Capítulo 18
L a espera junto al nauseabundo olor a humedad me provocaba desesperación.
A pesar de estar acomodado en uno de los bancos de madera, con las manos entrelazadas sobre la mesa, era incapaz de serenarme.
Quería creer que mi padre se estaba haciendo de rogar para torturarme por mi ausencia de aquellos cuatro años en los que me negué a visitarlo en prisión.
Podía comprender que la ira le nublara lo suficientemente su juicio para no querer ni mirarme, pero también debía entenderme a mí: me había exigido que lo sacara de la cárcel por unos crímenes que eran ciertos, con unos aliados inexistentes y un deber demasiado grande.
El tintineo de los grilletes me alejó por completo de mis pensamientos, elevé con ligereza el mentón hasta ver la imagen demacrada del anterior conde de Rutherford: delgado hasta los huesos y con la barba canosa, además de desaliñada.
—Jaime.
—Padre —saludé en un ligero susurro mientras se acomodaba delante de mí—. Esperaba no tener que volver a enfrentarte, pues si algo has dejado en mí durante todos estos años ha sido solo miedo.
—¿Has venido hasta aquí solo para ponerme en evidencia?
El tono monótono de su voz me recordó a esas tardes en las que le anunciaba algún error que había cometido. Mi padre me escuchaba y más tarde me gritaba con tal fiereza que ni siquiera las marcas que dejaba en mi piel eran más dolorosas que sus palabras.
—Quiero creer que mi padre, el conde de Rutherford, no ha cometido la atrocidad de ordenar que quemen Harrowshire hasta los cimientos solo para hacerme aprender a la fuerza que la debilidad es la marca de la decepción.
Que, para ser un hombre, debo ser un lobo agresivo que trate mal a las mujeres y solo anhele los vicios propios de los caballeros. Así que dime, ¿has sido tú?
El silencio que nos envolvió no fue mucho más agradable que la repugnante fragancia que nos envolvía. El ligero tintineo de las gotas que caían del techo dibujaba charcos a nuestro alrededor, como si Newgate fuera una cueva sin salida.
—Siempre has sido un incompetente, hijo mío —comenzó a decir hasta que una ronca tos le exigió que controlara sus palabras—.
No importaba cuál fuera el deber que, como hombre, debías acatar.
Siempre llorabas. Te escondías detrás de la burbuja que tu madre creó para ti, convirtiéndote en alguien inservible.
¿De verdad pensabas que podías abandonarme aquí y vivir como si no pasase nada?
Sé bien cuánto adoras Harrowshire. Y si como padre debo reducir a cenizas tu fortaleza, así lo haré para que seas valiente. Deberías agradecérmelo...
Mis pensamientos se nublaron. Era incapaz de buscar en mi mente un hilo de esperanza que excusara las acciones de mi padre.
Quería creer que me merecía tal agonía, que incluso mi madre lo hacía.
Pero era imposible. Porque la había visto tantas veces lamentarse de su matrimonio que ninguna mujer debía pasar por ello: la ambición no debía eclipsar al amor.
Estampé las palmas de mis manos sobre la carcomida madera de la mesa.
Mi padre dio un respingo, no esperaba que sacara ningún tipo de emoción hacia él.
Pero estaba enfadado. No. Estaba decepcionado de que sus ideales hubieran arrastrado por completo a su familia.
Si me lo hubiera permitido a mí mismo habría llorado por los Rutherford que se escondían de Harrowshire, pero no merecía la pena.
—Mi intelecto me habría hecho astuto para enfrentar la vida que querías que viviese —dije escupiendo mis palabras—, pero si deseabas que fuera un hombre de esa calaña, deberías haberte librado de mí mucho antes de que tus secretos salieran a la luz.
—Digory me advirtió de que la presencia de la princesa de Viena empezaba a afectarte, pero no esperaba que hasta tal punto. Deberías aprovechar la situación para escalar socialmente.
«Así que Albert Digory no solo ha sido un mentiroso conmigo, sino que también le ha hecho creer que está de su parte cuando solo está de la de sí mismo».
—Mi mujer no tiene nada que ver en tus mentiras. De hecho, no deberías ni hablar de ella como si fuera la pieza que necesito para tener poder.
