Una dulce propuesta para un conde Capítulo 14
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Capítulo 14

L a imagen que me regaló Harrowshire cuando volvimos a Londres fue devastadora.

Cuando me apeé del carruaje no quedaba ni rastro de la grandeza de sus jardines.

Parte de los muros tomaron un color negruzco, despidiendo el respeto que emanaba la mansión desde fuera.

Uno de los torreones que se encontraba a ambos lados de la puerta principal caía vencido por una batalla para la que no estaba preparado, igual que parte de los setos más cercanos a la casa, podados de forma ovalada: no quedaba ni rastro de ellos.

—¿Ha habido heridos? —pregunté tembloroso. Parte de mí consideraba que la culpa había sido mía.

—Una muchacha joven —expresó Leo, mi ayudante de cámara. Se mantenía serio a mi lado, triste e inquieto tras lo sucedido—. Era una de nuestras últimas incorporaciones al servicio. Los daños materiales son un tanto devastadores... arreglar Harrowshire no creo que sea lo más prudente ahora mismo.

Apreté los puños, preso de la impotencia.

Cuando me marché a Viena no sentí ninguna preocupación por el lugar; llevaba años considerándose la mansión de los horrores y la mala suerte, por lo que era tan temida como respetada.

Sin embargo, solo había necesitado ser abandonada durante un mes para que toda su grandeza se viera reducida a cenizas.

—Contacta a la familia de esa chica —ordené controlando el nerviosismo que afloraba en mi estómago para no tartamudear—. Sé que el dinero no les devolverá a su hija, madre o hermana, pero proporciónales todo lo que necesiten. No escatimes en gastos.

—¿Los Rutherford se lo pueden permitir?

—Por el momento, sí. En realidad, no.

Leo asintió en silencio, seguía a mi lado observando el final de la mansión; de sus jardines y parte de sus tierras. Supuse que su sentimiento era muy similar al mío, pues llevaba sirviendo para nosotros durante demasiado tiempo.

—Ha sido provocado, ¿no es cierto?

—Me gustaría decir que ha sido cosa del destino, pero la magnitud del problema es tan grande que se vislumbran las represalias humanas por todas partes.

Me pellizqué el puente de la nariz frustrado. Los gastos de reconstrucción no podrían salir de mi patrimonio, los restos que quedaban de él los invertí mucho antes de casarme con Penélope. Es más, no teníamos ningún lugar en el que quedarnos mientras Harrowshire recobraba su grandeza.

No teníamos adónde ir.

Mi padre nos dejó en la ruina, y yo permití que mi familia y el servicio se vieran en la calle.

La puerta del carruaje que estaba a pocos metros de mí se abrió con un ligero crujido. Le había ordenado a mi madre que permaneciera dentro de él hasta que comprobara los daños. No quería que la tristeza volviera a atarla a un lecho del que, esta vez, no podría escapar.

—Puedo hablar con un conocido que trabaja en Abernathy House, quizá haya hueco para su madre y usted.

—No es necesario —dije de manera tajante, pero mis sentidos empezaban a alejarse de la conversación; el repiqueteo de unos pasos detrás de mí me advertía que tendría que enfrentar algo que no deseaba y no quería caer derrotado delante de mi madre—.

Encárgate de buscar un lugar para todos los que habéis quedado sin hogar.

—Lo más prudente es encontrar una nueva residencia, milord. No necesita dejarnos ir por una situación que no puede controlar.

—No me gustaría que pasarais por más problemas.

—Usted no provocó el fuego.

—Ya, pero...

—Jaime.

Ese suave tono de voz provocó que mi cuerpo reaccionara en consecuencia.

Me giré con lentitud en dirección al carruaje hasta que mis ojos se encontraron con los suyos grises.

Me fijé en el movimiento de sus manos, nervioso por la situación, aunque a la vez inquieto por saber qué debía decirle.

Pero lo que me secó la garganta fue deleitarme con ese cabello anaranjado, cayendo despreocupado sobre uno de sus hombros.

Cuando Nikolas me avisó de la situación en Londres, no dudé ni un instante en preparar mi viaje de regreso.

Sabía que debía muchas explicaciones al futuro emperador, pero prefería encontrar la valentía suficiente para decirle que nuestro encuentro en la cocina, para mí, no tenía intención de ser esporádico.

