Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El automóvil dejó atrás el centro y avanzó hacia el norte bordeando el lago.

Finales de julio traían noches cálidas a Chicago, aunque cerca del agua la brisa entraba por las ventanillas abiertas con suficiente fuerza para mover algunos mechones del cabello de Vivian.

Las luces de la ciudad se reflejaban sobre la superficie oscura y los edificios fueron quedando atrás a medida que se acercaban a Montrose Harbor.

Vivian esperaba uno de esos clubes privados donde Chase podía entrar sin reserva y donde alguien aparecería de inmediato para ofrecerles la mejor mesa.

Por eso lo miró con sorpresa cuando él se desvió hacia el puerto y detuvo el automóvil frente a un pequeño local iluminado, con mesas exteriores y un cartel que prometía hamburguesas y malteadas.

—Acabas de sacarme de uno de los restaurantes más exclusivos de Chicago para traerme a un sitio donde sirven la comida en bandejas de cartón.

Chase apagó el motor y observó el local a través del parabrisas.

—Después de las porciones de esta noche, las bandejas de cartón representan una mejora considerable. Si todavía tienes dudas, puedes esperar aquí mientras compruebo si las hamburguesas siguen justificando el viaje.

Vivian abrió la puerta antes de que terminara.

—No tengo dudas. Solo estoy intentando conciliar esta elección con el hombre que enfrenta juntas directivas cada tanto.

—Ese hombre también come hamburguesas, aunque preferiría que no lo incluyeras en tu evaluación.

La brisa le golpeó el rostro cuando bajó. A pocos metros, los veleros descansaban en sus amarres y los mástiles se mecían con suavidad contra el cielo oscuro. Chase esperó a que se acercara y ambos se detuvieron frente al menú.

—Queso, cebolla y papas —decidió Vivian—. Si voy a cenar a esta hora, al menos quiero hacerlo bien.

Pidieron dos hamburguesas y bebidas. Cuando ella sacó la tarjeta para pagar lo suyo, Chase se adelantó y se la devolvió con un movimiento de la mano.

—La próxima vez pagas tú. No voy a discutir por veinte dólares mientras se enfría la comida.

Vivian guardó la tarjeta despacio. No sabía si Chase había empleado aquellas palabras deliberadamente o si la posibilidad de una próxima vez le resultaba tan natural que no necesitaba pensarla.

El viento había aumentado y las mesas exteriores estaban demasiado expuestas, así que regresaron al automóvil.

Chase dejó parcialmente abiertas las ventanillas y Vivian desenvolvió la hamburguesa sobre sus piernas.

La carne tenía el punto exacto y el queso se mezclaba con la cebolla caramelizada. Cerró los ojos tras el primer bocado.

—Retiro cualquier objeción que haya presentado durante el trayecto. Il Lucca acaba de perder buena parte de su prestigio.

Chase tomó una papa de su envase, satisfecho de una manera que indicaba que había esperado exactamente esa reacción.

—Arthur me trajo aquí por primera vez cuando tenía doce años. Mi padre organizaba cenas que podían durar cuatro horas y mi abuelo consideraba que obligar a un niño a escuchar conversaciones sobre inversiones durante el postre constituía una forma elaborada de crueldad.

Vivian soltó una risa.

—Después de conocerlo, puedo imaginarlo utilizando esas palabras.

—Utilizaba otras bastante peores. Esperábamos hasta que mi padre entraba al estudio con sus invitados y mis hermanos y yo escapábamos por la puerta de servicio. Arthur conducía hasta aquí convencido de que participábamos en una operación clandestina.

Vivian estiró la mano y tomó una papa del envase de Chase.

Al retirar los dedos, el gesto le devolvió otra imagen y no supo por qué, cosas del destino, lo recordó: aquellas mismas manos rasgando el envoltorio de un condón en Nueva York, sus dedos ocupados en colocárselo mientras Chase permanecía frente a ella, respirando con dificultad y siguiéndola con una mirada que le había calentado la piel mucho antes de que volviera a tocarla.

Recordó la tensión de su cuerpo bajo sus manos, el sonido ronco que se le escapó cuando lo acarició y cómo, un instante después, él había perdido la paciencia y la había atraído hacia sí.

Vivian bajó la vista a la papa que aún sostenía entre los dedos, disimulando el calor que de repente la invadió.

Dieciocho meses y podía recordar demasiado.

Se la llevó a la boca y miró hacia los veleros antes de tomar otra, procurando que Chase no advirtiera que un gesto tan insignificante acababa de devolverla a aquella habitación.

—Tienes tus propias papas.

—Las tuyas estaban más cerca.

Chase empujó el envase hacia el centro sin discutir.

—Ahora comprendo las fotografías tuyas navegando que Arthur conserva en su casa.

Chase apoyó la cabeza contra el asiento.

—Él me enseñó. Era una de las pocas cosas que mi padre no había elegido para mí.

