Una elección irresistible (Perfect Match 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Chicago, dieciocho meses después

El tráfico de la tarde en la avenida Michigan había estado insoportable.

Durante casi media hora, Chase avanzó unas pocas calles sentado en la parte trasera del auto, con la reunión de la junta todavía dándole vueltas en la cabeza.

De haber conducido él, probablemente habría abandonado el vehículo a mitad de camino.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, se ajustó la corbata frente al espejo y trató de acomodarse el cabello con una mano. No mejoró ninguna de las dos cosas.

Seguía escuchando la voz de Phillip, su tío, siempre moderada y cortés, mientras sacaba a relucir ante la junta el proyecto inmobiliario que había hecho perder millones a la empresa.

Mercer Development Group desarrollaba e invertía en proyectos residenciales y empresariales en varias ciudades del país, y Chase llevaba años al frente de la compañía.

Habían pasado dos años desde aquel fracaso y todavía lo perseguía. Cuarenta y ocho horas en las que un asunto personal había interferido con una negociación importante bastaban para que Phillip cuestionara su capacidad para dirigir Mercer cada vez que tenía ocasión. Chase ya estaba harto.

Dentro de seis meses, la junta votaría su ratificación al frente de la compañía. Los resultados de los últimos dos años deberían pesar más que un error, pero Chase conocía a Phillip y sabía cuánto deseaba su puesto.

No pensaba dejarle ningún argumento nuevo.

Por eso estaba allí.

Buscaba una relación estable con una mujer inteligente y capaz de desenvolverse en su entorno. Alguien que supiera desde el principio qué podía esperar de él y qué esperaba él a cambio. Si con el tiempo aquello conducía al matrimonio, mucho mejor.

El ascensor se detuvo en el piso veintidós.

En cuanto saliera de allí llamaría a Marcus para reclamarle por haberle recomendado un lugar que olía como el vestíbulo de un hotel durante una boda.

Había flores blancas sobre la mesa de recepción y una fragancia suave flotaba en el ambiente.

Quizá pretendían que los clientes comenzaran a creer en el amor desde la entrada.

Con él perdían el tiempo.

—Señor Mercer, la señorita Cole está terminando una llamada —le informó la recepcionista después de anunciar su llegada—. Lo atenderá en unos minutos. Puede tomar asiento si así lo desea.

—Prefiero quedarme de pie, gracias.

Caminó hasta el ventanal. Chicago se extendía bajo un cielo gris, con las luces de los edificios encendiéndose poco a poco y el tráfico avanzando por la avenida con la misma lentitud que acababa de soportar.

Marcus había investigado Perfect Match antes de darle el nombre de la agencia.

Su amigo se burló durante varios días de la idea de que Chase necesitara ayuda para conseguir una mujer, hasta que comprendió que no estaba buscando compañía para una cena ni una aventura de pocas semanas. Entonces se tomó el encargo en serio.

La agencia tenía buenas referencias y una discreción que rozaba la paranoia.

Verificaba los antecedentes de sus clientes y realizaba entrevistas personales antes de presentar un candidato.

Sus fundadoras habían trabajado con empresarios y figuras públicas que buscaban algo bastante más serio que una sucesión de citas que no llevaban a nada.

—Si alguien puede encontrarte una mujer dispuesta a soportarte, son ellas —había concluido Marcus al entregarle el informe.

Chase no necesitaba que lo soportaran. Después de lo ocurrido en su última relación estable, prefería saber dónde estaba parado desde el principio.

La puerta detrás de la recepción se abrió.

—La señorita Cole puede recibirlo.

Chase se apartó del ventanal y siguió a la recepcionista por un corredor silencioso.

Había solicitado trabajar directamente con la directora porque su experiencia había sido una de las razones para elegir Perfect Match.

Le explicaría lo que necesitaba, escucharía sus condiciones y, si llegaban a un acuerdo, dejaría el proceso en sus manos.

La recepcionista abrió la última puerta y le indicó que pasara.

Chase entró en el despacho. La mujer detrás del escritorio estaba revisando unos documentos y no levantó los ojos enseguida. Él alcanzó a ver el traje azul oscuro y la curva de un cuello que conocía demasiado bien.

