CAPÍTULO 4
Chase se tomó su tiempo para levantarse. Vivian esperó que volviera a discutir; estaba preparada para defender su decisión y, si era necesario, pedirle que se marchara.
Chase rodeó la silla con una calma que consiguió alterarla más que cualquiera de sus palabras.
Al pasar a su lado, el olor de su colonia despertó un recuerdo inmediato: Chase acariciándola y aquella voz ronca pronunciando un nombre que no era exactamente el suyo.
Vivi.
Durante meses había conseguido convencerse de que aquella noche había sido el resultado del duelo y una necesidad desesperada de sentirse viva. Tenerlo de nuevo frente a ella complicaba bastante esa explicación.
Chase se detuvo junto a la puerta.
—Después de Nueva York imaginé algunas cosas que podría decirte si volvía a encontrarte. Ninguna incluía pedirte que me consiguieras esposa —soltó la frase con sarcasmo—. Tampoco que fueras tú quien decidiera si estoy en condiciones de conseguirla.
Vivian apoyó una mano en el borde del escritorio. Seguía molesta con él, pero la situación tenía un punto absurdo que resultaba imposible ignorar.
—Yo tampoco imaginé que volvería a verte sentado en mi oficina pidiéndome que te buscara una.
Los ojos de Chase descendieron hasta su boca y permanecieron allí un instante antes de regresar a sus ojos.
—Y lo de encontrarte una esposa —le recordó ella—, todavía está por verse.
Chase asintió y salió. Así que su apellido era Mercer. El desconocido que la había hecho reír, cuando atravesar un día completo sin pensar en su madre parecía imposible, resultó ser uno de los empresarios más conocidos de Chicago.
Seguía siendo desesperante y demasiado atractivo, y quería que ella le encontrara una esposa.
Era la situación más absurda con la que se había topado en casi siete años de carrera.
Si le estuviera ocurriendo a cualquier otra persona, estaría riendo a carcajadas.
Había pensado en él durante ese tiempo; negarlo a estas alturas sería ridículo.
La vida tenía una forma bastante retorcida de vengarse de quienes se dedicaban a emparejar a los demás.
La puerta se abrió antes de que pudiera ordenar sus pensamientos.
Sloane Delaney entró primero, impecable en un traje cruzado color crema, con el cabello rubio platinado cayéndole en ondas suaves sobre los hombros.
Juliet Brennan apareció detrás de ella, más sobria, con un vestido terracota y el cabello castaño oscuro rozándole los hombros.
Era la mayor de las tres y su elegancia tenía poco que ver con la cuidada exuberancia de Sloane.
—¿Qué ocurrió con Mercer? —preguntó Juliet mientras cerraba la puerta—. Por la cara que llevaba al salir, la recepcionista está convencida de que acabas de echarlo.
Sloane ya había ocupado una de las sillas frente al escritorio. Cruzó las piernas y observó a Vivian con una curiosidad que ni siquiera intentó disimular.
—Ahora necesito saber qué hizo un hombre para conseguir que lo echaras en su primera entrevista.
Vivian tomó asiento disimulando su desazón.
—No lo eché. Rechacé las condiciones que prepararon sus abogados. Pretende encontrar esposa con un acuerdo que decide demasiadas cosas antes de que exista siquiera una mujer con quien negociarlas.
Sloane extendió la mano hacia los documentos.
—Déjame verlo.
Vivian se los entregó y decidió no mencionar Nueva York. Todavía estaba tratando de asimilar que Chase Mercer y el hombre con quien había intimado tiempo atrás eran la misma persona. Contárselo a sus amigas podía esperar.
Sloane avanzó varias páginas, primero deprisa y después con mayor atención. Al llegar a una de las cláusulas, arqueó las cejas.
—Bueno. Al menos sabemos que el hombre piensa en todo.
—Ese más complicado que eso.
Sloane siguió leyendo antes de quitarse los lentes.
—Hay condiciones excesivas, pero el caso puede trabajarse si acepta nuestro proceso. Algunas mujeres podrían negociar buena parte de esto y, siendo justas, su aspecto tampoco va a perjudicarlo.
Vivian empezó a mover el lapicero sobre la libreta sin poderse sacudir la desazón por el encuentro.
—No busca una mujer dispuesta a aceptar cualquier cosa porque él sea atractivo.
—Ya lo sé. —Sloane sonrió apenas—. Y por fortuna tampoco tenemos mujeres dispuestas a perder el juicio porque un hombre tenga una buena apariencia.
Juliet, que había permanecido de pie junto al escritorio, tomó los papeles cuando Sloane se los ofreció.
—Mercer recurrió a Perfect Match porque no quiere una mujer cualquiera. Quiere una mujer capaz de encajar en la vida que ha diseñado.
Vivian hizo una mueca.
—Ahí está el problema. Diseñó la vida antes de conocer a la mujer.
Juliet hojeó un par de páginas.
