Una dulce propuesta para un conde Capítulo 16
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Capítulo 16

Q uerida Penélope:

Los días de invierno toman un color gris desde que te marchaste del palacio.

He oído que el vencedor de nuestra pequeña apuesta vuelvo a ser yo.

Solo espero que, una vez que esta misiva llegue a Londres, vuelvas a casa para marcharte a nuestra segunda residencia con madre.

Me ha agradado volver a hacerte jaque, Pen, pero mi coronación está cerca y es hora de dar fin a tus caprichos.

Estoy seguro de que te costará perdonarme que haya acabado con tus tejemanejes, pero no podía permitir que siguieras creyendo que las princesas pueden ser libres.

Sophie no se marchará con los Hearthry y tú no volverás a irte con ningún caballero al que yo no haya dado mi aprobación.

Tu matrimonio, ese que atenta contra nuestra familia, quedará en el olvido.

La Cámara se deshará de Rutherford y todo volverá a su lugar.

Los hombres débiles son reemplazables; los cobardes que danzan al son de las órdenes de sus esposas, unos fracasados.

Puede que algún día lo comprendas.

Nikolas

La mofa de la alta sociedad había provocado que Jaime dejara de sumarse a sus reuniones.

El poder que había conseguido gracias a mí le perjudicaba hasta el punto de no tener intención alguna de salir de la mansión.

Se pasaba los días merodeando por la pequeña biblioteca que había empezado a crear en el desván, como un proyecto a largo tiempo que le permitía estar distraído.

Para mí, la derrota me supo amarga en el paladar.

Estaba acostumbrada a lidiar con los continuos tira y afloja con mi hermano mayor, pero esta vez me había dolido demasiado.

No solo por los grilletes invisibles que comenzaban a pesar en mis muñecas, sino por Sophie, que tendría que seguir fingiendo una sonrisa; y por mi marido, que había accedido a cada uno de mis caprichos sin importar las consecuencias.

Toda la valentía que emanaba de cada trocito de mi cuerpo dejó de existir. No importaba que mi título de princesa me abriera todas las puertas que yo deseaba, pues todos se mofaban de la pobre Penélope, ilusa y esperanzada por creer que podría hacer todo cuanto quisiera.

«Han jugado conmigo hasta que se han cansado de mis decisiones», pensé angustiada.

—Otra vez estás aquí.

Jaime iluminó el pequeño salón privado que teníamos en la planta superior.

No era demasiado grande. Contaba con una mesa redonda ataviada con un mantel en tono ocre; unas sillas de mimbre de lo más incómodas y un sillón claro en el que me abrazaba las piernas y escondía el rostro en mis rodillas.

La imagen que estaría viendo de mí debía ser de lo más decepcionante, pero poco me importaba en aquel momento.

—No puedo dormir —gruñí para alejarlo de mí—. ¿Qué castigo puede ser más grande que sentir el corazón acelerado y el aire anhelante de llegar a mis pulmones?

Él no dijo nada, tan solo paseó con el candelabro que sostenía en su diestra hasta acomodarlo sobre la mesa; la luz era tenue, suficiente para no ser unas sombras más dentro de aquella habitación.

—La culpa —contestó con suavidad—. Me acompaña desde que mi padre terminó entre rejas. Desde que me di cuenta de que no podía ser el conde que todo el mundo esperaba de mí. Las personas cumplimos un rol dentro de nuestra sociedad y yo soy esa oveja negra que se desvía del camino.

—Así me he sentido desde que, de niña, veía cómo mi hermano alcanzaba metas que mis hermanas y yo no podíamos.

Era tan frustrante... Pensaba que si tomaba el control de mi vida se percataría de que puedo ser útil en su reinado, pero me equivocaba.

Volveré a Viena solo para esconderme en un rincón del mundo.

—Yo no deseo que te marches, Pen —comenzó a decir él, sus dedos paseaban sobre el mantel, como si las flores cosidas a manos le hicieran cosquillas en las yemas—.

Puede que tus deseos hacia mí no hayan sido los más sinceros, pero estar cerca de ti ha sido como si mereciera tener una familia: mi propia familia.

—Lamento haber expuesto nuestro matrimonio frente a Albert Digory. —Agaché la cabeza, molesta conmigo misma por mi imprudencia—. Solo he conseguido que seas el hazmerreír de todo Londres.

—Me has defendido como hombre y como marido.

—Jaime se puso delante de mí, apoyó la espalda en el borde de la mesa, mientras que una de sus manos palpaba mi mejilla—.

