Una dulce propuesta para un conde Capítulo 13
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Capítulo 13

L a continua oleada de frío abrazaba Viena con tanta fiereza que el lago que había detrás del palacio había comenzado a congelarse.

De niña, los días de invierno se convirtieron en mis favoritos.

Mi padre, a pesar de sus continuos debates con la alta sociedad, siempre estaba dispuesto a pasar tiempo con su familia.

Por eso recordaba las largas sesiones de patinaje con la gélida sensación del aire en mis sonrojadas mejillas.

A pesar de eso, mis manos siempre estaban calientes, pues su calidez cuando las sostenía me hacía olvidar todo lo que existiera fuera de nuestra realidad.

Andrew, Sophie y Nikolas dejaron aquella costumbre desde que mi padre se marchó.

Pero a pesar de lo peligroso que consideraba Amber que era, yo solía ataviarme con una falda larga con varias capas en tono azul; una capota de terciopelo gris y unos botines de cuero fino y ajustados con cordones.

Si dejaba que las tradiciones se perdieran, los retazos que quedaban de él en mi mente se marcharían para siempre, y me negaba a ello.

—Con cuidado —advirtió Amber con las manos entrelazadas—. Todos los años temo porque Nikolas me eche por tu temeridad.

—Como si no supiera qué estoy haciendo a primera hora de la mañana.

Me dejé caer a los pies del lago solo para acomodarme las botas negras de patinaje; tenían adheridas una hoja de acero afilada que no era nada cómoda, pero me permitía deslizarme sobre el hielo.

—¿Puedes ayudarme a levantarme?

Amber suspiró derrotada, pero no se negó. Sabía que mi amor por aquella afición iba mucho más allá de mis propios caprichos.

Cuando acomodé un pie sobre el lago sentí que cada trocito de mi cuerpo se erizaba.

Si hubiera cerrado los ojos habría sido esa Penélope de larga trenza y rostro repleto de acentuadas pecas.

Seguramente chillaría consternada por los empujones de Andrew, le pediría a mi madre que lo amonestara a pesar de estar sentada lejos de nosotros.

Y abrazaría a Sophie solo para darle celos.

Así éramos nosotros obviando nuestro título: un auténtico desastre.

Me deslicé unos pocos centímetros. Fue una breve sensación que me sonrojó las mejillas, pero que me provocó demasiada nostalgia. A veces temía que, de un año para otro, se me olvidara danzar de un lado a otro del hielo. Pero después recordaba que era imposible. Era parte de mí y yo de él.

—¿Alguna novedad sobre el mes de mi esposo en Viena?

La ligera sonrisa que tiró de los labios de mi sirvienta fue menos divertida de lo que imaginaba.

Mi curioso interés por el hombre que pululaba a mi alrededor en busca de un negocio duradero me resultaba de lo más interesante.

Pero una parte de mí empezaba a molestarse por su extensa educación: intentaba que no nos quedásemos solos en una habitación.

Pedía permiso para dejarme un beso en el dorso de la mano o paseaba a mi lado, dándome datos de la naturaleza de nuestro alrededor que ni siquiera creía posibles.

—¿Más allá del ramo de tulipanes que descansan en tu alcoba? —preguntó Amber con interés—. Déjame pensar... Esta vez apuesta por la exportación de té inglés.

—No funcionará —dije mientras encogía los hombros. Mis pequeños pasos acortaron la distancia con ella—. ¿Sabes por qué? Porque nuestra relación con Gran Bretaña se centra en la diplomacia. Además, creo que sería más conveniente la exportación del azúcar de caña.

—¿Por qué no compartes ese dato con él?

—¿Y qué puedo ganar con ello?

—¿Confirmar que tu caballero de invisible armadura no tiene ni idea de nada? —Amber no ocultó la decepción que le causaba ese hecho. Desde niñas habíamos soñado con el príncipe con el que me casarían. Sería perfecto, sin ningún tipo de defecto. Y ella, a mi lado, tendría un matrimonio ventajoso.

—Me percaté de que no era una faceta, sí.

—¿Y no estás molesta por ello?

Su pregunta hizo eco en mi mente. Por más que buscaba en mi interior no sentía ni un ápice de frustración. Cuando nos encontramos por primera vez en aquel callejón supe que podía beneficiarme para mi causa; lo demás no debía importarme.

Y luego llegaron sus cartas.

—Los límites de Jaime me parecen tan diferentes a los de los hombres que he conocido que deseo presionar más y más.

—Incluso el perro más manso acaba ladrando, Penélope.

—Pretendes asustarme para que deje de tirar de las invisibles cadenas que decoran sus muñecas.

—No digas que no te lo advertí.

Los Rutherford eran los invitados de la Corona. Cada noche nos encontrábamos en el salón principal para degustar la carne de res en salsa de manzana que hacía nuestra cocinera, col fermentada y krapfen, unos bollos rellenos de mermelada.

Mi hermano no había hecho demasiadas preguntas, pero su mirada era suficiente para saber qué pensaba: sabía que la víctima de mi plan era Jaime.

