Una dulce propuesta para un conde Capítulo 15
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Capítulo 15

M i control dentro de la Cámara empezaba a tambalearse.

Como de costumbre, los hombres sentían un profundo pavor a perder el dominio en una situación en la que se consideraban intocables.

Lo supe cuando hubo una reunión clandestina de emergencia, donde todos los aliados que había tejido alrededor de Jaime se evaporaron.

El poder que construí en aquellos cuatro años comenzó a evaporarse con tal facilidad que ni siquiera el chocolate más amargo podía hacerme olvidar mi frustración.

Había aprovechado mi posición como princesa de Viena para descubrir los secretos más perturbadores de todo integrante de la Cámara; así había sido fácil presionar en nombre de Nikolas, que no era emperador aún, pero podía crear un conflicto entre ambos países si se molestaba.

Además, el rey Jorge no sentía ningún interés en enemistarse con nuestra familia y menos tras la derrota de Napoleón.

Jaime me había advertido que dejara de tirar de todo hilo que pudiera proporcionarme una recompensa, pero la abolición del decreto amenazaba la tranquilidad de Sophie y no estaba dispuesta a ello.

Además, los Hearthry era una de las familias más pudientes de Londres.

Contaban con tierras en Cornualles y Escocia.

Se mantenían ajenos a la capital, pero a la vez nadie podía recriminarles su deseo de vivir en el campo, convirtiéndose en un recuerdo de lo que fueron para la reina Charlotte: años atrás se codeaban con la realeza, como sucedía con los Ward, pero terminaron alejándose.

—Debes detener todo esto.

Jaime me pisaba los talones por el pasillo.

Había decidido encontrarme con Albert Digory en nombre de mi esposo, no sabía que su conversación poco tendría que ver con él, pero debía conocer hasta qué punto podía mantener mi lugar dentro de aquel infierno.

Él sabía que no tenía ninguna intención de rendirme.

Durante los siguientes días no había dudado en disculparse por fallar en su misión de ser mis oídos en la Cámara.

Pero yo no estaba enfadada al respecto. Después de todo había conseguido todo lo que deseaba solo con acomodarse allí en mi nombre.

—No lo haré —dije decidida—. Había conseguido un lugar para las mujeres que no encuentran esposo. No hacerlo no significa que sean inservibles, Jaime.

—No pienso eso —él resopló frustrado, extendió una mano para sostener mi muñeca—. Estoy de acuerdo en que una mujer soltera debería poder mantenerse sin la necesidad de tener un hombre al lado. Cumplir un papel debe ser una maldición, pero no puedes presentarte por mí en ningún lugar.

—Me he marchado de Viena —comencé a decir con la intención de zafarme de su agarre—.

Mi hermano ha guardado silencio como si no fuera consciente de nada cuando sé que no es cierto.

Mi hermana Sophie tenía un futuro prometedor y ahora vuelve a ser una opción en el cajón para nuestra familia. ¿Eso significa vivir?

—¿Estás queriendo decir que todo esto es asunto de tu hermano? —Jaime parpadeó confundido, pero no tenía intención alguna de separarse de mí—. ¿Cómo puedes estar tan segura de ello?

—Porque aposté con él —respondí con tal ferocidad que el contacto en mi piel comenzó a quemarle—. Nikolas es paciente, pero está demasiado interesado en Londres porque nuestra madre nació aquí. Nuestra casa es aliada de Gran Bretaña, no va a permitir que su hermana pequeña haga todo lo que desea.

—¿Qué has apostado?

—Pues...

—Tiene que ver conmigo. —La sonrisa de Jaime me supo amarga en el paladar. Había pasado de estar preocupado por mi imprudencia a tensar cada uno de sus músculos—. ¿Sabías quién era cuando me encontraste en ese callejón?

Suspiré.

—No.

—¿Entonces? —La ligera ilusión que había empezado a construirse poco a poco en sus ojos se resquebrajó en mil pedazos.

La traición comenzaba a vislumbrarse en sus facciones, como si la mofa que habían tenido que soportar durante toda su vida no hubiese acabado conmigo—. Estás volviéndome loco, Penélope.

