Una elección irresistible (Perfect Match 1)
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CAPÍTULO 1
Diez minutos. Eso era todo lo que necesitaba Vivian Cole para saber si un cliente de Perfect Match venía con intenciones reales o solo a hacerla perder el tiempo.
Lo primero que buscaba en sus ojos, fuera hombre o mujer, era reconocer el deseo sincero de enamorarse.
Después venía la prueba de fuego: comprobar si sabían lo que implicaba un compromiso de verdad.
Y por último, el filtro definitivo, ese que nadie podía fingir por mucho dinero que tuviera: la disposición a mostrarse vulnerables.
El candidato de esa tarde cumplía con las tres.
Vivian salió del restaurante satisfecha después de que el ejecutivo se comprometiera a enviar la documentación al día siguiente.
La agencia acababa de sumar un nuevo cliente, pero el triunfo se quedó a medias en cuanto buscó su teléfono.
Fue algo mecánico, una vieja costumbre: la llamada a su madre para charlar y contarle las buenas noticias, pero había olvidado que ya no podía hacerlo.
Lo guardó en el bolso y siguió caminando.
El viaje a Nueva York era para tomar un poco de aire fresco y debía darle un respiro.
Al menos, eso era en lo que habían insistido Juliet y Sloane cuando prácticamente le habían ordenado hacerse cargo del dueño de Industrias Tecnorth, su nuevo cliente.
Estaban convencidas de que unos días fuera de Chicago le sentarían bien.
Ella no había tenido tiempo de explicarles que cambiar de ciudad no cambiaba demasiado lo que sentía.
Quizá algún día aprendería a convivir con aquella ausencia. Esa noche no tenía ganas de intentarlo.
Llegó hasta el hotel donde se hospedaba, pero en lugar de subir directamente a la habitación entró al bar.
Había gente, aunque el ambiente era tranquilo. Una melodía de jazz se escuchaba por encima de las voces y el tintineo de los vasos. Varias parejas conversaban en las mesas del fondo y un grupo de hombres reía mientras chocaban sus copas en un brindis.
Vivian se sentó en la barra.
—Un vodka con soda y bastante limón, por favor.
El camarero asintió y se dispuso a prepararlo. Vivian se quitó el abrigo y lo acomodó sobre el respaldo. Dejó el teléfono sobre la barra bocarriba. El bolso lo puso en el suelo entre sus pies.
En la pantalla había un mensaje de Clara, su hermana mayor, preguntando cómo había ido la reunión. Otro de Sloane, pidiendo detalles. No le apetecía hablar con nadie.
Todo el mundo parecía saber lo que necesitaba. Querían que comiera, que durmiera o que se tomara unos días libres. En fin, sabía que lo hacían porque la querían, pero comenzaba a faltarle el aire.
Esa noche solo deseaba sentarse en un rincón anónimo donde nadie conociera su nombre ni la mirara con lástima.
El vodka le calentó la garganta. Bebió despacio, esperando aliviar un poco la presión que llevaba en el pecho desde el sepelio.
La puerta del bar se abrió y un hombre entró desabrochándose la chaqueta.
Vivian lo vio primero en el espejo detrás de las botellas. Era alto y llevaba el cabello ligeramente desordenado, a lo mejor, debido al hábito de haberse pasado las manos varias veces por él.
Había otros hombres atractivos en el lugar, pero fue él a quien siguió con la mirada.
Quizás porque parecía tan cansado de su propia noche como ella.
El desconocido recorrió el salón con la mirada antes de acercarse a la barra. Se sentó a dos lugares de ella y dejó el teléfono boca abajo. Pidió un bourbon.
El camarero le preguntó qué marca prefería.
—El que sea. Después de seis horas escuchando a esos tipos, hasta el peor bourbon me sirve.
Vivian miró su vaso, pero no consiguió esconder la sonrisa.
Él la descubrió en el espejo.
—Cuánto me alegra saber que mi desgracia todavía puede entretener a alguien.
Ella volvió la cabeza.