Inquieto, desperté a mi madre en la madrugada; necesitaba volver cuanto antes a Harrowshire: si era cierto que un fuego había provocado su caída, tenía que comprobar si era recuperable.

No solo porque era nuestro hogar, sino por la cantidad de recuerdos que residían en él.

Y Penélope había decidido acompañarme al ver lo frágil que podía llegar a ser cuando todo a mi alrededor se desmoronaba.

«Debe sentir una profunda vergüenza sobre mí», pensaba consternado.

—Quédate en el carruaje, marcharemos a Londres cuando termine de atar algunos cabos sueltos.

Ella frunció el ceño, no demasiado contenta. Me había dado cuenta de que odiaba que le dieran órdenes, que le dijeran qué debía hacer cuando tenía otro pensamiento en mente. Me lo demostró cuando dio unos pasos hacia mí y entrelazó mi dedo índice con el suyo sin importar que Leo estaba presente.

—Admirar la tragedia no hará que se solucione.

—Ya lo sé, pero...

—Pero nada —me cortó sin ni siquiera dejar que me explicara—. Marchemos a la ciudad, más tarde buscaremos a alguien que evalúe los destrozos para su reconstrucción.

Me mordí el labio inferior para contener la cantidad de emociones que necesitaban tener voz en ese momento.

Me hubiera gustado decirle que todo capítulo cuenta con un fin y mi vida en Harrowshire había llegado a ese momento.

Tiré de ella, dedicando un leve susurro a Leo para que se marchara y nos alejamos de ese olor a quemado que me empezaba a molestar en la punta de la nariz.

—No vas a invertir en mi hogar.

Penélope torció los labios con molestia. Sabía bien que adoraba ir en contra de todo aquello que la sociedad le dijera que no debía hacer, pero no quería que siguiera costeando todo aquello de lo que debía encargarme.

—Se supone que ahora me pertenece.

—Deseabas mi voz en la Cámara —le recordé incómodo por la situación—, no lidiar con toda mi ruina.

—La única ruina que existe en ti es creer que eres débil, Jaime.

Sus palabras me secaron la garganta. La única persona que me cobijaba entre sus brazos cuando sentía que el mundo se acababa era mi madre.

Por eso siempre recurría a ella a pesar de no ser un niño.

Me aferraba a la condesa con uñas y dientes con la esperanza de que si Londres estaba contra mí, al menos existiera alguien que viera algo bueno en mi persona.

Pero Penélope tenía que presionar cada una de mis terminaciones nerviosas con cada sílaba que me dedicaba.

Tenía que darle la vuelta a mi mundo solo para que la esperanza naciera en mi corazón.

Frustrado, tiré de nuestro pequeño agarre de meñiques para atraparla entre mis brazos; escondí la cabeza en el hueco de su hombro y disfruté del olor a canela que desprendía su cabello.

No quería alejarme de ella. No tenía intención alguna de recordarme a mí mismo que era su herramienta en Londres.

Solo deseaba que esa ligera caricia en mi espalda no fuera fingida.

—N-no puedes decirme eso, Pen —tartamudeé tembloroso—. Me arropas como si vieras algo bueno en mí, pero luego gritas a los cuatro vientos que soy tu capricho. Te ruego que no lo hagas si no deseas que pierda la cabeza por ti, pues ya estoy aturdido en esa temeraria personalidad tuya.

Ella soltó una pequeña carcajada, complacida de saber cómo podía amoldarme a todo lo que quería de mí.

Me hubiera gustado que dijera que podía ver en mí a un esposo, a un futuro padre o simplemente a un compañero de vida en el que confiar, pero solo mantuvo nuestro abrazo ante los ojos de mi destrozada mansión.

—Todo saldrá bien —susurró con ternura—. Buscaremos un nuevo hogar para Molly y para ti mientras encontramos quién ha hecho tal atrocidad.

—No lo descubriremos.

—Toda mala acción tiene consecuencias y siempre aparecen en forma de ligero error —continuó Penélope mientras deshacía la unión de nuestros cuerpos—. Ya verás que el imbécil que ha hecho esto pagará como es debido.

El continuo murmullo en la Cámara de los Lores no me provocó ni una pizca de seguridad. Las voces se solapaban unas sobre otras, como si todo caballero fuera ajeno a su título y solo deseara llevar la razón.

Las disputas hicieron eco entre aquellas cuatro paredes, como si los gritos dieran más credibilidad al asunto que se trataba y del que no tenía ningún tipo de información.

