CAPÍTULO 2
Chase llamó al camarero y le preguntó qué recomendaba.
—Las hamburguesas son muy buenas, señor. También tenemos risotto de setas y ensalada César.
Vivian esperó a que se alejara antes de mirarlo.
—Si pide una ensalada después de hablar tanto de la cena, voy a reconsiderar todo lo que he pensado de usted.
Chase levantó la mano derecha a modo de juramento.
—Jamás pondría en riesgo mi reputación de esa manera.
Pidió dos hamburguesas y una porción de papas para compartir. Cuando llegaron los platos, Chase se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo del taburete. Después sacó la corbata de un tirón y la dejó sobre el asiento vacío que tenía al otro lado. Después comenzó a remangarse la camisa.
Vivian siguió el movimiento. Tenía antebrazos fuertes, cubiertos por una sombra ligera de vello oscuro, y las venas se marcaban bajo la piel al doblar las muñecas.
Un detalle estúpidamente viril que la afectó más de la cuenta.
Chase levantó la vista y la encontró mirando.
—¿Y bien? ¿También vas a sacar conclusiones de mis mangas?
Vivian tomó una papa y se la llevó a la boca antes de contestar.
—Solo estaba comprobando si puedes sobrevivir un par de horas sin parecer un ejecutivo estirado.
—¿Y puedo?
Ella acercó el plato de papas hacia su lado.
—Dependerá de cómo te comportes con esto.
Chase volvió a empujarlo hacia el centro.
—No pienso discutir por unas papas.
—Eso mejora bastante tu evaluación.
Comieron despacio. Vivian le habló de un restaurante que había conseguido convertir una pasta sencilla en algo incomible y terminaron recordando otros lugares que no habían estado a la altura de su reputación.
Después discutieron sobre una película que ella defendió con tanto empeño que Chase le preguntó si había invertido dinero en la producción.
Él le contó también un viaje desastroso con un amigo convencido de que podía orientarse sin mapas. Habían terminado pasando una noche en un pueblo cuyo nombre ninguno de los dos sabía pronunciar y tardaron dos días en admitir que estaban perdidos.
Vivian descubrió que él odiaba las aceitunas y dormía poco. Chase averiguó que ella prefería el pastel de limón al chocolate. También notó que arrancaba pequeños trozos de la servilleta mientras hablaba.
—Llevas un rato haciendo eso —dijo, señalando los pedazos de papel junto a su plato.
Vivian bajó los ojos. No se había dado cuenta.
—Lo hago cuando estoy nerviosa.
Chase miró los restos de la servilleta y luego a ella.
—Ahora necesito saber si debo preocuparme.
Vivian dejó el papel sobre la barra.
—Para nada, es un viejo tic, que aparece de vez en cuando.
Habían abandonado el trato formal sin que ninguno pareciera advertir cuándo ocurrió. A Vivian no le molestó. Podía comer papas directamente del plato y escuchar historias absurdas de un hombre cuyo apellido ni siquiera conocía.
Cuando la conversación se acercaba demasiado a sus vidas, alguno encontraba otro camino. A medianoche varias mesas estaban vacías y el camarero comenzaba a recoger las copas abandonadas.
Vivian llevaba un buen rato tomando agua. Chase pidió café.
Vivian se inclinó para alcanzar su vaso. Su brazo rozó el de Chase y ninguno se apartó.
Habían estado cerca durante buena parte de la noche, pero Vivian sintió el contacto de una manera diferente. El calor de su brazo permanecía contra el suyo y, cuando levantó la vista, encontró los ojos de Chase fijos en su boca.
Estaban demasiado cerca. Podía oler su piel y un rastro más tenue de su colonia.
—Esto probablemente sea una mala idea —murmuró.
Chase dejó la cucharilla sobre el plato.
—Probablemente.
No se apartó y Vivian tampoco.
—No suelo conocer hombres en bares.
—Y yo no suelo contarles mis humillaciones familiares a mujeres cuyo apellido desconozco.
Ella sonrió.
—Quizá el bourbon te vuelve imprudente.
—Llevo más de media hora tomando café.
Los ojos de Chase descendieron otra vez hasta su boca. Esta vez no tuvo ninguna prisa por disimularlo.
—Si te digo algo muy íntimo, ¿saldrás corriendo de aquí?
—Depende… —Su voz sonó baja, incluso para ella misma.
—Quiero besarte desde que empezaste a insultar mis zapatos. También quiero saber qué ocurre cuando dejas de analizar todas las posibilidades antes de permitirte sentir algo.
El calor se extendió lentamente bajo la piel de Vivian.
—Has tardado bastante en decirlo.
—Estaba disfrutando de la cena.
Ella miró su boca. Había hecho lo mismo demasiadas veces durante la cena para seguir fingiendo que no sabía adónde conducía aquello.
—Tengo una condición.
Chase esperó.
—Esta noche solo necesito unas horas en las que no tenga que pensar demasiado. No quiero promesas ni explicaciones sobre mañana.
La expresión de Chase cambió.
