CAPÍTULO 9
El restaurante Il Lucca ocupaba el primer piso de un antiguo edificio icónico en la ciudad. El reservado destinado a Chase y Camille se encontraba al final de un pasillo, separado del salón principal, y el personal había recibido instrucciones precisas sobre la privacidad de ambos.
Vivian ocupó una mesa en el entresuelo. Chase le había pedido que permaneciera en el restaurante hasta que terminara la cena porque quería compartir sus impresiones esa misma noche, mientras aún conservaba frescos los detalles del encuentro.
Ella aceptó con la condición de mantenerse lo bastante lejos para que Camille y él pudieran hablar sin sentirse observados.
Llevaba pantalones negros y una blusa de seda color borgoña.
Había tardado más de lo habitual en decidir qué ponerse, cambiándose una y otra vez frente al espejo, buscando en cada prenda algo que la hiciera sentirse menos insegura.
Al final, había elegido aquella combinación casi por descarte, aunque sabía que el problema no estaba en la ropa.
Por más que intentara convencerse de lo contrario, llevaba toda la noche preguntándose qué impresión causaría en él y era una estupidez: estaría en aquel lugar para emparejarlo con otra mujer; no debía olvidarlo.
Unos minutos antes de las ocho vio entrar a Chase.
Vestía un traje azul oscuro y una camisa blanca abierta en el cuello. Recorrió el salón con la seguridad de quien estaba acostumbrado a encontrar todo preparado a su llegada, pero redujo el paso cuando la descubrió en el entresuelo.
Sus ojos descendieron hasta la blusa antes de regresar al rostro de Vivian.
El gesto duró apenas un instante. Fue suficiente para que ella se enderezara en la silla y rodeara con los dedos el tallo de la copa.
Chase llegó hasta la mesa.
—Te ves muy bien.
Era una apreciación directa que la dejó más expuesta de lo que habría conseguido cualquier comentario atrevido.
—Gracias. El reservado está preparado y el personal conoce las condiciones de privacidad.
La atención de Chase permaneció en ella más de lo prudente antes de tomar asiento.
—Pensé que esperarías en el vestíbulo.
—Desde aquí puedo trabajar mientras cenan y estar disponible cuando terminen. Camille sabe que me quedaré en el restaurante.
Él miró la copa de vino y después la tableta situada junto a ella.
—Veo que pensaste en todo.
—Es parte del servicio por el que estás pagando.
La frase devolvió la conversación al terreno profesional. Vivian alcanzó la copa y tomó un sorbo, consciente de que había necesitado recordárselo tanto a él como a sí misma.
El maître se acercó a la mesa.
—Señor Mercer, señorita Cole, la señorita Laurent acaba de llegar.
Vivian volvió la cabeza hacia el vestíbulo.
Camille avanzaba acompañada por una empleada del restaurante.
Era alta y elegante, con el cabello cobrizo recogido en un moño bajo y un vestido verde oscuro que resaltaba la claridad de su piel.
La serenidad que transmitía en las fotografías adquiría otra fuerza en persona.
Estaba acostumbrada a subir a un escenario ante cientos de desconocidos y esa seguridad aparecía en su manera de moverse, sin necesidad de llamar la atención para conseguirla.
Chase se puso de pie.
Vivian observó el instante en que Chase reparó en Camille. El interés apareció en su expresión con una claridad imposible de confundir. Era una reacción natural; Camille era hermosa y poseía exactamente la clase de presencia con la que podría desenvolverse en el mundo de los Mercer.
Aun así, los dedos de Vivian se cerraron con más fuerza alrededor de la copa.
Se levantó cuando Camille llegó hasta ellos.
—Me alegra verte. Camille Laurent, quiero presentarte a Chase Mercer.
Camille le ofreció la mano.
—Vivian me envió tu perfil y confieso que me dejó con varias preguntas. Imagino que esta noche descubriremos cuánto se parecen esos documentos a las personas que los respondieron.
Chase estrechó su mano y la sostuvo el tiempo correcto, sin convertir el gesto en una demostración.
—Después de contestar las preguntas, sospecho que un cuestionario no siempre presenta la mejor versión de una persona.
Camille sonrió.
—Eso sería un alivio. Estuve a punto de abandonar el mío cuando empezó a preguntar cómo imaginaba mi vida dentro de diez años.
—¿Y qué respondiste?
—Que todavía intento organizar la próxima semana.
La risa de Chase fue breve, pero auténtica.
Vivian reconoció al hombre del bar de Nueva York. Verlo utilizar aquella facilidad en el trato con Camille produjo una presión desagradable bajo sus costillas.
Se obligó a concentrarse en la presentación.
—El reservado está preparado. A partir de este momento, la cena les pertenece.
Camille asintió.
—Eso suena bastante mejor que otra entrevista.
Chase dirigió una última mirada hacia Vivian.
—¿Seguirás aquí cuando terminemos?
—Como acordamos.
Él sostuvo sus ojos antes de ofrecerle el brazo a Camille y acompañarla hacia el reservado.
