CAPÍTULO 6
Chase se quitó los guantes y los dejó caer sobre el banco.
Tenía la camiseta pegada a la espalda y la desagradable certeza de que golpear durante media hora un saco de arena no había servido para sacarse a Vivian Cole de la cabeza.
El club ocupaba varias plantas de un edificio privado a pocas calles del distrito financiero, con canchas cubiertas, piscina climatizada y una sala de boxeo reservada para los socios.
Todo allí estaba pensado para gente con poco tiempo y demasiado dinero.
—Si piensas asesinarlo, avísame para ocultar el cuerpo —dijo Marcus desde la entrada—. El pobre lleva varios minutos recibiendo golpes sin poder defenderse.
Chase tomó una botella de agua y bebió antes de responder. Marcus llevaba una toalla alrededor del cuello y todavía tenía el cabello mojado después de nadar. Se conocían desde la universidad y era uno de los pocos hombres capaces de encontrarlo de mal humor y aun así conservar todos los dientes.
—¿Revisaste la inversión?
—Buenos días para ti también.
—Marcus.
Su amigo se sentó en el banco y comenzó a secarse el cabello.
—La revisé. Los socios tienen capital suficiente y nadie parece estar escondiendo una demanda o una esposa con derecho a la mitad de la empresa. Puedes seguir adelante.
—Eso último habría aparecido en la revisión legal.
—Entonces no sé para qué continúas pagándome.
Chase recogió los guantes y se dirigió hacia los casilleros. Marcus lo siguió sin prisa.
La firma Croft se ocupaba de los asuntos que Chase prefería mantener lejos de los canales habituales de Mercer.
Marcus investigaba empresas y personas con una discreción que valía cada dólar de sus honorarios, aunque disfrutaba fingiendo que su principal ocupación consistía en entrometerse en la vida de su mejor amigo.
—También estuve revisando a Keller —añadió.
Chase se detuvo frente a su casillero. Su amigo se refería a uno de los competidores que más odiaba.
—¿Qué encontraste?
—Regresó a Chicago hace varios días. Ha tenido reuniones con dos grupos interesados en contratos que Mercer consideraba bastante seguros. Todavía no hay nada fuera de lo normal, pero Keller nunca vuelve a una ciudad para admirar el jodido paisaje.
El nombre bastó para que Chase olvidara por un momento a Vivian. Abrió el casillero y sacó la ropa limpia.
—Mi equipo está siguiendo sus movimientos.
—Tu equipo sabe lo que Keller permite que se sepa. Yo buscaré lo demás. —adujo Marcus.
Chase asintió. No necesitaba darle más instrucciones. Marcus conocía la historia y sabía lo que estaba en juego.
—Avísame si encuentras algo.
—Lo haré. Ahora que terminamos con los negocios, cuéntame cómo resultó la reunión en Perfect Match.
Chase cerró el casillero con más fuerza de la necesaria.
Debió imaginar que Marcus no había ido hasta el exclusivo club únicamente para hablar de una inversión. Fue él quien investigó Perfect Match y también quien escuchó, un año y medio atrás, la escasa información que Chase pudo darle sobre la mujer que desapareció de su habitación en Nueva York.
—Firmé el contrato con la agencia.
Marcus volvió a sentarse en uno de los bancos desperdigados por el lugar.
—¿Y cuándo conocerás a la primera candidata?
Chase tardó en responder. Decirlo en voz alta haría todavía más absurda la situación.
—La directora de Perfect Match es Vivi.
Marcus dejó de mover la toalla.
—¿La mujer de Nueva York?
—Su nombre es Vivian Cole.
El desconcierto de su amigo duró el tiempo que tardó en comprender sus palabras. Después se echó a reír, tanto que tuvo que levantarse del banco mientras se doblaba de la risa y aguantaba la mala cara de Chase.
—Déjame entenderlo —señaló cuando se calmó, aunque el gesto burlón aún estaba en su semblante—. La mujer que te abandonó en tu habitación de hotel como quien no quiere volver a repetir un polvo es la misma que va a encontrarte esposa…
—Se encargará de dirigir la búsqueda. Eso es todo.
—Para ti, quizá. —Marcus negó con la cabeza y golpeó sus rodillas con las palmas sin dejar de reírse—. Yo llevo años sin escuchar algo mejor.
Chase entró en las duchas y abrió el grifo. El agua fría le golpeó la nuca. Marcus continuó hablando desde el otro lado, demostrando que ni una pared ni el sonido del agua iban a librarlo de aquella conversación.
—¿Ella sabía quién eras?
—No tenía idea.
—Una base excelente para pasar la noche con alguien.
—En ese momento fue suficiente.
Había sido mucho más que suficiente. Todavía recordaba la risa de Vivian, su jodida boca cuando lo miraba en aquel bar, sin saber cuánto dinero tenía ni qué apellido aparecería al día siguiente en los periódicos económicos.
Chase cerró el agua y salió de la ducha. Marcus le lanzó una toalla limpia.
