Una dulce propuesta para un conde Capítulo 17
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Capítulo 17

P enélope

El ligero olor amaderado que me separó de Morfeo vino acompañado por una sedosa caricia desconocida. Extrañada, me removí entre las sábanas, presa de una silenciosa curiosidad que se eclipsó tras un calor sofocante en mi espalda.

Cuando quise girarme, unos brazos me aferraron por la cintura, arrastrándome a esa íntima posición donde alguien dormitaba en mi hombro. Curiosa, elevé una de mis palmas en su dirección; acaricié con ligereza sus cortos mechones y sonreí, complacida.

Era la primera vez en toda mi vida que compartía cama con un hombre. Incluso de niña no concebía tal posibilidad, pues esa misma imagen en mi mente venía acompañada de más deberes que placeres.

«Recuperaré las cenizas de Harrowshire y una vez que reconstruya sus muros será para ti».

Las palabras de Jaime hacían eco en mi mente. Por más que intentaba buscar la letra pequeña a sus intenciones, se emborronaba hasta convertirse en lo que siempre había deseado: un compañero que me permitiese alzar el vuelo.

Con cuidado me giré para admirar su rostro careciente de preocupaciones.

Su piel tersa y poco tostada por el sol debido a que prefería mantenerse más en la mansión que fuera de ella.

Mis pulgares trazaron círculos en sus pómulos, descendieron por sus labios hasta que me incliné sobre ellos para unirlos con los míos.

Fue la mejor sensación del mundo.

La suavidad de su boca anheló la mía a pesar de seguir dormido.

Se movía al compás de mis caricias, que empezaron a resultar insuficientes.

Su diestra se hundió en mi cintura hasta que su cuerpo y el mío no tuvieron ni un centímetro de separación.

Y fue en ese momento cuando abrió los ojos para desnudarme con la mirada.

«Es aquí donde quiero estar. Incluso si mis privilegios como princesa llegan a su fin. Al menos a su lado seré una condesa que pueda danzar a sus anchas sin tener límites que cumplir», pensé.

—Buenos días —susurró Jaime de manera ronca. Aún seguía un poco adormilado, pero no fue motivo suficiente para alejarse de mí.

—Buenos días.

—He soñado contigo, Pen.

Solté una pequeña carcajada. Jaime era un romántico, o puede que solo diera voz a unos pensamientos que ningún hombre compartiría con su esposa; rocé su nariz con la mía, ansiosa por su respuesta.

—¿Y eras emperador conmigo a tu lado?

—No. —Frunció el ceño, ofendido—. En él nos veía montando a caballo por Harrowshire. Tú, yo y el viento azotando nuestras mejillas. Cuando llegábamos a la mansión susurrabas que solo ese era tu hogar y, por primera vez en mucho tiempo, me sentía completo.

Sus palabras caldearon por entero mi corazón.

Podía imaginarme el viento azotando mis mejillas mientras tentaba a Jaime a tener una carrera conmigo.

Me veía riendo a carcajadas, sin tener que esconder mis dientes tras la palma de la mano.

Quizá, incluso alzaría los brazos al cielo sin echar de menos ni un trocito de Viena.

—Suena demasiado bien.

—¿Verdad? —La sonrisa de Jaime se elevó hacia arriba de una manera tan bonita que tuve que besarla—. Estoy cansado de acobardarme, Pen. No voy a dejar que todas las desdichas que he sufrido hagan que te pierda.

—¿Y cómo vas a solucionar ese pequeño detalle? Confío en ti, pero el mundo te da demasiado terror.

—Imponiéndome de una vez por todas.

Jaime

Todo Londres, gracias a Albert, conocía mi secreto. Me apeé del carruaje sabiendo que todo susurro y mirada eran solo para mí. Tiré de las solapas de mi chaqueta, saludando con un fugaz movimiento de cabeza, pues no tenía intención alguna de achantarme.