Abrió los ojos de manera desmesurada. No creía que fuera capaz de enfrentarlo como lo hacía en aquel momento. Siempre me había mantenido al margen de cada una de sus decepciones, pues prefería que dijera todo lo mal que había en mí para lidiarlo por mi cuenta a solas.
—Tu mujer —repitió él con cautela.
—Sí. Mía.
—El amor solo es una herramienta que usan las mujeres para atrapar a un caballero como tú y como yo —me amonestó como siempre hacía, con el tono que usaba para recalcarme cuánto me equivocaba.
—Penélope poco podía conseguir de mí.
—En eso estamos completamente de acuerdo.
«No vas a doblegarme esta vez», me repetí a mí mismo una y otra vez.
—La Cámara sabe que has sido tú el que ha cometido el incendio.
—Mi voz fue clara y concisa, no deseaba andarme con ningún rodeo con él.
Por más que el niño que dormitaba en mi interior desease que su padre le sonriera, sabía que jamás lo conseguiría—.
Albert te expuso sin pena ni gloria. Pero he venido aquí a hacerte una propuesta que no podrás rechazar.
El rostro de mi padre palideció de inmediato.
Se sentía seguro al poder mover sus hilos desde un lugar en el que se suponía que no contaba con medios.
Por eso disfrutaba de cada novedad que le ofrecía Digory ataviada en mentiras.
Y usaba parte del dinero de sus negocios en una causa completamente perdida, pues su socio aumentaba su propio patrimonio a su costa.
—Cédeme todo el capital que reside en tus negocios con Albert —comencé a decir con cautela, pero era evidente que cada palabra que salía de mis labios provocaba que su ceño se frunciera—. Yo me encargaré de demostrar que no fuiste tú quien ocasionó la pérdida de mi mansión.
—¿Y cómo piensas hacer algo así? No tienes a nadie que te respalde.
—Wyatt Mitchell —respondí con sencillez—. Resulta que está casado con Diane Redfield. ¿Recuerdas a la dama que se puso de parto el día que murió Odette? Es una buena amiga mía y no se negará a hacerme el favor.
Rutherford abrió y cerró la boca en cuestión de pocos segundos, no sabía bien qué debía recriminarme: si contar con amigos del pasado que él no conocía personalmente o la valentía que usaba para acorralarlo.
—¿Desde cuándo eres tan astuto?
—Penélope me enseñó que no debía crear a un Jaime diferente. Tan solo debía pulir el miedo que sentía para convertirlo en valentía —declaré en un tono monótono mientras me levantaba del banco de madera—. No tienes opciones, padre.
—¿Lo fácil no sería dejar que el mundo me devorara?
Mantuve mi mirada en él. Estaba cansado de los prejuicios, de sus continuos discursos que consideraba verídicos para tambalear mi postura.
Quizá hubieran servido cuando entró a prisión, pero los años me habían hecho darme cuenta de que adoraba a mi familia; los recuerdos que esculpí día tras día junto a mi madre.
Además, me sentía útil cuando hacía cualquier movimiento para proteger los cimientos de Harrowshire.
Tal vez no eran los mejores métodos, pero me habían dado la oportunidad de hacerme paso en el mundo.
—No soy como tú. —Lo fulminé con la mirada, pues poco debía explicarle después de todo lo que había hecho—. Eres mi padre y siempre tendrás mi respeto por darme la vida, pero no por intentar arrebatármela.
—Jaime...
—Madre no vendrá a verte —aseguré mientras me aproximaba a la salida—. No te queda nadie en el otro lado que mire por ti, porque has acabado con esa posibilidad. Así que acepta la propuesta de tu incompetente primogénito, pues será lo único que puedas conseguir.
—No puedes dejar que me pudra aquí dentro.
—Tú elegiste tu destino, no yo.
—¡Jaime, por favor!
Y, por primera vez en mi vida, dejé de pensar en la palabra «debilidad» como una extensión más de mí para convertirme en un hombre libre que podía ser él mismo junto a la mujer que había elegido.
Newgate se convirtió en un borrón a mi espalda que no volví a pisar nunca más.