—Entonces habrá que enseñarle que una esposa no se incorpora a una empresa cual nueva división.
Sloane sonrió.
—Eso quiero verlo.
Juliet dejó los papeles sobre el escritorio junto con la tableta que llevaba bajo el brazo. Después miró a Vivian a los ojos.
Vivian reconocía bien ese gesto.
—¿Qué ocurre?
Sloane arqueó una ceja antes de que dijera una palabra.
—Necesitamos hablar de San Francisco.
Vivian miró la tableta que Juliet acababa de encender.
—¿Qué pasó?
—La apertura está consumiendo más capital del previsto y el crecimiento de clientes ha sido mucho más lento —explicó Juliet—. Esta mañana el banco rechazó la ampliación del crédito.
Vivian acercó la pantalla. Habían revisado las cifras menos de un mes atrás. No eran buenas, pero la nueva proyección empeoraba considerablemente el panorama.
—Aquí calculamos diez clientes nuevos durante el primer mes.
Sloane se acomodó en la silla. La soltura con la que había comentado el caso de Chase desapareció.
—Entraron cuatro. La competencia redujo sus tarifas después de nuestra apertura y dos posibles clientes retiraron las solicitudes. Creí que recuperaríamos el ritmo antes.
La última frase perdió fuerza al final.
Había sido Sloane quien más había defendido la expansión a la Costa Oeste, pero las tres habían revisado las proyecciones y aprobado la inversión.
—Deja de lapidarte —dijo Vivian antes de que pudiera añadir algo—. La decisión fue de las tres.
Sloane apoyó la espalda en el respaldo y suspiró.
—Lo sé. Eso no significa que me guste haber sido la que más insistió.
Juliet deslizó un dedo por la pantalla.
—Buscar una culpable no mejora las cifras. Necesitamos decidir qué hacemos con ellas.
Vivian volvió al informe.
—¿Cuánto margen tenemos?
—Menos del que quisiera —respondió Juliet—. Podemos mantener la sede funcionando, pero necesitamos aumentar los ingresos durante los próximos meses o conseguir capital adicional.
Cerrar San Francisco tan pronto dañaría la reputación de Perfect Match y convertiría una inversión todavía recuperable en una pérdida. Tampoco querían incorporar un inversionista por una dificultad que podía ser temporal.
Vivian estudió de nuevo las cifras.
—Encontraremos una solución.
—Sí —dijo Sloane, inclinándose hacia el escritorio—. Preferiblemente antes de que Juliet empiece a mostrarnos proyecciones todavía más deprimentes.
Juliet levantó la vista de la tableta.
—Créeme, a mí tampoco me divierte prepararlas.
Sloane abrió la boca lista para responder, pero Juliet deslizó el dosier de Chase hacia Vivian.
—Mercer ha propuesto una tarifa considerable. No resolverá San Francisco, pero nos dará margen mientras la sede empieza a crecer.
Sloane apoyó un brazo en el escritorio.
—Podemos aceptar el caso sin aceptar sus condiciones. Si quiere trabajar con Perfect Match, tendrá que completar la evaluación como cualquier otro cliente y escuchar nuestras recomendaciones, aunque sospecho que esa parte será la más difícil.
Chase era un recuerdo que había conseguido guardar en un lugar bastante seguro de su vida. Ahora estaba sentado, metafóricamente hablando, en medio de su agencia y podía convertirse en uno de sus clientes más importantes.
Tomó el dosier y volvió a abrirlo.
—De acuerdo. Pero bajo nuestras reglas y revisaremos la tarifa. Si espera un proceso fuera de lo habitual, tendrá que pagarlo como tal.
Juliet sonrió.
—Eso suena bastante más razonable que echarlo.
Vivian levantó la vista.
—No lo eché.
Esta vez fue Sloane quien ocultó una sonrisa.
Vivian regresó a la primera página del documento y encontró la tarjeta de Chase entre los papeles. La estudió antes de marcar su número.
Al segundo tono ya estaba deseando que no contestara.
—Mercer.
—Habla Vivian Cole.
—No has tardado mucho.
La satisfacción en su voz la hizo apretar un poco más el teléfono.
—No confundas esta llamada con una victoria. Mis socias y yo hemos revisado tu caso y Perfect Match está dispuesto a aceptarlo, pero no trabajaremos con el documento que presentaste.
Al otro lado se escuchó el ruido del tráfico. Chase debía de continuar en el auto, quizá a pocas calles de la agencia.
—Entonces explícame qué propones.
Vivian repasó de nuevo el documento.
—Haremos la búsqueda bajo el proceso de Perfect Match. Las mujeres que te presentemos conocerán desde el principio la clase de relación que buscas y tendrán libertad para negociar sus propias condiciones. Si estás dispuesto a aceptar eso, podemos trabajar contigo.
Chase guardó silencio considerando sus palabras.