¿Había conseguido poder casándome con una princesa?

Así era.

¿Y qué?

Los Ward hacían y deshacían a su antojo sabiendo que nadie les diría nada.

El conde Batithany, con el que coincidí en Viena, era un aficionado a prometer el mundo solo para llevar a jóvenes a su cama.

Los O’Kelly tenían fama de apostadores, pero era un hecho que su adicción por las cartas resultaba más una enfermedad.

Todo Londres contaba con secretos oscuros, los míos solo buscaban el bienestar de mi familia, no perjudicar a los demás.

La Cámara me recibió con un profundo mutismo. Sentía la vista de todos los presentes clavadas en mí, pero no me acobardé. Podía dejar que el terror a fallar me hiciese retroceder, pero solo conseguiría que los demás me hicieran aún más inservible.

—¡Tienes agallas, Rutherford! —gritaron al unísono—.

No solo te presentas aquí tras revelarse tus trapos sucios, sino que eres tan lamentable como hombre que has permitido que una mujer hable por ti.

¿Deberíamos pedirle a tu madre que se acomode en tu lugar para que seas capaz de hablar con libertad?

Las carcajadas provocaron un pellizco en la boca de mi estómago, incluso el aire amenazaba con no llegar a mis pulmones. Pero debía serenarme. Si perdía los nervios y las lágrimas caían por mi rostro todo estaría perdido.

Mi mirada se deslizó por la sala, aún no se encontraba llena, pero reconocía a alguno de los caballeros que me amenazaron en el GreenHorse.

Si hubiera tenido más perspicacia me habría dado cuenta de que la presencia de Albert dentro del club no era otra que mantenerme alejado del dinero de mi padre.

Pero creí ciegamente que sus amigos no dejarían de serlo incluso dentro de prisión.

—Caballeros —amonestó el presidente de la Cámara—, no pierdan las formas. El señor Rutherford es parte de esto, pero sí es cierto que sus intenciones no han sido claras. Es posible que las acciones de su padre hayan nublado nuestra credibilidad hacia él.

—Es un conde sin nada —dijo uno acomodado en los asientos más alejados—. Este consejo deben formarlo los nobles y aristócratas con poder y posición. ¿De qué nos sirve un hombre caído en desgracia?

—Poseo un nuevo negocio —me apresuré a contestar—. Uno que no tiene nada que ver con los deseos e inquietudes de mi esposa. Las tierras de NewVille eran de mis tíos.

—Me temo que sin dinero poco podrás aportar a unas tierras yermas.

—Albert se integró en la conversación, la mirada que me dedicaba nada tenía que ver con el hombre que había intentado infundirme apoyo.

Aquel que tenía delante solo mostraba su escaso interés en la recuperación de mi familia—.

La Cámara ha decidido prescindir de la familia Rutherford, pues no aporta nada positivo.

—Entonces no soy el único en esa posición. —Apreté los puños con fuerza para no dejarme intimidar—. Si yo debo ser expuesto, quizá la Cámara deba saber que usted cuenta con el dinero de los negocios que tenía con mi padre. Creo recordar que yo, como primogénito, sigo vivo, por lo que me pertenece.

—Rutherford no está muerto ni existe un contrato donde se exponga que algo de ese negocio es tuyo.

Me mordí el labio inferior tan frustrado que noté el ligero sabor metálico en el paladar. Sabía que Albert tenía razón. Podía quedarse con todo aquello que mi padre hubiera negociado con él. No me debía nada: ni a mí ni a mi madre.

Penélope estaba segura de que heredaría las deudas de mi padre, y con ellas todo el patrimonio que hubiera dejado lejos de Harrowshire, pero poco podía saber de algo de lo que me había mantenido al margen todo aquel tiempo.

No tenía nada propio ni nunca lo tendría.

—¿No debería abandonar esta sala con el poco orgullo que le queda?

—En realidad...