—¿Cuándo te entregará los perfiles?
—Esta semana me enviará la información de los perfiles.
Marcus se acercó a su casillero y empezó a sacar su ropa que dejó sobre una superficie.
—¿Y después?
—Tendremos que revisarlas antes de que organice la primera cita.
—¿Con Vivian?
Chase tomó la camisa limpia y lo miró de mala manera.
—Ella está manejando mi cuenta; tiene que explicarme por qué las eligió.
Marcus bebió de su botella sin molestarse en disimular la expresión.
—Por supuesto. Estoy seguro de que tu interés se limita por completo a sus criterios profesionales.
—Puedes ahorrarte el comentario.
—Ya lo hice porque tenía otro peor.
Chase comenzó a vestirse. La camisa se le pegó a la espalda todavía húmeda y tuvo que quitársela y volver a intentarlo mientras Marcus lo observaba con una diversión que empezaba a cansarlo.
—Vivian aceptó la cuenta porque su agencia necesitaba un cliente de este nivel —dijo Chase—. Yo la contraté porque Perfect Match tiene las mejores referencias. Tú me las diste. Lo ocurrido en Nueva York terminó aquella mañana.
—¿Y llevas dieciocho meses recordándolo porque terminó?
Chase se volvió hacia él.
—Llevo dieciocho meses recordando que se marchó sin decir una palabra. Hay una pequeña diferencia.
Marcus perdió parte de la sonrisa.
—Por lo que sé, hay dos socias más; cualquiera de ellas está capacitada para dar el mismo resultado.
Chase terminó de colocarse el pantalón y ponerse la correa.
—Nop, quiero que sea ella.
—Espero que sepas lo que haces al insistir en que sea ella quien maneje tu cuenta.
Volver a verla había sido como recibir un golpe y de pronto aparecer en otra dimensión.
Él había reducido aquella noche a algo excepcional, pero la mujer de Perfect Match no tenía nada de recuerdo.
Seguía provocándole la misma atracción incómoda, solo que ahora conocía su apellido y había descubierto que podía irritarlo con la misma facilidad con la que conseguía mantener toda su atención, y ahora iba a buscarle esposa.
¿A quién demonios le ocurría algo así? A él, por supuesto, solo a él.
Había algo profundamente absurdo en sentarse frente a Vivian mientras ella decidía qué mujer podía encajar en su vida. No quería imaginarla estudiando candidatas, haciéndole preguntas sobre compatibilidad y futuro cuando ella tenía una ventaja sobre cualquiera de ellas.
—Es la mejor en lo que hace.
Marcus asintió lentamente sin dejar de mirarlo con sorna.
Tenía una reunión antes de las nueve y suficiente trabajo acumulado para olvidarse de aquella conversación.
—Entonces no tenemos nada más que discutir. —concluyó Marcus.
La manera en que aceptó sus palabras le resultó a Chase más molesto que sus bromas.
Chase terminó de anudarse la corbata frente al espejo. Phillip buscaba un motivo para cuestionarlo ante la junta, Keller había regresado a Chicago y, dentro de seis meses, necesitaba tener resuelto el único aspecto de su vida que ambos podían utilizar en su contra. Eso era lo importante.
Vivian le mostraría los perfiles de las mujeres compatibles con él. Escogería con quién comenzar y permitiría que Perfect Match hiciera el trabajo por el que estaba pagando.
Sencillo.
• • •
Media hora después, Chase cruzó el vestíbulo de la Torre Mercer con el cabello todavía húmedo mientras organizaba el día en su cabeza.
Evelyn lo esperaba al salir del ascensor.
—El informe de la Costa Este está listo para tu firma y Legal envió las correcciones de Seattle. Los auditores adelantaron la reunión a las once por petición de Phillip. Tu padre también llamó para confirmar la cena del viernes.
Evelyn trabajaba con él desde hacía diez años y poseía la habilidad de comunicar una mañana completa de problemas antes de que Chase llegara a su despacho.
—Dile a mi padre que tengo que hablar con él. Necesito los balances revisados antes de la reunión con los auditores y, a partir de las cuatro, deja libre mi agenda. Necesito trabajar en una de las licitaciones.
Ella lo siguió al interior de la oficina y puso el café sobre el escritorio.
—Tienes dos reuniones programadas después de esa hora.
—Cámbialas para mañana. Quiero revisar esos documentos sin interrupciones.
—Me ocuparé de reorganizarlo.
—Gracias.
Evelyn salió del despacho y cerró la puerta.
Durante las horas siguientes Chase se concentró en el trabajo hasta que William Mercer llegó cerca de las dos.
Entró sin anunciarse y permaneció de pie frente al escritorio .
A sus sesenta y cinco años, seguía conservando una estampa alta y en forma, el cabello ya entrecano y la misma mirada de ojos verdes exactos a los de su hijo.
Chase dejó de leer.
—Por tu expresión, supongo que no vienes a recordarme la cena.
