CAPÍTULO 5
Vivian llegó a su apartamento poco después de las siete. Se quitó los zapatos en la entrada y fue directo a la cocina, disfrutando del silencio de su casa.
Vivía en Lakeview, en un apartamento amplio de un edificio de ladrillo renovado, con ventanales altos y una sala que se inundaba de luz por las tardes.
Había elegido muebles de líneas sencillas y madera clara, con algunos toques de verde y fotografías de su familia repartidas sin demasiado orden por las estanterías.
La cocina se abría hacia la sala y era probablemente la parte menos impecable de la casa: una taza junto al fregadero y alguna botella de vino empezada después de una semana complicada.
Era un lugar cómodo y cuidado, sin interés por impresionar a nadie.
Preparó una taza de manzanilla y acababa de sacar del refrigerador lo necesario para hacerse un sándwich cuando sonó el móvil.
—¿Qué planes tienes para esta noche? —dijo Clara tan pronto respondió.
—Estoy preparando un sándwich y pienso pasar el resto de la noche con un libro. Y no, no pienso salir de casa por si pensabas sugerirlo.
—Madre mía, Vivi. Estás dejándote llevar por el desenfreno.
Vivian sonrió mientras sacaba el pan.
—Ya ves. Soy una salvaje.
Al fondo se escuchó un golpe, seguido por el grito indignado de una de las niñas.
—¿Qué ocurrió?
—Sofía asegura que Emma entró en su habitación sin permiso. Emma sostiene que la puerta estaba abierta y que eso convierte todas las muñecas en propiedad pública. Llevo veinte minutos intentando explicarles el concepto de compartir.
—Podrías dividirlas en partes iguales.
—Son treinta y dos muñecas, Vivi. No pienso negociar cuál de ellas duerme esta noche en cada habitación.
La voz de Emma volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca del teléfono. Clara respondió con esa calma que utilizaba cuando estaba a punto de perder la paciencia y, después, regresó a la llamada.
—Papá preguntó si piensas visitarlo antes de Navidad. Le dije que sí, pero no me atreví a especificar el año.
Vivian cerró la puerta del refrigerador con la cadera.
—He tenido mucho trabajo.
—Siempre tienes mucho trabajo. Las niñas preguntan por ti y papá está a punto de comenzar a llamar personalmente a tu oficina. Sabes que lo hará.
Lo sabía. Su padre podía esperar durante semanas y, de pronto, presentarse en Perfect Match con la excusa de invitarla a almorzar. Para entonces ya habría llamado a Clara y averiguado a qué hora terminaba su última cita.
—Voy a organizarme para visitarlo este fin de semana.
—Lo recordaré cuando el sábado me digas que surgió una emergencia.
Vivian puso el sándwich en la plancha.
—Esta vez iré.
Hubo una pausa al otro lado.
—Ahora cuéntame qué te ocurrió. Tienes esa voz que utilizas cuando alguien te ha hecho discutir durante demasiado tiempo.
La imagen de Chase apareció sin permiso: los ojos verdes y la forma en que había mirado su boca antes de abandonar el despacho. Vivian bajó el fuego.
Clara sabía que durante el viaje a Nueva York había conocido a alguien, aunque Vivian nunca le contó demasiado. Explicarle ahora que aquel desconocido acababa de aparecer en Perfect Match buscando esposa requeriría una conversación para la que no tenía energía.
—Acepté un cliente difícil. Cree que puede planear un matrimonio de la misma forma en que planea sus negocios.
—Pobre mujer.
—Todavía no existe.
—Mejor para ella.
Vivian soltó una carcajada. Antes de que pudiera responder, Clara protestó porque Emma había aparecido con pintura azul en el cabello y se despidió con la promesa de llamarla al día siguiente.
La sala recuperó el silencio.
Vivian cenó frente al ventanal y luego se acomodó en el sofá con el libro que había comenzado la noche anterior. Leyó cuatro páginas sin enterarse de nada. Cada vez que intentaba concentrarse, regresaba a la reunión con Chase.
Estaba a punto de abandonar la lectura cuando recibió la notificación de un correo. El remitente pertenecía al bufete de abogados de Mercer Development Group.
Abrió el archivo adjunto.
Habían aceptado las modificaciones de Perfect Match. El correo incluía la confirmación de la transferencia que se haría al día siguiente y una copia del contrato firmado por Chase.
Vivian volvió a revisar las páginas.
Había esperado otra negociación, alguna cláusula discutida hasta el último término. En cambio, Chase había hecho exactamente lo que dijo que haría.
Eso no encajaba demasiado bien con la opinión que se había formado de él aquella tarde.
Dejó el móvil sobre la mesa y volvió al libro, pero, por el cansancio, después de dos páginas lo cerró.
• • •
A las ocho de la mañana, Chase entró en el despacho con un traje color carbón y una corbata oscura perfectamente anudada. Las leves sombras bajo sus ojos sugerían que había dormido poco. Llevaba una mano metida en el bolsillo del pantalón.
Vivian miró el reloj de la pared y lo invitó a tomar asiento.
—Veo que la puntualidad tampoco admite negociaciones.
—No cuando tengo mi mañana tapizada de reuniones.
Chase se acomodó en la silla y la observó con gesto serio.
— Mis abogados te enviaron anoche el contrato con las modificaciones.
—Lo recibí.