Cormac Anderson se había mantenido en todo momento callado en su asiento.

No participaba en la jauría de prejuicios en mi contra.

Tampoco parecía dispuesto a decir nada si no fuera estrictamente necesario.

Sin embargo, su mirada destilaba tal molestia que se aventuró a apoyar las manos sobre la mesa ovalada; provocó un estruendo que nos pilló desprevenidos, pero nadie se quejó.

—NewVille limita con Escocia —comenzó a decir con suavidad—. Creo que han olvidado que los Anderson contamos con patrimonio allí.

—¿Y eso qué importa? —preguntó el presidente de la Cámara, deseoso de acabar con toda discusión.

—Las tierras que ha comprado el conde son de mi interés.

—Cormac ladeó su cabeza en un gesto de fingida inocencia que me dejó anonadado.

No entendía muy bien por qué me apoyaba cuando yo no podía aportarle nada, pero allí se encontraba, presionando para que los lobos no quisieran hincarme el diente—.

De hecho, ya cuenta con mi apoyo para que la próxima cosecha sea tan beneficiosa como las mías anteriores.

Supongo que solo debemos demostrar que también se puede perder el orgullo con las palabras.

—¿Es eso cierto?

Esta vez la confirmación recayó en mí. Podía ser sincero y decir abiertamente que no sabía que tenía que ver con la pequeña porción de tierra que había adquirido a través de los tejemanejes de Diane Mitchell, la actual esposa del prestigioso detective Wyatt Mitchell.

Pero si quería avanzar y construir los cimientos de mi patrimonio, tenía que actuar como ellos: ser una mentira.

—Así es —respondí con dos palabras—. Mi esposa me ha permitido mantener mi lugar cuando mi padre nos llevó al infierno.

Ahora que poseo el conocimiento y apoyo suficiente para levantarme por mí mismo, supongo que tengo que mostrarles que la inocencia de un niño poco tiene que ver con la fortaleza de un hombre.

Aunque, ya que buscamos transparencia, es una ocasión perfecta para saber quién avivó las llamas para que Harrowshire cayera en desgracia.

El silencio me resultó tan incómodo y pesado que me sentí como si estuviera en peligro.

Deslicé mi mirada de un integrante a otro de la Cámara; necesitaba un solo paso en falso para saber quién había sido el malnacido que había roto la mansión que mi padre alquilaba por temporadas solo para que nos sintiéramos como monarcas.

—¿Está acusando a esta Cámara de algo?

—Ustedes me señalan por mi forma de ser y yo busco el porqué de mi interés en las letras me ha llevado a ser acusado de débil y maltratado por los presentes.

Así que, si yo tengo la valentía de recordarle a esta Cámara sus deberes con sus integrantes, qué menos que me digan la verdad. ¿Debo preguntarle a usted, Digory?

Albert suspiró con pesadez mientras llevaba su diestra al puente de su nariz; lo pellizcó con la frustración dibujando arrugas en su frente.

—La vida es un negocio con el que todo caballero debe saber lidiar —respondió con el enfado acariciando cada una de sus sílabas—. A veces no genera los frutos que uno espera y en otras ocasiones decepciona tanto que deseamos arrasar con todo. Supongo que fue lo que pensó Rutherford, su padre.

—¿C-cómo dice?

—Él ordenó desde prisión el incendio de Harrowshire.

El mundo se me vino encima con aquellas ocho palabras.

Por más que intentaba buscarles otro significado, siempre llegaba a la misma conclusión: mi padre quería recordarme que era un incompetente sin solución.

Y solo los cimientos del hogar que me hacía sentir feliz acabarían por completo con el corazón de un niño que escondía la nariz dentro de los libros.

La Cámara guardó un profundo y lamentable silencio. Solo Cormac Anderson fue el único en darme unas palmadas en la espalda en signo del apoyo que me daría durante mucho mucho tiempo.