Se detuvo tan bruscamente que la recepcionista casi chocó con su espalda.

No podía ser ella.

La mujer alzó la cabeza y el lápiz que sostenía quedó suspendido sobre el papel. Chase reconoció sus ojos y aquella manera de mirarlo que, en un bar de Nueva York, había comenzado por su corbata y terminado con una acusación sobre sus relojes.

Vivi.

También recordó el espacio vacío a su lado cuando despertó.

El rostro de la mujer perdió el color.

—Señorita Cole —anunció la recepcionista, ajena a lo que ocurría—, el señor Chase Mercer.

Cole. Chase miró la placa sobre el escritorio.

Vivian Cole. Directora ejecutiva.

Y él acababa de acudir a su agencia para que le encontrara esposa.

—Gracias, puedes dejarnos —pidió Vivian.

La recepcionista cerró la puerta al salir. Vivian dejó el lápiz sobre los documentos y se levantó, aunque permaneció detrás del escritorio.

—Señor Mercer, no sabía que era usted el cliente de esta tarde.

Chase miró otra vez la placa y después a ella.

—¿Señor Mercer? ¿Usted ? —se apresuró a preguntar él—. Hace dieciocho meses no parecían preocuparte tanto las formalidades.

Las mejillas de Vivian se encendieron, pero no apartó la vista.

—Hace dieciocho meses no estaba en mi oficina —respondió ella—. Y creía que esta reunión era con un hombre que no conocía.

—En eso estamos de acuerdo —señaló sorprendido, yendo a su encuentro con andar pausado—. Yo tampoco sabía que venía a reunirme contigo. Hasta hace unos minutos ni siquiera conocía tu nombre.

Vivian juntó las manos sobre el escritorio.

—Vivi es un apodo.

—Muy práctico para alguien que desaparece antes del desayuno.

Los dedos de Vivian se cerraron unos sobre otros, aunque su voz no cambió.

—Aquella noche necesitaba dejar de pensar y fue exactamente lo que hice. Al despertar no estaba preparada para explicar algo que ni siquiera comprendía, así que me marché.

Chase recordaba lo que ella le había contado sobre su madre. Durante mucho tiempo se había dicho que aquella era la razón por la que no se había enfadado más. La verdad era bastante menos generosa: con un apodo y nada más, tampoco habría sabido dónde buscarla.

—No esperaba una explicación de tu vida, Vivian. Un adiós habría bastado.

Ella miró hacia otro lado. La disculpa tardó en llegar.

—Tienes razón. Debí despedirme y lamento no haberlo hecho.

Chase se quedó mirándola. Había imaginado más de una vez aquel encuentro y, en sus versiones, Vivi siempre tenía una excusa preparada. Él también sabía exactamente qué responder.

Vivian Cole acababa de disculparse y le había desarmado buena parte del enojo antes de que pudiera utilizarlo.

Ella volvió a tomar asiento y revisó las páginas; durante los siguientes minutos solo se escuchó el sonido de las hojas al pasar.

Chase la observó mientras leía. La mujer que recordaba se había reído con facilidad y no había tenido reparos en juzgarlo por sus zapatos.

La que tenía delante hacía anotaciones en los márgenes con el ceño fruncido, tan concentrada que por momentos parecía haber olvidado quién ocupaba la silla frente a ella.

Cuando llegó a la propuesta que sus abogados habían enviado por correo, regresó a la primera página.

—Quieres encontrar esposa.

—Quiero una relación estable que pueda conducir a un compromiso. Si existe compatibilidad y ambos estamos de acuerdo, el matrimonio sería el paso siguiente.

Vivian apoyó el lápiz sobre el escritorio.

—Tus abogados parecen tener más prisa. Han incluido un acuerdo patrimonial y normas de confidencialidad. Esto no describe una relación, Chase. Describe un matrimonio al que todavía le falta la mujer.

—Es una base para negociar. Nadie estará obligado a aceptarla.

Vivian giró los documentos y señaló uno de los apartados.

—Entonces tendremos que empezar por aquí. Las mujeres que entrevistemos conocerán tus condiciones y establecerán las suyas.