Vivian se volvió ligeramente hacia él. No necesitó preguntarle demasiado. Chase comenzó a hablar mientras partía una papa entre los dedos, con los ojos fijos en el puerto.

A los doce años ya sabía en qué división de Mercer comenzaría a trabajar y cuánto tiempo debía permanecer en cada departamento antes de ocupar un cargo directivo. Había discutido el plan durante buena parte de su adolescencia y, al final, terminó cumpliéndolo casi por completo.

—Debe de haber sido frustrante sentir que tu vida estaba organizada antes de que tuvieras edad suficiente para decidir qué querías hacer con ella.

—Lo fue durante un tiempo. Después descubrí que era bueno en mi trabajo y dejó de importarme tanto si la idea original había sido mía. Algunas personas pasan años intentando encontrar algo para lo que sirven. A mí me lo pusieron delante demasiado pronto.

No había amargura en su voz, solo la aceptación de alguien que llevaba años conviviendo con una elección que nunca había sido enteramente suya.

—¿Nunca quisiste hacer otra cosa?

La sonrisa apareció lentamente en la boca de Chase.

—Durante unos seis meses estuve convencido de que tocaría la guitarra en una banda. Teníamos un nombre y alguien consiguió una batería que mi madre prohibió después de dos semanas.

Vivian dejó la hamburguesa sobre el plato de cartón.

—Necesito saber cómo se llamaban.

—No existe ninguna razón profesional que justifique esa información.

—Entonces le preguntaré a Arthur. También podría recurrir a Thomas si necesito confirmar los detalles.

Chase volvió la cabeza hacia ella.

—Ahora comprendo por qué aceptaste desayunar con mi abuelo. Estabas reclutando una fuente que no respetara mis acuerdos de confidencialidad.

La risa le surgió a Vivian con facilidad, lo contempló mientras negaba con la cabeza y buscaba otra papa.

Allí, con una hamburguesa a medio terminar y el lago extendiéndose frente a él, resultaba difícil relacionarlo con el ejecutivo que había entrado en Perfect Match decidido a ordenar su futuro matrimonio mediante cláusulas.

—Me habría gustado conocer esta versión de ti antes —admitió Vivian—. Cuesta imaginarte así cuando todo lo que sé de ti me hace pensar en reuniones y gente pendiente de lo que decides.

Chase limpió sus dedos con una servilleta.

—Tú tampoco me has dado muchas oportunidades de conocerte fuera de Perfect Match.

Vivian lo miró.

—No recuerdo que eso formara parte del servicio.

—No forma parte del servicio. —Bajó el tono de voz—. Por eso estoy preguntando.

Vivian lo miró a los ojos sin vacilar. Había algo distinto en la manera en que lo había dicho, pero prefirió no detenerse a examinarlo y él tampoco insistió.

Vivian le contó que había pensado trabajar en recursos humanos o consultoría porque siempre le interesó la distancia entre lo que las personas decían querer y lo que buscaban en realidad.

Perfect Match comenzó de una manera mucho menos organizada: recomendaciones entre conocidos y cenas que Sloane, Juliet y ella preparaban sin imaginar que terminarían construyendo una empresa.

—Una de esas parejas se casó y después lo hizo otra —explicó—. Empezamos a sospechar que quizá teníamos cierta habilidad. Durante los primeros años trabajábamos hasta la madrugada y fingíamos saber exactamente lo que hacíamos, incluso cuando todavía estábamos aprendiendo.

—No te imagino fingiendo seguridad.

Vivian sonrió y dobló el envoltorio vacío.

—Entonces aprendí bien.

Su madre había pensado que el proyecto era una locura.

Su padre tampoco estaba convencido y ambos esperaron durante bastante tiempo que abandonara el experimento para buscar un empleo serio.

Vivian habló de aquellos años sin detenerse demasiado en el cansancio, pero Chase parecía entender lo que no decía: las horas dedicadas a atender clientes y mantener en funcionamiento una empresa que todavía no contaba con el prestigio suficiente para sostenerlas.

—¿Tu madre alcanzó a ver cómo crecía la agencia? —preguntó él.

Vivian empezó a rasgar una servilleta mientras recordaba que Chase ya sabía que había muerto. Él miró el gesto, pero no le dijo nada.

—Sí. Al principio seguía preguntándome cuál era mi alternativa si todo salía mal, pero dejó de hacerlo cuando empezaron a llegar clientes importantes. En su lenguaje, eso equivalía prácticamente a una ovación.

Una sonrisa breve le rozó la boca.

—Había encontrado una docena de cosas que todavía podíamos mejorar, pero estaba orgullosa. A veces quisiera que pudiera verlo ahora.

Chase permaneció en silencio, dejándole espacio antes de preguntar:

—¿Tu padre continúa en Chicago?

—Se mudó con mi madre fuera de la ciudad hace unos años.

Sus años dorados, decía, cuando compraron ilusionados esa casa que los acompañaría en la vejez.

Tiene un jardín enorme y ahora demasiado tiempo libre para preguntarme cuándo pienso visitarlo.