Llevaba unos días en Londres y ni siquiera tuve la intención de ponerme al tanto de lo que ocurría en la ciudad.

Estaba tan preocupado por Harrowshire que recordé que mi papel en el Parlamento solo era ser la voz de mi esposa.

Vislumbre a Albert Digory entrar por las dobles puertas que conducían a aquel infierno personal que tan poco me gustaba. No tardó en dirigirme un leve asentimiento a modo de saludo, pero ni siquiera se acercó a mí.

—¿Estás preparándote para ir a la hoguera, Rutherford?

Cormac Anderson me dio un par de golpes en la espalda a modo de saludo.

Era un caballero risueño, que contaba con un gran poder en la Cámara gracias al patrimonio de su padre.

Pocas veces se le había visto en las reuniones, pero cuando era parte de ellas tan solo participaba si lo creía necesario.

Por lo que sabía de él, era un apasionado de los negocios y prefería labrar sus tierras junto a sus hombres antes que dar solo órdenes.

—¿El revuelo es por mí?

—La coronación del príncipe Nikolas será en dos meses.

—Oculté mi sorpresa, no sabía que el hermano de Penélope fuera a ser coronado tan pronto—.

Al parecer tu idea de dar libertad a las mujeres ha provocado que se filtre la información de que los Hearthry acogerán a la princesa Sophie para alejarse de sus deberes con la Corona.

Y no solo eso, la hija de Cameron Larson, el duque de allí que está rojo por la ira, se ha marchado ante su deseo de no casarse.

Dicen que vive con un tutor con el que tiene un romance un tanto indecoroso.

Sabía que no debía mirar en su dirección, si lo hacía vendría en mi busca por una decisión que yo no había tomado. Intenté hinchar mi pecho con fingido orgullo, pero solo necesitó una fugaz mirada para chillar mi nombre.

—¡Toda esta situación es culpa tuya! —gritó Larson abalanzándose sobre mí, sus manos aferraban mi chaqueta con tal fiereza que la tela protestó en consecuencia—. Mi pequeña Nellie ha decidido marcharse con ese impresentable.

—Sin votos yo no habría conseguido nada —dije intentando zafarme, apretaba los dientes con fiereza notando cómo me chirriaban—. No ha sido solo cosa mía.

—¡¿Quién apoyó a este canalla?!

El silencio se hizo vigente en la Cámara, de los pocos aliados que tenía ninguno fue capaz de defenderme.

No sé cómo Penélope había movido los hilos para tener mayoría absoluta en algo que iba en contra de nuestro partido, pero las dudas empezaban a vislumbrarse de unos a otros en busca de respuestas.

—Habrá sido un mal recuento —susurró uno queriendo romper aquella incomodidad—. Debería ser uno de los puntos que tratar la próxima vez.

—Tiene razón.

Cameron Larson se alejó de mí de malas maneras, se recompuso acomodándose su corbatín en color verde esmeralda. Notaba cómo su pecho subía y bajaba debido a la ira que sentía. No era un caballero demasiado mayor, solo lo suficiente para entrar en la edad de la madurez.

—Debes tener a alguien poderoso detrás, Rutherford —comenzó a decir con tal rabia que parecía que escupía sus palabras—. No podrás esconderte siempre tras esa persona, pues los cobardes terminan muertos antes de servir para un fin.

—No lo suficiente para proteger a Harrowshire, al parecer.

—¿Estás queriendo decir algo?

Larson volvió a acortar la distancia conmigo, no le agradó que pudiera tener voz más allá de un ligero gesto acobardado. No me importaba que se burlaran de mí, de mi forma de vivir, pero no consentiría que hicieran daño a los retazos que quedaban de mi familia.

—Encontraré a la persona que ha sido, y el asunto de su hija será el menor de sus problemas.

—¿Vas a apuntarme con un arma a la cabeza, Rutherford? —Cameron juntó su frente con la mía, me dio un cabezazo para amedrentarme, pero no dejé de mirarlo con frustración.

—No lo considero necesario.

—No dirás lo mismo cuando caigas como lo hizo tu padre —amenazó una vez más mientras me limitaba a quitármelo de encima—. Tu castillo de naipes, ese en el que te proteges, caerá y no tardará mucho en hacerlo.

—Cuento los minutos para que eso suceda, Larson. De verdad que lo hago.