La conversación fue de lo más placentera para Andrew, que disfrutaba de las anécdotas de Molly acerca de su hijo. Jaime, por el contrario, no era capaz de probar bocado; se sentía como un niño al que señalaban por gustarle algo poco común.

Aproveché ese instante para ver como una ligera capa oscura coloreaba los pómulos de mi marido.

Su barbilla fina y perfilada le daba el aspecto de un caballero de avanzada edad.

El lunar que decoraba su mejilla derecha daba visibilidad a la curiosidad e inocencia de un niño que dormitaba en su interior.

Y su timidez era lo que más me gustaba observar; con su breve encogimiento de hombros, además de su forma de morderse el labio inferior.

Mi mente se quedó en aquel momento durante la cena. En la tenue respiración cuando pasaba desapercibido y lo mucho que se aceleraba cuando era el protagonista de la conversación. En sus ojos cada vez que se encontraban con los míos y los acompañaba con una sonrisa.

«Si sigo así no podré dormir en toda la noche», me advertí mientras me levantaba del tocador.

Llevaba un par de horas deslizando los dedos entre mechones y mechones. Las ondulaciones que me quedaron eran mucho más amplias que las mías, pero poco me importaba mi aspecto desaliñado; me atavié con mi bata de tono esmeralda y fui en busca de algo dulce.

La parte inferior del palacio estaba sumida en un profundo sueño.

El servicio se había marchado a dormir después de que Sophie se escondiera en la biblioteca, así que era mucho más sencillo descender las escaleras y escabullirme a la cocina.

Había tomado la costumbre de disfrutar de la silenciosa madrugada calentando un poco de chocolate.

Me había costado horrores comprender cómo debía encender el fuego, pero se convirtió en una de mis rutinas.

Cuando el dulce olor me hacía cosquillas en la punta de la nariz, elegía una de mis tazas de porcelana favoritas, vertía el contenido con un cucharón y me sentada sobre la mesa de la cocina.

Empecé a tomar aquella costumbre cuando las navidades perdieron color con el fallecimiento de mi padre. Cuando todos se marchaban, me removía inquieta entre mis sábanas y, en busca de un recuerdo que me hiciera sentir mejor, me escabullía.

—Te echo de menos —susurré al aire con la esperanza de que llegara a él.

El chocolate se deslizó por mi boca, como si intentara dulcificar cada una de las emociones que intentaban desbordarse cuando me encontraba sola. Disfruté de su sabor; de la textura que dejaba en mi aliento hasta que mi piel, fría por la continua bajada de temperaturas, se caldeaba en consecuencia.

Aquella era la paz que buscaba: elegir lo que deseaba hacer sin importar mi título.

El ligero movimiento de las cacerolas me provocó un respingo.

Estaban perfectamente acomodadas, por nuestra cocinera, sobre la mesa de madera que había a mi izquierda.

Siempre las dejaba allí para elegir la que más se adaptaba a sus necesidades.

Era una manía que a Nikolas le molestaba, pero siempre le advertía que, en su zona de trabajo, ni siquiera un futuro emperador podía opinar.

—No tiene gracia, Nik —advertí con el ceño fruncido—. Nuestra casa no cuenta con ningún fantasma del pasado. Todos tienen un panteón muy bonito para la vista.

No recibí respuesta y empecé a temerme lo peor.

¿Y si era un ente que venía a castigarme por mis imprudencias?

Asustada, le pedí a mi cuerpo que se apeara de la mesa. Solo tenía que moverse, dar un pequeño salto para que mis pies tocaran el suelo y marcharse de nuevo a mi alcoba.

No pude.

—¿Quién está ahí?

Un suspiro fue la única respuesta que recibí. Tragué saliva, incómoda. No hacía falta ser demasiado inteligente para saber que había alguien en la oscuridad. Apreté mis manos con fuerza hasta imaginarme cómo mis nudillos perdían color.

—No tenía intención de asustarte. —La voz de Jaime alivió la tensión de mi cuerpo de manera paulatina. Sentía que el corazón amenazaba con escaparse de mi pecho, abrumado por el desconocimiento que me causó la situación—. Solo... no deseaba privarte de tu soledad.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No podía dormir.

Jaime rodeó la mesa donde me encontraba, jugueteaba con sus dedos sobre la superficie en busca de alguna vela que nos diera algo de luz. Estuvo buscando a nuestro alrededor hasta que encontró unas cuantas en la despensa y las encendió con unas cerillas.

—¿Puedo saber el motivo?

—Me temo que no es solo uno. —Sonrió con tal ironía que sentí la necesidad de saber qué habría tras ese silencio.

Las velas iluminaban su desaliñado aspecto como si fuera una escultura esculpida por las llamas.

Tenía el pelo enmarañado. Sus dedos jugueteaban con cada mechón debido a la vergüenza que sentía al ser descubierto.

Llevaba una camisola por fuera de la camisa y unos pantalones que se aferraban a sus tobillos.

La visión que me regalaba de él poco tenía que ver con la de un caballero atractivo. Era la de un hombre preocupado por si me había asustado. Inocente. Curioso e incluso adorable.

—Me han comentado que tu negocio de té no funciona demasiado bien.