De cerca era todavía más atractivo. Ojos verdes, había una seguridad tranquila en su manera de mirarla que Vivian reconoció enseguida, una antorcha que mantenía el fuego en su mirada. Podía jurar que era solo un par de años mayor que ella.
—No me estaba riendo de su desgracia —dijo—. Me causó gracia porque conozco el tipo. Suelen estrecharte la mano con demasiada fuerza y repetir tu nombre cada treinta segundos, para que no se note que quieren aplastarte.
Él dejó de mirar el espejo y le prestó toda su atención.
—¿Estaba usted en la sala y no me di cuenta? Porque juro que uno de ellos usó mi nombre tantas veces que empecé a preguntarme si cobraba una comisión por cada repetición.
Vivian apoyó el codo en la barra.
—Hay hombres que confunden insistencia con autoridad. Por lo general, también creen que una corbata muy costosa compensa no tener nada que decir.
Él bajó la vista hacia la suya.
—Esta conversación acaba de volverse incómoda para mí.
Vivian soltó la risa. El sonido la sorprendió. Hacía días que no le salía así, sin esfuerzo.
—Todavía no lo he incluido en esa categoría.
—Eso es un alivio. ¿Qué tendría que hacer para mantenerme fuera?
Vivian fingió examinarlo.
—Tal vez, no comportarse como uno de esos idiotas que no pueden ver a una mujer sola sin pensar enseguida que necesita compañía y le ofrecen alguna bebida sin tener en cuenta el gusto de ella.
—Eso me deja en una posición complicada, porque sí quería hablar con usted.
—Empiece por el bourbon. Ya veremos qué pasa con lo demás.
Él miró su vodka y después el bourbon que acababan de dejarle delante.
Levantó el vaso a modo de saludo y luego le ofreció la mano.
—Chase.
Vivian miró su mano extendida. Su primer impulso fue presentarse como Vivian Cole, seguido casi inevitablemente por Perfect Match.
Aquella noche no quería ser esa mujer.
—Encantada, Vivi.
Ella retiró los dedos y volvió a su bebida. El pequeño cambio en su respiración la irritó. No podía haber elegido momento más inoportuno.
—¿Siempre analiza a desconocidos con tanta rapidez o fue mi cara de día de mierda? —preguntó Chase.
—Solo a los que se sientan cerca con aspecto de haber salido de una guerra.
Él probó el bourbon.
—¿Así de mal estoy?
—Tiene cara de haber contemplado la posibilidad de arrojar a alguien por una ventana.
Chase observó el líquido de su vaso antes de responder.
—Contemplé varias posibilidades. La ventana tenía cierto atractivo, pero el edificio estaba lleno de cámaras y me pareció excesivo terminar la noche pagando por horas a mi abogado.
A Vivian se le escapó otra carcajada, más corta esta vez.
Chase señaló el asiento vacío que los separaba.
—¿Le molesta si me acerco?
Vivian negó con la cabeza y él cambió de lugar.
—Voy a hacerle una propuesta. Pagaré la siguiente bebida y hablaremos de cualquier cosa que no tenga relación con el trabajo.
—Puedo pagar mi propia bebida.
—No tengo ninguna duda —añadió—. Aun así, me gustaría invitarla.
Vivian lo observó. Chase parecía divertido, pero no había condescendencia en su tono.
Él esperó sin añadir otro argumento.
—Una copa.
—Me parece bien.
Chase llamó al camarero y, antes de ordenar, volvió a mirarla.
—¿Qué quiere tomar?
Vivian sintió una satisfacción absurda. Había prestado atención.
—Vodka con soda y con bastante limón.
Pidió su bebida y otro bourbon. Cuando el camarero se alejó, Chase se aflojó la corbata con una mano y Vivian siguió el movimiento más de lo necesario.
—Está haciendo un esfuerzo considerable por parecer menos peligroso.
—Intentaba respirar, pero ahora que sé que mi reputación depende de la corbata, estoy dispuesto a sacrificarla.
Vivian miró sus zapatos.
—Todavía quedan esos.
