Epílogo
—¡Vamos! ¿No eres capaz de cogerme?
Penélope reía a carcajadas sin importarle ni lo más mínimo la risa nasal que escapaba de sus labios.
Tampoco le interesaba que le recordara que galopar a horcajadas no era propio de una dama.
Su maraña de pelo anaranjada danzaba al compás del viento, regalándome la imagen de una ninfa de los bosques que disfrutaba de la naturaleza.
Pero lo que más me gustaba de competir con ella, cuando el sol comenzaba a iluminar Harrowshire, era la felicidad que emanaba en un efímero momento.
—¡Ayer conseguí atraparte, condesa! —exclamé a unos centímetros de su yegua—. No creas que hoy será diferente, pues esta lleva siendo mi rutina de todas las mañanas desde que era un adolescente.
—Pues ahora resulta que es nuestra, conde —respondió con un ápice de diversión que elevó sus labios hacia arriba—. Me temo que tus momentos de soledad han llegado a su fin.
—¿Y si deseo comenzar una nueva lectura?
—Me acomodaré en tu regazo y disfrutaré de la narrativa mientras lees en voz alta.
—Odio leer en voz alta —protesté acomodándome a su lado. Me agradaba lo suficiente ver cómo su cuerpo se movía al compás de ese pequeño trote—. No puedes obligarme a que lo haga.
—Si deseas que compartamos el lecho cada noche, lo harás.
No pude evitar observarla de reojo. Su postura era fiera y decidida, como la de una guerrera. Adoraba que ese lado ostentoso hubiera pasado a un segundo plano solo por poder disfrutar de los vestidos de media manga blancos con los que se ataviaba cuando estábamos a solas.
Nuestra vida como matrimonio había empezado mucho mejor de lo que pensaba.
Penélope y yo compartíamos aficiones, pero nos diferenciábamos a la hora de regentar nuestro hogar: ella prefería lidiar con el tema administrativo, y yo había tomado la costumbre de reunirme con Anderson para solventar los problemas que existieran en nuestras tierras.
NewVille había pasado a ser un beneficio para los dos, pues la producción de avena, trigo y patatas estaba siendo un éxito.
Habíamos conseguido vender el producto a un precio nada desorbitado y nos daba un gran beneficio.
—Lo haremos.
—¿Cómo estás tan seguro de ello? —preguntó con un ápice de diversión en su voz mientras atravesábamos los últimos árboles que dejaban de ocultar los amplios torreones que una vez caracterizaron Harrowshire con su grandeza.
—Porque me postraré a tus pies si así lo consigo.
—¿No temes ser débil por complacerme de esa forma?
—En absoluto —respondí—, pues conseguiré aquello que deseo sin necesidad de librar una batalla con mi esposa.
Nos detuvimos a los pies de la puerta principal de la mansión. No dudé ni un instante en apearme de mi caballo un poco antes, para atrapar a Penélope entre mis brazos. Una vez que mis manos rodearon su cintura, la hice girar entre ellas para depositar un pequeño beso en su frente.
—¿Cuándo crees que podremos volver?
Mi mirada se centró en las ventanas de forma cuadrada que simulaban dos grandes ojos monstruosos que a más de un invitado habían ocasionado pavor.
La fuente que una vez destiló un cálido ambiente maternal debido a cómo la estatua de Anfitrite protegía a sus retoños ahora solo contaba con la imagen de la diosa sola y a medio construir.
Las obras en aquel último año habían avanzado lo suficiente para asegurar parte de los cimientos que habían sobrevivido al fuego, recuperar algunos muebles y volver a elevar los torreones que habían sido devorados por las llamas.
Aún quedaba mucho trabajo por hacer, pero Penélope estaba ilusionada en poder diseñar desde cero cada habitación que sería parte de nuestro hogar.
Mientras, seguíamos hospedándonos en Berkeley Square junto a mi madre; no nos agradaba demasiado la distribución de la planta superior, pero nos habíamos acostumbrado a ello.
—Espero que el próximo año podamos —susurré con un atisbo de esperanza—. ¿Has recibido respuesta de tu hermano Nikolas?