—En realidad nada de lo que hago funciona bien —respondió derrotado mientras encogía los hombros.

Me mordí el labio inferior para contener una pequeña carcajada. No me divertía que le fuera mal en su intento de demostrarme que podía tener aliados, sino en su rostro repleto de tristeza. Era tan... corrompible.

—Puede que debas dedicarte a investigar sobre plantas —comencé a decir con curiosidad mientras él me observaba anonadado—, realizar tus propios escritos...

—Mi madre te ha contado mi pasión por la lectura.

—Y no tiene nada de malo —aseguré mientras movía mis pies en un gesto demasiado inocente para una dama como yo.

—Entonces ¿por qué intentas no reírte?

Jaime me observaba con un ápice de intriga, no parecía creerse que mis intenciones con él fueran ajenas a la mofa. Acortó los pocos pasos que nos separaban con una inquietud tan poco propia de los hombres como él que fui incapaz de no volver a morderme el labio.

—Quizá te responda si me cuentas al menos un motivo de los que te tienen así.

Él suspiró. Jugueteaba con su diestra solo con la intención de acomodarla sobre la mía, pero ni siquiera se atrevía a hacerlo.

—Ha pasado un mes y no he podido demostrarte que no soy un inútil —reveló con un ligero temblor en la voz que me secó la garganta—. Es más, durante este tiempo solo hemos intercambiado un par de conversaciones.

—¿Y no deseas que tenga esa imagen de ti? —Presioné un poco.

—Quiero llevarte a Harrowshire conmigo, Pen.

No supe cómo decirle que su deseo estaba lejos de los míos.

Era posible que mi interés en Jaime Rutherford se hubiera acentuado demasiado en las últimas semanas.

Cada vez que me encontraba con Amber le preguntaba sobre él; curioseaba cerca de los caballeros para conocer la opinión de la aristocracia y hacia todo lo posible para sentarme al lado de él durante las comidas.

—No has cumplido tu parte.

—No quiero reclamarte —comenzó a decir él a pesar de mis palabras—. Jamás tendré a nadie a mi lado por puro despotismo. Aun así, deseo que me des la oportunidad.

—¿Incluso si anhelo hacer cualquier cosa contigo?

Jaime abrió la boca para responder, pero volvió a esconderse tras uno de sus largos silencios. No se creía que sintiera esa curiosidad hacia él. Podía verlo en el ligero brillo de sus ojos, que latía con la desconfianza de alguien al que han torturado de niño.

—¿Eso qué significa?

No pensé. Tan solo elevé con ligereza mis piernas para poder entrelazarlas a su cintura. La distancia que apenas quedaba entre nosotros se redujo por completo a cenizas. Jaime se tensaba con mi contacto y yo disfrutaba el ligero olor amaderado que escapaba de su cuerpo.

Olvidé el chocolate, como si mi tradición desde niña hubiera pasado a un segundo plano desde el instante en que no existían límites entre nosotros. En mi mente solo se agolpaban preguntas y preguntas sobre cómo explorar cada una de las debilidades de Jaime Rutherford.

—Que seas mi capricho, Jaime.

—Me temo que ya lo soy —respondió valiente, acercando una de las manos hacia mi mejilla; la arropó con mimo mientras sonreía con ligereza—, pues donde pides que pise, lo hago.

Si anhelas que baile frente a toda la Cámara, lo hago sin rechistar.

Y si exiges que el mundo te haga invisible a mi lado, acepto tu orden con la esperanza de que tu propuesta deje de ser tan amarga.

¿No crees que es hora de que tú me des algo a mí?

El corazón me dio un vuelco en el pecho. Era la primera vez que le oía pedirme algo con tanta imposición. Me gustaba. Pero me agradaba aún más ver cómo se inclinaba sobre mí solo para preguntarme sin palabras si podía atrapar mis labios.

«Quieres más y lo sabes», me dije a mí misma.

No tuve ningún reparo en elevar mi mentón en busca de ese contacto, pues yo también deseaba degustar el sabor de su boca sobre la mía. La sangre me hervía dentro del cuerpo, como si chillara por un poco más de adrenalina. Y yo quería dársela, porque nunca me negaba a no tener nada que deseaba.

Nuestros labios se rozaron ligeramente, y sé que si en otra vida me hubiera tocado ser un hombre, habría sido la primera en perder la cordura.

Sin embargo, me contenía para que Jaime pudiera tomar esa iniciativa que tanto le costaba palpar.

Y yo me embelesaba con el temblor de su cuerpo.

Con los ligeros susurros que no podía entender y que era consciente de que tenían que ver conmigo.

—Rutherford.

La magia que nos envolvía se redujo a cenizas en un solo instante. Con delicadeza, giré la cabeza en dirección al umbral de la puerta, donde Nikolas nos observaba con el ceño fruncido.

—Su Alteza, yo no pretendía hacer...

—Ha llegado una misiva de Londres —respondió mi hermano girando sobre sus talones para no ver más allá de nuestro inesperado acercamiento—. Ha habido un incendio en Harrowshire. Me temo que los daños son bastante graves, por lo que creo que debería volver cuanto antes.