—Adjudicaron la licitación esta mañana.
Chase esperó. Habían trabajado cinco meses en aquella propuesta para una serie de complejos residenciales auspiciados por el gobierno, en varias ciudades del país, y llegaron a la etapa final con una oferta fuerte. Quizá demasiado ajustada para su gusto, pero suficiente para ganar.
—¿Quién se quedó con ella?
—Keller.
Chase giró hacia el computador y buscó el correo con los resultados de la adjudicación. Evelyn lo había marcado como prioritario, pero aún no había tenido tiempo de abrirlo. Una rabia sorda lo invadió. Keller no había llegado a Chicago por turismo.
Encontró la cifra ganadora y la comparó con la oferta de Mercer.
—¿Esta es la diferencia definitiva?
William tomó asiento frente a él.
—Menos de un punto.
Chase volvió a revisar los números. Keller había asumido un margen más reducido, aunque seguía dentro de lo razonable.
Lo inquietante era la cercanía a su propia cifra.
Podía haber presentado una propuesta mucho más agresiva y asegurar el contrato, pero eligió la cifra adecuada para superar a Mercer sin renunciar a más beneficios de los necesarios.
—Nos ganó por lo justo —dijo.
—También pudo calcular dónde estaría nuestro límite. Keller lleva suficientes años en este negocio para hacerlo.
—Lo sé.
Chase amplió la tabla y revisó las modificaciones de la última ronda. Había perdido negociaciones antes. Algunas por precio, otras porque el competidor asumió riesgos que él prefirió evitar. Formaba parte del negocio y jamás le había costado reconocer cuando alguien presentaba una propuesta mejor.
Aquella cifra le molestaba.
—¿Quién conocía nuestra oferta final?
William se recostó en la silla.
—El departamento de Finanzas y los dos vicepresidentes encargados del proyecto. Tú y yo.
—Una lista corta.
—También una lista de personas que llevan años trabajando con nosotros.
Chase se levantó y caminó hasta el ventanal. Marcus acababa de advertirle que Keller se movía alrededor de contratos que Mercer consideraba seguros. Unas horas después descubría que ya se había quedado con uno de ellos.
Podía ser una coincidencia. También podía ser una advertencia.
—Quiero que reconstruyan las últimas cuarenta y ocho horas de la licitación —decidió—. Accesos al sistema y comunicaciones con los asesores externos. Sin acusaciones y sin interrogar a nadie todavía.
—¿Piensas que conocía nuestra cifra?
—Pienso que vale la pena averiguar cómo llegó a la suya.
William permaneció sentado. Chase reconoció esa expresión: su padre todavía tenía algo que decir y estaba escogiendo las palabras, una costumbre que rara vez anunciaba buenas noticias.
—Phillip solicitó una sesión extraordinaria del comité —informó finalmente—. Quiere revisar las dos operaciones que se complicaron este trimestre y discutir la estrategia antes de la próxima junta.
Chase soltó una carcajada seca. Ni siquiera habían transcurrido unas horas desde la adjudicación y su tío ya preparaba el escenario para convertir la derrota en una prueba de incompetencia.
—Una operación se retrasó y esta la perdimos por menos de un punto. Phillip conoce la diferencia.
—Claro que la conoce. También sabe que la votación para ratificarte se acerca y piensa utilizar todo lo que encuentre.
Chase apoyó una mano sobre el escritorio.
—A veces me pregunto si recuerda que la empresa también lleva su apellido.
—Lo recuerda. Esa es precisamente la razón por la que continúa resentido.
Chase regresó a su silla y volvió a mirar la propuesta ganadora.
—Los resultados de Mercer están por encima de las proyecciones y una licitación no cambia el trimestre.
—Procura recordar eso cuando Keller aparezca en la conversación.
La advertencia consiguió que Chase levantara la cabeza y guardara silencio.
—Precisamente por eso revisaré los hechos antes de sacar conclusiones. Si Keller ganó porque hizo mejor su trabajo, lo aceptaré. Si alguien le entregó nuestra cifra, voy a descubrirlo.
Su padre asintió y se levantó.
—Esa es la respuesta que debes dar en el comité.
—No necesito que me prepares para enfrentar a Phillip.
William llegó hasta la puerta, pero se detuvo antes de abrirla.
—No. Lo que necesitas es dejar de creer que sabes hasta dónde está dispuesto a llegar.
Cuando se quedó solo, Chase llamó a Evelyn y ordenó la revisión interna. Después avisó a Marcus para que ampliara la investigación sobre Keller. Las instrucciones ocuparon pocos minutos.
La irritación permaneció mucho más tiempo.
Trabajó hasta las cuatro sin levantar la cabeza. Entonces miró el reloj. Vivian había prometido enviar los perfiles esa semana, la paciencia no era uno de sus fuertes.
Esperaba conocer a las candidatas. Eso era todo.
A las cuatro y treinta entró el correo de Perfect Match.