—Aposté que conseguiría entrar en todo lugar donde existiera un límite para una mujer —revelé con brusquedad. Moví las manos enfatizando la incomodidad que sentía, como si tuviera que exponerme ante él más de lo que me gustaría—. Y para ello necesitaba a alguien.

—Querrás decir que buscabas al primer idiota que pudieras usar.

Jaime se llevó las manos a su maraña de pelo oscura, tiró de sus mechones con tal frustración que comenzó a caminar en círculos por el pasillo. No disfrutaba ni un ápice de verlo tan perdido, como si lo hubiera desnudado frente a toda la alta sociedad con la intención de burlarme.

—Jaime.

—¿Y qué más, Penélope? Solo me falta arrodillarme ante ti.

Sus piernas temblaban, como si quisiera dedicarme esa pleitesía que no buscaba en él.

Decidido a enfrentarme, Jaime hincó una rodilla en el suelo, después le siguió la otra.

Podría haber disfrutado con aquella escena llena de sumisión, pero solo me causó una profunda tristeza resquebrajar un poco más su alma.

—Levántate.

Él suspiró derrotado, rodeó con los brazos mi cintura y ocultó su rostro en mi vientre. Mi corazón aleteó inquieto en mi pecho, me gritaba por un poco más de cercanía; se preguntaba qué sabor tendrían sus besos, si la inocencia que reflejaba su rostro sería similar en la cama.

—Por favor —susurré mientras me inclinaba sobre él. Mi pelo cayó en forma de cascada sobre su cabeza, ocultando su maraña oscura—. Mi salida de esta noche poco tiene que ver con dejarte en evidencia.

—Lo haces ocultando que soy tu marido. No te haces una idea de cómo el malnacido de Cameron Larson me miraba como si fuera un perdedor: sé bien que lo soy, pero no es necesario que nadie me lo recuerde.

—Eso no es cierto, solo no has encontrado tu vocación.

—Entonces voy demasiado tarde para llegar a ella.

No fui capaz de responder a sus palabras, tan solo me mantuve pegada a su cuerpo con el único deseo de calmar su temblor.

Habían sido unos días difíciles en los que nos hospedamos en uno de los hoteles con más renombre de Londres, pero tanto Molly como Jaime se sentían incómodos al tener que depender de mí.

Por eso buscamos una residencia cerca de Mayfair, lo suficientemente grande, según mi suegra, para que su hijo y yo pudiéramos hacer vida juntos, pero no tan grande como para no ser capaces de enfrentar el pago.

Jaime me había advertido de su deseo de comprar unas tierras a las afueras de la capital.

Conocía su gran afán por las plantas y la naturaleza.

Si conseguía que sus cosechas pudieran ser fructíferas, me había asegurado que dejaría de utilizar mi capital para sobrevivir.

A mí poco me importaba, pero él se sentía incómodo: no podía gestionarlo, ni tenía nada más allá de un par de trajes que no se quemaron en el incendio.

—Deja que me encargue del asunto —susurré en un tono dulce para aliviar su temor a la traición—. Digory podrá ser fiel a sus ideales, pero contaba con una estrecha relación con tu padre.

—Concretarán un nuevo encuentro con el rey para que me destituyan de mi título.

—No ocurrirá. —Encogí los hombros con simpleza—. ¿Sabes por qué? Porque es un asunto que ya solventé con él hace tiempo.

—Eres como una araña, Pen —comenzó a decir anonadado por mi seguridad ante la situación—. Tejes todo a tu alrededor minuciosamente para atrapar a tus víctimas cuando menos lo esperen.

—He tenido la suerte de crecer junto a mis hermanos mayores, así que no me agradan los límites si puedo tenerlo absolutamente todo. —Ladeé la cabeza dibujando una sonrisa en mis labios. Poco a poco me fui enderezando para pasar mis pulgares sobre sus mejillas—. Te prometo que todo irá bien.

—¿Para ti?

—Para nosotros.

Albert Digory se encontraba cerca de St James’s Street oculto dentro de su carruaje.