—Puedo aceptarlo.
Vivian alzó la vista hacia Sloane. Después de lo ocurrido en su despacho, había esperado bastante más resistencia.
—También tendrás que completar nuestra evaluación. No empezaremos la búsqueda hasta que conozcamos mejor al hombre al que pretendemos presentarles.
—Ya te entregué veinte páginas de información.
—Sobre la mujer que quieres —adujo ella—, de ti sabemos bastante menos.
Sloane alzó las cejas. Juliet no apartó los ojos de Vivian.
—¿Algo más? —preguntó Chase.
—Sí. Tu caso tendrá una tarifa extraordinaria —replicó ella con voz calma—: la búsqueda será más limitada y requerirá asesoría legal adicional.
Vivian le dio la cifra.
Sloane la miró sorprendida. Juliet levantó la cabeza de la tableta.
Chase no reaccionó.
—Envíame la nueva propuesta. Mis abogados la revisarán hoy mismo y, si refleja lo que acabas de explicarme, recibirás el primer pago mañana.
Vivian dudó antes de responder. Había elegido una cifra que esperaba que él discutiera y Chase acababa de aceptarla como si le hubiera informado la hora.
Aquello no era un capricho para él.
—La evaluación será personal —aclaró—. Tus abogados no podrán responder por ti.
—Estaré en tu despacho a las ocho.
Vivian miró la agenda.
—La oficina abre a las ocho y media.
—Después de esa tarifa, puedes hacer una excepción.
Tuvo que contener una frase que probablemente no convenía dirigir a un cliente.
—A las ocho. Te enviaré la documentación esta tarde.
Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre el escritorio.
Juliet seguía mirándola.
—Acabas de cobrarle casi el doble de nuestra tarifa más alta.
—Su caso requerirá más trabajo y una búsqueda mucho más específica. La cifra está justificada.
Vivian había esperado que Chase discutiera el precio y había vuelto a calcularlo mal.
Sloane tomó la tableta y revisó nuevamente las proyecciones de San Francisco.
—Esto nos dará margen mientras corregimos gastos y aumentamos la captación de clientes.
La ligereza desapareció de la conversación. Vivian volvió a mirar las cifras.
—Seguimos necesitando resolver el problema de fondo.
—Lo sé. —Sloane dejó la tableta sobre las piernas—. Pero ahora tendremos tiempo para hacerlo. Puedo ponerme al frente de la oficina de San Francisco. Tendré que organizar algunas cosas aquí, pero podría instalarme allá durante seis meses.
Juliet levantó despacio la mirada.
—La chica californiana volvería a casa.
Algo cambió en el rostro de Sloane. Fue apenas un instante, un pequeño endurecimiento alrededor de la boca antes de que recuperara la expresión despreocupada.
Juliet lo vio.
—¿Qué pasa? Tienes cara de que acaban de apalearte al gato.
Sloane arqueó una ceja.
—No tengo gato.
—Ya lo sé.
Vivian apartó la vista de la pantalla.
—Fuiste una de las que más insistió en abrir la oficina de San Francisco. Pensé que te entusiasmaría encargarte personalmente.
Sloane se acomodó uno de los puños de la chaqueta antes de responder.
—Y me entusiasma. Conozco California, tengo contactos y creo que podemos conseguir que esa oficina funcione. Lo que no había contemplado era instalarme allí durante medio año.
—Diez años sin vivir en California son bastante tiempo —comentó Juliet.
—Lo son. Aunque supongo que seis meses allí me vendrán bien para recuperar viejas costumbres.
Sloane tomó el dosier de Chase y lo abrió por una página cualquiera, aunque ya había terminado de leerlo.
Vivian conocía aquella maniobra. Sloane podía presentarse ante un salón lleno de desconocidos con un vestido capaz de detener una conversación y disfrutar cada mirada sin el menor esfuerzo, pero había temas que lograban incomodarla mucho más que quedarse desnuda frente a alguien.
Vivian intercambió una mirada con Juliet antes de volver a las cifras.
—De acuerdo. Pero primero hacemos números. Necesitamos saber cuánto podemos destinar a San Francisco sin comprometer las operaciones de Chicago.
—Qué alivio. Ya estaba pensando en llevar cilicio.
Juliet negó con la cabeza.
—Por favor, ahórranos los detalles.
—Nunca aprecias mis sacrificios, querida.
Juliet recogió la tableta y se levantó.
—En cualquier caso, todavía tenemos varios asuntos que resolver antes de organizar tu traslado.
Vivian estuvo a punto de sugerir que alguna de ellas se ocupara de la entrevista, pero se contuvo. Acababa de asegurar que podía manejar el caso. Pedir un reemplazo ahora despertaría preguntas que todavía no estaba preparada para responder.
Sus socias ignoraban que Chase Mercer no era solamente un cliente difícil. Tendría que contarles lo ocurrido en Nueva York, pero no esa tarde.