—También debes tener la confirmación del pago.
—La acabo de recibir.
Vivian sacó un dosier azul del cajón. Había llegado temprano para preparar la evaluación antes de que apareciera Chase y ya empezaba a lamentar haber aceptado aquella cita. Él la afectaba, debió dejarlo en manos de Sloane y ser ella la que se desterrara a San Francisco.
Él miró los papeles que ella colocó delante de él.
—Supongo que ahí están los primeros perfiles.
—Todavía no. Antes necesito saber a quién pretendo presentarles.
Chase revisó el documento. La primera página contenía el cuestionario de Perfect Match; las siguientes, las pruebas de compatibilidad y una autorización para verificar algunos datos personales. Pasó dos hojas antes de levantar la vista.
—Son cincuenta preguntas.
—Cincuenta y cuatro.
Chase miró a Vivian y negó con la cabeza.
—Ya entregué un informe completo sobre mi vida y las características que considero necesarias en una pareja. ¿Qué esperas averiguar preguntándome quién cocina en casa o cuánto tiempo necesito estar solo?
—Tu informe explica qué mujer quieres. El cuestionario me permitirá saber si esa mujer podría vivir contigo sin arrepentirse al cabo de una semana.
Chase dejó la evaluación encima del escritorio.
—Creí que ustedes realizarían el trabajo.
—Esto es parte del trabajo. Dos personas pueden tener mucho en común y ser incapaces de compartir una casa. Necesito conocer tus horarios y cuánto espacio estás dispuesto a hacerle a otra persona en tu vida.
Él la miró con atención. Vivian sostuvo la mirada, aunque no pudo evitar recordar que conocía algunos detalles que jamás aparecerían en aquel formulario.
Sabía que dormía del lado izquierdo de la cama y que, incluso dormido, la había buscado cuando ella intentó apartarse.
Un nudo de ansiedad en el estómago la asaltaba desde la noche anterior.
Nada de aquello servía para encontrarle esposa.
—¿Piensas mirarme mientras respondo? —preguntó Chase.
Ella tomó la esquina de una hoja de papel y empezó a partirla en pedazos.
—Algunas preguntas necesitan más que un sí o un no.
Él volvió a los papeles, no sin antes observar sus manos: a lo mejor recordaba ese mismo gesto de su noche en Nueva York.
—Por supuesto. Nada podía ser tan sencillo como marcar unas casillas.
Esbozó una sonrisa casi imperceptible. Chase tomó la pluma y comenzó a llenar el cuestionario. Contestaba sin vacilar, aunque algunas preguntas le parecían absurdas y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo, hasta que se detuvo en una de las últimas páginas.
—«¿Qué comportamiento serías incapaz de tolerar dentro de una relación?»
La pluma permaneció suspendida sobre el papel.
Hasta ese momento había respondido con una seguridad disfrazada de ironía. Vivian esperó.
—No toleraría que alguien me diera su palabra sabiendo que piensa hacer otra cosa —dijo finalmente—. Una persona puede cambiar de opinión o terminar una relación. Lo que no aceptaría es que me prometiera lealtad y esperara a que me diera la espalda para traicionarme.
La ironía había desaparecido de su voz.
Chase bajó la mirada y escribió una sola palabra.
Traición.
Vivian no preguntó nada más. Era evidente que aquella elección tenía poco de hipotética.
Unos minutos después, Chase entregó la evaluación.
—¿Cuándo conoceré a las candidatas?
—Primero estudiaremos tus respuestas y veremos cuáles de nuestras clientas podrían estar interesadas en tu propuesta. Después haremos las verificaciones necesarias. No organizaré una cita hasta estar segura de que ambos saben qué pueden esperar.
—Necesito avanzar con rapidez. Dentro de seis meses la junta decidirá si continúo al frente de Mercer y quiero estar en una relación seria antes de la votación.
Vivian levantó la vista del cuestionario.
—¿Qué tiene que ver una relación con la junta?
Chase se acomodó en la silla.
—Algo que ocurrió hace dos años sigue siendo un argumento contra mi ratificación. No pienso comprometerme con una mujer para mejorar mi imagen, pero tampoco voy a fingir que el momento en que decidí buscar una relación es casual.
Vivian dejó el cuestionario sobre el escritorio.
—¿Qué ocurrió hace dos años?
Chase calló.
—Permití que un asunto personal interfiriera con una negociación importante. Mi tío considera que eso demuestra que no debería estar al frente de Mercer.
—¿Y tú?
La pregunta pareció tomarlo por sorpresa.
—Yo no pienso cometer el mismo error dos veces.
Por fin le estaba diciendo algo que no figuraba en los documentos preparados por sus abogados.
—Seis meses no es mucho tiempo.
—Por eso contraté una agencia que se supone sabe lo que hace —Vivian arqueó una ceja, lejos de sentirse ofendida por sus palabras—. Confío en los resultados. Todavía estoy evaluando a la directora.
Estuvo a punto de responder, pero él señaló los documentos.
—Espero los primeros perfiles esta semana.
Salió del despacho antes de darle oportunidad de contestar.
Vivian miró el cuestionario, una palabra destacaba por el tiempo que le había tomado ponerla sobre el papel.
Traición.
Hasta esa mañana había interpretado las condiciones de Chase como una necesidad de control. Ahora empezaba a preguntarse qué había detrás de ellas.