Has intentado recuperar un capital que desconocía y te pusiste en peligro, para protegerme, yendo a ver al que creía un amigo de la familia. ¿Puedo sentirme más dichoso?

—Todo esto comenzó como una mentira hacia el mundo, pero poco a poco he querido más de ti, como si esa maldición que se ceñía sobre Harrowshire me tuviera ensimismada a tu alrededor. —Hice una pausa solo para acomodar la palma de mi mano sobre la suya—. Mi mente no concibe tu inocencia, Jaime.

—Lamento no ser el hombre dominante que necesitas.

—No deseo eso. —Busqué el calor de su piel, la cercanía de su rostro a tan solo unos centímetros del mío conforme más me acercaba a él—. Si anhelara la autoridad de un hombre sobre mí, no estaría aquí.

—Soy un incompetente.

—Puedo enseñarte todo lo que sé acerca de los negocios —susurré para calmar el ligero temblor de su cuerpo.

—No, Pen. —Esta vez fue Jaime quien tomó la iniciativa, elevó mi mentón, embelesado por los escasos centímetros que separaban nuestros labios—.

Estoy cansado de esconderme. De decir con la boca pequeña que exijo tu presencia como mi esposa a mi lado, cuando realmente necesito conocer todo de ti.

Quiero imponerme para que Londres deje de devorarme.

—Todo pasará, Jaime.

—Solo lo hará si te quedas conmigo.

Sus labios apresaron los míos con el sabor de una súplica que no necesitaba.

Cada ligero roce provocaba que mi boca buscara con más ahínco la suya, entre gemidos lastimeros que me animaban a pasar los brazos alrededor de su cuello.

Yo jamás había creído en el amor, pues desde bien pequeñas nos enseñaron que toda decisión que tomáramos debía ser por el bien de nuestro país.

Por eso estaba tan ensimismada en encontrar la independencia que necesitaba sin la presencia de un hombre.

Porque todos los que habían danzado a mi alrededor solo querían que la casa real cometiera un mínimo error para obtener el silencio de ella.

Jaime tiró de mi cuerpo, levantándome del sofá en el que deseaba hacerme invisible, solo para arroparme entre sus brazos.

Sus manos, deseosas de palparme, hundían sus dedos en mi carne para advertirme que, si esto era una batalla, la llevaba perdida desde el instante en que le vi como mi oportunidad.

—¿Debo rogarte que te quedes a mi lado?

—Jaime...

—Te haré una propuesta —susurró. Mi cuerpo quedó acomodado sobre la mesa, haciendo que mis pies ni siquiera tocaran el suelo—, una que no podrás rechazar.

Hagamos de este matrimonio una realidad y te permitiré ser libre.

Yo no deseo encerrarte en una urna de cristal, quiero que hagas todo cuanto tengas en mente siempre que vuelvas a mí.

—Eso lo dices ahora —solté una carcajada. Era imposible que me permitiese mantener mi forma de actuar si me quedaba a su lado—, pero una vez que me aleje de las obligaciones de una esposa, me exigirás que me siente en un lugar de la mansión donde todo el mundo pueda verme y nadie tocarme.

—Eso jamás.

—¿Y cómo vas a demostrarme que no son solo palabras?

Los labios de Jaime se curvaron hacia arriba con un brillo en los ojos que me aceleró el corazón.

Mi pelo ocultó el tono ocre del mantel; me convirtió en una estatua cincelada sobre la mesa que era contemplada por un marinero que había avistado una sirena.

Sus caricias me hicieron sentir deseada, como si la belleza de la mismísima Afrodita solo residiera en mí, pero lo que me secó por completo la garganta fue el beso que depositó en mi vientre para después acomodar la cabeza sobre él.

La imagen que me regaló era ajena a la pasión.

Tampoco tenía nada que ver con el deseo.

Era una atracción dulce que invitaba a bailar alrededor del abismo hasta caer en él.

Acaricié sus mechones oscuros, susurrándole tal cantidad de promesas silenciosas que, debido a nuestra conexión, él comprendía.

—Recuperaré las cenizas de Harrowshire, y una vez que reconstruya sus muros será para ti.

No poseo riquezas, tampoco un mundo en el que colmarte de títulos, pero lo que sí puedo hacer es darte algo propio para que puedas hacer con él todo cuanto desees.

Y, una vez que seas solo Penélope Rutherford, alzarás el vuelo con mi mirada clavada en el cielo solo para poder admirar tu ascenso.