Chase bajó la vista.
—¿También tienen algo malo?
—Los zapatos dicen muchas cosas de un hombre.
—Espero que los míos estén siendo discretos.
Vivian los observó fingiendo interés. Eran oscuros y elegantes, de esos que no llevaban marca a la vista porque no la necesitaban.
—Los suyos dicen que trabaja demasiado y que está acostumbrado a que le abran puertas. Probablemente considera una pérdida de tiempo cualquier conversación que no pueda controlar.
Él levantó una ceja.
—Lleva varios minutos insultándome y todavía no la he interrumpido.
—No lo estoy insultando. Simplemente lo estoy observando.
Vivian sonrió, pero Chase permaneció mirándola.
—Aunque podría estar equivocándose en algo.
—¿En qué?
—Si realmente controlara esta conversación, ya sabría por qué lleva varios minutos mirando el teléfono como quien espera algo que no va a llegar.
La sonrisa desapareció de los labios de Vivian. Chase lo advirtió enseguida.
—Olvide lo que acabo de decir. Le prometí una conversación sin preguntas incómodas y acabo de romper mi propia regla.
Vivian sostuvo el vaso. Podía levantarse y regresar a la habitación. No tendría que explicar nada. Sin embargo, las palabras salieron antes de que pudiera pensarlo demasiado.
—Mi madre murió hace tres semanas.
Chase guardó silencio. Su expresión cambió, pero no apareció aquella mirada de compasión que Vivian ya no soportaba.
—Lo siento, Vivi.
Ella observó el limón entre los hielos.
—Yo también. —Su tono fue más seco de lo que pretendía y Chase no intentó corregirla—. Hoy terminé una reunión importante y saqué el teléfono para llamarla. Siempre quería saber cómo me había ido, aunque no entendiera la mitad de las cosas que le contaba. Tardé en recordar que ya no podía hacerlo.
—Es difícil aprender a encajar algo así en tres semanas.
Vivian pensó por unos momentos.
—Dígaselo a mi hermana y a mis amigas. Todas parecen convencidas de que necesito hacer algo. Ayer una mujer a la que apenas conozco me aseguró que ahora tengo un ángel cuidándome.
—¿Y qué le dijo?
Vivian tomó otro sorbo.
—Que preferiría tener a mi madre viva, fastidiándome con mis abrigos y criticándome el café.
La comisura de los labios de Chase se movió.
—¿Qué tienen de malo sus abrigos?
—Según ella, casi todo. También decía que trabajo demasiado. Una vez me llamó tres veces para recordarme que llevara un paraguas y terminé saliendo sin él solo para demostrarle que podía tomar mis propias decisiones.
—Por favor, dígame que llovió.
—Como si toda la ciudad hubiera decidido ponerse de su parte. —Chase sonrió—. Era realmente fastidiosa cuando tenía la razón.
—Parece una mujer difícil de olvidar.
Vivian le sostuvo los ojos en silencio.
—Eso es bastante mejor que decirme que todo pasa por algo.
—No acostumbro a decir cosas en las que no creo.
El camarero dejó las nuevas bebidas y un cuenco de almendras sobre la barra. Chase no volvió a mencionar a su madre y Vivian agradeció que no lo hiciera. Tomó una almendra y la partió entre los dedos.
—Ahora le toca a usted. ¿Qué clase de negociación lo hizo llegar con ganas de lanzar gente por una ventana?
Chase hizo girar el vaso sobre la madera.
—Una que estaba prácticamente cerrada hasta que decidieron cambiar las reglas del juego en último momento. Supongo que pensaron que, después de tantas horas negociando, terminaría aceptando.
Vivian observó el movimiento lento del bourbon dentro del vaso. No parecía un hombre especialmente acostumbrado a ceder.
—Por su cara cuando entró, entiendo que la estrategia no les funcionó. ¿La negociación se perdió?
Él alzó la vista y sostuvo la de ella.
—Todavía no. Solo tendrán que decidir cuánto les interesa volver a sentarse conmigo después de esta noche.