Se había negado a ser visto alrededor del GreenHorse, por lo que acepté sus condiciones sin ningún tipo de inconveniente.

Según tenía entendido, contaba con ciertas inversiones a nombre del padre de mi marido, que habían terminado dándole un gran capital, pero imaginé que Jaime no sabía nada de aquella información.

Me apeé sin ningún tipo de miedo, acomodé mi amplio vestido frente a él y le dediqué una tenue reverencia. No sé si disfruté más de su sorpresa o de cómo se enderezaba para presentar sus respectos.

—No contaba con su visita a mi carruaje, Su Alteza.

—Me lo he imaginado. —Sonreí mientras acomodaba las manos sobre la tela de mi larga falda—. Pero estoy preocupada por Jaime Rutherford. Ya sabe que se ha quedado en la ruina por las acciones de su predecesor y me preguntaba si los negocios que tenía con él podrían pasar a las arcas de la familia.

Sus facciones no tardaron en crisparse. Todo hombre que había conocido no tenía ningún interés en hablar, con nadie que no fuera su grupo más cercano, de infidelidades o de capital.

—Me temo que eso es asunto mío, princesa.

—Existen cláusulas de que un negocio puede pasar de padre a hijo —dije con lentitud, disfrutando de cada sílaba de mi pequeño discurso—. Pensaba que en este no es diferente.

—¿Por qué tanto interés?

—Pensaba que mi marido estaba en su derecho de hacerse cargo no solo de las deudas de su padre, sino también de su capital.

Albert abrió los labios para protestar, pero no tardó en percatarse de que mis palabras tenían mucho más peso que sus justificaciones. Era incapaz de dejar de mirarme. Quizá porque buscaba la mentira en mis ojos, o una efímera carcajada por mi parte.

—Ahora entiendo por qué cuenta con tanto poder dentro de la Cámara. —Rio él con suavidad—. La suerte es solo para los principiantes, pero una vez que rozas esta maldita jerarquía cuentas con aliados o traidores.

—Entonces supongo que usted destaca en eso último.

—¿Cómo se atreve?

—Cuando Jaime necesitaba aliados, usted prefirió dar un paso atrás solo para quedarse con el capital —comencé a decir con lentitud, no me importaba mostrarle que todo aquello que sabía era por mi querida Amber, que se había encargado de husmear a mi favor por Londres—.

Pensé que se debía a la fama del anterior Rutherford, pero solo era un hombre más deseando ser un poco más rico de lo que ya es.

Dígame, ¿usted fue quien incendio Harrowshire o el que mandó propinarle una paliza en aquel callejón?

Albert apretó los puños con tal fiereza que imaginé que se tornaban tan blancos como la leche. No le agradaba ni un ápice mi recogida de información. Tampoco que hubiera sido yo quien lo enfrentaba sin necesitar al hombre que apalizaban no solo con palabras, sino también con acciones.

—El mundo de los hombres es demasiado complicado para una mujer como usted —dijo con la esperanza de no ofenderme en demasía—.

Es posible que intentara asustarlo para que no indagara demasiado en mis negocios con su padre.

No me siento orgulloso de lo ocurrido en aquel callejón, pero a veces es necesario.

—Este asunto se soluciona siendo su aliado en las próximas votaciones —susurré ampliando aún más mi sonrisa—. Así nadie se enterará de que contrató a unos matones para herir a un conde.

—Viene hasta aquí por sí sola, me extorsiona y ¿cree que nadie descubrirá que la titiritera de Jaime Rutherford es usted?

—Si lo descubren gracias a usted, que arda Londres como lo hizo Harrowshire, ¿no es así?

—Consultaré el asunto con su hermano Nikolas —respondió finalmente como si fuera una contestación simple.

Mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho, nervioso y angustiado a partes iguales.

Sabía que estaba detrás de todo aquel tejemaneje solo para que me mudara a nuestra segunda residencia, pero no estaba dispuesta a rendirme—.

Una vez que me dé su opinión quizá podamos volver a mantener una conversación al mismo nivel.