Clara y yo intentamos verlo con frecuencia, aunque todavía hay días en que parece no saber qué hacer dentro de una casa donde mi madre ya no está.

Chase apoyó el brazo sobre la puerta.

—¿Y tú?

Vivian miró de nuevo hacia el agua. Podía haber respondido cualquier cosa menos la verdad, pero la noche había dejado de exigirles esa clase de precauciones.

—También estoy aprendiendo.

—Recuerdo que en Nueva York me dijiste que algunas veces todavía buscabas el teléfono para llamarla.

La opresión apareció antes de que Vivian pudiera evitarla. Había olvidado aquella confesión, o quizá solo había preferido creer que Chase también la olvidó.

—Ya no ocurre con tanta frecuencia.

—Pero todavía ocurre.

Vivian asintió. Cuando lo miró, no encontró lástima en su expresión. Solo la misma atención serena con la que la había escuchado aquella noche, cuando él todavía era un desconocido y ella podía permitirse decir cosas que no sabía cómo compartir con nadie más.

—Creo que le habrías caído bien —dijo Vivian—. Habría discutido contigo durante una hora y después habría llamado a Clara para contarle que eras insoportable.

Chase tomó otra papa, pero la tensión había abandonado sus facciones.

—Parece una forma de aprobación bastante particular.

—En mi familia era casi un homenaje.

Hablar de Clara condujo a Sofía y Emma, sus sobrinas. Chase le contó que su hermana Charlene tenía dos hijos de edades parecidas y que, cuando se reunían todos en familia, los niños tardaban menos de diez minutos en hacerse dueños de la casa.

—No te imagino entregando el control con tanta facilidad —comentó Vivian.

—Mi sobrino utilizó una vez mi chaqueta como servilleta después de comer un pastel de chocolate. Tristán, mi hermano menor y yo aprendimos que algunas batallas solo empeoran cuando intentas ganarlas.

La imagen de Chase Mercer huyendo de dos niños cubiertos de chocolate resultaba demasiado satisfactoria. Vivian sonrió y dejó que la conversación siguiera avanzando.

Él admitió que detestaba los recitales de cámara a los que Margaret lo arrastraba durante la adolescencia.

Vivian necesitaba música para trabajar y podía escuchar la misma canción durante horas cuando intentaba concentrarse.

De la música pasaron a la comida y Chase reconoció que cualquier postre con canela podía hacerle perder parte de la sofisticación que los demás le atribuían.

—Las mías son fáciles de descubrir —dijo Vivian—. Pastel de limón y café con leche con vainilla.

Chase permaneció observándola.

—Lo del limón ya lo sabía. Me lo contaste en Nueva York. Dijiste que lo preferías a cualquier postre de chocolate.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Vivian antes de que pudiera contenerla. No era solo que Chase recordara la conversación. Recordaba un detalle absurdo, perdido en medio de una noche que ambos llevaban semanas intentando reducir a un antecedente incómodo.

—El café con vainilla es información nueva —añadió él.

Vivian llevó su bebida a los labios, aunque ya casi no quedaba hielo.

La mirada de Chase siguió sobre su rostro. Vivian consultó la hora y descubrió que habían pasado casi cuarenta minutos. Le sorprendió menos el tiempo transcurrido que la poca prisa que sentía por marcharse.

Chase también miró el reloj.

—Deberíamos regresar a Il Lucca antes de que el encargado crea que abandonaste tu coche.

Vivian recogió los envoltorios.

—Supongo que no sería la primera clienta que desaparece después de una cena decepcionante.

—La cena no estuvo tan mal.

Vivian levantó la mirada.

—Lo sé.

Chase la miró con atención antes de tomar la bolsa de sus manos.

—Voy a tirar esto.

Vivian lo vio alejarse hacia uno de los contenedores. Había aceptado acompañarlo pensando que hablarían de Camille y decidirían cómo organizar el encuentro con Elena. Sin embargo, llevaban casi una hora sin mencionar a ninguna de las dos.

Cuando Chase regresó, no retomó la conversación. Encendió el motor y emprendieron el camino de vuelta.

El movimiento frente a Il Lucca había disminuido. El encargado del estacionamiento reconoció a Vivian y fue a buscar su automóvil mientras ella permanecía junto a Chase bajo el toldo de la entrada.

—Gracias por la hamburguesa.

—Conozco otro sitio al que me gustaría llevarte.

Vivian apoyó una mano sobre el bolso y lo miró.

El automóvil apareció frente a la entrada antes de que respondiera.

—Buenas noches, Chase.

—Buenas noches, Vivian.

Caminó hacia su coche sin volver la cabeza. Solo cuando se sentó al volante reconoció lo fácil que había sido quedarse allí con él, hablando de sus familias y de cosas que ninguno necesitaba saber del otro para cumplir con el trabajo.

Camille le había gustado a Chase. Él mismo se lo había dicho y, sin embargo, después de aquella cena había elegido prolongar la noche con ella.