La seguridad con que lo dijo hizo que Vivian estudiara de nuevo su perfil. La tensión seguía allí, en su rostro y en la forma en que mantenía los hombros, aunque ya no parecía el hombre que había entrado al bar media hora atrás.
—Entonces quizá deberían preocuparse ellos. Parece el tipo de hombre que no acepta fácilmente que lo arrinconen.
Una sonrisa lenta apareció en la boca de Chase.
—Tiene mucha fe en un desconocido. —Tomó una almendra del cuenco—. ¿Y eso también se lo dijeron mis zapatos?
Vivian bajó la mirada hacia ellos, acomodándose en el asiento antes de concederse un examen deliberadamente descarado.
—Los zapatos y esa necesidad suya de tener el teléfono boca abajo. Apostaría a que revisa el correo durante la cena y se irrita cuando alguien llega tarde.
—Empiezo a arrepentirme de haberme acercado. ¿Algo más?
—Le gusta demasiado salirse con la suya.
Chase sonrió, bastante satisfecho.
—Eso no puedo negarlo.
Ella volvió a reír. Esta vez, cuando levantó la vista, Chase no estaba sonriendo. La observaba con una intensidad distinta y sus ojos descendieron hasta su boca.
El calor le subió por el cuello.
• • •
La reunión había terminado peor de lo que Chase estaba dispuesto a admitir.
Durante horas había soportado cambios de última hora y amenazas disimuladas. Había mantenido la calma hasta que uno de ellos utilizó su vida privada para cuestionar su capacidad de separar los asuntos personales de los intereses de la empresa.
Entonces había perdido los papeles.
Le importaba poco haber rechazado las condiciones. Le molestaba haberles demostrado que todavía existían asuntos capaces de hacerlo reaccionar.
Vivi era hermosa. Tenía el cabello castaño claro, un poco más abajo de los hombros, y los ojos azules. Su manera directa de mirar daba fuerza a unas facciones que de otro modo habrían parecido demasiado delicadas. Y esa boca, imposible de ignorar, aunque estuviera callada.
Aun así, su belleza difícilmente explicaba el interés.
Desde el final de su compromiso, seis meses atrás, Chase había conocido a otras mujeres atractivas. Con algunas había compartido noches sencillas, limitadas a lo que ambos buscaban. Desear no le resultaba complicado. Interesarse por una mujer más allá de eso se había vuelto extraño.
Con Vivi ocurrían ambas cosas.
Quería oírla hablar. Rasgar esa fachada de franqueza hasta ver qué guardaba debajo. Le gustaba, mucho, la forma en que lo había diseccionado desde el primer minuto, sin tener la menor idea de quién era él ni de cuánto dinero tenía en la cuenta. La deseaba, sí.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Chase tomó un sorbo de bourbon.
—Estaba a punto de decir algo que probablemente arruinaría la buena impresión que he conseguido darle.
—Entonces ha hecho bien en beber.
El teléfono de Chase vibró sobre la barra. Miró la pantalla y silenció la llamada; después lo guardó en el bolsillo.
Ella llevó la mano al cuenco de almendras y tomó otra. Chase reparó entonces en que no había pedido nada más desde que él llegó.
—¿Ha cenado?
Vivi titubeó.
—No tengo mucha hambre.
Chase señaló las almendras.
—Podemos pedir algo aquí. Sin propuestas ni condiciones. Tengo hambre y sospecho que usted lleva demasiado tiempo sobreviviendo con vodka.
Vivi bajó la vista hacia su bebida y después volvió a mirarlo.
—Es bastante insistente.
—Eso ya lo habíamos establecido.
—Lo veo muy seguro de sus cartas.
Chase sostuvo su gesto.
—Menos de lo que aparento.
El comentario pareció sorprenderla. Él dejó el vaso sobre la barra.
—No me gustaría que se fuera todavía.
Vivi guardó silencio mientras lo estudiaba y, por un momento, Chase creyó que había ido demasiado lejos.
Después ella se enderezó en el asiento.
—Entonces procure darme una razón para quedarme.