Penélope asintió no muy alegre por ello, podía notarlo por cómo engurruñía su nariz.
—Sigue sin aprobar nuestro matrimonio —respondió deslizando su mirada por los escalones que nos separaban de la puerta—. Me ha pedido que regrese en dos meses si no quiero que me arrebate mi título de princesa.
—¿Lo harás?
Ella me miró con el enfado asomando por sus rasgados ojos grises.
No habíamos hablado demasiado del tema de la separación con su familia.
Sabía bien que echaba de menos a su hermana Sophie.
Estaban muy unidas por aquel sentimiento de libertad tan propio de mi esposa.
Pero de Nikolas no había elevado una palabra por encima de la otra.
Algo me decía que estaba decepcionada con él, pero tampoco quise preguntarle.
—No necesito ser princesa para alcanzar mis sueños —comenzó a decir con suavidad. Su meñique entrelazó el mío como era costumbre entre nosotros mientras caminábamos por la zona—. Y por más que Nikolas no lo comprenda, tú eres parte de ellos.
—Jamás te privaré de ir a Viena, Pen.
—Soy yo la que considera que es mejor no regresar —suspiró con tal pesar que la estreché entre mis brazos—. Solo espero que algún día pueda volver a ver a Sophie.
—Te prometo que será así.
Penélope asintió con suavidad, esperaba que mis palabras no cayeran en saco roto. Me desagradaba hacer promesas vacías que no llegaban a ningún lugar.
—¿Albert ha vuelto a exigirte el dinero de tu padre?
—Lo han detenido como culpable del incendio de Harrowshire.
Ella elevó las cejas con una mezcla de extrañeza y curiosidad.
Desde que mi padre aceptó mi propuesta no había querido darle demasiado protagonismo a ninguno de aquellos dos caballeros.
Pero Wyatt, en mi nombre, se había encargado de buscar en todos los trapos sucios de Digory hasta meterlo entre rejas.
—¿Y si se demuestra que no ha sido así?
—Nadie testificará a su favor —respondí con suavidad.
El lago que una vez fue de interés en la mayoría de las fiestas que se hacían en mi mansión tomaba un color anaranjado debido a los primeros rayos de sol—.
La situación ha hecho que la alta sociedad me tenga una mínima empatía.
Eso, junto a la ayuda de Anderson, me ha permitido crear los primeros andamios de una reputación de la que carecía.
—¿Y cómo te sienta que aquellos que te señalaron ahora quieran conversar contigo?
—Preferiría meter mi nariz en un buen libro.
La carcajada de Penélope hizo que el pecho me temblara de orgullo. En silencio, disfrutamos de las primeras tonalidades azuladas del día. El sol se elevó en lo más alto del cielo, regalándonos un ápice de la paz que solo se respiraba allí.
—Te quiero, Pen —susurré muy cerca de su oído—. Te prometo que haré todo lo posible para que seas feliz.
—Lo soy desde el día en el que apareciste en mi vida.
—Y disparaste al cielo para que no me mataran —terminé su frase ganándome una nueva sonrisa por su parte.
—También me hiciste dichosa cuando aceptaste casarte conmigo —enumeró con burla mientras elevaba sus dedos—. Incluso esa primera carta en la que deseabas que volviera a tu lado.
—Y aquí estás —susurré disfrutando de aquella fragancia a grosellas que se adhería a sus mechones anaranjados.
—Viniste a Viena a por mí.
—Y no nos separamos desde entonces —le recordé.
—No, eso no.
—¿Y querrías hacerlo?
—Nunca, Jaime. Contigo puedo ser yo sin consecuencias.
—Como yo puedo serlo sin debilidades...
Nos mantuvimos en silencio, uno al lado del otro, abrazados como si el bullicio de Londres tan solo fuera una construcción narrativa que se encontraba en los libros.
Porque, en Harrowshire, el mundo se detenía para aquellos que regentaban una mansión que decían que estaba maldita.
Y, como si solo nosotros escucháramos sus invisibles historias, prometimos que borraríamos esa época de su memoria.