Porque si se apartaba ahora, tendría que admitir que estaba huyendo, y Vivian no huía.
Mucho menos por un hombre que, aparentemente, no había tenido ningún problema en poner distancia entre ambos.
—Gracias por ofrecerte; no hay necesidad de modificar las cosas —respondió finalmente—. Chase decidió manejar las siguientes citas directamente con Elena y está en todo su derecho. Puedo continuar con el caso.
Sloane entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado a que te molestó que lo propusiera.
Vivian se concentró en su café.
—No estoy molesta.
Sloane permaneció en silencio, esperando algo más. Conocía demasiado bien a Vivian para creer que aquella respuesta agotaba el asunto, pero también sabía cuándo insistir solo conseguiría que se cerrara más.
Juliet volvió al expediente de Gregory.
—Entonces ellos organizan sus citas y tú intervienes cuando el proceso lo requiera.
—Exactamente.
Vivian apartó el teléfono. Admitir ante sus amigas cuánto le pesaba la ausencia de Chase habría sido ponerle nombre a una complicidad que nunca debió permitir. Prefería hablar de algo que sí podía explicar.
—Salí con James la semana pasada.
Sloane levantó la cabeza.
—¿James Pearson? Llevaba meses invitándote.
—Finalmente acepté. Fuimos a cenar a un restaurante italiano en Lincoln Park. La conversación fue agradable y me invitó a acompañarlo a la gala de la Fundación Harrington.
Juliet la observó por encima de sus notas.
—Cuando dices agradable, ¿te refieres a que disfrutaste la noche o a que estás preparando una forma educada de rechazarlo?
Vivian sonrió.
—La disfruté. James tiene buen humor y sabe escuchar. Además, su firma participa en la organización de la gala y tendrá una mesa reservada.
La Fundación Harrington había formado parte de la vida de su madre durante años. Hacía una donación cada temporada, aunque siempre se negó a asistir a la cena. Vivian mantuvo las contribuciones después de su muerte, pero tampoco había acudido al evento.
—La invitación llegó en el momento oportuno —explicó—. Pensaba hacer la donación de todas maneras y esta vez quiero asistir.
Sloane cerró la tableta.
—¿Te gusta James?
Vivian pensó en la paciencia con que él había recibido todas sus excusas anteriores y en la tranquilidad de conversar con un hombre que parecía esperar únicamente que ella disfrutara su compañía. Era suficiente para aceptar otra invitación.
La posibilidad de encontrarse con Chase durante la gala carecía de relación con su decisión, o eso quiso creer.
—Sí, me gusta.
• • •
El miércoles por la tarde, Vivian dejó la oficina antes de lo habitual y condujo hasta la casa de su padre, a las afueras de Chicago.
Habían acordado revisar algunas cajas guardadas en el estudio, aunque ambos sabían que aquello era un pretexto para verse. Desde la muerte de su madre desarrollaron la costumbre de inventar tareas pequeñas cuando querían compartir unas horas y ninguno encontraba una manera sencilla de pedirlo.
Vivian se detuvo en una panadería antes de salir de la ciudad y llegó con una caja de rollos de canela.
Su padre abrió la puerta mientras ella todavía buscaba las llaves dentro del bolso.
Robert Cole había pasado de los sesenta sin preocuparse demasiado por disimularlo.
Conservaba abundante cabello, ahora casi completamente gris, y los mismos ojos claros que había heredado Vivian.
Vestía unos pantalones de algodón y una camiseta azul de manga corta.
—Clara llamó hace un rato y me hizo prometerle que evitaría que tiraras algo importante. Por lo visto, desconfía de ti cerca de papeles viejos.
Vivian se inclinó para besarlo en la mejilla.
—Debería venir ella. Conserva los manuales de electrodomésticos que dejaron de funcionar hace diez años, así que su criterio tampoco es muy confiable.
Él recibió la caja y levantó la tapa.
—Si esto es un soborno para que te permita tirar sus cuadernos del colegio, debo reconocer que escogiste bien.
La casa conservaba el aroma de siempre: café recién hecho y el jabón de lavanda que su padre seguía comprando porque era el preferido de su madre.
Aunque esa no era la casa en la que había crecido, su madre había pasado los últimos años de su vida en ella.
Vivian dejó el bolso en el recibidor y se detuvo frente a una fotografía tomada durante unas vacaciones en Maine.
Su madre sonreía hacia la cámara mientras el viento le desordenaba el cabello. Su padre aparecía detrás de ella, con las manos apoyadas sobre sus hombros y una expresión que Vivian recordaba de toda su infancia.
Había sido una forma tranquila de mirarla, con la certeza de que, incluso en una habitación llena de personas, su atención siempre terminaba regresando a ella.
Vivian entró en la cocina. Su padre había preparado café y colocado dos platos sobre la mesa.
—También encontré servilletas limpias —anunció—, por si pensabas cuestionar otra vez mi capacidad para sobrevivir solo.
—Tu capacidad para sobrevivir está fuera de discusión. Me preocupa que consideres los cereales una cena apropiada cuatro noches por semana.
—Fueron tres. El jueves pedí comida italiana. Si vas a vigilarme, al menos lleva bien las cuentas.