Vivian regresó a su silla. Desde el entresuelo vio a Camille decir algo mientras caminaban. Chase inclinó la cabeza para escucharla y respondió con una expresión que consiguió hacerla sonreír de nuevo.
La puerta del reservado se cerró tras ellos.
Vivian miró la copa que todavía sostenía. Camille había causado una buena impresión inmediata y Chase parecía dispuesto a conocer a la mujer detrás del perfil. Perfect Match estaba haciendo exactamente el trabajo para el que había sido contratada.
Tomó un sorbo de vino. Le supo más ácido que antes.
• • •
Camille Laurent consiguió sorprenderlo.
Durante la primera hora de la cena habló de su trabajo con una seguridad tranquila.
Le contó sobre las negociaciones que mantenía con una fundación europea para financiar programas musicales en escuelas públicas y defendió su decisión de continuar viviendo en Estados Unidos, aunque su familia prefería que regresara a Francia.
—Me sorprende que eligieras Chicago cuando podrías trabajar en París —comentó Chase—. La mayoría de las personas que conozco pasaría años buscando una excusa para instalarse allí.
Camille dejó la copa sobre la mesa.
—Mis padres fueron diplomáticos. Nos mudamos tantas veces que dejé de pensar en los países como lugares a los que una persona pertenece para siempre.
Cuando llegamos a Estados Unidos, yo quería estudiar en Juilliard y ellos ya empezaban a considerar el regreso a París.
Después vinieron los conciertos y una vida que construí aquí.
Mi familia decidió que ha llegado el momento de casarme, pero eso no significa que también pueda decidir dónde debo vivir.
Vivian había acertado. Camille poseía una carrera propia y carecía de interés en utilizar el apellido de un hombre para justificar sus decisiones.
A Chase le gustaba. Era hermosa y tenía una seguridad que no necesitaba imponerse a nadie.
Durante la cena se descubrió prestándole atención por verdadero interés y no porque estuviera evaluando una candidata elegida por Perfect Match.
También podía imaginarla desenvolviéndose sin dificultad durante una cena con inversionistas o cualquier compromiso familiar.
Cuando Camille sonrió después de una de sus preguntas, Chase pensó que Vivian había hecho bien su trabajo.
El camarero retiró los platos principales. Camille esperó a que volvieran a quedarse solos antes de apoyar los antebrazos sobre la mesa.
—Hemos hablado bastante sobre carreras y compromisos. Hay algo que me gustaría entender antes de decidir si vale la pena continuar.
—Te escucho.
—Imagina una noche cualquiera. Llegamos a casa después del trabajo y, por una vez, nadie espera nada de nosotros. No hay eventos ni personas observándonos. ¿Qué esperas encontrar cuando cierres la puerta?
La pregunta lo obligó a pensar más de lo previsto.
—Una relación tranquila. Una casa compartida y suficiente libertad para que ninguno de los dos tenga que abandonar lo que ha construido.
Camille hizo girar la copa entre los dedos.
—Eso explica cómo organizarías la convivencia, pero todavía no sé cómo sería estar casada contigo.
Chase apoyó la espalda en el asiento.
—Busco una mujer que tenga una vida propia. Jamás le pediría que renunciara a ella para ocuparse de la mía.
—Lo valoro. Si quisiera convertirme en la esposa adecuada para alguna familia francesa, tendría candidatos de sobra esperándome en París. Acudí a Perfect Match porque quiero conservar mi independencia, pero también deseo compartir mi vida con alguien. Una cosa no excluye la otra.
Camille hablaba sin reproches ni intención de convencerlo. Solo quería comprender qué podía ofrecerle.
—Quiero una pareja con la que pueda cenar porque disfruto de su compañía —continuó—. Alguien con quien compartir una cama y construir una intimidad que nos pertenezca. El amor no tiene que existir antes del matrimonio, pero quiero dejar abierta la posibilidad de que llegue después.
Chase guardó silencio.
La propuesta era razonable. Camille tampoco esperaba una historia romántica desde el primer encuentro. Únicamente se negaba a fijar desde el principio un límite para lo que ambos pudieran sentir con el tiempo.
—Yo necesito saber cuáles son las expectativas antes de comprometerme —dijo—. Confiar en que dentro de varios años seguiremos deseando lo mismo me parece una apuesta demasiado grande.
—Las expectativas pueden estar claras y aun así cambiar. Nosotros también lo haremos.
—Precisamente eso intento evitar.
Chase no intentó imponerle nada durante la cena y parecía interesado en cuanto ella tenía que decir. Aun así, cuanto más hablaban, más evidente resultaba una diferencia que ningún cuestionario podía mostrar.
—Creo que ahí está el problema —dijo finalmente—. Tú quieres saber de antemano cómo funcionará una relación. Yo necesito sentir que algunas cosas podremos decidirlas juntos cuando lleguen.
Chase dejó la copa sobre la mesa.
—No pretendo decidir por la mujer con quien me case.