—Vivi…
—Estoy sobria —lo interrumpió—. Llevo casi una hora bebiendo agua y sé perfectamente por qué estoy aquí. Estoy triste y mañana seguiré estándolo, pero eso no cambia que lleve rato fantaseando con robarte un beso.
Chase no desvió los ojos.
—¡Larguémonos de aquí!
Chase dejó varios billetes sobre la barra y se puso de pie.
Cruzaron el vestíbulo juntos. Chase tenía una habitación reservada en el piso veintisiete porque la reunión se había celebrado en el hotel y podía terminar demasiado tarde.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Vivian comprendió que había pasado por alto un detalle. Uno bastante importante, considerando que estaba a punto de subir a la habitación de un hombre del que, en realidad, no sabía absolutamente nada. No sabía dónde vivía. Ni cuál era su apellido.
Lo miró de reojo. Chase permanecía apoyado contra una de las paredes del ascensor, su expresión algo impaciente.
Vivian bajó la mirada hasta su mano izquierda.
—Hay algo que debí preguntarte antes.
Chase siguió la dirección de sus ojos y, antes de que ella pudiera decir una palabra, respondió:
—No estoy casado.
Vivian levantó la vista hacia él, con una sonrisa divertida.
—¿Das por hecho que sabes lo que una mujer va a preguntarte?
Chase se encogió de hombros.
—Estabas buscando una argolla. Solo te estoy ahorrando la pregunta.
El ascensor comenzó a subir. Vivian sintió de pronto cada piso que dejaban atrás.
—No estaba buscando una argolla.
—Claro que sí.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Novia? Odiaría engañar a otra mujer o, al menos, ser parte del engaño —dijo antes de que él pudiera chistar.
—Tampoco, y no hay ninguna mujer esperándome en casa, así que nadie va a salir engañado ni lastimado, ni te buscarán en redes sociales y mucho menos te insultarán por mensajes privados.
Vivian soltó una pequeña risa, aunque intentó disimularla.
—No estaba preocupada por eso.
—Por supuesto que no.
La verdad era que lo último en lo que pensaba era en que alguien la llenara de insultos por las redes.
Vivian apoyó la espalda contra la pared y, por primera vez desde que habían entrado, fue consciente de lo rápido que estaba latiendo su corazón.
Chase se volvió hacia ella. Ya no había bebidas, comidas ni una conversación detrás de la cual esconder lo evidente.
—Ven aquí.
Vivian apenas tuvo tiempo de sonreír antes de que él se acercara y hundiera la mano en su cabello, mirando su boca.
A Vivian se le aceleró el pulso y justo en ese momento él atrapó sus labios en un beso fiero y ella se abandonó a la sensación de su lengua apropiándose de su boca.
Se perdió en el sabor de su saliva y se llenó de expectativas para lo que vendría.
Había pensado demasiado en ese beso durante la última hora.
La realidad le quitó las ganas de seguir pensando.
Su cuerpo se acercó al de ella y Vivian sintió el calor atravesarle la ropa cuando él la sostuvo con más fuerza.
El ascensor se detuvo.
Chase separó la boca lo necesario para respirar. Mantuvo una mano en sus caderas mientras las puertas comenzaban a abrirse.
—Será mejor que salgamos.
Vivian todavía tenía la respiración agitada cuando volvió la cara hacia las puertas. Chase soltó una risa baja y tiró de ella hacia el pasillo.
Abrió la habitación con la tarjeta magnética y la dejó entrar primero. El lugar estaba casi a oscuras. Las luces de Manhattan entraban por el ventanal y extendían un resplandor azulado sobre la alfombra y la cama.
Vivian alcanzó a dejar el bolso en cualquier parte antes de que Chase la sujetara por la cintura y la llevara contra la pared para volverla a besar.
Ella lo recibió con el mismo ímpetu, hundiendo los dedos en su cabello mientras la boca de Chase volvía a encontrar la suya. La pared estaba fría contra su espalda.
Chase no.
El calor de su cuerpo la envolvía. Vivian metió las manos bajo la camisa y recorrió su espalda, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo sus manos.
Chase dejó su boca y bajó por el cuello.
—Vivi —dijo contra su piel.
Él soltó una risa contra su cuello antes de besarla otra vez.
La forma en que pronunciaba «Vivi» seguía produciéndole una sensación extraña.
Ella abrió la camisa de Chase con más impaciencia de la necesaria. Un botón salió disparado y desapareció en algún lugar de la alfombra.
Chase bajó la vista.
—Acabas de destrozar una camisa que me gustaba.
—Puedes descontarla de mi evaluación.
—Voy a necesitar tu apellido para enviarte la factura.
Vivian le mordió el labio inferior.
—Mala suerte.
Chase la levantó y ella le rodeó la cintura con las piernas. Habían avanzado unos pasos cuando él tropezó con el borde de la alfombra y tuvo que corregir el movimiento.
Vivian sonrió contra su boca y volvió a besarlo, sintiendo crecer su necesidad.
La dejó sobre la cama. Ella se apoyó en los codos mientras Chase terminaba de quitarse la camisa. El hombre era espectacular: destilaba hombría ligeramente cubierta por su pátina de ejecutivo.
Ella dejó caer los zapatos y buscó la cremallera de su vestido.
—Espera.