Chase se inclinó para leer. La cercanía le trajo el perfume de Vivian y el documento dejó de interesarle. Recordó sus manos sobre su cuerpo, en el hotel de Nueva York, y tuvo que obligarse a volver a las líneas marcadas.

—Puede modificarse.

—Tendrá que modificarse.

Chase volvió a recostarse.

—Mis abogados prepararon una base para la negociación. No escribieron los votos matrimoniales.

Vivian levantó los ojos.

—Por fortuna. Me daría miedo leerlos.

Él dejó escapar el aire por la nariz. Ahí estaba Vivi, asomándose por primera vez debajo del traje azul y de aquella expresión profesional.

Vivian pasó otra página.

—Hay algo más que necesito saber antes de decidir si podemos trabajar contigo. ¿Esperas enamorarte de la mujer con quien te cases?

Chase no respondió enseguida.

—No voy a prometer algo que no puedo controlar. Quiero respetarla y serle fiel. Si aparece algo más, no voy a impedirlo, pero tampoco pienso convertirlo en una condición.

Vivian lo estudió por un breve espacio de tiempo. Chase no supo qué buscaba en su rostro.

Dieciocho meses atrás no habían necesitado hacerse ninguna de aquellas preguntas.

Esa tarde era distinta, y por su expresión tuvo la sensación de haber confirmado algo que ella ya sospechaba: que entendía el compromiso y estaba dispuesto a asumirlo, pero que no había acudido a Perfect Match porque quisiera enamorarse.

—Ella tendrá que saberlo desde el principio.

—Por supuesto.

Esta vez Vivian asintió y volvió al documento.

Había estado a punto de hacerle otra pregunta, pero decidió dejarla para después.

Chase podía hablar de fidelidad y responsabilidades sin vacilar, con la seguridad de alguien que tenía muy claro lo que esperaba de una relación.

Sin embargo, cuando se trataba de mostrarse vulnerable, Vivian sospechaba que las cosas eran muy distinta s.

¡Dios! Todavía tenía que esforzarse para concentrarse en lo que leía.

Al verlo entrar había querido que la tierra se la tragara y la escupiera en el polo norte.

Primero había pensado que la había encontrado.

Se le había acelerado el corazón ante la posibilidad de que hubiera ido a buscarla, pero luego había mirado los papeles y reconocido el nombre del cliente.

Venía a que le consiguiera esposa. Y ella tenía que entrevistarlo mientras intentaba dejar de recordar lo que había hecho con aquella boca.

Le fastidiaba que él pudiera hablar con tanta tranquilidad mientras ella necesitaba leer dos veces la misma pregunta.

Esto solo le ocurría a ella. La ley de Murphy en todo su esplendor.

Dejó los papeles a un lado, aunque Chase parecía esperar que continuara con la entrevista.

—Puedo buscar una mujer que quiera una relación seria y esté dispuesta a negociar un acuerdo patrimonial. Lo que no puedo hacer es presentarte candidatas para un lugar cuyas reglas ya fueron decididas antes de conocerlas.

Chase apoyó un brazo en el reposabrazos. En apariencia estaba tranquilo, pero sus pensamientos oscilaban entre la indignación y la frustración por una situación que ni había imaginado al poner un pie en aquel lugar.

—Te he dicho que estoy dispuesto a negociar.

—Entonces demuéstralo porque estos documentos no son un buen inicio.

Una sombra de indignación cruzó sus facciones. Vivian estaba segura de que muy pocas personas se negaban a cumplir sus deseos. Lo sentía por él, si deseaba trabajar con ella tendría que adaptarse a sus estándares.

—Elegí Perfect Match por su discreción y por tu experiencia. Esperaba que pudieras manejar una solicitud fuera de lo habitual.

—Puedo manejarla, pero en estos términos no voy a aceptarla.

Chase la miró, sorprendido.

—¿Estás rechazando mi caso?

Vivian empujó los documentos a un lado.

—Estoy rechazando este documento. Si quieres trabajar con nosotras, tendrás que regresar con condiciones que puedan negociarse de verdad.